Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.
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Capítulo 1
Capítulo 1: La puerta de la 1208
El iPad se encendió sobre la barra de la cocina a las 21:04.
Ximena tenía el pelo todavía húmedo y la mochila del entrenamiento tirada junto a la puerta, con el kimono hecho bola adentro. Se secó las manos en el pants y miró la pantalla.
Tu viaje está en camino. Destino: Hotel Regente, Paseo de la Reforma.
No era su viaje. Era el de Emilio. Ese verano, una noche que se quedó a cenar con el celular muerto, él pidió un Uber desde ese iPad y nunca cerró la sesión.
A ella le había parecido un detalle casi tierno: la cuenta de su novio abierta en su cocina, como un cepillo de dientes de más.
Abrió el historial aunque ya se lo sabía de memoria.
2 de septiembre. 5. 9. 12. 16. 19. Hotel Regente, Hotel Regente, Hotel Regente.
Y hoy, 23. La séptima.
Llevaba una semana sabiéndolo. Una semana de contestarle que ella también a sus buenas noches, de guardar capturas en una carpeta que se llamaba Tesis 2, de esperar a que él mismo le diera la fecha y la hora.
No lloró. Descolgó el abrigo largo del perchero y se lo abotonó hasta el cuello, encima del top deportivo que aún olía a tatami. Guardó el iPad en la bolsa grande. Del cajón del escritorio sacó un sobre con una fotocopia y lo metió también.
A las 21:08 pidió su propio carro.
Afuera llovía de lado, como llueve en septiembre en la Ciudad de México. El chofer tomó Insurgentes y dejó puesta una estación de baladas. Ximena no le pidió que la cambiara. Contó semáforos.
Cuando el carro se detuvo frente al Regente eran las 21:38, y tenía las manos quietas sobre las rodillas.
Cruzó el lobby sin paraguas, con el pelo pegado a la frente, directo a los elevadores. Nadie detiene a una mujer que camina como si la estuvieran esperando.
Piso 12. Alfombra gris, olor a lavanda de hotel. La 1208 quedaba al fondo, junto a la ventana del pasillo. Ella conocía esa ventana; la había visto en una historia de Instagram, desde adentro.
Sacó el celular, tocó el círculo rojo de la grabadora y lo devolvió al bolsillo interior del abrigo. Después tocó la puerta con los nudillos, dos veces, despacio.
—Emi —dijo, con la voz más dulce que tenía—. Soy yo. Te traje tu cargador.
Emi. Así lo llamaba Paola en los pies de foto, con un corazón blanco al lado. Ximena jamás le había dicho así. En tres meses, siempre fue Emilio.
Adentro algo cayó al piso. Pasos descalzos. Un susurro de mujer, cortado a la mitad.
La puerta se abrió apenas una rendija. Emilio asomó la cara, despeinado, sin camisa, con la sonrisa de quien ya tiene lista la mentira.
—Xime, ¿qué haces aquí? Me estoy quedando por lo de la junta de mañana, deja que…
No terminó. Ella metió el pie izquierdo en el hueco, empujó con el hombro y entró. Cerró a su espalda y puso el seguro sin voltear. Emilio retrocedió con las manos abiertas, listo para explicar, y Ximena le barrió la pantorrilla con el empeine. Cayó de lado sobre la alfombra.
Antes de que pudiera apoyarse ya tenía la muñeca derecha atrapada, el brazo doblado detrás de la espalda y el antebrazo de ella trabado bajo su codo.
Una kimura de manual. La había practicado cientos de veces con compañeros que palmeaban el tatami para rendirse.
Emilio no palmeó nada. Gritó.
—¡Ay, ay! ¡Xime, suéltame, me vas a romper el brazo!
—Si no te mueves, no.
La cama estaba deshecha. En el buró había dos copas de vino; una tenía una media luna de labial rosa en el borde. Junto a las copas, el sobrecito de cartón de la llave: 1208, en letras doradas.
Paola estaba sentada contra la cabecera con la camisa blanca de Emilio puesta, abotonada chueca. La miraba con la boca abierta.
Ximena le sostuvo la mirada y, sin aflojar el brazo de él, se desabrochó el abrigo con la mano libre. Un botón. Otro. Debajo asomó el top negro, la piel todavía marcada por las costuras del kimono.
Paola entendió. Se le vio en la cara.
—¡Voy a llamar a la policía!
—Llámala. Yo espero.
Paola no buscó su teléfono. Saltó de la cama directo hacia ella, hacia el bolsillo del abrigo donde brillaba la pantalla del celular. Ximena soltó a Emilio, giró sobre el pie de apoyo, le atrapó la muñeca en el aire, metió la cadera y la mandó por encima del hombro.
Paola cayó junto a la cama con un golpe sordo, arrastrando la sábana enredada en los tobillos. Ximena dio dos vueltas a la tela y la anudó. Doble. Como le enseñaron a amarrar el cinturón.
Emilio intentó levantarse apoyándose en el brazo bueno. Ella le puso la rodilla entre los omóplatos y volvió a doblarle la muñeca.
—Quieto.
Con la mano izquierda sacó el iPad de la bolsa y lo dejó en la alfombra, frente a la cara de él.
—Dos de septiembre. Cinco. Nueve. Doce. Dieciséis. Diecinueve. —Pasó el dedo por cada recibo—. Y hoy. Siete veces, Emilio. Siete veces me dijiste que tenías cena con clientes.
Deslizó a la siguiente imagen. Una historia de Instagram con el círculo verde de mejores amigos: la ventana de este cuarto, las luces de Reforma, el buró, la llave con su número.
—Diecinueve de septiembre —dijo, sin mirar a Paola—. Me tienes en tu lista de mejores amigos, Pao. ¿Se te olvidó?
Paola jaló la sábana con las uñas. El nudo no cedió.
Ximena sacó el sobre, lo abrió con los dientes y dejó caer la fotocopia sobre la cama. Una hoja con membrete de la universidad, tres párrafos, su firma al pie.
—Esta carta la firmé yo. Con esta entraste a Grupo Aldama. —Alisó la hoja con la palma—. Ahí dice que eres la persona más leal que conozco.
Emilio respiraba contra la alfombra. Cuando habló, ya no suplicaba.
—¿Y qué querías que hiciera? Tres meses y no me dejabas ni tocarte. ¿Qué querías que hiciera?
Lo dijo fuerte, para que Paola lo oyera. Para ganar algo.
—Él estaba solo —dijo Paola desde el piso—. Tú eres muy fría, Xime. Él estaba solo.
Ximena tardó un segundo en contestar. Lo suficiente para que se oyera la lluvia contra la ventana.
—Entonces ya no lo está. Quédatelo.
Con la mano libre, Emilio había alcanzado su teléfono, que estaba tirado junto a la pata de la cama. Lo levantó torcido, apuntándole a la cara.
—Esto es agresión, ¿eh? Esto lo va a ver todo el mundo, te voy a…
Ella se lo quitó sin esfuerzo. Buscó la galería, abrió el video de doce segundos, lo borró. Abrió la papelera y lo borró otra vez, con la pantalla hacia él para que viera cada toque. Después aventó el teléfono sobre el colchón, junto a la carta.
—Tres meses te… —empezó.
Se detuvo. Apretó los labios. No iba a darle eso, no con la grabadora encendida, no con Paola mirando desde el piso.
Se inclinó hasta que su boca quedó cerca del oído de él.
—A partir de hoy, no tienes derecho a decir mi nombre.
Soltó el brazo. Emilio se encogió sobre el hombro, con un quejido largo. Ximena se puso de pie, se abotonó el abrigo hasta el cuello, guardó el iPad y se colgó la bolsa.
—Xime… —dijo él.
No volteó.
Quitó el seguro y abrió. En el pasillo, la puerta de la 1210 estaba entreabierta. Un señor de unos cincuenta años, con la bata blanca del hotel y los lentes en la frente, se asomaba con cara de haber oído gritos.
Miró más allá de ella: la cama revuelta, la mujer en camisa de hombre amarrada con una sábana al pie de la cama, el muchacho en el piso sobándose el brazo.
Ximena le hizo un gesto breve con la cabeza.
—Buenas noches.
El señor cerró su puerta muy despacio.
Caminó hasta el elevador sin correr. Apretó el botón. Esperó. Entró. Cuando las puertas se cerraron, se vio en el espejo del fondo: el pelo mojado, la cara seca, la boca en una línea recta.
Entonces le empezaron a temblar las manos.
Primero los dedos, luego las muñecas. Los nudillos de la derecha estaban rojos, raspados contra algo que no recordaba. Quiso apretar PB y apretó el 10. Las puertas se abrieron a un pasillo vacío, con la misma alfombra gris y el mismo olor a lavanda.
Se sostuvo la muñeca derecha con la izquierda y apretó PB otra vez, con cuidado, como si el botón pudiera romperse.
Nueve. Ocho. Siete.
Contó en voz baja. Era lo único que podía hacer con la boca sin que le saliera otra cosa.
Seis. Cinco. Cuatro.
Sacó el celular del bolsillo. La grabadora seguía corriendo: catorce minutos. Tocó el cuadrito para detenerla y lo guardó sin mirar el nombre del archivo.
Tres. Dos. Uno.
Las puertas se abrieron al lobby.
Del otro lado, a punto de entrar, había un hombre alto con un traje oscuro que todavía tenía gotas de lluvia en los hombros. Unos cuarenta años, quizá. Canas apenas en las sienes. Se apartó para dejarla salir.
Ximena pasó a su lado sin detenerse. Por un segundo, al cruzarse, él la miró. No con curiosidad, no como se mira a una desconocida empapada a las diez de la noche.
La miró como si ya supiera exactamente quién era ella.