Candelaria Echeverría nunca imaginó que un embarazo que no logra explicar, una familia que le da la espalda y un hombre al que apenas comprende terminarían convirtiendo su vida en un escándalo.
León Salvatierra sabe lo que es estar en la cima y perderlo todo. Lo que no esperaba era terminar casado con una mujer que preferiría verlo arder antes que compartir su apellido.
Ella quiere el divorcio. Él asegura que nunca tuvo una verdadera oportunidad de ser su marido.
Pero el juez tiene otros planes: un año más de matrimonio bajo condiciones que no admiten escapatoria. Una sola habitación, una sola cama y una convivencia real antes de decidir su futuro.
Doce meses para descubrir si están condenados a odiarse o si su matrimonio esconde algo que ninguno se atreve a admitir.
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RECUERDOS
...CANDELARIA ECHEVERRÍA...
Habían pasado varios días desde la ecografía y seguía sin encontrarle sentido a nada.
Valeria había intentado ayudarme. Había hablado con personas que estuvieron en aquella fiesta, les había preguntado si recordaban algo extraño o si me habían visto marcharme con alguien. Incluso había vuelto a comunicarse con algunos conocidos con los que no hablaba desde hacía tiempo.
El resultado era siempre el mismo: nadie sabía nada.
O, al menos, nadie recordaba algo que pudiera ayudarnos.
Mi amiga, sin embargo, sí conservaba bastantes recuerdos de aquella noche. Me contó que habíamos llegado juntas a la fiesta, que habíamos bailado y que, en algún momento, ella se había encontrado con su exnovio. Después de hablar con él durante un rato, había decidido acompañarlo a una habitación.
Antes de marcharse, me había visto bailando con una chica.
Eso era todo.
--Estabas bien cuando te dejé, Cande-- me aseguró durante una de nuestras conversaciones-- Estabas bailando, riéndote y hablando con esa chica. No parecías encontrarte mal ni necesitabas que te llevara a ninguna parte
--¿Y no me viste con ningún hombre?
Valeria negó con la cabeza.
--No. Y te juro que, si hubiera visto algo que pudiera ayudarnos, te lo habría contado
Me pasé una mano por el cabello, frustrada.
--Entonces, ¿cómo terminé en aquella habitación?
--No lo sé
Su respuesta me dolió más de lo que debería. No porque esperara que tuviera una solución para todo, sino porque empezaba a comprender que quizá no encontraríamos una explicación tan fácilmente como había imaginado.
Había pasado días repasando aquella noche, intentando recuperar algún detalle que se me hubiera escapado. Cerraba los ojos y buscaba en mi memoria una imagen, una voz, un rostro o una sensación que me permitiera reconstruir lo sucedido.
Pero siempre llegaba al mismo punto.
La música sonando a todo volumen. Las luces de colores. La chica con la que estaba bailando. Valeria acercándose para decirme que se iría a una habitación con su exnovio.
Y después, nada.
No recordaba haber besado a nadie. No recordaba haber hablado con un hombre, haber aceptado una invitación ni haber salido de la pista de baile acompañada. Ni siquiera tenía un recuerdo borroso que pudiera utilizar como punto de partida.
Mi memoria simplemente se apagaba.
Durante semanas, antes de conocer el resultado del embarazo, había creído que la explicación era bastante sencilla. Seguramente me había sentido cansada, había buscado una habitación donde descansar y me había quedado dormida. Eso explicaría por qué había despertado sola y completamente vestida.
Me había parecido vergonzoso no recordar cómo había terminado la noche, pero no lo suficiente como para preocuparme demasiado. Había bebido más de la cuenta y había pagado las consecuencias con una resaca horrible.
Ahora ya no podía conformarme con esa explicación.
El embarazo había convertido aquella laguna en algo que no podía ignorar. Las fechas estimadas coincidían con la fiesta y, por más que intentara convencerme de lo contrario, algo no encajaba.
No sabía qué había ocurrido durante las horas que no recordaba, pero tenía que aceptar que no podía asegurar que simplemente me hubiera acostado a dormir.
Y esa posibilidad me aterraba.
Aun así, la vida no se detuvo para darme tiempo a resolver el misterio.
Tenía clases que atender, trabajos que entregar y un empleo al que acudir todos los días. No podía permitirme abandonar mis obligaciones mientras intentaba reconstruir una noche de hacía dos meses. Así que seguí adelante, aferrándome a mi rutina como si fuera lo único que todavía podía controlar.
Me levantaba temprano, iba a la universidad y tomaba apuntes. Cuando terminaban las clases, me dirigía al restaurante, me cambiaba de ropa y comenzaba mi turno. Sonreía a los clientes, atendía las mesas y fingía que no tenía la cabeza llena de preguntas.
A veces conseguía olvidarme durante unos minutos. Otras, bastaba con escuchar una canción parecida a las que habían sonado aquella noche para que regresara la inquietud.
En casa, las cosas eran todavía más complicadas.
Mis padres no sabían nada y yo quería mantenerlo así el mayor tiempo posible. No estaba preparada para enfrentarme a sus preguntas, mucho menos para soportar sus opiniones. Si ya me resultaba difícil comprender lo que estaba sucediendo, no quería imaginar cómo sería tener que justificarlo delante de ellos.
Por eso escondí las vitaminas prenatales en el fondo de un cajón, debajo de unos apuntes viejos que casi nunca utilizaba. Cada vez que tenía que tomarlas, me aseguraba de estar sola y guardaba el envase inmediatamente después.
Era absurdo tener que esconder algo así en mi propia casa, pero no encontraba otra alternativa.
También guardé cuidadosamente los papeles de la clínica y anoté la fecha de mi próximo control médico. Necesitaba cumplir con las indicaciones de la doctora, aunque todavía me costara aceptar que todo aquello me estaba ocurriendo a mí.
Había días en los que me sorprendía pensando en el futuro. En la universidad, en el trabajo y en todas las cosas que tendría que organizar si el embarazo continuaba. Después me obligaba a dejar de hacerlo, porque ni siquiera sabía cómo había llegado hasta allí.
No tenía sentido planificar una vida que todavía no conseguía comprender.
Una noche, mientras revisaba mis apuntes, volví a detenerme en la misma pregunta.
¿Qué había ocurrido después de que Valeria se marchara con su exnovio?
Intenté recordar si había seguido bailando, si había ido a buscar algo de beber o si alguien se había acercado a hablarme. Busqué en mi memoria hasta que terminé con un dolor de cabeza y las manos apretadas contra las sienes.
Nada.
Mi último recuerdo seguía siendo aquella chica con la que bailaba. Ni siquiera podía recordar su nombre. No sabía si la conocía de antes o si habíamos empezado a hablar allí mismo. No tenía manera de encontrarla y preguntarle si había visto algo.
Después de eso, solo existía el vacío.
Me recosté en la silla y cerré los ojos.
Había intentado encontrar una explicación lógica desde el primer día, pero cada respuesta que se me ocurría chocaba con las mismas dos certezas: estaba embarazada y no recordaba haber estado con nadie.
No podía cambiar ninguna de las dos cosas.
Lo único que podía hacer era seguir con mi vida, asistir a mis controles médicos y esperar que, en algún momento, apareciera una respuesta.
Sin embargo, mientras observaba los apuntes desordenados sobre mi escritorio, comprendí algo que me hizo sentir todavía más inquieta.
Llevaba semanas creyendo que había pasado aquella noche durmiendo, recuperándome de una borrachera que ni siquiera podía recordar. Había aceptado esa explicación porque era la más sencilla, porque no tenía motivos para imaginar otra cosa.
Pero ahora sabía que no bastaba con encontrar una explicación que me tranquilizara.
Necesitaba descubrir la verdad.
Y, hasta que lo consiguiera, aquella noche seguiría persiguiéndome.
ya sabe la verdad y sigue de necia
y todavía tiene el descaro de culpar a León
espero que ahora que sabe por lo menos una disculpa a un León ya dejó claro que entiende su actitud de ella