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LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo / Amor prohibido
Popularitas:7.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.

Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 2

El aroma a lirios blancos y cera de abeja inundaba los pasillos principales de la mansión Moretti, un perfume diseñado para simular la pureza y la elegancia de una familia intachable ante los ojos de la alta sociedad y de los socios más pesados del bajo mundo. Para cualquiera que viniera de afuera, esta casa era un santuario de lujo, poder y tradiciones inquebrantables. Para mí, desde hacía tres años, se había convertido en un campo minado donde cada paso en falso se pagaba con miradas de desprecio y silencios calculados.

Me obligué a alisar la falda de mi vestido frente al espejo del vestidor, respirando hondo antes de cruzar el umbral. Hoy era el día de la prueba de los arreglos florales principales para la boda. Se suponía que yo debía estar supervisando cada detalle junto al organizador de bodas que la familia había contratado en Milán, eligiendo las rosas y los tonos pasteles que soñaba desde niña. Sin embargo, cuando bajé los primeros escalones de la gran escalinata de mármol negro, supe que las reglas del juego habían vuelto a cambiar.

En el centro del salón de recibo, rodeada de catálogos abiertos, muestras de seda y jarrones de cristal tallado, estaba Mía.

Llevaba puesto un vestido corto de diseñador, ajustado a su esbelta silueta, y reía con una risa aguda y musical mientras conversaba con dos de los floristas. Lo que me detuvo en seco, clavando las suelas de mis zapatos en el suelo, no fue verla allí, sino la presencia de Marcos. Él estaba de pie junto a la ventana arqueada, con la chaqueta del traje sutilmente abierta, sosteniendo un vaso de whisky en una mano mientras la otra descansaba en el bolsillo de su pantalón. Su perfil endurecido por la luz de la tarde tenía esa expresión impenetrable que tanto conocía, pero había algo diferente en sus ojos: una indulgencia silenciosa, casi protectora, dirigida enteramente hacia Mía.

—No, no, signorina Mía, esos tonos son demasiado apagados para una boda de esta magnitud —decía el florista principal, gesticulando con las manos—. El señor Moretti especificó que todo debe reflejar el estatus de la familia.

—Por eso mismo te digo que los lirios blancos son aburridos y huelen a funeral —respondió Mía con un visaje caprichoso, agitando una mano con desdén—. Quiero orquídeas negras importadas y peonías rosadas. Muchas. Que la entrada huela a dinero y a poder, no a un convento. ¿Verdad que sí, Marcos?

Me quedé congelada en el descanso de la escalera. Las peonías rosadas y los lirios blancos habían sido mi elección explícita, aprobada por los coordinadores semanas atrás tras horas de debate. Eran mis favoritas. Mía lo sabía perfectamente; se lo había mencionado en una de nuestras contadas conversaciones antes de que yo optara por ignorarla por completo.

Los ojos de Marcos se desviaron hacia la escalera en ese instante, encontrándose con los míos. No hubo rastro de culpa en sus facciones duras. Al contrario, su mandíbula se tensó con esa típica impaciencia que reservaba exclusivamente para mí en los últimos tiempos.

—Elara —dijo con voz ronca, la vibración grave recorriendo el espacio del salón antes de que yo pudiera dar un paso más—. Baja. Están discutiendo los últimos detalles de la recepción y necesito que dejes de poner esa cara de circunstancias.

Apreté los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavaron dolorosamente en las palmas de mis manos. Bajé los escalones con una elegancia milimétrica, conteniendo el temblor que amenazaba con traicionarme desde las rodillas hasta el pecho.

—No sabía que la boda se había convertido en un escaparate para los gustos de Mía, Marcos —repliqué, manteniendo el tono de voz bajo, controlado, aunque cada palabra llevaba impregnada una capa de hielo—. Los arreglos florales ya estaban decididos. Los elegí yo.

Mía se giró lentamente sobre sus tacones, parpadeando con una falsa inocencia que rozaba el insulto. Llevaba los labios pintados de un rojo carmesí brillante, un tono que solía detestar hasta que empezó a imitar cada aspecto de mi estilo, como si quisiera borrarme y ocupar mi lugar en todos los sentidos posibles.

—Ay, Elara, por favor —soltó Mía con un suspiro exagerado, cruzándose de brazos—. No seas tan dramática ni posesiva con unas cuantas flores. Marcos me preguntó qué opinaba de la atmósfera, y simplemente le dije que los lirios hacían que el salón pareciera deprimente. Una boda de la mafia, con la alianza que estamos cerrando con los capos del sur, necesita impacto, no cursilerías. ¿Cierto, Marcos?

Volví la mirada hacia él, esperando, contra toda lógica, que por una sola vez en tres años pusiera límites a los caprichos inútiles de su cuñada. Esperaba que recordara que yo era su prometida, la mujer con la que compartiría el apellido, la cama y el trono de su imperio.

Pero Marcos se limitó a dar un trago lento a su vaso de whisky, exhalando un suspiro pesado antes de hablar.

—Mía tiene un punto, Elara —dijo él con total naturalidad, clavando en mí esos ojos oscuros que antes me miraban con devoción y ahora solo desprendían una fría fatiga—. Es una boda grande, la más importante en una década para la organización. Las flores son lo de menos. Deja de armar un conflicto por tonterías estéticas y cede en esto. No estás sola tomando decisiones.

«No estás sola tomando decisiones.»

Las palabras resonaron en mi cabeza como un eco ensordecedor. No se refería a que ambos decidiéramos; se refería a que ahora Mía tenía voz y voto en mi propia boda. En mi vida. En mi espacio vital.

Una rabia sorda, caliente y corrosiva comenzó a subir desde la boca del estómago, quemándome la garganta. Quise gritarle, recordarle quién era yo, recordarle los años que pasamos construyendo este compromiso antes de que esa arpía cruzara nuestra puerta a mendigar un techo. Quise arrojar los catálogos al suelo y estamparle el vaso de cristal en el rostro. Pero el código de supervivencia de los bajos fondos, ese que te enseña a sonreír mientras te clavan un puñal por la espalda, me mantuvo en silencio. Inhalé aire frío y asentí con una rigidez glacial.

—Como digas, Marcos —murmuré, con una calma que pareció desconcertarle por un segundo, pues sus cejas se fruncieron ligeramente ante mi falta de resistencia—. Si Mía prefiere las peonías, que sean las peonías. Al fin y al cabo, parece que ella es quien va a lucirse en esta ceremonia.

Mía esbozó una sonrisa triunfante, una mueca de suficiencia que apenas disimuló mordiéndose el labio inferior con malicia.

—Ves cómo hablando se entiende la gente, hermanita —dijo con una dulzura empalagosa que daban ganas de vomitar—. Te prometo que te dejaré elegir la música de los entremeses.

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