Ian es el omega perfecto: dócil, hermoso, prometido al alfa más codiciado de la preparatoria. No sabe que para Karl es solo una fachada. Cuando descubre la verdad, muere empujado por unas escaleras.
Pero en su cuerpo despierta Joseph, un chico de barrio con alma de superviviente. Ahora habita la piel del omega ingenuo y tiene un plan: desenmascarar a Karl y liberarse del compromiso.
El problema es Kevin, el hermano mayor de Karl. El heredero silencioso. El único que parece ver más allá de la farsa.
Lo que empieza como venganza se convierte en un amor prohibido. Porque las feromonas no mienten, y Joseph tendrá que elegir entre seguir habitando una mentira o confesar quién es... y perderlo todo.
NovelToon tiene autorización de Hanabi Montano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 3: Vestido de otro
El día que me dieron el alta estaba nervioso. No lo demostraba —he aprendido a no demostrar nunca lo que siento, en mi barrio eso es supervivencia básica— pero por dentro era un manojo de nervios.
Iba a salir de ahí, iba a conocer la casa de Ian, a conocer su vida. Iba a tener que enfrentarme a todo lo que había estado evitando. Y lo peor: iba a tener que conocer a Karl. Mi novio. El tipo de la foto que sonreía como si el mundo fuera suyo, el de los 37 mensajes que no me atreví a abrir.
Elvira llegó con una bolsa de ropa.
—Traje algo para que te pongas —dijo, dejándola sobre la cama—. ¿Necesitas ayuda?
—No gracias, ya soy grande.
Ella sonrió, era una sonrisa triste, pero sonrisa al fin y al cabo. Salió de la habitación para darme privacidad. Abrí la bolsa y casi me da algo.
La ropa era... cómo decirlo... muy de Ian.
Un suéter rosa pálido, de cashmere, de esos que parecen una nube. Olía a suavizante floral, a ese aroma caro que usan en las casas donde la ropa se plancha sin arrugas. Unos pantalones beige, ajustados, de esos que marcan todo lo que un omega debe marcar. Unas zapatillas blancas, impecables, de marca, con un lazo diminuto en el lateral. Un lazo, como si ser omega fuera un disfraz de muñeca.
Miré la ropa, miré la puerta. Miré la ropa otra vez.
—Ni loco —murmuré.
Pero no tenía opción, no podía salir en pijama. Así que me vestí. Lo hice con cuidado, como quien se pone un disfraz que no ha elegido. El suéter era suave, eso sí, demasiado suave, como si la ropa misma quisiera abrazarme y decirme "tranquilo, aquí todo es bonito". Pero yo no quería que me abrazaran, yo quería salir de ahí, quería volver a mi casa, a mi cuarto, a mi vida.
Pero mi casa ya no existía, mi cuarto probablemente ya lo estaban vaciando. Mi vida... mi vida había terminado en un autobús a las seis de la tarde.
Los pantalones me quedaban como pegados, marcando cosas que yo no quería que se marcaran. Y las zapatillas... por Dios, parecían sacadas de una caja, nuevas, perfectas, con ese lazo ridículo.
Me miré al espejo.
El Ian del espejo me devolvió la mirada. Guapo, perfecto, vestido como el omega de portada que debía ser. Pero en sus ojos —en mis ojos, ahora— había algo que Ian nunca había tenido.
Una chispa. Una advertencia.
—Vamos a ver qué hay ahí afuera —le dije a mi reflejo—. Pero que sepas una cosa: yo no soy tú. No voy a aguantar tonterías, no voy a sonreír cuando me traten como a un idiota. Así que prepárate, Ian, o como te llames, porque esto se va a poner interesante.
Salí de la habitación, Elvira me esperaba en el pasillo. Me miró, y por un instante, su sonrisa se mantuvo firme.
—¿Qué? —pregunté, esperando el comentario.
—Nada, hijo. Es... es que me alegra verte con así, con tu ropa, como siempre.
Eso fue peor que cualquier crítica. Porque yo no era "como siempre" y ella nunca iba a saberlo.
Y entonces apareció él. Rodrigo. Mi padre. El alfa.
Venía por el pasillo con ese paso firme que tenía, como si el suelo estuviera hecho para él. A su lado, un chico más joven, allto también, pero sin esa gravedad. Guapo, sí, muy guapo, de esos que te paras a mirar. Pelo castaño, ojos verdes, sonrisa fácil. Y entonces llegó el olor.
Cuero y tabaco. Fuerte. Intenso. Invasivo.
Y mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Por un instante, solo un instante, sentí algo que no esperaba. Algo dentro de mi reconoció ese olor y se alegró. Sentí que los hombros se me relajaban, que una parte de mí quería correr hacia él, abrazarlo, refugiarse en su pecho como si ese olor significara hogar. Pero mi mente racional intentó poner orden: es solo un olor, es solo un tipo, cálmate.
Luché contra el impulso de acercarme, respiré hondo, mantuve la mirada.
—Ian —dijo el chico, y su voz era suave, casi tierna—. Me dijeron que ya te iban a dar el alta y quise venir a buscarte.
Karl. Mi novio.
Se acercó con una naturalidad que helaba la sangre. No pidió permiso, no esperó a que yo diera un paso hacia él, simplemente me rodeó con los brazos y me atrajo hacia su pecho, como si tuviera derecho, como si llevara años haciéndolo, como si yo fuera suyo. Y yo, paralizado, noté su olor otra vez. Cuero y tabaco, cerca era más intenso.
No me gustó.
No sé cómo explicarlo. Olía bien, supongo, objetivamente, pero algo en mi estómago se revolvió. Una alerta, como cuando en el barrio sabes que un tipo es peligroso aunque nadie te lo haya dicho. Y no, no sabía nada de él, no había abierto su chat, no había leído sus mensajes, no sabía lo que había hecho. Pero algo en mi cuerpo —en mi mente, en mi instinto de supervivencia— me decía que no me fiara.
Sus dedos se deslizaron por mi espalda, con una familiaridad que me dio escalofríos, acercó los labios a mi sien y depositó un beso. Fue un gesto tierno, probablemente, pero a mí me supo a sentencia.
—Me alegro de que estés bien —susurró cerca de mi oído—. Te he extrañado tanto...
Y yo, con los brazos pegados al cuerpo, sin devolverle el gesto, me quedé inmóvil.
Él lo notó, no era tonto, por muy guapo que fuera. Se apartó un poco, me sostuvo por los hombros y me miró, sus ojos verdes buscaron algo en los míos, algo que no encontró.
—¿Estás bien? —preguntó, y su sonrisa seguía ahí, pero ya no era tan fácil—. Pareces... distinto.
—Es la medicación —dije. Mi voz sonó más suave de lo que quería, más débil—. Estoy cansado.
—Claro, claro —asintió y me soltó despacio, como si no quisiera hacerlo del todo—. Es normal, ya volverás a ser tú.
No, pensé, no quiero volver a ser nadie, no quiero ser Ian. No quiero estar aquí.
Pero no dije nada. Porque todavía no sabía nada, porque todavía estaba aprendiendo. Porque tenía que sobrevivir. Y a veces, sobrevivir significa callarse y esperar.
No sé por qué, pero no me fío de él, pensé mientras caminábamos hacia la salida, con Karl a mi lado, demasiado cerca, y Rodrigo abriendo el camino. Y ese pensamiento se me clavó en el pecho como una promesa.
Tarde o temprano, voy a descubrir qué escondes.
y el pobre de Diego debería ser pronto un aliado, hay que desvaratarles el mundo, como hicieron ellos, pero con la verdad, esa es la diferencia entre unos y otros 😏💪
y también recuperar la presencia de Kevin!!! vamos muchacho, conversa con tu amiga y que te ponga en eje!!!🤭
Podría mostrar un punto para cambiar de prometido🤭🤭🤭 aunque si pudiera ser, para eso falta. No veo la hora de que se planten un beso🫦 (para eso también debe falta pero espero 🙏 🥰)
Kevin por favor no hagas caso sigue viendo a Ian 😍😍😍😍escondidos 😍😍😍😍interesante 😍😍😍😍
Kevin, demuestre lo que realmente vale saber y querer saber del que te gusta 😉.
Será que la madre de Ian les dijo a donde iban estos dos a Karl??? 👀