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La Esposa Fugitiva Del Alfa Millonario

La Esposa Fugitiva Del Alfa Millonario

Status: En proceso
Genre:Embarazada fugitiva / Matrimonio contratado / Omegaverse / CEO
Popularitas:8k
Nilai: 5
nombre de autor: Leiva Silva, Juan Manuel

"Firmaste el contrato, Luna. No hay divorcio que te salve de mí."

Para salvar a su familia, Elena aceptó un matrimonio por contrato de un año con Alexander Vance, el implacable CEO y Alfa más temido de la ciudad. Lo que él ignoraba era que Elena no era una humana sumisa, sino una loba de linaje puro.

Tras un año de desprecios y manipulaciones, la noche en que vence el acuerdo Elena descubre la verdad: está embarazada del Alfa y ha despertado su poder dormido.

Sin rogar por afecto, Elena quema el contrato y desaparece en la noche. Cuatro años después, regresa como la inversionista más poderosa de la industria, acompañada por un niño genio calcado al CEO.

Alexander emprenderá una cacería obsesiva por recuperar a su esposa, pero esta vez ella no es la presa: es la cazadora.

NovelToon tiene autorización de Leiva Silva, Juan Manuel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: La Respuesta del Alfa

No dormí.

Pasé la noche en vela, sentada en el sofá de terciopelo junto a la chimenea apagada, con las rodillas pegadas al pecho y la mirada perdida en la oscuridad. El aullido que había escapado de mi garganta seguía resonando en mi memoria, un eco salvaje que no podía silenciar. ¿Qué había hecho? ¿Qué me había poseído?

La respuesta era simple y aterradora: mi loba. La bestia que había mantenido dormida durante años, silenciada por supresores y disciplina, había despertado. Y no parecía dispuesta a volver a dormirse.

Cada vez que cerraba los ojos, sentía su presencia revolviéndose bajo mi piel, inquieta, hambrienta. Años de encierro la habían vuelto más fuerte, más feroz. Y ahora, con el embarazo alterando mis hormonas, el supresor apenas podía contenerla.

Al amanecer, me levanté con el cuerpo entumecido y el alma cansada. Me duché con agua fría, dejando que el chorro me golpeara la espalda hasta que la piel se me puso roja. Necesitaba claridad. Necesitaba un plan.

Mientras me vestía con un sencillo conjunto de blusa blanca y pantalones de lino color arena, me repetí las reglas que había establecido para mí misma la noche anterior:

Primera: mantener la compostura en todo momento. No mostrar debilidad. No mostrar miedo.

Segunda: descubrir todo lo que pudiera sobre los Vance. Sus aliados, sus enemigos, sus secretos. La información era poder, y yo necesitaba todo el poder posible.

Tercera: encontrar la manera de escapar antes de que el embarazo fuera evidente. Tenía meses, quizás menos, antes de que mi cuerpo comenzara a cambiar de formas que no podría ocultar.

Cuarta: sobrevivir. Por mí. Por mi hijo.

Cuando terminé de vestirme, me miré en el espejo. La mujer que me devolvió la mirada tenía los ojos cansados pero decididos, la mandíbula apretada, los hombros rectos. No era la misma Elena que había llegado a esta mansión la noche anterior. Algo había cambiado.

El aullido no solo había despertado a mi loba. También había despertado algo más. Una determinación fría, calculadora, que no había sentido nunca antes.

Un golpe suave en la puerta me sacó de mis pensamientos.

—Señora Vance —llamó una voz femenina desde el otro lado—. Soy Marta. El Alfa ha solicitado su presencia en el desayuno.

Solicitado. Como si tuviera opción.

Abrí la puerta y me encontré con una mujer de mediana edad, de rostro amable y complexión robusta. Sus ojos, de un cálido color avellana, me examinaron con curiosidad antes de que una sonrisa genuina le curvara los labios.

—Es un placer conocerla, señora. Soy Marta, su doncella personal. Estoy aquí para ayudarla con lo que necesite.

—Gracias, Marta —dije, y me sorprendí a mí misma al darme cuenta de que lo decía en serio. Había algo en esta mujer que me resultaba reconfortante, familiar. Quizás era su naturaleza humana, o simplemente el hecho de que no me miraba como si fuera una intrusa.

—El desayuno se sirve en el comedor de invierno, al final del pasillo este —continuó Marta, señalando con la mano—. El Alfa la espera allí.

—¿Sabes qué quiere? —pregunté, mientras caminábamos juntas por el pasillo.

Marta me lanzó una mirada de reojo.

—No me lo ha dicho, señora. Pero... —Vaciló un momento, como si sopesara si debía hablar—. El Alfa no suele desayunar en el comedor de invierno. Es un lugar más... íntimo. Para asuntos familiares.

Familiares. La palabra me golpeó con más fuerza de la que esperaba.

El comedor de invierno resultó ser una habitación más pequeña y cálida que el vasto salón principal donde habíamos cenado. Grandes ventanales daban a un jardín interior lleno de helechos y flores exóticas, y una chimenea encendida crepitaba en una esquina, llenando el aire con el aroma de leña de pino.

Alexander ya estaba sentado a la mesa, una mesa redonda de madera oscura esta vez, no la larga y fría del comedor principal. Llevaba una camisa negra arremangada hasta los codos, mostrando antebrazos musculosos marcados por venas y cicatrices finas. Su cabello, normalmente peinado hacia atrás, caía ligeramente sobre su frente, dándole un aspecto más relajado. Casi humano.

Casi.

Sus ojos se posaron en mí en cuanto entré, y sentí el peso de su mirada como una mano física sobre mis hombros. No sonreía. No se levantó. Pero algo en su expresión había cambiado desde la noche anterior. Algo que no supe identificar.

—Buenos días, Elena —dijo, y su voz era más suave que antes, aunque seguía teniendo ese filo profundo que le era característico.

—Buenos días —respondí, tomando asiento frente a él.

Un sirviente apareció de inmediato para servirme café y un plato de frutas frescas. Miré la comida sin apetito, pero me forcé a tomar un sorbo de café. Necesitaba mantenerme alerta.

Alexander me observó en silencio durante un largo momento. Luego, sin preámbulos, dijo:

—Anoche aullaste.

Mi corazón se detuvo. Luego se aceleró, golpeando mis costillas como un pájaro atrapado.

—No sé de qué hablas —respondí, manteniendo la voz firme.

—No mientas —dijo, y su tono se volvió más duro—. Te oí. Todos te oímos.

Todos. La palabra cayó sobre mí como una losa. Si toda la manada me había oído, entonces mi secreto estaba expuesto. Mi naturaleza de loba, oculta durante años, revelada en un momento de debilidad.

—No sé qué quieres que diga —susurré, apartando la mirada.

—Quiero la verdad —dijo Alexander, inclinándose hacia adelante—. Eres una loba. Una loba mestiza, según el contrato. Pero lo que oí anoche... —Hizo una pausa, como si buscara las palabras correctas—. No era el aullido de una mestiza. Era el de una loba pura. De alto rango.

El silencio entre nosotros se volvió denso, cargado de preguntas no formuladas y respuestas peligrosas. Sentí cómo mi loba se removía, alerta, lista para defenderse.

—No sé qué eres —continuó Alexander, sus ojos grises perforándome—. Pero no eres lo que aparentas ser. Y eso me intriga.

—¿Intriga? —Repetí, incapaz de ocultar el tono amargo—. ¿Es eso lo que soy para ti? ¿Un misterio que resolver?

—Eres muchas cosas para mí, Elena —dijo, y su voz se volvió más baja, más íntima—. Eres mi esposa. La Luna de mi manada. La madre de mi heredero.

Mi sangre se congeló.

—¿Qué? —La palabra escapó de mis labios antes de que pudiera detenerla.

Alexander sonrió. Fue una sonrisa lenta, depredadora, que me heló la sangre.

—No creías que no lo sabía, ¿verdad? —Se levantó de su asiento y rodeó la mesa, acercándose a mí con la gracia letal de un lobo al acecho—. Tu olor cambió. Sutilmente, pero cambió. Las feromonas de una loba embarazada son inconfundibles.

Me quedé paralizada, incapaz de moverme, de respirar, de pensar. Él lo sabía. Lo sabía desde el principio. Y yo había creído que podía ocultárselo.

—¿Cuándo? —pregunté, mi voz apenas un susurro.

—Desde el momento en que entraste en mi oficina —respondió, deteniéndose frente a mí—. Lo supe antes de que tú lo supieras.

—Y aun así... —Tragué saliva, intentando procesar la magnitud de la revelación—. Firmaste el contrato de todas formas.

—Por supuesto. Un heredero es lo que mi manada necesita. Lo que yo necesito. —Se inclinó, tan cerca que podía sentir su aliento en mi mejilla—. Y tú me lo vas a dar.

La rabia, que había estado acumulándose en mi pecho desde la noche anterior, explotó.

—¿Y si me niego? —dije, levantándome de golpe, enfrentándolo—. ¿Y si decido que no quiero ser tu incubadora?

Alexander no se inmutó. Si acaso, su sonrisa se ensanchó.

—Entonces romperías el contrato —dijo, con una calma que me resultó más aterradora que cualquier amenaza—. Y tu familia perdería todo. Su casa, su negocio, su lugar en esta ciudad. Lo sabes.

Lo sabía. Maldita sea, lo sabía.

Me sentí atrapada, acorralada, como un animal en una jaula de oro. Alexander me había tendido una trampa perfecta, y yo había caído en ella con los ojos abiertos.

—Eres un monstruo —susurré, con lágrimas de rabia ardiendo en mis ojos.

—No —dijo, y por un momento, algo oscuro cruzó por su mirada—. Soy un Alfa. Y un Alfa hace lo que sea necesario para proteger a su manada.

Se giró y caminó hacia la puerta, dejándome sola con mi rabia y mi desesperación.

—La boda será en tres días —dijo desde el umbral, sin volverse—. Te sugiero que descanses. Lo necesitarás.

Y se fue.

Me dejé caer en la silla, con las manos temblando y el corazón destrozado. Todo mi plan, toda mi estrategia, se había desmoronado en un instante. Alexander sabía sobre el bebé. Sabía que yo era más de lo que aparentaba. Y no iba a dejarme escapar.

Pero mientras lloraba en silencio, algo dentro de mí se endureció. Una voz, fría y calculadora, susurró en mi mente:

Está bien. Que sepa. Que subestime. Los cazadores más peligrosos son aquellos que parecen indefensos.

Me sequé las lágrimas y me levanté. Tenía tres días antes de la boda. Tres días para descubrir todo lo que pudiera sobre los Vance. Tres días para encontrar una manera de escapar.

O para encontrar una manera de luchar.

Caminé hacia la ventana y miré los jardines. En la distancia, más allá de los árboles, podía ver las siluetas de lobos patrullando el perímetro. Guardianes. Carceleros.

Pero yo también era una loba. Y las lobas, cuando se ven acorraladas, son las más peligrosas.

Esa tarde, Marta me acompañó a la ciudad para los preparativos de la boda.

—El Alfa ha dispuesto que se le compre un vestido —dijo, mientras el coche nos llevaba por las calles de Silver Creek—. Y joyas. Y todo lo que necesite para el gran día.

—¿Él vendrá? —pregunté, mirando por la ventana.

—No, señora. El Alfa tiene asuntos que atender. Pero ha dejado instrucciones muy específicas.

Instrucciones. Por supuesto. Alexander no me dejaría nada al azar.

La boutique de novias era un establecimiento exclusivo en el centro de la ciudad, con escaparates que mostraban vestidos que valían más que todo lo que mi familia adoptiva había ganado en décadas. La dueña, una mujer elegante de nombre Camille, me recibió con una sonrisa profesional y me guio hacia una sala privada donde me esperaban docenas de vestidos.

—El Alfa ha seleccionado personalmente algunos modelos —dijo Camille, señalando una serie de vestidos colgados en un perchero—. Pero si ninguno es de su agrado, podemos buscar otros.

Los examiné uno por uno. Eran hermosos, todos ellos. Seda, encaje, pedrería. Vestidos de princesa para una boda que era cualquier cosa menos un cuento de hadas.

—¿Puedo probármelos sola? —pregunté.

—Por supuesto, señora. Estaré aquí si necesita ayuda.

Me encerré en el probador con el primer vestido, pero no me lo puse. En su lugar, saqué el pequeño sobre de papel que llevaba escondido en el bolsillo desde la noche anterior.

La carta de mi madre.

Mis manos temblaban mientras rompía el sello. Dentro, un trozo de papel doblado con cuidado, escrito con una letra elegante que no reconocí.

Elena,

Si estás leyendo esto, significa que el momento ha llegado. Debes saber la verdad sobre quién eres.

No eres una mestiza. Eres la última heredera de la Manada Luna Plateada, la manada más antigua y poderosa de todas. Tu padre, el Alfa Lucian, fue traicionado y asesinado la noche en que naciste. Tu madre, mi querida amiga Seraphina, huyó conmigo para salvarte.

Los Vance no son tus aliados. Son tus enemigos. Fueron ellos quienes orquestaron la caída de la Luna Plateada. Fueron ellos quienes asesinaron a tu padre.

Alexander Vance no lo sabe, pero tú eres la verdadera Alfa de la Luna Plateada. Y cuando recuperes tu poder, podrás reclamar lo que es tuyo.

Busca a los aliados de tu padre. Busca a los que aún son leales a la Luna Plateada. Ellos te encontrarán a ti.

Confía en tu loba. Ella sabe el camino.

Con todo mi amor,

Seraphina

Leí la carta tres veces, cuatro veces, cinco. Las palabras danzaban ante mis ojos, negándose a formar un significado coherente.

No era una mestiza. Era una Alfa. La última de mi linaje.

Y Alexander Vance, el hombre que me había comprado como si fuera ganado, era el hijo de los asesinos de mi padre.

La rabia que sentí en ese momento fue diferente a todo lo que había experimentado antes. No era la rabia caliente de la humillación, ni la rabia fría de la impotencia. Era una rabia antigua, primigenia, que ardía en mis venas como fuego líquido.

Mi loba rugió dentro de mí, y por primera vez, no la silencié.

—Tranquila —susurré, doblando la carta con cuidado y guardándola de nuevo en mi bolsillo—. Pronto. Muy pronto.

Me probé el vestido, uno de seda blanca con encaje en los hombros y una cola larga que se arrastraba por el suelo. Era hermoso. Era perfecto.

Y sería mi mortaja si no encontraba una manera de escapar.

Cuando salí del probador, Camille me recibió con una exclamación de admiración.

—¡Es magnífico, señora! El Alfa estará encantado.

—Sí —dije, mirándome en el espejo de cuerpo entero—. Seguro que sí.

Pero mientras me miraba, no veía a una novia feliz. Veía a una guerrera preparándose para la batalla.

Esa noche, de vuelta en la mansión, me encerré en mi habitación y me senté frente al espejo del tocador. Saqué la carta una vez más y la leí en voz baja, memorizando cada palabra, cada nombre, cada promesa.

Luna Plateada. Mi manada. Mi herencia.

Alexander Vance no lo sabía, pero acababa de cometer el error más grande de su vida. Había traído a su casa a la hija de su enemigo. Había puesto a la zorra en el gallinero.

Y yo, Elena Reed, la última Alfa de la Luna Plateada, iba a hacerle pagar por cada lágrima, cada humillación, cada momento de sufrimiento.

Pero primero, necesitaba respuestas. Necesitaba aliados. Necesitaba poder.

Y sabía exactamente dónde empezar.

Me levanté y caminé hacia el balcón. La luna llena brillaba en el cielo, bañando los bosques en plata. En algún lugar, un lobo aulló.

Esta vez, cuando mi loba respondió, no fue un grito de desesperación. Fue un llamado de guerra.

El aullido resonó en la noche, poderoso y desafiante, y esta vez, no fue Alexander quien respondió.

Fue otro. Más lejano. Más profundo. Un aullido que reconocí instintivamente, aunque nunca lo había oído antes.

Mi manada. Los supervivientes de la Luna Plateada.

Habían oído mi llamado.

Y estaban viniendo.

Pero mientras el aullido se desvanecía en la noche, no pude evitar sentir algo. Algo frío. Algo oscuro. Algo que venía del norte.

Y en algún lugar de las montañas, alguien abrió los ojos.

1
Mamc
Ame el final 👁️👄👁️
Mamc
😭😭😭
Amelia Macias cruz
.
Lupe
😭😭😭😭 Me encanta su hijitooo
Martha
Exelente me encanta ☺️
laura123
esta hermosa la historia 😊
dana lopez
😭😭😭😭
Dani
me encanta como esta avanzando la novela 😊😊😊
Esther Capurro
/Smile//Smile//Smile/
Lisa Michi
me encanta 😊
Derlys Capurro
me encantó esta historia 😁
DOMENICA Capurro
excelente historia
Martha
Sube más capítulos 👄
Lupe
Sube más capítulos ☺️
mimi
sube más capítulos porfa😭
Sury Lupita
me encanta el niñito
Sury Lupita
está interesante
laura123
podrías subir más capítulos, está super interesante
dana lopez
me encanta mucho esta novela , podrías subir más capítulos
Carola Ortiz Macías
me encantó ☺️
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