Anna Marín muere a los 32 años con seis puñaladas en el pecho, asesinada por su hermanastra Mariana mientras su esposo Javier observa sin intervenir. Sus últimos pensamientos son de arrepentimiento: por amar demasiado, por callarse demasiado, por convertirse en invisible.
Pero cuando abre los ojos, está de vuelta dos años antes de su muerte.
Con todos los recuerdos intactos.
Anna sabe exactamente lo que viene: cómo Mariana manipulará a sus hijas gemelas para que la odien, cómo Javier la torturará durante meses para robarle la herencia de la abuela, cómo morirá sola en el mismo piso de mármol donde alguna vez creyó que construiría un hogar.
Esta vez no será la esposa sumisa que se arrastra por amor.
Esta vez será la Loba Blanca que todos temían en los tribunales.
Esta vez cada traidor pagará por adelantado.
Pero cambiar el futuro tiene un precio. Y Anna descubrirá que la venganza, aunque dulce, puede costarle lo único que aún le importa: el alma de la mujer que alguna vez fue.
Una histo
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CAPÍTULO 18
Mariana observa a Anna bailar con el cuarto hombre de la noche y siente algo romperse en su pecho.
Suficiente. Esto terminó de ser un juego. Anna no es la esposa invisible que Mariana podía ignorar. Anna es una amenaza real. Y las amenazas reales se eliminan rápido. Mariana espera. Observa. Calcula. Y cuando Anna se disculpa con el grupo de ejecutivos y camina hacia los baños, Mariana la sigue.
Los baños del Hotel Grand Palace son elegantes. Mármol italiano. Espejos enormes. Luces suaves. Completamente vacíos a esta hora porque todos están en el salón disfrutando la gala.
Anna está frente al espejo retocándose el labial cuando Mariana entra.
Sus ojos se encuentran en el reflejo.
Anna no se voltea. Solo sigue con el labial como si Mariana no existiera.
—Bonito vestido —dice Mariana cerrando la puerta detrás de ella.
—Gracias.
—¿Lo compraste con el sueldo de Grupo Lin? ¿O Leonardo te lo regaló?
Anna guarda el labial en su bolso. Se voltea. Mira a Mariana directo a los ojos.
—¿Qué quieres, Mariana?
—Quiero saber a qué estás jugando.
—No estoy jugando nada. Vine a una gala. Bailé. Saludé a colegas. Eso es todo.
—Mentira. Viniste a provocar.
Anna se ríe.
—No todo gira alrededor de ti y Javier. Tengo mi propia vida ahora. Una donde ninguno de ustedes existe.
Mariana da un paso hacia ella.
—No me crees tan estúpida. Sé lo que estás haciendo para que Javier te mire.
—¿Y funcionó? —pregunta Anna con una sonrisa que no llega a sus ojos—. ¿Javier me miró?
Mariana aprieta la mandíbula. Porque sí. Javier no hizo otra cosa en toda la noche.
—Eres patética —dice Mariana—. Diez años fingiendo ser la esposa perfecta y ahora te conviertes en cualquier mujer desesperada por atención.
—Proyectas mucho, Mariana.
—¿Qué?
—Que proyectas. Yo no soy la desesperada aquí. Tú sí. Llevas diez años siendo la amante y Javier todavía no te pone un anillo. ¿No te cansas?
El golpe aterriza exactamente donde Anna quería. Mariana siente la rabia subir como marea.
—Javier me ama.
—Javier te usa. Como usó a todas las mujeres que pasaron por su cama antes que tú.
—Cállate.
—¿Por qué? ¿Duele la verdad? —Anna camina hacia Mariana hasta quedar a centímetros de distancia—. Tú y yo sabemos que Javier nunca se va a casar. Nunca te va a dar su apellido. Nunca vas a ser más que la amante que espera migajas.
Mariana levanta la mano para abofetearla. Anna la atrapa en el aire.
—No te atrevas —dice Anna con voz que baja hasta convertirse en hielo.
Las dos se quedan ahí mirándose durante varios segundos. Dos mujeres que se odian con cada fibra de su ser. Dos mujeres que llevan años destruyéndose mutuamente.
—Aléjate de Javier —dice Mariana.
—Ya me alejé. Firmé el divorcio. Me fui. ¿Qué más quieres?
—Quiero que desaparezcas de esta ciudad.
Anna suelta la muñeca de Mariana. Da un paso atrás. Sonríe.
—Haz lo que quieras, Mariana. Ya no puedes tocarme.
Y sale del baño.
Mariana se queda ahí mirándose en el espejo. Viendo rabia en sus propios ojos. Viendo miedo también.
Porque Anna tiene razón. Mariana ya no puede tocarla como antes. Anna ya no está en la mansión. Anna ya no es vulnerable. Pero eso no significa que Mariana no pueda destruirla de otra manera. Mariana saca su teléfono. Marca un número.
—Soy yo —dice cuando contestan—. ¿Está listo el paquete?
—Sí —dice el hombre al otro lado—. Certificado médico. Resultados de laboratorio. Todo firmado y sellado como pediste.
—Perfecto. Envíalo al hotel. Ahora.
Cuelga.
Luego respira profundo. Se arregla el cabello. Se retoca el maquillaje. Se asegura de que no haya rastro de lágrimas o rabia en su rostro. Y sale del baño con una sonrisa.
La gala está terminando. Los últimos invitados se despiden. Algunos ya se fueron. Otros están en pequeños grupos conversando cerca de la salida. Mariana busca al organizador del evento. Lo encuentra cerca del escenario revisando algo con el técnico de sonido.
—Disculpa —dice Mariana con su mejor sonrisa—. ¿Puedo usar el micrófono un momento? Tengo un anuncio importante.
El organizador duda. Pero es Mariana Vélez. La vicepresidenta ejecutiva de Grupo Rojas. La amante del CEO. No se le dice que no.
—Claro —dice finalmente.
Mariana sube al pequeño escenario. Toma el micrófono. Las luces se encienden sobre ella.
La gente en el salón voltea. Curiosa. Algunos reconocen a Mariana y susurran entre ellos.
Javier está cerca del bar. Cuando ve a Mariana en el escenario frunce el ceño. ¿Qué está haciendo?
Anna está con Leonardo cerca de la salida. También voltea.
Mariana respira profundo. Y habla.
—Buenas noches a todos —dice Mariana con voz que tiembla ligeramente—. Sé que esto es inusual. Sé que la gala ya está terminando. Pero necesito decir algo antes de irme. Algo que no puedo guardar más.
El salón se queda en silencio. Todos miran. Algunos ya están sacando sus teléfonos.
Mariana respira profundo. Deja que las lágrimas suban a sus ojos. Pone una mano temblorosa sobre su vientre plano.
—Estoy embarazada —dice y la voz se le quiebra en la última palabra—. De tres meses. El padre es Javier Rojas.
Por un segundo el salón queda en silencio absoluto. Como si todos hubieran dejado de respirar al mismo tiempo. Y entonces explota. Susurros que se convierten en gritos ahogados. Teléfonos levantándose para grabar. Flashes de cámaras. Periodistas corriendo hacia el frente. Ejecutivos mirándose unos a otros con shock en los rostros.
Javier se queda paralizado cerca del bar. La copa de whisky en su mano se le cae. Se estrella contra el piso. El sonido del vidrio rompiéndose se pierde en el caos del salón.
Mira a Mariana en el escenario como si no pudiera procesar lo que acaba de escuchar. Como si las palabras no tuvieran sentido. Como si todo esto fuera una pesadilla de la que va a despertar en cualquier momento.
Mariana lo mira desde el escenario. Y por un segundo sus ojos se encuentran. En los ojos de Mariana hay algo que Javier no puede leer. Algo que se parece a la victoria.
—Sé que esto es complicado —continúa Mariana con lágrimas que ahora ruedan libremente por sus mejillas—. Sé que Javier todavía está casado. Sé que esto me hace ver como la otra mujer. Como la amante. Como la que destruyó un matrimonio. Pero no puedo seguir escondiendo esto. Mi bebé merece tener un padre. Mi bebé merece que el mundo sepa quién es su padre. Y yo... yo necesitaba que todos supieran la verdad antes de que alguien más la contara por mí.
Un mesero se acerca con un sobre que acaba de llegar. Mariana lo toma. Lo abre. Saca documentos.
—Tengo certificado médico —dice levantando los papeles para que todos vean—. Firmado por el doctor Ramírez de la Clínica San Rafael. Tengo resultados de laboratorio. Tengo ultrasonido. Todo está aquí. Pueden verificarlo.
Pasa los documentos a los periodistas que ya están grabando todo con sus teléfonos.
Son falsos. Todos. El doctor Ramírez existe, pero nunca vio a Mariana. Los documentos están firmados por alguien que Mariana pagó para copiar la firma. El ultrasonido es de otra paciente.
Pero nadie va a verificar eso. No esta noche. Y para mañana el daño ya estará hecho.
Mariana baja del escenario. Las lágrimas siguen cayendo. Camina hacia la salida sin mirar a nadie.
Perfecta actuación.
El salón queda en caos. Periodistas corriendo hacia sus computadoras. Invitados susurrando. Teléfonos sonando. Javier sigue paralizado cerca del bar. No puede moverse. No puede pensar. Solo puede mirar hacia donde Mariana acaba de salir.
Leonardo mira a Anna. Anna está mirando a Mariana irse. Y en su rostro hay algo que Leonardo no esperaba ver. Una sonrisa.
Anna sale del hotel cinco minutos después. Leonardo la sigue.
—¿Estás bien? —pregunta Leonardo cuando la alcanza en el estacionamiento.
—Perfectamente —dice Anna sacando su teléfono.
—Anna, tu esposo acaba de...
—No es mi esposo. Ya no. Y después de esto nunca volverá a serlo.
Anna marca un número. El abogado Alejandro Vargas contesta al tercer timbre.
—Señorita Marín.
—¿Viste las noticias?
—Las estoy viendo ahora mismo. Todos los canales. Mariana Vélez embarazada. Javier Rojas el padre. Es un escándalo.
—Perfecto. Prepara los documentos. Quiero que Javier firme el divorcio esta semana. Con prueba pública de infidelidad y embarazo de la amante ya no tiene ninguna excusa para negarse. Si no firma quedará como el hombre casado que embaraza a su amante y se niega a dejar libre a su esposa legítima. Su imagen pública no sobrevivirá eso.
—Entendido. Los documentos estarán listos mañana.
Anna cuelga. Guarda el teléfono. Mira a Leonardo.
—Mariana acaba de hacer mi trabajo.
—¿Cómo?
—Prueba pública de infidelidad. Embarazo de la amante anunciado frente a medio sector corporativo del país. Escándalo en todos los medios antes de que termine la noche. Ahora Javier no tiene más remedio que firmar el divorcio.
Leonardo la mira con algo que va más allá de la admiración. Respeto. Y quizá un poco de miedo.
—¿Planeaste esto?
—No —dice Anna con una sonrisa que no llega a sus ojos—. Pero la Loba Blanca no llegó a donde está esperando que todo salga perfecto. Llegó aprendiendo a aprovechar cada oportunidad que se presenta. Y Mariana acaba de darme la mejor oportunidad posible en una bandeja de plata.
Se sube a su auto. Arranca. Y mientras sale del estacionamiento ve por el espejo retrovisor a Leonardo todavía parado ahí mirándola irse.
Y piensa en Mariana dentro del hotel creyendo que acaba de ganar.
Pobre Mariana.
No entiende que cada movimiento que hace solo la hunde más.
Vamos a ver como se destruyen Javier y Mariana 😅😅