A los cinco años, Elena Vega sobrevivió al intento de asesinato de su madre adoptiva tras la aparición del Sistema Dura de Matar. Esta interfaz le otorga datos tácticos, alertas de riesgo y a "Ratón Mayor": la encarnación física del sistema, un roedor con quien se comunica mentalmente para analizar venenos sin parecer loca.
Dieciocho años después, Elena regresa a la mansión Montenegro a reclamar su lugar como la verdadera heredera. Pero Camila, la falsa heredera, orquesta sabotajes y contrata sicarios para eliminarla.
Guiada por la lógica de su sistema, Elena desmantela cada trampa mientras Mateo, su atolondrado hermano biológico, absorbe sin querer los atentados como su "escudo humano" involuntario. ¿Podrá la impía rival salirse con la suya o sucumbirá ante la estratega más implacable?
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El arte de la autodefensa nocturna
[¡NOTIFICACIÓN DEL SISTEMA!] [Análisis del entorno: Inspección de la suite principal de invitados. Ventanales de vidrio templado, balcón amplio sin rejas, tres enchufes de pared y una lámpara de araña sobre la cama. Nivel de vulnerabilidad nocturna: 85%.]
Doña Rosa abrió las puertas dobles de la suite con una sonrisa radiante, extendiendo los brazos hacia el enorme cuarto decorado en tonos crema y dorado.
—¡Tadaaa! ¿Qué tal, hija? —exclamó Doña Rosa, juntando las manos con emoción—. Pedí al mejor diseñador que usara el estilo más lujoso. ¿Sientes ese delicioso aroma a dinero y confort?
Elena dio tres pasos dentro de la habitación, olfateando el aire con desconfianza mientras miraba a su alrededor.
—«Confirmado, Elena» —le sopló la voz de Ratón Mayor mentalmente, asomándose apenas desde su bolsillo—. «Aparte del olor a billetes nuevos, hay un leve tufo a circuito electrónico sobrecalentado saliendo del tomacorriente este.»
—Aparte del olor a dinero, huelo electrónica caliente —dijo Elena con naturalidad, caminando directamente hacia la pared.
Mateo, que venía cargando la mochila táctica de Elena tras perder un rápido juego de piedra, papel o tijera, la miró con el ceño fruncido.
—¿Electrónica caliente? Elena, es una habitación de lujo, no un taller mecánico.
—En el 70% de los crímenes de la élite, las agresiones o el espionaje ocurren dentro del propio dormitorio —explicó Elena mientras sacaba una pequeña navaja de su bolsillo y la introducía con destreza detrás del marco de una pintura abstracta que colgaba sobre la cabecera—. Cámaras en los enchufes, micrófonos en las lámparas... Cosas básicas de la vida.
—Oye, oye, ¿qué le haces a mi cuadro? —chilló Camila, dando un paso al frente con rostro de angustia profunda—. ¡Eso es una obra de arte importada de París! ¡Costó una fortuna! ¡No puedes llegar a destrozar la casa así!
¡CLACK!
Un pequeño lente de visión nocturna con transmisión inalámbrica cayó directamente en la palma de la mano de Elena.
Elena ladeó la cabeza, mostrando el diminuto dispositivo negro bajo la luz.
—El marco del cuadro estaba desviado exactamente tres grados. Ángulo perfecto apuntando hacia la cabecera de la cama. Dime, 'hermanita', ¿los obreros parisinos dejaron esto instalado por error o es que te gusta la transmisión en vivo?
Camila se puso blanca como un papel. Abrió la boca, la cerró y luego miró a Doña Rosa con los ojos llenos de lágrimas instantáneas.
—¡M-Mama! ¡Yo no sé qué es eso! ¡A lo mejor los trabajadores de la remodelación eran unos pervertidos! ¡Qué horrible! ¡Siento que me voy a desmayar de la impresión! —dijo Camila, llevándose la mano a la frente con un dramatismo impecable.
Doña Rosa corrió a sostener a Camila del brazo, consolándola con ternura.
—¡Pobre Camila mía, qué susto tan grande te has llevado! —exclamó Doña Rosa, mirando a Elena con una sonrisa enternecida—. ¿Ya ves, Elena? Qué afortunadas somos de tenerte. Apenas llegaste y ya estás ayudando a limpiar los errores de los obreros. ¡Es maravilloso cómo se complementan!
Mateo se frotó las sienes, mirando la cámara en la mano de Elena y luego a su madre.
—Mamá... acabamos de encontrar un micrófono espía en el cuarto de tu hija biológica y tu reacción es '¡qué bonito equipo hacen!'... De verdad creo que el café de esta casa tiene algo raro.
—¡Ay, Mateo, no seas amargado! —lo regañó Doña Rosa alegremente—. Tu hermana solo es precavida.
Elena ignoró la escena, caminó hacia el balcón y empujó el ventanal. Miró hacia abajo y luego midió el grosor de los barrotes de hierro.
—Piso tres. Las barandillas están muy separadas —evaluó Elena en voz alta—. Un excomando o alguien con un gancho de escalada subiría en menos de veinte segundos. Descartado.
—¿Un excomando? —preguntó Mateo, parpadeando desorbitado—. Elena, vivimos en un residencial privado con guardia en la puerta. ¿Quién demonios va a mandar a un comando de élite a escalar tres pisos para entrar a tu cuarto?
—En mi rubro, la precaución nunca sobra.
—¿Tu rubro? —intervino Camila con voz dulce y veneno en la mirada, tratando de dejarla en ridículo—. Pero si eres una estudiante de dieciocho años que no ha terminado la preparatoria... ¿A qué te dedicas exactamente, Elena? ¿A la fantasía?
Elena se giró despacio y le dedicó a Camila una sonrisa de absoluta superioridad.
—A las herederas perseguidas. ¿Acaso no te quedó claro con la limusina de esta tarde?
Camila apretó los dientes, apretando las uñas contra sus palmas.
—Bueno, si este cuarto no te gusta, cambiemos —ofreció Mateo resignado—. Hay tres habitaciones arriba con más luz.
—Ventanas muy chicas. Si hay un incendio, no hay ruta de evacuación rápida —respondió Elena de inmediato—. Me quedo con el cuarto pequeño del fondo, el de la planta baja.
—¿El que era del chófer? —preguntó Doña Rosa, horrorizada—. ¡Pero es enano y viejo, Elena! ¡Ahí no hay lujo!
—Esa sensación es perfecta —aseguró Elena empezando a caminar hacia las escaleras.
—¿Qué sensación? —preguntó Mateo, siguiéndola de cerca.
—La pobreza brinda seguridad. Puerta pegada a la salida, estructura simple, cero escondites para asesinos. Mañana solo necesito que le pongan rejas a la ventana y le cambien la cerradura.
Llegaron al pequeño cuarto de la planta baja. Mateo dejó la mochila sobre la cama estrecha, miró alrededor y luego vio a Elena sacar una linterna táctica y un rollo de cinta aislante.
De pronto, la vista de Mateo se fijó en el costado de la almohada de Elena. Había un cuchillo táctico de combate de unos veinte centímetros, con funda de carbono, colocado estratégicamente al alcance de la mano.
Mateo se quedó petrificado. Señaló el cuchillo con el dedo tembloroso.
—Elena...
—¿Qué? —preguntó ella sin mirarlo, acomodando a Ratón Mayor sobre la mesa de noche.
—¿Duermes con un cuchillo de supervivencia debajo de tu almohada?
—Sí —respondió Elena con la mayor naturalidad del mundo—. ¿Tú no?
Mateo se llevó la mano al pecho, mirando a su hermana con una mezcla de pánico y sarcasmo puro.
—¡No! ¡Yo no! ¡Yo duermo con una almohada normal porque soy una persona normal! ¡Gente normal no pone armas de hoja fija donde apoya la cabeza!
Elena ladeó la cabeza y lo miró de arriba abajo con lástima.
—Por eso si entra un intruso a media noche, tú vas a terminar siendo el titular de las noticias y yo voy a ser la entrevista de la sobreviviente. Es cuestión de lógica, hermanito.
—¡Estás completamente chiflada! —exclamó Mateo levantando los brazos—. ¡Le voy a decir a papá que te mande a revisar el cerebro!
En ese momento, Doña Rosa y Don Fernando se asomaron por la puerta del pequeño cuarto. Al ver a Mateo gritando y a Elena sosteniendo el cuchillo con elegancia para guardarlo bajo la sábana, Doña Rosa soltó un suspiro enternecido.
—¡Ay, Fernando, mira qué ternura! —sonrió Doña Rosa, apoyando la cabeza en el hombro de su esposo—. Mateo está tan pendiente de los hábitos de su hermana... Se nota que ya están creando un vínculo indestructible.
—Así es, Rosa —asintió Don Fernando con aire de orgullo patriarcal—. Un hermano mayor siempre debe velar por la seguridad de la casa. Buen trabajo, hijo.
Mateo los miró a los dos, luego miró el cuchillo de Elena, luego al ratón sobre la mesa, y finalmente se tapó la cara con ambas manos.
—De verdad... en esta casa el único con sentido común soy yo. Me voy a mi cuarto antes de que la 'Lara Croft' de la familia decida que mi presencia es un riesgo del noventa por ciento.
—Buenas noches, Mateo —se despidió Elena con tono burlón desde la cama—. Cierra bien tu puerta. Si el asesino no me encuentra a mí en la planta baja, podría elegir al azar a algún afortunado espectador del piso de arriba.
—¡No digas eso antes de dormir! —gritó Mateo cerrando la puerta de golpe mientras bajaba el pasillo a paso apresurado.
Dentro de la habitación, Elena se acostó de espaldas, mirando el techo bajo.
—«Sensor de movimiento activado en la ventana, Elena» —le informó Ratón Mayor en su mente, acurrucándose a su lado—. «Probabilidad de que la Falsa Heredera mande a sus matones esta misma noche: 92%.»
—Excelente —murmuró Elena, deslizando una mano bajo la almohada hasta sentir el mango frío de su cuchillo—. Que vengan. Tengo muchas estadísticas que comprobar.