Cuando Valeria hereda una casona colonial en ruinas, cree que su único problema serán las termitas, no el fantasma carnicero del siglo XIX que intenta arrancarle la cabeza en el baño. Sin opciones, contrata a Gabriel Thorne, un demonólogo y cazador de lo paranormal tan frío, perfecto y calculador que parece hecho de mármol. Valeria no sabe callarse la boca, actúa antes de pensar y le encanta sacarlo de su quicio profesional; Gabriel cree tener cada riesgo bajo control, hasta que descubre que la impredecible audacia de Valeria es la única fuerza capaz de derretir su armadura. Entre rituales sangrientos, monstruos grotescos y discusiones sarcásticas a medianoche, la tensión entre ambos escala de un odio racional a una pasión feroz que amenaza con consumir sus vidas antes de que lo haga la maldición.
NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 1: Herencias mugrosas y cabezas flotantes
El testamento de la tía abuela Matilde no decía nada sobre la podredumbre, pero ahí estaba, flotando en el aire de la entrada como el aliento de un perro que acababa de comerse a otro perro.
Valeria sostuvo la maleta de cuero sintético con una mano y se ajustó las gafas de sol con la otra, aunque dentro del vestíbulo la luz era tan escasa que bien podría haber llevado los ojos vendados. El polvo danzaba en los pálidos rayos que atravesaban los ventanales rotos. Las molduras del techo, que en algún momento del siglo pasado debieron de ser doradas y elegantes, ahora parecían encías enfermas a punto de perder los dientes.
—Encantador —murmuró Valeria en voz alta, dejando caer la maleta al suelo con un golpe seco que levantó una pequeña nube de ceniza y ácaros—. Tres pisos, jardín victoriano, chimenea de mármol y un tufo a mierda de rata centenaria que se mete hasta los alvéolos. La abogada dijo que era una propiedad con "carácter". Vaya manera de llamar a una ruina infecta.
Avanzó tres pasos sobre las tablas del suelo, que crujieron con un chirrido agudo parecido al chillido de un cerdo en el matadero. Valeria ni pestañeó. Había pasado los últimos cinco años de su vida viviendo en un apartamento de doce metros cuadrados en el centro de la ciudad, compartiendo pared con un tipo que tocaba la gaita a las tres de la mañana y cuyo plato favorito era el repollo hervido. Para ella, esto no era una mansión encantada; era un activo inmobiliario. Una propiedad que pensaba vender en cuanto le pusiera una capa de pintura blanca a las paredes, tapara las grietas con yeso barato y engañara a algún hipster millonario con delirios de romanticismo gótico.
Llegó al centro del vestíbulo, donde una imponente escalera de caracol subía hacia las sombras del segundo piso. En la pared principal colgaba un retrato al óleo de un hombre con bigote encerado, mirada de loco y una expresión que sugería que padecía un estreñimiento severo.
—Supongo que tú eres el bisabuelo Eugenio —dijo Valeria, señalándolo con un dedo acusador—. Tienes la misma cara de pocos amigos que mi madre cuando no encuentra el mando de la tele. Te aviso desde ya, viejales: como te atrevas a moverte de ese marco, te juro por lo más sagrado que te pinto un bigote de gato y unos genitales en la frente con rotulador permanente.
El retrato, por supuesto, no respondió. Pero el ambiente de la casa pareció volverse un par de grados más frío. Un soplo de aire helado le erizó los vellos del cuello, subiendo desde la columna vertebral hasta la base del cráneo. El olor a humedad cambió de golpe, reemplazado por un tufo metálico, denso y dulzón. El inconfundible tufo de la sangre podrida.
Valeria puso los brazos en jarras y arqueó una ceja.
—Ah, claro. El clásico truco del aire acondicionado espiritual. ¿Qué pasa, no tenéis calefacción en el infierno o es que las facturas de la luz también están por las nubes en el otro mundo?
Un portazo resonó en la planta superior. Fue un golpe tan violento que varios pedazos de yeso cayeron del techo, estrellándose contra los hombros de su chaqueta de cuero. Luego, el silencio volvió a instalarse, espeso y amenazante.
Cualquier persona con un mínimo de instinto de conservación habría dado media vuelta, montado en su coche de segunda mano y salido pitando de allí para no regresar jamás. Pero Valeria carecía de ese filtro biológico que la gente normal llama "miedo". En su lugar, poseía un suministro inagotable de arrogancia, una curiosidad suicida y un temperamento que no toleraba que nada ni nadie —vivo o muerto— le dijera qué hacer.
—Si me has roto la maleta, te voy a exorcizar con lejía y un estropajo, pedazo de basura —gruñó, caminando hacia las escaleras.
Subió los escalones de uno en uno, apoyando la mano en la barandilla cubierta de una capa de mugre tan densa que parecía terciopelo sucio. Cada paso levantaba un eco siniestro en las profundidades de la casona. La luz del sol moribundo de la tarde apenas alcanzaba a iluminar el pasillo del primer piso, un corredor largo flanqueado por puertas cerradas que parecedorían sacadas de una pesadilla victoriana.
A mitad del pasillo, la puerta del fondo —la que conducía al cuarto de baño principal— estaba entreabierta. Una luz azulada y enfermiza parpadeaba desde el interior, acompañada por un ruido líquido, como si alguien estuviera lavando vísceras en un cubo con agua estancada.
—Muy bien —susurró Valeria, sacando de su bolso un spray de pimienta y un cortaplumas automático que había comprado en un puesto de mercadillo—. Si eres un okupa, te aviso de que este bote te va a dejar los ojos como dos tomates fritos. Y si eres un monstruo de otra dimensión, que sepas que me he gastado los últimos ahorros en el depósito de esta casa y no estoy de humor para tonterías.
Avanzó a pasos agigantados, empujó la puerta del baño con la puntera de su bota de combate y se colocó en posición de ataque.
El cuarto de baño era un espacio enorme, cubierto de azulejos blancos que se habían vuelto amarillentos y agrietados por los años. En el centro, una bañera de hierro fundido con patas de garra estaba llena hasta el borde de un líquido negro y viscoso que burbujeaba lentamente.
Y flotando justo sobre el espejo de la pared, suspendida en el aire a un metro y medio del suelo, había una cabeza humana.
No era una ilusión. No era una sombra. Era la cabeza decapitada de un hombre de unos cincuenta años, con la carne grisácea, los ojos completamente en blanco y la boca abierta en un rictus de agonía perpetua. De la base del cuello amputado no colgaban huesos ni arterias, sino una masa de sombras negruzcas y tentáculos de vapor que retorcían el aire a su alrededor.
La cabeza giró lentamente sobre su propio eje. Los ojos blancos y ciegos se fijaron directamente en Valeria.
—Vete... de... aquí... —susurró una voz que no provenía de la boca del espectro, sino del interior de las propias paredes, retumbando en los dientes de Valeria con una frecuencia dolorosa—. Esta... es... mi... casa...
Valeria se quedó inmóvil un segundo. Parpadeó. Miró el spray de pimienta que tenía en la mano derecha. Luego miró la cabeza flotante. Volvió a mirar el spray.
—A ver, genio —dijo Valeria, alzando la voz con una calma irritante—. Primero: la casa está a mi nombre según el registro de la propiedad. Segundo: estás flotando encima del lavabo y me estás manchando el espejo con lo que sea que esté goteando de tu cuello. ¿Tienes idea de lo difícil que es limpiar esa porquería?
La cabeza se sacudió en el aire, emitiendo un alarido gutural que hizo vibrar las tuberías de la bañera. La temperatura del baño cayó en picado; el aliento de Valeria se convirtió en vapor blanco al instante. La masa de sombras bajo el cuello ensangrentado comenzó a expandirse, formando garras hechas de oscuridad pura que se abrieron paso hacia ella.
—¡SANGRE! ¡REQUIERO SANGRE DE LA HEREDERA! —bramó el fantasma, volando a toda velocidad hacia su rostro.
En lugar de gritar, caer de rodillas o suplicar piedad, la reacción instintiva de Valeria fue la de una mujer que había crecido peleando por el último trozo de pizza en una familia de cinco hermanos. Alzó la pierna derecha y le propinó una patada de estilo artes marciales al aire.
La bota no impactó con carne sólida, pero enganchó la masa ectoplásmica que sujetaba la cabeza. El espectro emitió un chasquido ahogado, perdió la trayectoria y salió rebotado contra la pared opuesta, golpeando el espejo con un sonido seco antes de caer rodando dentro del retrete abierto.
—¡Toma ya, pedazo de engendro! —gritó Valeria, dando un salto hacia adelante y cerrando la tapa del inodoro de un golpe sordo. Se sentó encima con todo su peso, sintiendo cómo el artefacto temblaba salvajemente debajo de ella mientras la entidad intentaba liberarse—. ¡A ver si ahí abajo encuentras más sangre, pedazo de mierda flotante!
El retrete gorgoteó furiosamente. El agua negra comenzó a filtrarse por los bordes de la tapa, manchando los pantalones vaqueros de Valeria. El suelo tembló con tal violencia que las baldosas empezaron a saltar como palomitas de maíz.
—Vale, de acuerdo —admitió Valeria, sujetándose a la cisterna mientras la porcelana crujía bajo su culo—. Esto sobrepasa ligeramente mis competencias inmobiliarias. Necesito a un profesional. Un profesional que no cobre diez mil euros por hora o que, como mínimo, sea lo bastante idiota como para aceptar un pago a plazos.
Sacó el teléfono móvil del bolsillo trasero. Milagrosamente, aún tenía un uno por ciento de batería y una barra de cobertura intermitente. Abrió el navegador y tecleó apresuradamente con una sola mano mientras usaba la otra para mantener la tapa del inodoro bajada: Cazadores de demonios profesionales / Expertos en deshacerse de cabezas pesadas / Tarifas económicas.
El primer resultado no le sirvió de nada. El segundo parecía una estafa de cartas del tarot. El tercero, sin embargo, tenía una página web ridículamente pulcra, sobria y negra, con letras doradas en la parte superior:
"Consultoría Paranormal & Soluciones Arcanas Thorne. Gabriel Thorne, Demonólogo Licenciado y Especialista en Erradicación de Entidades de Clase IV."
Debajo había una foto de perfil. Valeria se quedó mirando la pantalla un segundo más de lo necesario, ignorando los rugidos que salían del inodoro.
El hombre de la fotografía parecía tallado por un escultor renacentista que hubiera estado de muy mal humor. Tenía el cabello negro peinado hacia atrás con precisión milimétrica, una mandíbula tan afilada que parecía capaz de cortar papel, y unos ojos de un azul tan pálido y frío que daban más miedo que la cabeza que intentaba morderle las nalgas desde el inodoro. Llevaba un traje de tres piezas impecable, una corbata perfectamente anudada y una expresión de aburrimiento supremo.
—Pijo, estirado y probablemente un sociópata —evaluó Valeria en voz alta—. Perfecto. Mi tipo de idiota.
Presionó el botón de llamada justo cuando la batería del teléfono marcaba el cero por ciento.
La oficina de Gabriel Thorne no olía a podredumbre, ni a azufre, ni a la mugre de las casas abandonadas. Olía a madera de caoba, papel antiguo, café expreso recién elaborado y una colonia cara con notas de sándalo y cuero.
Estaba ubicada en el último piso de un edificio de arquitectura neoclásica en la parte más distinguida de la ciudad. Las paredes estaban cubiertas de estanterías de roble cargadas con tomos encuadernados en piel, pergaminos antiguos y artefactos protegidos bajo urnas de cristal selladas al vacío. Todo en el lugar gritaba orden, simetría y una cantidad insana de dinero.
Gabriel Thorne estaba sentado detrás de su escritorio de nogal, revisando un expediente sobre una infestación de poltergeist en un viñedo francés, cuando la puerta de su despacho se abrió de golpe.
No hubo una llamada desde la recepción. No hubo un aviso previo de su secretaria. Simplemente, la puerta de roble masivo voló hacia adentro con un impacto que hizo vibrar el marco de bronce.
Una mujer joven irrumpió en la estancia. Tenía el cabello castaño revuelto en un moño desastroso, una chaqueta de cuero con manchas de lo que parecía yeso húmedo, y unos pantalones vaqueros oscuros que olían sutilmente a agua de alcantarilla congelada. Llevaba un par de gafas de sol torcidas sobre la cabeza y una expresión de furia concentrada.
Gabriel ni siquiera pestañeó. Lentamente, colocó su pluma estilográfica de oro sobre el secante de piel, se quitó las gafas de lectura de montura fina y cruzó las manos sobre la mesa, entrelazando los dedos con una parsimonia estudiada.
—La puerta principal tiene un timbre, señorita —dijo Gabriel. Su voz era un barítono profundo, suave, modulado con una precisión casi quirúrgica. No había en ella ni una pizca de sorpresa, rabia o curiosidad. Solo una frialdad absoluta—. Y mi secretaria, la Sra. Higgins, suele filtrar a los visitantes que no han tenido la cortesía de pedir una cita previa.
—Tu secretaria está tomándose un té de manzanilla abajo porque le he dicho que había un incendio en el garaje —espetó Valeria, cruzando la oficina con zancadas largas y dejando huellas de barro sobre la alfombra persa del siglo XIX—. Y tú eres Gabriel Thorne, ¿no? El tipo de las fotos. En persona te ves un poco más estirado, como si te hubieras tragado un palo de escoba y se te hubiera quedado cruzado en el esófago.
Gabriel arqueó una sola ceja. Sus ojos azules, fríos y calculadores, la examinaron de arriba abajo en menos de un segundo. Descompuso su postura, su ropa, el olor que la rodeaba y el temblor casi imperceptible de sus dedos. Diagnóstico instantáneo: adrenalina alta, ausencia de miedo real, imprudencia severa y una falta absoluta de educación básica.
—Señorita... —comenzó él.
—Valeria. Valeria Gómez. Y vengo a contratarte.
—No estoy disponible —contestó Gabriel con voz plana, volviendo a coger su pluma—. Mi agenda está completa durante los próximos seis meses. Además, no acepto casos que no hayan sido previamente evaluados por mi equipo de prospección. Si tiene un problema de plagas convencionales, le sugiero que llame a Sanidad.
—No es una plaga convencional, pedazo de muñeco de nieve —dijo Valeria, apoyando ambas manos sobre el escritorio de nogal y inclinándose hacia él. Gabriel ni siquiera se echó hacia atrás, aunque sus ojos se estrecharon al ver una mancha de humedad negra que la mujer acababa de dejar sobre la madera pulida—. Hay una cabeza flotante en el retrete de mi nueva casa. Una cabeza que habla con eco, tira cosas por el aire y me ha intentado arrancar la piel a tiras mientras intentaba usar el baño.
Gabriel no cambió de expresión. Se tomó dos segundos para procesar la información, catalogándola en su mente según los parámetros del Grimorio de Manifestaciones Espectrales.
—Una manifestación cefálica flotante de Clase III o IV —catalogó en voz alta, sin emoción alguna—. Típicamente asociada a crímenes no resueltos del periodo colonial, probablemente vinculada a un foco de energía telúrica o un sello de sangre roto. Un caso menor. Bastante vulgar, si me permite el apunte. Nada que un sacerdote capacitado o un limpiador de bajo nivel no pueda solucionar con dos litros de agua bendita y un salmo bien articulado.
—El problema —interrumpió Valeria, señalándolo con un dedo índice cuya uña tenía los restos de un esmalte rojo desconchado— es que la cabeza me dijo que la casa era suya. Y que quería la sangre de la heredera. La heredera soy yo. Y no pienso regalarle mi sangre a un trozo de carne podrida que ni siquiera paga alquiler.
Gabriel suspiró. Fue un suspiro corto, elegante, que demostraba el cansancio infinito que le producía tratar con la gente común. Sacó un pañuelo de seda blanca del bolsillo de su chaqueta y, con una lentitud exasperante, comenzó a limpiar la mancha de barro que Valeria había dejado sobre la mesa.
—Señorita Gómez, déjeme explicarle cómo funciona mi trabajo. Yo no soy un cazador de fantasmas de televisión. No llevo aspiradoras en la espalda ni hago espectáculos para entretener a los propietarios aterrorizados. Soy un demonólogo. Mi tarifa base por inspección inicial es de cinco mil euros, más gastos de material arcano, seguros de riesgo y honorarios por erradicación definitiva. ¿Tiene usted esa cantidad?
Valeria parpadeó. Su mente hizo una rápida suma de sus activos actuales: trescientos cuarenta euros en la cuenta corriente, una tarjeta de crédito al límite de su capacidad y el título de propiedad de una casa que en ese momento estaba habitada por un espectro homicida.
—Te puedo dar cincuenta euros ahora mismo, un reloj de pulsera que casi funciona y el cincuenta por ciento de la casa cuando la venda por medio millón —ofreció sin inmutarse.
Gabriel se detuvo. Miró el pañuelo de seda, luego miró a Valeria. Por primera vez, una pizca de auténtico desconcierto cruzó por sus ojos azules, aunque desapareció tan rápido como había llegado.
—Es una oferta ridícula —dijo él con firmeza—. Absurda. E insultante para mi profesión.
—Es la única oferta que vas a recibir hoy, caracartón —retó ella, cruzándose de brazos y sonriéndole con una desfachatez que a Gabriel le pareció casi fascinante en su pura estupidez—. Además, he leído tu página web. Dices que eres el mejor. Que no hay entidad que se te resista. ¿Me vas a decir que le tienes miedo a una cabeza flotante en un retrete solo porque no te voy a pagar con billetes nuevos?
—No le tengo miedo a nada, señorita Gómez —respondió Gabriel, recuperando su tono helado—. La emoción del miedo es un fallo en el cálculo del riesgo. Si no controlo el riesgo, no actúo. Es una regla simple que me ha mantenido con vida en un negocio donde la mayoría de los incompetentes mueren antes de los treinta años.
—Pues tu regla simple apesta a cobardía —dijo Valeria, dando un paso atrás y dirigiéndose hacia la puerta—. No pasa nada. Buscaré a alguien con más agallas. A lo mejor el curita de la parroquia del barrio tiene más pelotas que el gran Gabriel Thorne con su traje de tres piezas y su peinado de anuncio de gomina.
Se giró sobre sus talones, lista para salir.
—Espere —dijo Gabriel.
Valeria se detuvo con una sonrisa victoriosa en los labios, aunque se aseguró de que él no pudiera vérsela cuando se giró para mirarlo.
Gabriel se había puesto de pie. Medía casi un metro noventa, y su presencia en la habitación era abrumadora. Había algo en su forma de moverse —una precisión felina, una contención muscular que sugería que debajo de aquel traje impecable había un hombre entrenado para matar o morir— que hizo que Valeria sintiera un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío espectral de la casona.
Él caminó hacia ella con pasos lentos y mesurados. Se detuvo a menos de medio metro de distancia. El olor a sándalo y cuero envolvió a Valeria, compitiendo directamente con el tufo a alcantarilla que ella traía consigo.
—¿Dónde está la propiedad? —preguntó Gabriel, mirándola desde arriba con unos ojos que parecían dos pedazos de hielo pulido.
—En la calle San Pedro, número 44. La Casona de los Cedros —contestó ella, manteniendo la mirada sin dar un solo paso atrás, a pesar de que el corazón le dio un vuelco extraño en el pecho.
Gabriel entrecerró los ojos. Un destello de algo parecido al interés cruzó por su rostro.
—¿La Casona de los Cedros? —repitió en voz baja—. La antigua residencia de la familia Alarcón. Se rumoreaba que el último dueño, Eugenio Alarcón, realizaba sacrificios rituales en el sótano a finales del siglo XIX antes de desaparecer sin dejar rastro.
—El bisabuelo Eugenio —asintió Valeria—. El de la cara de estreñido del cuadro.
Gabriel pareció ignorar el comentario sobre el estreñimiento. Se tomó tres segundos para tomar una decisión. En su mente, las variables se alinearon. El valor histórico del caso, la posibilidad de recuperar un relicario arcano que se creía perdido en esa propiedad y, sobre todo, el hecho insoportable de que esta mujer impresentable hubiera venido a su despacho a llamarle cobarde.
—Iremos —declaró Gabriel, ajustándose los puños de la camisa—. Pero no por su dinero, señorita Gómez, ya que es evidente que no tiene ninguno. Iré porque esa propiedad contiene elementos de interés arqueológico que me pertenecen por derecho de descubrimiento si la casa está deshabitada de entidades. Firmará un contrato en el que me cede el derecho exclusivo de registro sobre cualquier objeto mágico o libro que encuentre en el lugar.
—Trato hecho —dijo Valeria de inmediato, extendiéndole la mano.
Gabriel miró la mano de Valeria. Estaba sucia. Tenía una pequeña raspadura en el nudillo y marcas de mugre debajo de las uñas. Con un leve gesto de disgusto, Gabriel sacó un segundo pañuelo limpio de su bolsillo, se lo envolvió en la palma de la mano y luego estrechó la mano de Valeria con un apretón firme y breve.
—Mi equipo está en el vehículo —dijo Gabriel, caminando hacia la puerta de su despacho y tomándola por el pomo de bronce—. Le sugiero que se lave la cara antes de subir a mi coche. No pienso permitir que manche la tapicería de cuero de mi Bentley.
—Vaya, qué delicado nos ha salido el cazador de demonios —se burló Valeria, siguiéndolo por el pasillo—. Si te mareas con un poco de barro, avísame y te compro un paquete de bolsas para el mareo en la gasolinera.
Gabriel no respondió. Simplemente caminó con el mentón elevado y la espalda recta, ignorando las miradas estupefactas de su secretaria y del resto del personal mientras salía a la calle acompañado por una mujer que parecía recién salida de un vertedero.
El Bentley negro de Gabriel se detuvo frente a las puertas de hierro forjado de la Casona de los Cedros justo cuando la última luz del sol desaparecía tras las colinas. La noche cayó sobre la propiedad como un manto pesado y negro, trayendo consigo un silencio denso que presagiaba tormenta.
Gabriel bajó del coche, abrió el maletero y comenzó a sacar una serie de maletines de aluminio reforzado. Valeria se acercó para mirar el contenido de uno de ellos: contenía frascos de cristal con polvos de colores extraños, dagas de plata con runas grabadas en la Hoja, un detector de campos electromagnéticos modificado y varias botellas de lo que parecía vino tinto de buena cosecha.
—¿Eso es para emborrachar al fantasma o para ti? —preguntó Valeria, señalando el vino.
—Es vino consagrado de un monasterio benedictino en Italia —explicó Gabriel con paciencia infinita mientras se colocaba un arnés de cuero bajo la chaqueta del traje, donde acomodó dos dagas y un libro pequeño con tapas de hierro—. El alto contenido de alcohol combinado con la bendición del abad altera la densidad ectoplásmica de las manifestaciones de Clase IV. Básicamente, les quema la forma física.
—O sea, que los emborrachas hasta que explotan. Me cae bien el abad ese.
Gabriel cerró el maletero con un golpe seco. Copló uno de los maletines en la mano izquierda y un farol de latón que emitía una luz dorada y constante en la derecha.
—Escúcheme bien, señorita Gómez —dijo Gabriel, deteniéndose justo antes de cruzar el umbral del jardín delantero. La luz del farol proyectaba sombras alargadas sobre sus facciones afiladas, dándole un aspecto casi tan intimidante como el de las criaturas que cazaba—. Una vez que cruzemos esa puerta, usted hará exactamente lo que yo le diga. No tocará nada. No hablara a menos que sea estrictamente necesario. Y, sobre todo, no intentará golpear a las manifestaciones con sus extremidades. ¿Ha quedado claro?
—Sí, sí, lo que tú digas, Capitán Leche Fría —dijo Valeria, pasándole por al lado y empujando la puerta de entrada de un manotazo—. Menos cháchara y más acción, que tengo hambre y dejé un paquete de galletas en la cocina antes de que el cabezón intentara comerse mi cara.
Gabriel cerró los ojos un segundo, inhaló aire por la nariz de forma pausada para mantener la calma y contó mentalmente hasta tres. Luego, siguió a la mujer al interior de la pesadilla.
El vestíbulo estaba exactamente igual que como Valeria lo había dejado, salvo por un detalle: el tufo a sangre podrida era ahora diez veces más intenso. Las sombras en los rincones del techo no eran simples ausencias de luz; se movían, retorciéndose como serpientes negras que reaccionaban a la presencia del farol de Gabriel.
El detector de campos electromagnéticos que Gabriel llevaba en el cinturón comenzó a emitir un pitido agudo y constante. Las luces de la pantalla pasaron del verde al rojo en cuestión de segundos.
—Interesante —murmuró Gabriel, sacando un pequeño frasco de cristal del bolsillo y vertiendo unas gotas de un líquido transparente sobre la palma de su mano—. La concentración de energía es anormalmente alta. Esto no es solo una cabeza flotante. Es un nudo de atadura arcana. Hay algo más abajo, en las cimientos de la propiedad.
—Pues la cabeza estaba arriba, en el baño —dijo Valeria, señalando hacia la escalera—. ¿Quieres subimos a ver si sigue en el váter o prefieres pedirle una cita formal primero?
Gabriel no tuvo tiempo de responder.
Un rugido ensordecedor sacudió la casa. El cuadro del bisabuelo Eugenio salió volando de la pared, estrellándose contra el suelo a pocos centímetros de los pies de Valeria y pulverizándose en mil pedazos de madera y lienzo.
Desde lo alto de las escaleras, una masa de neblina negra y roja comenzó a descender como una avalancha de humo denso. En el centro de la niebla, la cabeza flotante reapareció, pero esta vez no estaba sola. A su alrededor flotaban docenas de extremidades espectrales: brazos amputados que se abrían y cerraban en el aire, manos con uñas largas y negras que arañaban las paredes, y un par de piernas transparentes que pataleaban descontroladamente en el aire.
—¡MALDITOS SEAIS LOS DOS! —gritó la voz del espectro, multiplicada ahora por un coro de docenas de voces agónicas que resonaban en las cabezas de los dos vivos—. ¡ESTA CASA SERÁ VUESTRA TUMBA!
Gabriel reaccionó con la velocidad de un felino. Dejó caer el maletín, sacó una de las dagas de plata de su arnés y trazó un arco rápido en el aire frente a ellos.
—¡In nomine fortitudinis, retrorsum! —recitó Gabriel con voz firme y potente.
Una barrera de luz dorada brotó de la punta de la daga, formando un escudo transparente justo a tiempo para detener la primera oleada de manos espectrales que se abalanzaron sobre ellos. El impacto fue brutal; el suelo bajo los pies de Gabriel cedió unos milímetros y la madera crujió con fuerza, pero él no retrocedió ni un solo paso. Sus músculos se tensaron bajo la tela del traje, y sus ojos azules brillaron con una luz fría y calculadora mientras evaluaba la composición del ataque.
—Es una entidad parásita —analizó Gabriel en voz alta, hablando con la misma calma con la que un cirujano pediría un bisturí—. Ha estado absorbiendo los residuos espirituales de todos los que murieron en esta casa durante el último siglo. La cabeza es solo el núcleo consciente. Debemos destruir el núcleo para disipar la masa ectoplásmica.
—¡Muy bien, Sherlock! —gritó Valeria desde detrás de él, cubriéndose los oídos para protegerse del alarido del fantasma—. ¿Y cómo cojones destruimos el núcleo si está protegido por veinte brazos flotantes?
—Yo mantendré la barrera y neutralizaré la masa ofensiva con el vino consagrado —instruyó Gabriel sin volverse a mirarla—. Usted se quedará detrás de mí y no se moverá bajo ninguna circunstancia. Si la barrera cede, corra hacia la puerta.
—¿Correr? ¿Yo? —Valeria soltó una carcajada salvaje que hizo que Gabriel parpadeara sorprendido en mitad del combate—. ¡Ni de coña, pelmazo! ¡Esa cosa ensucio mi casa y me hizo saltar del váter!
Antes de que Gabriel pudiera detenerla, Valeria cometió la imprudencia más absoluta que un ser humano podía cometer en presencia de una manifestación de Clase IV.
Se agachó, recogió el pesado marco de madera del cuadro del bisabuelo Eugenio —que aún conservaba varios astillazos de roble masivo y clavos oxidados salientes— y rodeó la barrera de luz de Gabriel, lanzándose directamente contra la nube de sombras.
—¡Señorita Gómez, no! —gritó Gabriel, perdiendo por primera vez en diez años la compostura impecable de su voz.
—¡Toma escarmiento, cara de retrete! —bramó Valeria.
Con un movimiento digno de un bateador de béisbol profesional, Valeria estampó el marco de roble contra el lateral de la cabeza flotante.
El impacto no debería haber funcionado. Un objeto físico no tendría que haber hecho daño a una entidad ectoplásmica. Pero el marco estaba impregnado con la pintura al óleo original del bisabuelo Eugenio, la cual contenía pigmentos a base de plomo y aglutinantes orgánicos del siglo XIX que actuaron como un conductor físico inesperado.
La cabeza emitió un chillido de dolor puramente humano. Salió rebotada hacia un lado, desestabilizando toda la masa de sombras y brazos que la rodeaban.
El ataque sorpresa rompió la concentración del espectro. La nube de sombras se agitó salvajemente, y un brazo transparente de casi dos metros de largo se desplegó desde el centro de la niebla, golpeando a Valeria en el pecho y lanzándola hacia atrás.
Valeria salió volando por el aire y se estrelló contra el armario de roble que estaba al pie de las escaleras. El impacto fue tan fuerte que la puerta del armario se abrió de golpe y ella cayó al interior, rodando entre abrigos viejos y olor a naftalina.
—¡Valeria! —exclamó Gabriel.
El uso de su nombre de pila escapó de sus labios antes de que su cerebro pudiera filtrarlo. Sintió una punzada repentina y helada en el estómago, un pánico ajeno a toda lógica que amenazó con paralizar su mente matemática.
Aprovechando el descuido de la entidad, Gabriel metió la mano en su maletín, extrajo una de las botellas de vino consagrado, le rompió el cuello de cristal contra el borde del maletín y lanzó el líquido santo directamente al centro de la neblina negra.
Al contacto con el líquido sagrado, la niebla empezó a arder en llamas de un azul violáceo. Los alaridos del fantasma se volvieron insoportables mientras la masa de extremidades comenzaba a desintegrarse en chispas de luz muerta.
—¡Avis inferni, reducta in cinerem! —sentenció Gabriel, clavando la daga de plata en el suelo de madera.
Una onda de choque de energía dorada se expandió desde la daga, barriendo el vestíbulo por completo. La cabeza flotante emitió un último chillido ahogado, se agrietó como un jarrón de cristal cayendo al suelo y explotó en mil pedazos de luz que se disiparon en el aire, dejando tras de sí solo un fino polvo blanco que cayó sobre el suelo como si fuera nieve.
El silencio volvió a la casona. Un silencio absoluto, interrumpido únicamente por el crepitar de algunas tablas de madera y el sonido de la respiración agitada de Gabriel.
El demonólogo se quedó inmóvil un segundo, ajustándose la corbata con dedos ligeramente temblorosos. Luego, se giró hacia el armario.
—¿Señorita Gómez? —llamó con voz dura, intentando ocultar el rastro de preocupación que aún aceleraba su ritmo cardíaco.
Dentro del armario no hubo respuesta durante tres segundos eternos.
Gabriel dio dos pasos rápidos hacia adelante, temiéndose lo peor. Llegó a la puerta del armario y se agachó.
Valeria estaba sentada en el fondo del mueble, entre dos abrigos de piel corroídos por la polilla. Tenía el cabello completamente despeinado, una mancha de hollín en la mejilla izquierda y la chaqueta de cuero rota a la altura del hombro.
Estaba frotándose la cabeza con una mano mientras miraba al techo del armario con una sonrisa histérica.
—Joder —dijo Valeria, soltando una risita seca—. Eso ha sido lo más divertido que me ha pasado en todo el año.
Gabriel se quedó helado. La miró fijo, incrédulo, sintiendo cómo el alivio se mezclaba con una oleada de irritación tan profunda que amenazaba con hacerle perder la cabeza.
—Usted... usted es una demente —declaró Gabriel, señalándola con un dedo acusador mientras intentaba recuperar su tono analítico y distante—. Ha roto todas y cada una de las normas de seguridad del Protocolo de Erradicación Arcana. Ha atacado a una manifestación de Clase IV con un marco de fotos. Podría haber muerto. Podría haber sido poseída. Podría haber provocado una brecha de nivel telúrico en este sector.
—Pero no ha pasado nada de eso, ¿verdad, Don Perfecto? —respondió Valeria, extendiendo los brazos hacia él—. La cabeza ha hecho ¡chof! y tú has lanzado tu vino caro como un profesional. Hacemos un buen equipo. Ahora, haz el favor de sacarme de este mueble antes de que me dé alergia la naftalina.
Gabriel se quedó mirándole la mano extendida. Por un segundo, su mente calculadora le ordenó dejarla ahí sentada para que aprendiera una lección sobre la prudencia y el respeto a la autoridad profesional. Pero sus ojos bajaron hacia el rostro de Valeria: sus labios curvados en esa sonrisa descarada, sus ojos oscuros llenos de una chispa viva y desafiante, y la mancha de hollín que la hacía parecer más una niña traviesa que una propietaria de inmuebles.
Con un suspiro contenido que intentó por todos los medios que sonara a molestia, Gabriel se quitó el pañuelo envuelto de la mano derecha, lo guardó en el bolsillo y le ofreció la mano desnuda a Valeria.
Sus dedos se cerraron alrededor de los de ella. La piel de Gabriel era fría, suave y firme; la de Valeria era cálida, áspera y llena de energía.
Cuando Gabriel tiró de ella para levantarla, la fuerza del impulso la llevó demasiado cerca. Valeria salió del armario y terminó impactando suavemente contra el pecho de Gabriel. Durante un segundo que pareció congelarse en el tiempo, ella sintió el latido firme y acelerado del corazón del demonólogo bajo la tela cara de su chaleco, mientras que él registró la calidez invasiva de la respiración de Valeria contra su cuello.
Los ojos azules de Gabriel se clavaron en los de ella con una intensidad que hizo que a Valeria se le secara la garganta por razones que no tenían nada que ver con los fantasmas.
—Si vuelve a hacer una estupidez como esa —murmuró Gabriel, con una voz tan baja y áspera que pareció un felino gruñendo en la oscuridad—, la dejaré encadenada al radiador antes de enfrentarme a la siguiente entidad. ¿Ha quedado claro?
Valeria parpadeó, sintiendo un calor extraño extenderse por sus mejillas. Sonrió con más desfachatez aún, negándose a dejarse intimidar por la cercanía física del hombre de hielo.
—Uso corbata para trabajar, Thorne, pero a mí nadie me pone cadenas a menos que yo lo pida con educación —respondió ella en un susurro provocador, sin apartar la mirada de sus labios.
Gabriel apretó la mandíbula. Lentamente, como si estuviera obligándose a sí mismo a realizar un esfuerzo sobrehumano de autocontrol, soltó la mano de Valeria y dio dos pasos hacia atrás, recuperando su distancia de seguridad y su postura impecable.
Se ajustó la chaqueta del traje, se pasó la mano por el pelo para asegurarse de que ni un solo mechón estuviera fuera de su sitio y recogió su farol del suelo.
—La entidad principal ha sido neutralizada —dijo Gabriel, volviendo a su tono profesional e inexpresivo, aunque sus nudillos blancos al sujetar el farol delataban su tensión—. Sin embargo, el polvo ectoplásmico que ha quedado en el suelo sugiere que el foco de la maldición no estaba en la cabeza. El verdadero origen está en el sótano.
—Genial —dijo Valeria, sacudiéndose el polvo de los pantalones vaqueros—. Bajemos al sótano. Seguro que allí hay más cosas viejas que puedo vender en Wallapop.
—El sótano está sellado con magia de sangre, señorita Gómez —le recordó Gabriel con severidad—. No subestime lo que hay ahí abajo. Lo que acabamos de ver era solo el perro guardián. Lo que habita en los cimientos de esta casa es algo mucho más antiguo y peligroso.
—Pues que se prepare ese algo antiguo —dijo Valeria, pasando por su lado y dándole una palmadita burlona en el hombro al impecable demonólogo—. Porque viene con acompañamiento: un estirado con dagas de plata y una mujer con un marco de fotos y muy pocas pulgas.
Gabriel la vio avanzar hacia el pasillo que conducía a la puerta del sótano. Negó lentamente con la cabeza, sintiendo que por primera vez en toda su carrera profesional, la lógica, el cálculo de riesgos y el sentido común habían sido completamente destruidos por una mujer impredecible, deslenguada y absolutamente insoportable.
Y lo peor de todo, pensó Gabriel mientras la seguía a la oscuridad con el farol en alto, era que no podía esperar a ver qué pasaba a continuación.