Dos príncipes gemelos unidos por el trono, pero separados por sus propias sombras. Entre secretos de palacio, guerras inminentes y mujeres invencibles que se niegan a ser dominadas, el amor se convertirá en su mayor fortaleza... o en su ruina. Una historia de lealtad, pasión y un destino escrito con sangre que ni el tiempo podrá borrar. Traiciones de corte, pasiones prohibidas y un imperio que renace del caos. Sigue la historia de dos hermanos y las mujeres que conquistaron sus corazones, sin imaginar que la profecía que los unió dejaría una huella imborrable que trascenderá a través de los siglos.
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Capítulo 22: El Dolor del rey
Amira.
El frío de la fiebre y el ardor desgarrador en mi espalda me arrastraban hacia una penumbra conocida.
Una penumbra en la que viví hace muchos años, antes de llevar seda, antes de ser llamada Reina Consorte.
Pocos en este palacio imaginaban mi pasado. Creían que Amira era la hija culta de una casa noble, educada en modales y etiquetas. Pero no era así. A pesar de fingir ser la hija legítima. Yo siempre fui la otra. La hija ilegítima que solo merecía ser condenada por su linaje junto a su familia.
Durante años no fui más que una esclava. Pertenecía a una propiedad aislada, una casa solitaria y sombría que solo estaba habitada por un hombre que llevaba el rostro oculto tras una máscara de hierro.
Un hombre que odiaba la luz del día, que solo caminaba en las noches y cuya presencia infundía un terror helado a cualquiera que se le acercara.
Pero él no me trató como a una sirvienta descartable.
Pese a su frialdad distante, ese hombre embozado vio en mí algo más que manos para limpiar.
Fue él quien me puso una espada en la mano por primera vez. Me enseñó a sostenerme firme, a calcular los puntos débiles de un enemigo, a moverme sin hacer ruido y a endurecer el corazón.
Me mostró un mundo que yo jamás había imaginado: el arte de la venganza. Me dio alas. Me dio vida.
«Si vas a sobrevivir en este mundo de víboras, no puedes ser solo un adorno. Tu mente y tu fuerza deben ser la espada más afilada», me decía con una voz grave, distorsionada por el metal de su máscara.
Me juré cobrar venganza contra aquellos que me arruinaron la vida y prometí ser útil. Decidí que me convertiría en la herramienta perfecta para destruir a la nobleza podrida.
Aunque yo no fuera la hija legítima merecía mejor trato, pero entonces solo me dejaron ser la hija legítima cuando estaban a punto de morir. Me permitieron probar la riqueza solo por unos instantes...
Un día, tras meses de entrenamiento en la oscuridad, ese hombre simplemente desapareció sin dejar rastro. Solo me dejó una daga de acero negro con una inicial grabada en la empuñadura: 'A'. Alias. El único nombre que guardé en lo más profundo de mi memoria.
Tiempo después, cuando fui elegida como consorte del nuevo soberano, supe que mi momento por fin había llegado. Era hora de cobrar la venganza prometida.
Lo que jamás imaginé es que para lograrlo tendría que entregar mi propia vida.
El galope frenético del caballo hacía que cada movimiento me desgarrara el hombro. Sentía el flujo tibio de mi propia sangre empapando mi vestido y la túnica del rey.
El Rey me llevaba apretada contra su pecho. Sus brazos me sujetaban con una desesperación casi salvaje, y el latido desbocado de su corazón retumbaba contra mi oído.
Sosteniéndome el rostro con la mano que aún me obedecía, acaricié su mejilla. La bruma de la muerte quería nublarme la vista, pero mi mente se aferraba a un único pensamiento:
Él me necesita. Necesito ser su muro, su pared sólida... No puedo ser su punto débil. No quiero ser su talón de Aquiles.
Llegamos al palacio en medio de una tormenta de gritos. El rey atravesó los pasillos a zancadas, cargándome en brazos como si fuera el tesoro más frágil del imperio, haciendo a un lado a las sirvientas que se apartaban aterrorizadas.
Nos adentramos en sus aposentos privados y me depositó sobre la cama con un cuidado conmovedor.
Con lágrimas agolpándose en mis ojos, lo miré fijamente. Él gritaba fuera de sí, llamando a los médicos con una furia desesperada. Extendí mi mano manchada de sangre, le tomé las manos temblorosas y lo obligué a mirarme a los ojos.
—Como... como última voluntad, su majestad, yo... pido disculpas por ser tan débil —articulé entre jadeos secos, sintiendo que el aire se me escapaba del pecho.
El Rey negó con la cabeza enérgicamente. Vi, con absoluta estupefacción, cómo dos lágrimas limpias rodaban por sus mejillas curtidas.
El rey... el tirano implacable, el hombre que jamás había demostrado una sola grieta de vulnerabilidad ante nadie, estaba llorando frente a mí.
¿Por qué lloraba ahora? Quizás era por el respeto y el cariño que me tenía tras haberme nombrado su reina, pero en sus ojos oscuros no había solo frustración; había dolor puro, un sufrimiento ahogado y desgarrador.
—No digas eso... ¡No te atrevas a decir eso, Amira! —susurró con la voz completamente quebrada, llevándose mis manos a los labios para besarlas con una devoción desesperada—. Perdóname... Por favor, perdóname. Juré protegerte y no lo he logrado... Fui un estúpido.
—Majestad... —musité, sintiendo que los párpados me pesaban cada vez más.
—Te mantendré viva. Lo prometo por mi corona, por mi sangre, por todo lo que soy —continuó él, apretando mi mano contra su rostro, temblando visiblemente—. No te vas a ir. No me vas a dejar solo en este infierno. No tú...
Su voz sonaba tan rota, tan llena de una agonía genuina, que por primera vez me descubrí creyendo que yo realmente le importaba. No como una pieza de su tablero, sino como la mujer que caminaba a su lado.
El médico imperial irrumpió en la habitación tropezando, acompañado por Alessia y dos asistentes cargando vendas y elixires.
—¡Majestad! ¡Debemos cortar la flecha de inmediato! —exclamó el doctor, temblando al ver la cantidad de sangre.
El rey se levantó de golpe. Lo tomó del cuello de la túnica con una sola mano, acorralándolo contra la pared con los ojos inyectados en sangre y la mandíbula apretada por una furia monstruosa.
—¡Escúchame bien, anciano! —rugió el rey, con una voz profunda que hizo temblar las lámparas de la estancia—. Si las manos te tiemblan, si cometes un solo error, o si la vida de mi reina se apaga en esta cama... no solo te degollaré a ti. Borraré a tu familia entera del mapa y quemaré este palacio hasta que no queden más que cenizas. ¡SÁLVALA!
El médico asintió aterrorizado, cayendo de rodillas junto a mi cama.
Reuní el último aliento que me quedaba en los pulmones, mirándolo por última vez antes de que la oscuridad me tragara por completo.
—Su alteza... haga justicia... No se rinda —susurré.
Y en medio del caos, de los gritos del rey amenazando a los médicos y del frío que me envolvía el cuerpo, perdí el conocimiento.
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OMG...
¿Quién será ese enmascarado?
¿Será que?.. ¿Alias es el rey?...
Déjame tu opinión en los comentarios....
lo siento, me quedo con el rey y el príncipe 😅😅
yo creo que el rey ama a la reina, y que ella es su amada. por eso la reina sueña con ese enmascarado