PARA ELLA LA VIDA LA HA CONDENADO A UN HOMBRE QUE LA DESTRUYE. PERO ESA MISMA VIDA LE DA UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA CAMBIAR SU DESTINO...
LO QUE ELLA NO SABE ES QUE EL DESTINO YA ESTABA ESCRITO...
¿Crees que si regreso al pasado cambio mi destino?
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20
Tenía la cabeza ensangrentada, y un hilo espeso de sangre le bajaba desde la sien, pasando por la oreja hasta perderse en el cuello de su camisa. Horrrorizada, me acerqué a él y descubrí que sus manos también estaban completamente manchadas de rojo.
—Por Dios... ¿qué demonios te sucedió? —pregunté, sintiendo un dolor punzante de profunda preocupación en el pecho.
Él no emitió ni una sola palabra. Se limitó a mirarme fijamente, con los ojos inyectados en sangre, y pude ver con claridad cómo una lágrima silenciosa se deslizaba por su mejilla mezclándose con el agua de lluvia y el fluido carmesí.
Levantó una mano temblorosa y acarició mi mejilla con infinita devoción.
—Diego, estás herido de gravedad... iré a buscar a Eva de inmediato para que nos ayude —dije, dando un paso hacia la puerta con desesperación.
Pero su mano me atrapó con firmeza, atrayéndome de nuevo hacia su cuerpo en un abrazo desesperado, mientras rompía a llorar de una forma tan desgarradora que me partió el alma. No lograba comprender absolutamente nada de lo que pasaba; la preocupación me estaba asfixiando y lo único que quería era salvarlo.
—Estás viva... —susurró con la voz rota contra mi cuello—. Gracias a Dios estás con vida...
Un escalofrío helado recorrió toda mi columna. Él se apartó un poco y volvió a besarme la frente con desesperación.
—Sigues con vida... —repetía una y otra vez, acariciando mi piel como si temiera que fuera a desvanecerme—. Perdóname... por favor, perdóname...
—Diego, por el amor de Dios, ¿qué te sucede? — pregunté con un nudo en la garganta.
—No sabes cuánto me arrepiento de haberlo hecho... perdóname... —suplicaba entre espasmos de llanto, hasta que sus rodillas flaquearon por completo y terminó cayendo desplomado al suelo, rompiendo en un alarido de puro dolor que me hizo gritar a mí también.
En ese instante, la puerta se abrió de golpe y Eva irrumpió en la habitación. Ya había estado cerca desde antes.
Vio a Diego postrado de rodillas en el piso, aferrándose a mis manos con una desesperación demencial.
—Perdóname... te juro que no lo volveré a hacer, te lo prometo...
—Diego, ¿de qué diablos estás hablando? —le exigí con los ojos anegados en lágrimas, completamente descolocada.
Él me tomó la mano con frenesí y comenzó a besar los nudillos uno por uno.
—Prometo no volver a retenerte en una sola habitación en contra de tu voluntad... Te dejaré ser feliz, te juro que le pediré a Max que se case contigo, haré lo que sea necesario para que tengas la vida que mereces, ¡solo te pido que me perdones por lo que te hice!
Me quedé completamente petrificada, estática, intentando procesar el absurdo de sus palabras. Eva, a mi lado, compartía la misma expresión de absoluta incomprensión.
—Mi niño... estás herido de gravedad, mira cómo estás... —balbució Eva con voz temblorosa al intentar acercarse.
Al escuchar la voz de su abuela, Diego se quedó completamente rígido. Giró el cuello con lentitud en su dirección y la observó con los ojos muy abiertos, como si estuviera viendo a un fantasma.
—Abuela... —susurró aterrorizado y maravillado a la vez—. Abuela, estás viva...
De la nada, se puso de pie con un impulso sobrehumano, se abalanzó sobre ella y la levantó en vilo en un abrazo tan feroz y apretado que por poco los hace caer al suelo a ambos.
—¡Abuela Eva! ¡Estás viva! —repetía Diego, riendo y llorando al mismo tiempo.
Yo me quedé observando la escena en riguroso silencio, sintiendo cómo las piezas caían por fin en su sitio, dándome una revelación aterradora:
Este Diego... había vuelto a recordar todo. Había renacido en su mente con los recuerdos de la otra vida.
De pronto, giró el rostro para buscarme con la mirada. Di un paso instintivo hacia atrás, invadida por un repentino y visceral reflejo de defensa. Al notar mi retroceso, Diego se detuvo en seco; su expresión se quebró, reflejando una tristeza infinita, y una nueva lágrima se escapó de sus ojos.
—Yo...
—Hijo, por el amor de Dios, vamos al hospital de inmediato, estás sangrando demasiado —interrumpió Eva con urgencia, al percatarse del pánico y la profunda tristeza que se dibujaban en mi rostro.
La idea repentina de que, si Diego había recuperado los recuerdos de nuestro pasado trágico, eso significaba que tarde o temprano volvería a enloquecer y a retenerme en contra de mi voluntad... me aterraba hasta los huesos.
—No es necesario... estoy bien, yo... —balbuceó Diego con voz cada vez más débil.
Y de repente, sus fuerzas se derrumbaron. Las piernas le fallaron por completo y se desplomó hacia adelante. Me moví por puro instinto, corriendo a sostenerlo en mis brazos antes de que se golpeara contra el suelo, acomodando su cabeza para que reposara sobre mis piernas.
—¡Llamaré a una ambulancia ahora mismo! —gritó Eva, saliendo despavorida de la habitación para pedir ayuda, dejándome sola con él.
Los ojos de Diego, nublados y perdiendo el brillo a pasos agigantados, me buscaban con desesperación inconsciente.
—Te volví a ver... y lo único que pido ahora es que seas feliz...
El sonido de su respiración se volvía cada vez más errático, cortante y casi imperceptible, congelándome el corazón. Tomé su rostro ensangrentado entre mis manos, obligándolo a mantenerme en su campo de visión.
—¿Qué te sucedió? ¿Por qué estás así... Diego, por favor mírame...?!
—Te amo... te amo tanto, Elizabeth... Por favor, perdoname.
Sus párpados cayeron pesadamente, cerrándose por completo. Y en ese instante, al verlo desvanecerse, sentí cómo volvía a perderlo. Cómo el destino me lo arrebataba otra vez, dejándome sumida en un vacío espantoso.
Para mi propia sorpresa, el sentimiento que me devoraba por dentro no era el odio ni el rencor por haberme dado a beber aquel veneno en nuestra otra vida; la furia ciega y el dolor insoportable que me sacudían el alma nacían de una sola realidad: me estaba dejando sola. Se estaba marchando sin quedarse a mi lado.
El pecho me dolía como si me lo estuvieran arrancando a tiras. Comencé a llorar con una fuerza salvaje, permitiendo que el dolor puro se adueñara de cada rincón de mi ser.
Minutos después, el sonido ensordecedor de la sirena de la ambulancia irrumpió en la propiedad. Subí con él en la parte trasera del vehículo médico; al llegar a la sala de urgencias, los paramédicos y doctores nos informaron que, a causa del accidente y los golpes severos, se había reabierto una herida profunda en la cabeza, había perdido muchísima sangre y, para empeorarlo todo, había entrado en un profundo estado de coma.
Con las manos todavía temblando, cubiertas de su sangre, me senté en los fríos bancos de la sala de espera, rezando con el alma rota para que los médicos me dijeran que iba a estar bien.