Ian es el omega perfecto: dócil, hermoso, prometido al alfa más codiciado de la preparatoria. No sabe que para Karl es solo una fachada. Cuando descubre la verdad, muere empujado por unas escaleras.
Pero en su cuerpo despierta Joseph, un chico de barrio con alma de superviviente. Ahora habita la piel del omega ingenuo y tiene un plan: desenmascarar a Karl y liberarse del compromiso.
El problema es Kevin, el hermano mayor de Karl. El heredero silencioso. El único que parece ver más allá de la farsa.
Lo que empieza como venganza se convierte en un amor prohibido. Porque las feromonas no mienten, y Joseph tendrá que elegir entre seguir habitando una mentira o confesar quién es... y perderlo todo.
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CAPÍTULO 7: El regreso al ruedo
Amanecí con una mezcla de nervios y determinación, como un boxeador antes de una pelea, pero sin los pantalones cortos y con un nudo en el estómago que no era solo por los nervios.
Hoy volvía al instituto. Hoy empezaba el juego de verdad.
Lo primero: el armario. Esa maldita colección de ropa que parecía diseñada por un comité de señoras mayores con gusto por los colores pastel. Lo abrí y me enfrenté a las filas de prendas impecables.
Nada rosa, eso era lo único que tenía claro.
Rebusqué, revolví, ignoré los conjuntos con corazones bordados, las camisas con vuelo, los suéteres con lazos. Al final del armario, casi escondido, encontré algo. Un jersey beige, de cuello alto, sin adornos, sin brillos, sin nada. Solo un jersey. Al lado, unos pantalones blancos de vestir, de esos que parecen de ejecutivo pero en versión joven. No era mi estilo, no era lo que yo usaría en mi barrio, pero comparado con el resto del armario, era un traje de espía internacional.
Me los puse y me miré al espejo.
El cuello alto tapaba mi... bueno, el cuello de Ian, ese cuello de omega que todos miraban. Los pantalones eran elegantes, sí, pero no marcaban demasiado. En conjunto, parecía más serio, más... no sé. ¿Sofisticado? ¿Como si fuera a una reunión de negocios en lugar de a una clase de matemáticas?
—No está mal —murmuré—. Al menos no parezco un osito de peluche.
Bajé al comedor con paso firme. Elvira ya estaba en su sitio, con su té humeante, Rodrigo en el otro extremo, con su periódico. La mesa se veía extraña sin Karl, pero también más tranquila.
—Buenos días —dije y me senté.
Elvira me miró, parpadeó, dejó la taza a medio camino.
—¿Qué... qué ropa es esa, hijo?
Miré mi jersey, mis pantalones, todo parecía normal.
—Ropa —dije—, del armario.
—Pero... eso no es lo que tú usas.
—Ya. Pero pensé que para volver al instituto, algo más formal estaría bien. ¿No?
Rodrigo bajó el periódico, me observó con esos ojos de alfa que evaluaban todo, luego asintió, lentamente.
—Queda bien —dijo.
Eso fue todo. Un "queda bien" de Rodrigo era como un discurso de una hora de cualquier otra persona. Me sentí casi orgulloso.
Elvira dudó, pero no dijo nada más, solo me sonrió, con esa mezcla de orgullo y confusión que deben sentir las madres cuando sus hijos cambian.
—¿Seguro que te sientes bien para ir? —preguntó.
—Seguro.
—¿Quieres que te lleve?
—No, ya voy en el auto de la escuela o como sea.
Rodrigo asintió, aprobando mi independencia.
—Que tengas buen día —dijo, y volvió a su periódico.
Salí de casa con la sensación de que algo había cambiado, slgo pequeño, pero importante. Como si hubiera ganado una batalla sin disparar una sola bala.
El auto de la familia me llevó hasta la entrada del instituto. El chofer no dijo una palabra, yo tampoco, solo miraba por la ventana, viendo pasar las calles, las tiendas, la gente. Vidas normales, vidas que no tenían que fingir ser otra persona.
El instituto era enorme, de esos lugares que parecen diseñados para que te pierdas y nadie te encuentre. Edificios modernos, jardines cuidados, grupos de estudiantes por todas partes. Bajé y sentí todas las miradas clavarse en mí. O en Ian, en el cuerpo de Ian, en lo que ellos creían que era Ian. Avancé por el camino principal con la mirada al frente, ignorando los susurros.
"Es Ian."
"Ya volvió."
"¿Viste cómo viene vestido?"
"Se ve diferente."
Diferente. Esa era la palabra del día.
Llegué hasta la entrada principal y ahí estaban, Karl con su grupo de amigos alfas, esos que siempre están en el centro de todo, riéndose fuerte, ocupando espacio. Y a su lado, pegada como una lapa, Valeria.
Sonreí por dentro. Qué rápido se mueve la tipa.
Había otras omegas alrededor del grupo, las típicas que orbitan alrededor de los alfas populares, esperando una migaja de atención. Algunas me miraron con curiosidad, otras, con algo que parecía disgusto.
Vayanse a la mierda, arrastradas, pensé, no tengo tiempo para ustedes.
Karl me vio y su cara se iluminó, se separó del grupo y vino hacia mí con esa sonrisa que debía ensayar frente al espejo.
—Ian —dijo, y me abrazó—. Qué bien que volviste.
—Gracias —respondí, rígido.
Cuando me soltó, me miró de arriba abajo frunció el ceño.
—¿Qué ropa es esa?
—Ropa.
—Pero... tú no usas esas cosas. ¿Por qué no te pusiste el suéter azul que te regalé? Ese que te queda tan bien.
Porque no quiero nada que venga de ti, porque no quiero que me vistas como a una muñeca.
—Hoy me apetecía algo distinto —dije, encogiéndome de hombros—. ¿No te gusta?
Karl dudó, lo vi luchar entre el deseo de controlar y el miedo a parecer un idiota delante de sus amigos.
—No es que no me guste —dijo al fin—, es que... no pareces tú.
Exacto, pensé, ese es el punto.
—Bueno —dije, con una sonrisa falsa—, igual es que ya no soy el mismo. La amnesia, ¿sabes?
Karl asintió, incómodo, no supo qué responder.
—Te ves bien —dijo al fin—. Diferente, pero bien.
—Gracias. Otra vez.
Valeria se había quedado atrás, mirándome con atención, sus ojos oscuros me evaluaban. Traté de parecer inofensivo, un Ian amnésico, un Ian confundido. Pero por dentro, mi cabeza ya estaba calculando.
———
Marta y Julia aparecieron como un vendaval. Me abrazaron, me revisaron, me preguntaron todo al mismo tiempo.
—¡Ian! —gritó Marta—. ¡Estás aquí!
—¿Cómo te sientes? —preguntó Julia, más seria.
—Bien —dije—. Vivo. Las dos cosas son una mejora.
Marta se rió, Julia me observó con atención.
—Te ves diferente —dijo Julia.
—¿La ropa?
—La ropa, sí, pero también la cara. La forma de mirar.
—Tal vez recordé quién soy —dije, y fue lo más cerca de la verdad que había estado en días.
Marta me dio un codazo.
—Me gusta, antes eras demasiado... no sé, demasiado perfecto. Ahora pareces real.
—Gracias, creo.
Estábamos hablando cuando sentí una mirada pesada sobre mí. Me giré. Una chica pelirroja, de ojos verdes, me observaba desde unos metros. Su expresión era... ¿odio? ¿Rencor? No lo sé. Pero no era amistosa.
—¿Quién es esa? —pregunté.
Marta y Julia siguieron mi mirada, sus expresiones cambiaron.
—Ah —dijo Marta—. Esa es Sofi.
Sofi, el nombre me sonó. El mensaje. "Ojalá te hubieras roto el cuello."
—¿Qué pasa con ella? —pregunté, fingiendo ignorancia.
—Está loca —dijo Julia, en voz baja—. Completamente obsesionada con Karl.
—¿Con Karl?
—Sí, desde que tengo memoria. Cree que ella debería ser la novia, no tú, no pierde oportunidad de hacerte la vida imposible.
Marta asintió.
—Una vez le dejó una nota en tu taquilla. Decía algo como "aléjate de él o te arrepentirás". Muy de película de terror adolescente.
Miré a Sofi otra vez, ella seguía mirándome. No desvió la mirada. Sus manos estaban apretadas en puños, los nudillos blancos y en su rostro había una tensión que no era solo odio, era algo más. Algo parecido a la desesperación.
Le sonreí, una sonrisa pequeña, amable, la de Ian. Ella frunció el ceño y se alejó.
—Qué rara —murmuró Marta.
Más de lo que creen, pensé.
———
Las primeras horas fueron un caos. Profesores que me saludaban con preocupación, compañeros que se acercaban a preguntar, miradas de todos lados. Yo asentía, sonreía, decía lo que tocaba. En cada clase, un asiento diferente, en cada recreo, un grupo distinto. Todos querían saber, todos querían hablar con el chico que había vuelto de entre los muertos, básicamente.
Guardé la información como un ordenador. Nombres, caras, relaciones. Quién era amigo, quién era enemigo, quién era simplemente un curioso.
Y en cada momento libre, buscaba a Valeria con la mirada.
———
Llegó la hora del almuerzo, me escapé al baño un momento, solo para respirar. Demasiada gente, demasiadas preguntas, demasiado de todo. Cuando salí, ahí estaba ella.
Valeria.
Apoyada contra la pared del pasillo, como si me hubiera estado esperando. Su olor llegó antes que ella: nardo y ámbar sintético. Estridente. Invasivo. Mi nariz de omega lo detectó al instante y algo en mi estómago se revolvió. Pero no fue solo asco, fue algo más. Un escalofrío, un dolor punzante en la cabeza, una imagen fugaz: uñas largas, rojas, una mano empujando.
Parpadeé, respiré hondo.
No. No es ella, no puede ser, es solo una coincidencia. El mundo está lleno de gente que usa perfume dulzón, no significa nada.
Pero mi cuerpo no pensaba lo mismo, mi cuerpo retrocedió un paso antes de que yo pudiera detenerlo. Y el olor seguía ahí, envolviéndome, recordándome algo que no quería recordar.
—Ian —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Cómo estás?
—Bien —respondí, con mi mejor cara de póker—. ¿Tú eres...?
—Valeria —dijo—, somos amigos. Bueno, conocidos de la escuela.
—Ah, perdón, no recuerdo bien las caras todavía.
—Claro, claro, lo del accidente. Qué horrible.
Tú lo hiciste horrible, pensé, y la imagen volvió: la mano, las uñas rojas, el empujón.
No, no podía ser, Valeria era la amante de Karl. Una traidora, una mentirosa, pero no una asesina. ¿O sí? Su olor, ese olor dulzón y químico, el mismo del recuerdo, el mismo que me había revuelto el estómago en la mansión. Pero, ¿y si me equivocaba? ¿Y si solo era una coincidencia? El mundo está lleno de perfumes dulzones, de mujeres con uñas pintadas, no podía acusar a alguien solo por un olor. Necesitaba más, necesitaba pruebas.
—Sí —dije—. Pero ya estoy mejor.
Ella asintió, se acercó un paso. Su olor se intensificó, sentí ganas de retroceder, pero me mantuve firme. Jugaba con un mechón de pelo, enrollándolo alrededor del dedo. Un tic nervioso, interesante.
—¿Y qué recuerdas? —preguntó, con un tono que quería sonar casual pero no lo lograba—. Del accidente, digo.
—Nada. Solo despertar en el hospital, todo lo demás es un agujero negro.
—¿Nada de las escaleras?
—Nada.
Valeria sonrió. Esta vez parecía más genuina, más aliviada.
—Bueno, quizás es mejor así —dijo—. Olvidar las cosas malas.
—Quizás.
Hubo un silencio incómodo, ella dio otro paso, ahora estábamos demasiado cerca. Su olor me envolvía, y mi cuerpo se tensó, podía sentir las alarmas disparándose en mi interior: peligro, peligro, peligro.
—Déjame ayudarte —dijo, y extendió la mano para tocarme el brazo.
Me aparté antes de que lo lograra, fue un movimiento pequeño, casi imperceptible. Pero ella lo notó.
—Perdón —dije, con una sonrisa falsa—, todavía ando sensible con el contacto físico. Cosas de la caída.
Valeria retiró la mano, asintiendo con comprensión.
—Claro, lo entiendo. Bueno, te dejo, nos vemos en el comedor. Cuídate, Ian.
—Sí. Gracias.
Se alejó, su olor se fue con ella, pero tardó un rato en disiparse. Me quedé quieto un momento, procesando.
Está nerviosa. Quiere saber si recuerdo, quiere asegurarse de que estoy limpio y también quiere acercarse. Ganarse mi confianza o vigilarme de cerca. Y su olor, ese olor, el mismo del flashback. No puede ser casualidad. Pero, ¿por qué? ¿Por qué Valeria querría matar a Ian? ¿Solo por Karl? ¿O había algo más?
No lo sabía, todavía no, pero algo me decía que estaba en el camino correcto. Sonreí, una sonrisa que no era de alegría, sino de reconocimiento. De cazador que acaba de encontrar una pista.
Pobrecita, no tiene idea de lo que se viene.
———
El comedor era un campo de batalla en miniatura. Mesas asignadas por grupos, jerarquías invisibles, territorios marcados. Marta y Julia me habían guardado un lugar en su mesa, me senté con ellas y empecé a comer algo que ni recuerdo qué era.
A mi izquierda, la mesa de Karl. Él estaba con el equipo de baloncesto, los mismos idiotas que lo acompañaban en la entrada. Valeria no estaba con ellos, pero la vi en otra mesa, con sus amigas, lanzándome miradas de vez en cuando. Y en una mesa al fondo, sola, Sofi. Me miraba fijamente, sin disimulo.
Otra que bien baila, pensé.
Varias personas se acercaron a saludarme. Un chico de mi clase, una omega que según Marta era "simpática pero un poco pesada", un profesor que quería saber si necesitaba adaptaciones curriculares. Yo sonreía, asentía, respondía. Todo automático.
—Estás agotado, ¿verdad? —dijo Julia, en un momento.
—Un poco.
—Es normal. Demasiada gente, demasiadas preguntas.
—Sí.
Marta masticaba su comida mientras nos miraba.
—Oye —dijo de repente—. ¿Tú y Karl están bien?
—¿Por qué lo preguntas?
—No sé. Cuando llegaste, te abrazó y todo, pero tú... no sé, no lo miras como antes.
—Antes no me acuerdo de cómo lo miraba —dije.
—Es verdad. Bueno, igual es mejor así, a veces uno idealiza demasiado.
Julia le lanzó una mirada, Marta se encogió de hombros. Sabían algo, o al menos intuía, pero no pregunté más, no era el momento.
Me levanté para tirar la bandeja y entonces, al pasar junto a la mesa de Sofi, escuché su voz. Un susurro apenas audible, dirigido a mí.
—No te acostumbres a estar de vuelta.
Me detuve un instante, miré a mi alrededor, nadie más la había oído. Los de la mesa de al lado seguían hablando de sus cosas, ajenos, Marta y Julia estaban distraídas, recogiendo sus bandejas. Fue un momento privado, casi íntimo, solo ella y yo. No la miré, seguí caminando como si no hubiera oído nada. Pero por dentro, sonreí.
Anotado, Sofi. Anotado.
Miré hacia la mesa de Karl, él reía con sus amigos, ajeno a todo. Ajeno a Ian, ajeno al dolor, ajeno al plan que estaba tomando forma en mi cabeza.
—Que disfrutes, Karl —murmuré—. Que disfrutes mientras puedas.
—¿Qué dices? —preguntó Marta, que había venido detrás de mí.
—Nada, que la comida está buena.
Ella me miró raro, pero no insistió. El timbre sonó, tercera hora. Tercera tanda de preguntas, miradas, susurros, tercera oportunidad de observar, aprender, esperar.
Y yo, en mi papel de Ian, sonreí.
Porque el juego ya había empezado y yo no pensaba perder.
y el pobre de Diego debería ser pronto un aliado, hay que desvaratarles el mundo, como hicieron ellos, pero con la verdad, esa es la diferencia entre unos y otros 😏💪
y también recuperar la presencia de Kevin!!! vamos muchacho, conversa con tu amiga y que te ponga en eje!!!🤭
Podría mostrar un punto para cambiar de prometido🤭🤭🤭 aunque si pudiera ser, para eso falta. No veo la hora de que se planten un beso🫦 (para eso también debe falta pero espero 🙏 🥰)
Kevin por favor no hagas caso sigue viendo a Ian 😍😍😍😍escondidos 😍😍😍😍interesante 😍😍😍😍