El día que cumplí dieciséis, mi propia tía me vendió para pagar una deuda de juego.
Maximiliano Villaseñor me arrancó de las manos de aquellos hombres antes de que pudieran hacerme desaparecer. Tenía treinta y seis años, un imperio a sus pies y una mirada capaz de congelar a toda una ciudad. Se convirtió en mi tutor legal, me dio un hogar y me enseñó que nadie volvería a tocarme sin enfrentarse primero a él.
Yo lo llamaba tío Max.
Él me llamaba niña.
Pero las niñas crecen.
A los dieciocho terminó la tutela. A los diecinueve lo besé y le confesé que llevaba demasiado tiempo deseándolo. Max me devolvió el beso durante un segundo… antes de apartarme como si amarme fuera el peor pecado de su vida.
—Te llevo veinte años. Fui tu tutor. No voy a destruir tu futuro.
Intentó protegerme de sí mismo. Me rechazó, me alejó y fingió que no ardía cada vez que otro hombre se acercaba a mí. Hasta que una mentira nos separó, un accidente destrozó su pierna y casi un año de distancia convirtió nuestro amor prohibido en una herida imposible de cerrar.
Ahora he vuelto.
Max camina con bastón, carga una culpa que no le pertenece y todavía cree que debe dejarme libre. Lo que no sabe es que ya elegí. No quiero al hombre correcto. Quiero al hombre que me crió, me protegió y lleva años perdiendo el control cada vez que lo llamo mío.
Y cuando el magnate más frío de México finalmente deje de resistirse, descubriré su secreto mejor guardado: jamás entregó su cuerpo ni su corazón a otra mujer.
Me estaba esperando a mí.
NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
Capítulo 15 — Se apaga
Dicen que una no se muere de amor. Puede que no. Pero sí se apaga.
La semana que él pasó en Guadalajara se estiró como si fuera un mes. Cuando volvió, no volvió del todo: seguía comiendo en la oficina, seguía saliendo temprano, seguía cerrando esa puerta. Yo aprendí el horario exacto de sus ausencias para no cruzármelo, no por orgullo, sino porque verlo y que él me esquivara los ojos me dolía más que no verlo.
Al principio peleé. Le dejaba un plato preparado por mí, me sentaba a esperarlo despierta, le hacía plática de nada con tal de arrancarle una respuesta que durara más de tres palabras. Él contestaba con esa cortesía de extraño, agradecía, se iba. Cada vez que se iba, se llevaba un pedacito de mí.
Le insistí una vez más, una sola. Lo alcancé en el pasillo una noche, ya tarde, y le dije que no me importaba esperar, que podía esperar años si hacía falta, que solo me dijera que sentía algo y yo aguantaba lo demás. Él se quedó mirándome con una cara que era casi de súplica.
—No me hagas esto, Dali —dijo—. Estoy tratando de hacer lo correcto. Ayúdame. No lo hagas más difícil.
Y yo, que estaba dispuesta a pelear contra el mundo entero por él, no supe pelear contra eso. Porque me lo estaba pidiendo por favor.
Y una se cansa de darse contra una pared.
Poco a poco dejé de esperarlo despierta. Dejé de cocinar. Empecé a comer de pie en la cocina, cualquier cosa, sin ganas, y a veces ni eso. Dejé de arreglarme. El pelo que doña Reme decía que se me había puesto bonito se me hizo un nudo que me recogía de cualquier modo. En la universidad me sentaba hasta atrás y miraba por la ventana sin oír. Xime me picaba las costillas.
—Dali, llevas media clase viendo el mismo árbol.
—Estoy oyendo.
—Ajá. ¿De qué habló el profe?
No sabía. No había oído nada. Xime me miró con esa cara de preocupación que no le conocía y no volvió a bromear.
Doña Reme fue la primera en darse cuenta de verdad, porque doña Reme se daba cuenta de todo.
—Mija, no has probado bocado en tres días. —Me puso la mano en la frente y frunció el ceño—. Y estás caliente. Estás ardiendo.
—Estoy bien.
No estaba bien. Esa misma noche empecé a temblar debajo de las cobijas sin poder parar, con el cuerpo hirviendo y helado al mismo tiempo, y las paredes del cuarto se me venían encima y se alejaban. Oí a doña Reme gritar mi nombre desde muy lejos. Oí pasos. Oí a Chente. Después ya no oí nada.
Desperté en una cama que no era la mía, con una aguja en el brazo y un suero colgando, y el techo blanco y liso de un hospital. La luz me pesaba en los ojos. Tenía la boca seca y el cuerpo como si me hubieran molido a palos.
—Cuarenta de fiebre —me dijo doña Reme, que no se había movido de mi lado, con el rosario enredado en los dedos—. Cuarenta, criatura. Nos diste un susto de muerte. El doctor dice que fue el agotamiento, que no comes, que no duermes, que las defensas se te vinieron abajo. Que te dejaste caer.
Me dejé caer. Sonaba exacto. No había una palabra mejor.
Xime llegó esa tarde con una bolsa de mandarinas y los ojos rojos de haber llorado en el camión.
—Tú estás loca —me dijo, sentándose en la orilla de la cama, pelando una mandarina que yo no iba a comerme—. ¿Cómo te vas a poner así por un hombre? Por muy guapo y muy millonario que sea. Ninguno vale una cama de hospital, Dali. Ninguno.
—No es por él —mentí.
—Ajá. —Me puso un gajo en la mano—. Cómete esto antes de que te lo meta yo a la fuerza.
Me lo comí porque era más fácil que discutir. Ella se quedó hasta que doña Reme la corrió porque ya era hora de que descansara, y en la puerta volteó, con una mueca que quería ser sonrisa, y me dijo que me pusiera buena, que la facultad sin mí era un aburrimiento. La quise tanto en ese momento que casi lloro. Casi. Estaba tan cansada que ni para llorar tenía fuerzas.
—¿Vino? —pregunté. La voz me salió rota.
Doña Reme se quedó callada un momento, y en ese momento supe que la respuesta era complicada.
—Mija...
—No vino —dije—. Está bien. No tenía por qué.
Pero doña Reme no sabía mentir, y bajó los ojos hacia el rosario, y no me lo confirmó.
Porque él sí había venido. Lo supe después, a pedazos, por lo que Chente dejó caer y por lo que doña Reme no supo callarse.
Estaba en Guadalajara cuando le avisaron. Chente contó que dejó la reunión a media frase, sin dar explicaciones, y que manejó él mismo al aeropuerto en vez de esperar al chofer. Que en el avión no dijo una palabra. Que llegó al hospital antes de que la ambulancia terminara de estacionarse, sin saco, con la camisa arrugada del viaje, y que agarró al primer médico que encontró por el brazo y no lo soltó hasta que le explicó, palabra por palabra, qué tenía yo.
Puso sobre la mesa una tarjeta y una sola orden: la mejor habitación, los mejores especialistas, todo, y que a él le pasaran cada reporte a cualquier hora de la noche. Pagó hasta el último análisis sin que nadie se enterara. Y se quedó.
Pero no entró.
Se quedó del otro lado de la puerta. Toda la noche. De pie, o sentado en una de esas sillas duras del pasillo, con los codos en las rodillas y la vista clavada en el piso, escuchando a través del vidrio cómo bajaba la fiebre grado por grado, preguntándole al médico en voz baja cada vez que salía. No fumó, aunque se moría por hacerlo, porque estaba prohibido en el pasillo y no se quiso alejar ni para eso. Doña Reme lo vio ahí en la madrugada cuando salió por un café, encorvado, con la barba crecida y ojeras que no le conocía, y le dijo, señor, pásese, ella pregunta por usted, si la viera se pondría contenta. Él negó con la cabeza.
—Si me ve, no va a descansar —dijo—. Y necesita descansar.
En algún momento antes del amanecer, según Chente, se acercó por fin a la puerta. Puso la mano en la manija. A través del vidrio se me alcanzaba a ver dormida, ya sin fiebre, respirando tranquila por primera vez en toda la noche. Se quedó así, con la mano en la manija y la frente casi pegada al marco, el tiempo suficiente para que Chente, que lo observaba desde el fondo del pasillo, creyera que por fin iba a entrar.
No entró.
Bajó la mano, se dio la media vuelta y se fue por el pasillo con el paso de un hombre que carga algo demasiado pesado, y no volteó.
Adentro, doña Reme me acomodó la cobija hasta el pecho, me apartó el pelo húmedo de la frente y, creyendo que yo ya dormía, murmuró contra mi sien:
—Ay, criatura. Ese hombre te quiere más de lo que dice. Ojalá algún día se atreva a decirlo.