UNA LECTORA MUERE ODIANDO UNA HISTORIA.... SOLA PARA DESPERTAR DENTRO DE ELLA.
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CAPITULO 24
ALAN
En medio de mi desesperación por encontrar a mi hermana y a mi candelita, lo sentí.
Fue apenas un instante. Una corriente de poder atravesó el ambiente y me obligó a detenerme en seco. Los caballos continuaron avanzando unos pasos antes de que tirara de las riendas, mientras los hombres que me acompañaban intercambiaban miradas de desconcierto.
Cerré los ojos y traté de concentrarme.
Aquello no era una magia común.
Era diferente, intensa y, al mismo tiempo, terriblemente familiar. No se parecía a ningún hechizo que hubiera sentido antes, ni siquiera a los rastros de magia que habían quedado después del ataque en el palacio.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Conocía aquella sensación.
La había sentido una vez, muchos años atrás, cuando Clara, Isabel y yo todavía éramos niños.
Por un momento, el ruido de los caballos y las voces de mis hombres desaparecieron. Mi mente regresó a aquel día, a una tarde que durante mucho tiempo intenté olvidar, aunque jamás conseguí hacerlo por completo.
Los tres habíamos estado jugando cerca de una roca cubierta de extraños símbolos. Era un lugar al que nuestros padres nos habían prohibido acercarnos, pero, como cualquier niño, Isabel tenía una habilidad especial para encontrar precisamente aquello que no debía tocar.
Recordaba su cabello rojo moviéndose con el viento mientras corría de un lado a otro. Clara intentaba convencerla de que regresáramos, pero Isabel apenas le prestaba atención. Estaba fascinada con aquella piedra.
—¡Alan, mira! —había exclamado, señalando los símbolos—. ¿Qué crees que significan?
—Que deberíamos irnos antes de que nos descubran —respondí, cruzándome de brazos.
Ella me sacó la lengua.
—Eres un aburrido.
—Y tú eres una imprudente.
—¡No lo soy!
Por supuesto, lo siguiente que hizo fue acercarse todavía más a la roca.
Clara la llamó varias veces, pero Isabel ya había extendido la mano. Sus pequeños dedos rozaron uno de los símbolos y, entonces, el mundo pareció detenerse.
El aire se volvió pesado. Una luz extraña recorrió la superficie de la piedra y aquella energía se extendió a nuestro alrededor como una onda invisible.
No sabía qué estaba ocurriendo. Solo recuerdo que sentí un escalofrío que me recorrió la espalda.
Después de aquello, todo cambió.
Recordaba perfectamente aquella energía. La forma en que el aire pareció volverse más denso, el extraño resplandor y aquella sensación de que algo que llevaba mucho tiempo dormido acababa de despertar.
Era la misma magia.
La misma que había sentido entonces.
La misma que, de alguna manera, me había arrebatado a mi candelita.
Abrí los ojos de golpe.
—No puede ser... —murmuré.
Sentí un miedo horrible. Uno que no tenía nada que ver con enfrentarme a un enemigo o perder una batalla. Era mucho peor. Era el temor de volver a presenciar algo que ya me había quitado demasiado.
No podía estar ocurriendo otra vez.
Durante años había intentado comprender qué sucedió aquel día. Después del accidente, Isabel despertó, pero algo en ella había cambiado. Su apariencia seguía siendo la misma, su voz, sus gestos e incluso su manera de discutir conmigo. Sin embargo, había algo que no conseguía encontrar en sus ojos.
La chispa.
Aquella alegría que parecía acompañarla a todas partes había desaparecido. Seguía sonriendo, pero sus sonrisas no eran iguales. Seguía hablando, pero a veces parecía estar muy lejos, como si una parte de ella se hubiera quedado atrapada en algún lugar al que ninguno de nosotros podía llegar.
Al principio pensé que era consecuencia del accidente. Los médicos aseguraron que necesitaba tiempo, que debía recuperarse y que no había motivos para preocuparnos.
Pero yo sabía que algo no estaba bien.
Clara también lo sabía.
Intentamos acercarnos a ella, hacerla reír y recuperar los momentos que compartíamos antes. Sin embargo, por más que lo intentábamos, Isabel parecía haberse convertido en una persona distinta.
Y yo no pude hacer nada.
Esa impotencia me acompañó durante años.
Había aprendido a vivir con ella, aunque nunca acepté del todo lo sucedido. Me acostumbré a tener a Isabel cerca, a escuchar su voz y a verla caminar por los mismos pasillos de siempre, aun cuando sentía que la verdadera Isabel estaba en otra parte.
Hasta que, de repente, comenzó a regresar.
Su forma de hablar, sus ocurrencias, aquella manera tan particular de meterse en problemas y después mirarme como si yo fuera el responsable de todo. Incluso sus discusiones conmigo tenían el mismo efecto de siempre.
Mi candelita había vuelto.
O eso quería creer.
Pero ahora aquella energía había aparecido de nuevo y no estaba dispuesto a ignorarla.
—¡Dominic!
El heredero, que estaba revisando unos informes junto a sus hombres, levantó la cabeza. Su expresión cambió al notar la seriedad de mi rostro.
—¿Qué ocurre?
Me acerqué a él sin perder tiempo.
—He sentido una concentración de magia. Creo que sé dónde están.
Dominic dejó los documentos sobre una mesa.
—¿Dónde?
—No puedo darte una ubicación exacta. La energía apareció durante unos segundos, pero la reconocí. Estoy seguro de que proviene de Isabel.
Su rostro se endureció.
—¿Estás seguro de que es ella?
—No puedo asegurarlo. Pero esa magia está relacionada con algo que ocurrió cuando éramos niños. Y si mis sospechas son correctas, Isabel está involucrada.
Dominic guardó silencio durante unos instantes. Sabía que no era una explicación suficiente, pero tampoco tenía tiempo para contarle una historia que ni yo mismo comprendía por completo.
—¿Qué ocurrió cuando eran niños? —preguntó finalmente.
Aparté la mirada.
—Es algo que todavía no puedo explicarte. Primero tenemos que encontrarlas.
—¿Y si se trata de una trampa?
—Entonces será una trampa.
—Alan...
—No voy a quedarme aquí sentado mientras mi hermana y mi compañera están desaparecidas.
Dominic apretó la mandíbula. No necesitaba que le explicara lo que estaba pensando. Él también llevaba días buscando a Clara, revisando informes, interrogando personas y siguiendo cualquier pista que pudiera conducirnos hasta ella.
Conocía esa desesperación.
—¿Estás seguro? —insistió.
—No. Pero es la única pista que tenemos.
Dominic no perdió más tiempo. Dio algunas órdenes a sus hombres y se preparó para acompañarme.
—Voy contigo.
Asentí.
Había otra razón por la que quería llevarlo conmigo.
Su maldito hermano.
Desde que las chicas desaparecieron, varias cosas no terminaban de encajar. Había movimientos extraños, información que llegaba demasiado tarde y personas que parecían saber más de lo que estaban dispuestas a admitir.
Y el comportamiento de aquel imbécil no ayudaba.
No tenía pruebas suficientes para acusarlo directamente, pero algo me decía que había tenido mucho más que ver con la desaparición de las chicas de lo que habíamos imaginado.
El príncipe menor siempre había sido un hombre arrogante, acostumbrado a conseguir lo que quería. Después de lo ocurrido con Sofia, su orgullo había quedado hecho pedazos y no me sorprendería que estuviera buscando alguna manera de vengarse.
Si había participado en aquello, Dominic tendría que enfrentarse a la verdad.
No pensaba permitir que nadie encubriera lo sucedido, ni siquiera la familia real.
—Enviaré a algunos hombres por otro camino —ordenó Dominic—. Si encontramos algún rastro, deben avisarnos inmediatamente.
—Que revisen los caminos cercanos al bosque. Si esa energía proviene de Isabel, es posible que haya dejado algún rastro.
—¿Crees que puede controlarla?
Negué lentamente.
—No lo sé.
Y esa era precisamente la parte que más me aterraba.
Recordaba a la niña que había tocado aquella roca sin tener idea de lo que estaba haciendo. Recordaba el resplandor, la energía y todo lo que vino después. Si aquella magia había despertado nuevamente, no sabía qué consecuencias podía tener para ella.
Tampoco sabía cuánto tiempo llevaba expuesta a ese poder.
Monté de nuevo y sujeté las riendas. Mis hombres se prepararon para partir mientras Dominic terminaba de organizar a los suyos.
—Vamos —dije.
Salimos inmediatamente, siguiendo la dirección en la que había sentido aquella energía.
El camino se extendía frente a nosotros, rodeado de árboles y terrenos cada vez más difíciles de atravesar. El cielo comenzaba a oscurecerse y el viento agitaba las ramas, pero nada de eso consiguió distraerme.
No dejaba de pensar en Isabel.
En cómo debía encontrarse. En si estaba herida. En si tenía miedo.
Recordé la última vez que la había visto antes de su desaparición. Su cabello rojo, sus ojos verdes y aquella expresión que siempre conseguía desarmar mis defensas. Había empezado a acercarse a mí nuevamente, aunque todavía parecía esconder muchas cosas detrás de sus sonrisas.
Y yo había estado dispuesto a esperar.
A darle tiempo.
Pero no podía soportar la idea de que algo le hubiera ocurrido mientras yo no estaba a su lado.
Cuanto más nos acercábamos, más clara se volvía aquella sensación. Era como seguir un rastro invisible que solo yo podía percibir.
Era ella.
Tenía que ser ella.
Mi candelita estaba cerca.
Apreté las riendas con tanta fuerza que mis nudillos comenzaron a dolerme.
—Aguanta un poco más, Isabel —murmuré.
Dominic cabalgaba a mi lado, tan concentrado como yo. Ninguno de los dos necesitaba hablar. Ambos teníamos a alguien a quien encontrar y ninguno estaba dispuesto a regresar sin respuestas.
Miré hacia el bosque que se extendía frente a nosotros.
No sabía qué encontraríamos al llegar. Tampoco sabía si aquella magia era una señal de que Isabel estaba a salvo o una advertencia de que algo terrible había sucedido.
Pero había una cosa que tenía clara.
Esta vez no iba a dejar que el pasado se repitiera.
Encontraría a mi hermana.
Encontraría a mi candelita.
Y quienquiera que les hubiera puesto una mano encima iba a lamentar profundamente haberlo hecho.
Aguanta un poco más, Isabel.
Voy a encontrarte.
Y esta vez, no pienso perderte.