El amor que nunca olvidó
Un encuentro en la infancia bastó para que Elara Bauman se convirtiera en el recuerdo que Alessandro Vescari jamás pudo abandonar, año tras año la observo de lejos.
Pero años después, el destino vuelve a ponerla en su camino. Él es un hombre poderoso, acostumbrado a conseguir todo lo que desea; ella, una joven independiente que no está dispuesta a dejarse dominar por nadie.
Alessandro está decidido a conquistarla, pero detrás de su mirada intensa y su necesidad de tenerla cerca se esconde un pasado que nunca logró superar. Elara desafiará sus límites, pondrá a prueba su paciencia y despertará sentimientos que él creía imposibles de controlar.
Entre secretos, tensión, celos y una atracción difícil de ignorar, ambos descubrirán que reencontrarse no significa tener una segunda oportunidad garantizada.
Él llevaba años esperándola. Ella jamás imaginó ser el centro de su mundo. Pero ¿podrá el hombre que siempre quiso tenerlo todo aprender a amar sin poseer, y la mujer que teme perder su libertad atreverse a entregarle el corazón.
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Lo que no sé dice
La cena continuó entre conversaciones ligeras y algunas bromas. Elara se sorprendió al descubrir que la familia Vescari era mucho más cálida de lo que había imaginado. Isabella consiguió hacerla sentir cómoda desde el primer momento, mientras Lorenzo aprovechaba cada oportunidad para molestar a Alessandro.
—Entonces, Elara —preguntó Isabella—, ¿qué haces cuando no estás estudiando?
—Leo, escucho música y salgo con mis amigas cuando tengo tiempo.
—¿Y los fines de semana?
Elara sonrió.
—Trabajo.
Alessandro levantó la mirada.
—¿Trabajas?
—Sí. En una cafetería cerca de la universidad. Solo algunos fines de semana.
—¿Por qué?
Elara notó el tono de su voz.
—Porque quiero ayudar a mis padres con algunos gastos. Además, me gusta tener mi propio dinero.
Alessandro permaneció callado.
Lorenzo intervino antes de que pudiera decir algo.
—Eso habla bien de ti.
—Gracias.
Isabella sonrió.
—¿Y no te resulta pesado estudiar y trabajar?
—A veces. Pero ya me acostumbré.
Alessandro la observó durante unos segundos. Parecía querer preguntar algo más, pero finalmente guardó silencio.
La conversación cambió de tema y, poco después, Isabella comenzó a mostrarle fotografías antiguas de la familia. Elara encontró una donde Alessandro aparecía mucho más joven y soltó una risa.
—No puedo creer que fueras así.
—¿Así cómo?
—Tan serio.
—Siempre he sido serio.
—Eso explica muchas cosas.
Lorenzo volvió a reír mientras Alessandro negaba con la cabeza.
Cuando la cena terminó, Isabella invitó a Elara a tomar café en la terraza. Alessandro salió con ellas, aunque después de unos minutos su madre regresó al interior, dejándolos solos.
La noche estaba tranquila. Elara observó las luces de la ciudad.
—Tu familia es muy diferente a lo que imaginaba.
—¿Qué imaginabas?
—Que serían más distantes.
—Lo somos con algunas personas.
Elara lo miró.
—¿Y conmigo no?
Alessandro sostuvo su mirada.
—Contigo no.
Ella guardó silencio.
—¿Por qué?
Alessandro tardó unos segundos en responder.
—Porque contigo no siento que tenga que hacerlo.
Elara percibió algo diferente en él. Detrás de aquella seguridad había una parte que rara vez mostraba.
—¿Eres feliz?
Alessandro miró hacia la ciudad.
—Tengo una vida que funciona. No sé si eso es lo mismo que ser feliz.
—Tal vez deberías preguntártelo.
Él sonrió ligeramente.
—Tal vez.
Elara miró la hora.
—Debería irme. Mañana tengo clases y el sábado entro temprano a trabajar.
Alessandro frunció el ceño.
—¿También trabajas los sábados?
—Algunos. Depende de mi horario.
—Podrías dejarlo.
Ella lo miró inmediatamente.
—No.
—No he terminado.
—No importa. La respuesta sigue siendo no.
Alessandro soltó una pequeña risa.
—Eres difícil.
—Y tú estás acostumbrado a que todos hagan lo que dices.
—Tal vez.
Él tomó las llaves del automóvil.
—Te llevo.
—Puedo pedir un taxi.
—Es tarde.
Elara suspiró.
—Está bien.
Antes de subir, lo miró.
—Creo que le caigo bien a tu madre.
—Le encantas.
Después Alessandro abrió la puerta del automóvil.
—Sube.
Ella obedeció.
Mientras se alejaban de la mansión, ambos guardaron silencio, estando a solas sentían una pequeña timides, diez años de no verlo era bastante tiempo, lo seguía recordando como aquel chico gruñón.