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LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo / Amor prohibido
Popularitas:6.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.

Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.

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capitulo 23

El eco de los tacones contra el suelo de mármol negro del ala este de la fortaleza resonaba con una claridad casi quirúrgica. Eran pasadas las tres de la mañana. La fiesta en el Hotel Gran Imperial había quedado atrás, pero la adrenalina de la noche seguía zumbando en mis sienes como una corriente eléctrica de alto voltaje.

Decidí no ir directamente a la alcoba principal. Necesitaba un momento de silencio, un espacio donde respirar el aire frío de la madrugada y procesar la magnitud del tablero en el que ahora jugaba como reina indiscutible. Sin embargo, al pasar frente al estudio privado de Alejandro —una zona estrictamente prohibida para el personal y donde ni sus lugartenientes más cercanos se atrevían a pisar sin previa autorización—, una rendija de luz dorada que se filtraba por debajo de la puerta de caoba me detuvo en seco.

Me acerqué con cautela, moviéndome como un felino sobre las gruesas alfombras persas. La puerta estaba entreabierta. Un instinto visceral, una mezcla de curiosidad y la necesidad imperiosa de conocer cada engranaje del hombre que ahora protegía mis espaldas, me impulsó a asomar la mirada a través del espacio reducido.

Lo que vi desafió por completo la imagen que el bajo mundo tenía de él.

Alejandro estaba de pie junto al ventanal que daba a los oscuros abetos del bosque exterior. Se había quitado la chaqueta del traje y la corbata, dejando la camisa blanca con las mangas abotonadas hasta los codos. No había rastro de la postura fría, imponente y calculadora con la que intimidaba a los capos en las reuniones del consejo. Tenía los hombros ligeramente encorvados, y entre los dedos de su mano derecha sostenía con extrema delicadeza un pequeño marco de plata antigua.

Me quedé inmovilizada, conteniendo la respiración. Sus ojos azules, habitualmente duros como el acero y fríos como el hielo, brillaban bajo la penumbra con una vulnerabilidad tan desgarradora que me dejó sin aliento. Sus labios se movían imperceptiblemente, como si estuviera susurrando un nombre o una plegaria en silencio a alguien que ya no pertenecía a este mundo.

En ese preciso instante, una pieza fundamental del rompecabezas encajó en mi mente.

El temido Don Alejandro, el hombre al que todos describían en los informes y en las calles como un monstruo desprovisto de alma, un ejecutor implacable que no conocía la piedad, guardaba en la más absoluta intimidad de sus sombras las cicatrices de una pérdida profunda. Su fachada de hielo no era más que una armadura impenetrable construida para sobrevivir en un mundo de lobos, un caparazón diseñado para que nadie volviera a ver jamás el punto exacto donde era vulnerable.

Sin hacer ruido, di un paso en falso que hizo crujir levemente una tabla de madera bajo mi zapato.

En una fracción de segundo, la vulnerabilidad desapareció. El depredador resurgió. Alejandro giró sobre sus talones con una velocidad felina, arrojando el marco sobre el escritorio con un movimiento brusco y levantando la mirada hacia la puerta con los ojos encendidos en una furia fría y calculadora.

—¿Quién está ahí? —bramó su voz ronca y profunda, cortante como el filo de una navaja.

Al ver que no me retiraba, empujé la puerta por completo y crucé el umbral con la barbilla erguida, sin apartar mis ojos de los suyos. La luz de la lámpara de escritorio iluminaba mi rostro con un tono ámbar, revelando que no había rastro de miedo en mi expresión, sino una comprensión silenciosa y profunda.

Alejandro se quedó petrificado por un segundo. La rigidez de sus hombros disminuyó ligeramente al reconocerme, pero su mandíbula seguía tensa, a la defensiva, como si lo hubieran atrapado en su momento más débil.

—Elara... —susurró, y por primera vez escuché una sombra de incomodidad en su tono—. ¿Qué haces despierta a estas horas? ¿Por qué no estás en la habitación?

Caminé lentamente hacia él, acortando la distancia en el vasto estudio lleno de estanterías con libros antiguos y expedientes clasificados. No dije una sola palabra hasta quedar a escasos centímetros de su cuerpo imponente. Pude percibir el aroma limpio de su loción mezclado con el tabaco caro y el calor de su piel.

—Buscaba un poco de aire, y la luz de tu puerta llamó mi atención —respondí con una voz suave, pausada, desprovista de cualquier juicio—. No tenía intención de invadir tu privacidad, Alejandro. Pero al verte... entendí algo que los libros de historia de la mafia jamás van a escribir sobre ti.

Los ojos de Alejandro se estrecharon, y un destello de peligrosa cautela cruzó por sus pupilas. Extendió una mano rápida para bloquear el acceso al escritorio, intentando ocultar el pequeño marco de plata que había dejado boca abajo.

—No hay nada que entender aquí, Elara —espetó él con aspereza, intentando recuperar su armadura de hielo—. Los hombres como nosotros no tienen espacio para debilidades, y menos para que andes investigando fantasmas ajenos. Vuelve a la cama.

En lugar de obedecer o retroceder ante su tono intimidante, alcé la mano con total naturalidad y posé mis dedos suavemente sobre su antebrazo, sintiendo cómo los músculos bajo la tela de su camisa se contraían de golpe ante mi contacto.

—No te tengo miedo, Alejandro —le recordé con una sonrisa leve y sincera, mirándolo fijamente a los ojos—. Me defendiste de Marcos como si mi vida fuera lo único que importara en este mundo. Me diste un ejército, un hogar y un imperio para ejecutar mi venganza. ¿De verdad crees que un momento de humanidad o el peso de un recuerdo van a cambiar la forma en que te veo? Sé muy bien lo que es llevar cicatrices bajo la piel. Los dos estamos echos de la misma oscuridad.

Las palabras parecieron golpear a Alejandro con la fuerza de un impacto físico. Su respiración se volvió más pesada. La fachada de hielo comenzó a resquebrajarse por completo, dejando al descubierto al hombre real que se ocultaba tras el título de Don.

Con un movimiento repentino, sus manos grandes y ásperas se cerraron con fuerza alrededor de mi cintura, levantándome en vilo con una facilidad pasmosa y estrellando mi cuerpo contra el suyo. Me empujó suavemente hacia atrás hasta sentarme sobre el borde del pesado escritorio de caoba, flanqueándome con sus brazos mientras su rostro quedaba a la altura del mío.

—No tienes idea de lo peligrosa que eres cuando hablas así, Elara —ronroneó su voz cerca de mis labios, con un tono febril, oscuro y cargado de una urgencia contenida que me heló la sangre y me encendió el alma al mismo tiempo—. Crees que puedes leer entre mis líneas, crees que puedes mirar mis demonios a los ojos y no salir quemada en el intento.

—Pruebe a ver si me quemo —le desafié con una sonrisa felina, enredando mis dedos en los mechones oscuros de su cabello y tirando de su cabeza hacia mí.

El autocontrol de Alejandro se desmoronó por completo. Lanzó un gruñido gutural de rendición y estrelló sus labios contra los míos en un beso hambriento, desesperado y feroz que no guardaba nada de la paciencia de las horas anteriores. Era un beso de posesión absoluta, un huracán de pasión cruda donde él parecía buscar desesperadamente refugio en mí, y yo en él.

Sus manos rudas y expertas recorrieron con frenesí la línea de mis muslos, levantando la tela del vestido de terciopelo hasta dejar mi piel al descubierto bajo la luz tenue de la lámpara. Las páginas de los expedientes clasificados sobre el escritorio se deslizaron y cayeron al suelo con un ruido sordo, pero a ninguno de los dos nos importó lo más mínimo.

Entre jadeos rotos que se perdían en la inmensidad del estudio y un frenesí de piel contra piel que desafiaba todas las reglas de la fortaleza, nos dejamos arrastrar por el torbellino de una entrega total. Cada embestida de Alejandro era una declaración silenciosa de protección, un juramento de que, a partir de esa noche, sus sombras y las mías formarían un solo imperio inquebrantable. Y yo, entregada por completo a su fuego, supe que habíamos dejado de ser dos extraños unidos por un contrato de conveniencia para convertirnos en dos almas dispuestas a quemar el mundo entero con tal de no perderse jamás.

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