El destino vuelve a reunirlos bajo el mismo techo, pero nadie sabe qué traerá consigo este reencuentro.
¿Encontrará Emma a alguien capaz de comprender su corazón?
¿Descubrirá que el amor puede llegar cuando menos lo espera?
¿O será una tentación inesperada la que ponga su mundo de cabeza?
En esta historia, nada está escrito todavía. Los sentimientos crecerán, los secretos saldrán a la luz y las decisiones de sus protagonistas irán marcando el rumbo.
Porque a veces, el corazón desea algo que la razón no sabe explicar… y la vida nos enfrenta a elecciones que jamás pensamos tener que hacer.
Bienvenidos a Tentaciones prohibidas.
NovelToon tiene autorización de Yance para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Valeria
La mañana transcurría con normalidad en la universidad. Los pasillos estaban llenos de estudiantes, las cafeterías rebosaban de conversaciones y, en una de las mesas cercanas a los ventanales, Emma intentaba concentrarse en los apuntes de su próxima clase.
Intentaba.
Porque, desde hacía varios minutos, Lenna llevaba observándola con una sonrisa sospechosa.
—¿Qué? —preguntó Emma sin levantar la vista.
—¿Qué?
Emma cerró el cuaderno.
—Deja de mirarme así. Me estás poniendo nerviosa.
Su mejor amiga apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia ella.
—Creo que Leonardo está celoso.
Emma parpadeó.
—¿Perdón?
—Me escuchaste perfectamente.
—Lenna, por favor. No empieces.
—Estoy haciendo una observación muy inteligente.
—Estás haciendo una interpretación completamente equivocada.
Lenna puso los ojos en blanco.
—Em, cada vez que mencionas a Adrián, ese hombre parece tragarse un limón entero.
—Leonardo siempre ha sido serio.
—Contigo no. Contigo se ríe, te molesta, te pregunta hasta qué desayunaste y te llama para saber cómo estás, lo único que falta es que le digas que tipo y color de ropa interior usas.
Emma intentó no reírse.
—¡Lenna! Eso no significa que esté celoso.
-Por Dios Em. Cuando le hablas de Adrián de repente tiene una reunión importantísima, una crisis empresarial o una urgencia que le impide sonreír.
—Está ocupado últimamente.
—Claro, sigue creyéndolo.
Emma le lanzó una servilleta.
—¡Lenna!
Ambas se echaron a reír, pero Lenna no tardó en recuperar su expresión seria.
—Escúchame. No digo que esté enamorado de ti ni que vaya a aparecer mañana con un ramo de rosas. Solo digo que su comportamiento es extraño.
Emma bajó la mirada hacia sus manos.
La sonrisa comenzó a desvanecerse.
—Él fue muy claro conmigo.
—¿Y?
—Cuando le confesé lo que sentía. Me dijo que necesitábamos distancia. Después, cuando nos reencontramos, aceptó que fuéramos amigos. Nunca me prometió nada distinto.
Lenna guardó silencio.
Emma tragó saliva antes de continuar.
—Además, es el hermano de mi padre. Ha estado en mi vida desde que era pequeña. Siempre me ha cuidado, me ha protegido y me ha querido. ¿Y si todo lo que yo interpreto como algo especial no es más que cariño fraternal?
—Pero tú no lo miras como a un tío.
—Yo no soy él.
Aquella respuesta hizo que Lenna dejara de sonreír.
Emma tenía razón. No podían construir una historia de amor sobre interpretaciones, miradas o celos que ni siquiera estaban confirmados.
—No quiero volver a equivocarme —confesó la rubia—. Ya le dije lo que sentía una vez y me dolió muchísimo escuchar que estaba confundida. No pienso volver a poner mi corazón en sus manos para que después me diga que todo está en mi cabeza.
Lenna le tomó la mano.
—Entonces no lo hagas. No tienes que decidir nada ahora. Sigue con tu vida, estudia, disfruta, conoce personas. Deja que él también descubra qué quiere.
Emma asintió.
Era lo más sensato.
Lo que su corazón necesitaba, sin embargo, era mucho menos razonable.
Porque, aunque intentaba convencerse de que Leonardo jamás podría mirarla de otra manera, una pequeña idea acababa de instalarse dentro de ella.
Una idea diminuta, peligrosa, hermosa.
Esperanza.
¿Y si Lenna tenía razón?
¿Y si aquella frialdad no era indiferencia, sino algo que él mismo no sabía cómo manejar?
Emma sacudió la cabeza.
No. No iba a hacerse ilusiones.
Pero, mientras recogía sus cuadernos para entrar a clase, no pudo evitar sonreír un poquito.
Y Lenna, que la conocía demasiado bien, lo notó.
—¡Ajá! —exclamó.
—¡Cállate!
Las carcajadas de ambas se mezclaron con el ruido de los estudiantes.
Por unos minutos, Emma consiguió olvidarse de todo lo que le dolía.
Lástima que la tranquilidad no duraría demasiado.
La última clase del día terminó poco después de las tres de la tarde.
Lenna tenía una sesión de arte en otro edificio, así que se despidió de Emma en el pasillo.
—¿Nos vemos en el apartamento?
—Sí. Tengo que terminar unos bocetos antes de cenar.
—Perfecto. Y no te olvides de comprar leche.
—Lo anotaré en mi lista de prioridades.
Lenna la abrazó rápidamente.
—Te quiero, Em.
—Yo también.
Emma la vio alejarse antes de dirigirse hacia la salida.
Llevaba la mochila colgada de un hombro y una carpeta llena de diseños bajo el brazo cuando escuchó una voz conocida a sus espaldas.
—Vaya, miren quién está aquí.
Emma cerró los ojos durante un segundo.
No necesitaba darse la vuelta para saber quién era.
Valeria.
Una compañera de la universidad que llevaba meses encontrando excusas para humillarla. Al principio habían sido comentarios sobre su apellido, después insinuaciones acerca de su familia y, finalmente, burlas cada vez que Emma intentaba ignorarla.
La joven rubia respiró profundamente y continuó caminando.
No tenía tiempo para aquello.
—¡Oye, Carter! Te estoy hablando.
Emma se detuvo.
A su alrededor quedaban varios estudiantes que conversaban antes de abandonar el edificio. Algunos reconocieron de inmediato el tono de Valeria y comenzaron a prestar atención.
—¿Qué quieres? —preguntó Emma, girándose con calma.
Valeria cruzó los brazos.
—Tengo curiosidad. ¿Tú de quién eres hija realmente?
Emma sintió que algo se le tensaba dentro del pecho.
—No es asunto tuyo.
—¿Ah, no? Porque todavía no entiendo cómo alguien como tú estudia aquí.
Un par de estudiantes intercambiaron miradas.
Valeria continuó, cada vez más envalentonada.
—Esta universidad es demasiado para ti, ¿no crees? Hay personas que se esfuerzan toda la vida para estar aquí. Y luego apareces tú, una don nadie, con tu apellido de mierda y tus historias familiares.
Emma apretó los dedos alrededor de la carpeta.
Había escuchado comentarios parecidos antes.
Personas que creían tener derecho a juzgarla sin conocer absolutamente nada de su vida.
Por un instante, imaginó dejar caer la carpeta, acercarse a Valeria y borrar aquella sonrisa de su rostro de una sola bofetada.
Pero no lo hizo.
No porque tuviera miedo.
Sino porque no iba a regalarle la satisfacción de hacerla perder el control.
Emma alzó la barbilla.
—¿Terminaste?
Valeria pareció desconcertada.
—Te pregunto si ya terminaste de demostrar delante de todo el mundo lo poco que tienes para ofrecer, aparte de hablar de la vida ajena.
Alguien soltó una risa.
Valeria endureció la expresión.
—No te hagas la importante.
—No me hago nada. Estudio aquí porque me gané mi lugar. Presenté mis pruebas, cumplí los requisitos y trabajo para mantener mis calificaciones. No necesito que me expliques cuánto valgo.
La joven hizo una pausa, mirándola directamente a los ojos.
—Y si tienes alguna pregunta sobre mi familia, puedes hacérmela con educación. Aunque, sinceramente, no creo que la tengas y tampoco te debo explicaciones.
—¡Solo digo que eres una oportunista! ¿Quién es tu padre? ¿Eres huérfana? ¿Becada?.
Emma soltó una risa incrédula.
—Eso es algo que no te importa, no te creas que porque no he reaccionado como esperas no te puedo acabar, anda con cuidado.
Esta vez las carcajadas fueron más numerosas.
Uno de los muchachos que estaba cerca se tapó la boca para disimular la risa. Otro murmuró que Valeria se lo había buscado.
La sonrisa de la chica desapareció.
—Te vas a arrepentir de hablarme así.
Emma se acomodó la mochila.
—Y tú vas a arrepentirte de seguir creyendo que puedes tratar a los demás como quieras sin que nadie te responda.
Se acercó un paso, sin perder la compostura.
—No vuelvas a hablar de mi familia para intentar humillarme. Si tienes un problema conmigo, dímelo de frente y con respeto. Pero no confundas mi silencio con debilidad.
Valeria abrió la boca, pero no encontró una respuesta inmediata.
Emma aprovechó para terminar:
—Y ahora, si me disculpas, tengo cosas más importantes que hacer que perder el tiempo contigo.
Se dio la vuelta y siguió caminando.
A sus espaldas estallaron algunas risas más.
—¡Eso te pasa por meterte con ella! —comentó alguien.
Emma no miró atrás.
No necesitaba hacerlo.
Había defendido su dignidad sin levantar la voz, sin golpear a nadie y sin permitir que la rabia decidiera por ella.
Había ganado aquella batalla.
Entonces, ¿por qué le temblaban las manos?
¿Por qué sentía aquel nudo insoportable en la garganta?
Y, sobre todo, ¿por qué tenía tantas ganas de llorar?
Cuando llegó a una zona más apartada del edificio, dejó la carpeta sobre un banco y respiró hondo.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
—No llores —se susurró—. No por ella. No le des ese gusto.
Pero algunas heridas no desaparecían por el simple hecho de responder con inteligencia.
Emma era fuerte. Lo había demostrado una y otra vez.
Sin embargo, estaba cansada de fingir que los comentarios no le dolían. Cansada de proteger a su familia de rumores que ni siquiera debería tener que escuchar. Cansada de sentirse observada, juzgada y obligada a demostrar que merecía ocupar el lugar que se había ganado.
Su padre Daniel había sido un hombre ejemplar y Alessandro era todo para ella. Nadie tenía derecho de hablar de ellos o de su madre sin importar que apellido lo respalde.
Se sentó en el banco y se cubrió el rostro con las manos.
Lenna no estaba allí.
No quería llamar a sus padres y preocuparlos y que descubrieran lo que estaba sucediendo en la universidad y decidieran intervenir antes de que ella pudiera resolverlo.
Podía defenderse sola.
Pero, por una vez, habría dado cualquier cosa por tener a alguien que la abrazara y le dijera que no tenía que ser fuerte todo el tiempo.
Su teléfono comenzó a vibrar.
Al ver el nombre que aparecía en la pantalla, el corazón le dio un vuelco.
León.
Emma se secó rápidamente las mejillas.
No quería que la viera llorar.
No quería que se preocupara Y no quería que descubriera que, detrás de todas sus sonrisas, había días en los que se sentía mucho más vulnerable de lo que dejaba ver.
La llamada terminó.
Un segundo después, el teléfono volvió a sonar.
Emma contempló la pantalla.
Dudó.
Y finalmente respondió.
—Hola —saludó, procurando que su voz sonara normal.
Leonardo apareció en la pantalla.
Estaba en su despacho, sentado detrás de un escritorio lleno de documentos. Llevaba una camisa azul oscuro con las mangas remangadas y el cabello ligeramente despeinado.
Pero no parecía estar trabajando.
Sus ojos buscaron inmediatamente el rostro de Emma.
—Hola, pequeña.
Ella sonrió.
O, al menos, lo intentó.
—¿Qué haces?
—Intentaba trabajar.
—¿Intentabas?
—Sí. Porque llevo todo el día pensando en llamarte.
Emma sintió que el corazón se le ablandaba.
—¿Y por qué no lo hiciste antes?
—Porque pensé que estarías en clases. ¿Ya saliste?
—Sí.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
Leonardo guardó silencio.
Emma conocía aquella mirada.
Era la misma que él utilizaba cuando sospechaba que alguien estaba ocultándole algo.
—¿Bien? —repitió.
—Sí, León.
—Mírame.
Ella levantó los ojos.
Leonardo dejó de sonreír.
La conocía demasiado bien. Había visto aquella expresión en su rostro cuando era pequeña y se golpeaba jugando, cuando extrañaba a Daniel y cuando intentaba fingir que algo no le dolía para no preocupar a los demás.
Emma podía ser valiente hasta el extremo.
Pero cuando algo conseguía quebrarla, sus ojos la delataban antes que sus palabras.
Y los ojos que estaba viendo en aquella pantalla no eran los de una joven que había tenido un buen día.
Reacciona👍
comenta 💬
Sígueme 👣
Comparte 🗣
Regalos🎁
califica mi libro⭐️⭐️⭐️⭐️⭐️