Traicionada por su novio. Angie toma una decisión desesperada para vengarse pactar con el hombre más peligroso de la alta sociedad, Leonardo Torres, el imponente y calculador tío de su ex.
Lo que inicia como una tregua fría y un matrimonio por contrato de un año para proteger sus activos y estabilizar la corporación, rápidamente se sale de control. Entre miradas cargadas de tensión en la sala de juntas y roces que encienden una química devoradora a puerta cerrada, Angie descubre que Leonardo no es el tiburón despiadado que todos temen, sino un hombre dispuesto a todo por protegerla. Mientras Sebastián y sus aliados intentan destruirlos filtrando secretos del acuerdo, la falsa unión se transforma en un juego de posesión, poder y deseo donde ninguno de los dos quiere volver a ser libre.
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24
Angie Rojas
Salí de la torre corporativa sintiendo que el piso me quemaba bajo los tacones. Las palabras de Leonardo resonaban en mi cabeza como un eco amargo y repetitivo: «Para él solo soy una socia».
Había vuelto a colocarse esa armadura gélida e inexpugnable, la misma que usaba para negociar fusiones millonarias. Me había puesto un alto en seco, humillándome al recordarme las malditas cláusulas del contrato justo cuando yo estaba dispuesta a dejarme llevar por la corriente.
Pero si el gran e imperturbable CEO creía que me iba a quedar en un rincón lamentando su frialdad, estaba muy equivocado. Él quería un negocio perfecto, una boda impecable ante las cámaras y una socia eficiente; pues bien, le daría exactamente eso... pero en mis propios términos.
Tres días después, los preparativos de la boda comenzaron a convertirse en el evento mediático del año. Las portadas de los diarios ya anunciaban la fecha oficial del enlace, y la abuela Elena, junto a mi madrastra, no tardaron en tomar el control del banquete, las flores y las invitaciones.
Esa tarde, la cita era en la boutique de alta costura más exclusiva de la ciudad para la primera prueba del vestido de novia. El departamento de relaciones públicas había filtrado estratégicamente la locación a la prensa, por lo que la entrada de la tienda estaba abarrotada de fotógrafos y reporteros.
Estaba frente al enorme espejo de tres cuerpos en la sala privada, luciendo un vestido de seda blanca con un escote sutil, corte sirena que moldeaba mi figura y una cauda interminable de encaje hecho a mano. Era una pieza deslumbrante, de una elegancia casi irreal.
—Te ves sencillamente espectacular, mi amor —dijo mi madrastra, limpiándose una lágrima de la mejilla mientras acomodaba el velo sobre mi cabello.
—Es el atuendo perfecto para la futura señora de esta corporación —añadió la abuela Elena desde el sofá de terciopelo, mirándome con esa sonrisa astuta que siempre parecía leer a través de mí—. Aunque me temo que a mi nieto le va a dar un ataque al corazón cuando te vea entrar por la nave central.
Sonreí ante el espejo, pero la sonrisa no llegó a mis ojos. En ese preciso momento, la puerta de la sala privada se abrió y entró Leonardo.
Vestía su impecable traje de tres piezas, recién salido de una junta ejecutiva. Se detuvo en seco en el umbral al verme. Durante varios segundos, el silencio en la sala fue absoluto. Sus ojos oscuros recorrieron cada centímetro de la seda blanca que cubría mi cuerpo, y por un brevísimo milisegundo, vi cómo la máscara de piedra del CEO se agrietaba, dejando al descubierto un destello de genuina devoción y deseo contenido.
Recuperó la compostura casi de inmediato, ajustándose los puños de la camisa.
—Las cámaras de la prensa están abajo —anunció Leonardo con su voz grave y neutra, dirigiéndose a su abuela antes de fijar su mirada en mí—. Los fotógrafos quieren la toma oficial de la prueba.
Me giré sobre la plataforma con una elegancia fingida, sosteniendo la caída del vestido.
—¿Y qué te parece, Leonardo? —pregunté con una voz helada, cargada de una ironía impecable—. ¿El atuendo cumple con las especificaciones del contrato o prefieres enviar una enmienda a la diseñadora?
...Leonardo Torres...
La solidez con la que solía tomar decisiones en los negocios se me desmoronó por completo en el momento en que crucé esa puerta.
Ver a Angie de pie sobre la plataforma, envuelta en esa seda blanca que abrazaba cada curva de su cuerpo con una elegancia deslumbrante, fue un golpe directo al pecho. Estaba tan hermosa que la respiración se me atascó en la garganta durante un segundo que se sintió eterno. Tuve un deseo salvaje, irracional y posesivo de caminar hacia ella, tomarla por la cintura y besarla allí mismo, enfrente de mi abuela y de su madre, sin importar el contrato ni las malditas cláusulas que yo mismo había impuesto.
Pero las palabras de mi abuela y mi propia voz en la oficina volvieron a frenarme en seco: yo había sido quien le puso el alto. Yo había sido quien le exigió mantener las distancias corporativas.
—Cumple perfectamente con el protocolo —respondí, manteniendo la voz fría como el acero, aunque por dentro apretaba los puños dentro de los bolsillos del pantalón para ocultar la tensión de mis manos.
Angie soltó una risita baja, amarga y elegante. La frialdad con la que me miró me demostró que el daño estaba hecho: me había creído la advertencia al pie de la letra y ahora jugaba según mis reglas.
—Perfecto —dijo ella, girándose de nuevo hacia el espejo—. Entonces que los fotógrafos pasen. Hay que darle al país el espectáculo que está pagando.
Los camarógrafos entraron a la sala privada. El destello de los flashes comenzó a iluminar el espacio. Siguiendo la dinámica del compromiso perfecto, me acerqué a la plataforma y le ofrecí mi mano. Angie la tomó; su piel estaba tibia, pero su toque fue frío, profesional y distante.
Me puse a su lado, rodeando su cintura con la firmeza justa para la fotografía. La cercanía de su cuerpo y el aroma a jazmín de su perfume me volvieron a aturdir, pero ella no se inclinó ni un milímetro hacia mí. Sonrió a las cámaras con una calidez perfecta, proyectando la imagen de la novia más dichosa del mundo, mientras por dentro me congelaba con la indiferencia con la que mantenía la espalda erguida.
—Excelente postura, señorita Angie —dijo el fotógrafo principal—. Ahora, señor Leonardo, mírela como si fuera lo más valioso que tiene en este mundo.
Miré a Angie. Ella no me devolvió la mirada; continuó sonriendo fijamente al lente de la cámara, ajena a mi presencia.
La observé en silencio mientras los flashes parpadeaban. Había conseguido exactamente lo que exigí: una socia disciplinada, que no jugaba a la seducción ni cruzaba mis líneas. Pero al ver la distancia insalvable que ella misma acababa de construir entre los dos, una certeza amarga me atravesó la conciencia: en mi desesperado intento por mantener el control de mi vida... acababa de crear el abismo que nos estaba alejando para siempre.