A sus 36 años, Alessandro De Luca es el heredero del imperio de moda más importante de Italia. Dueño de una prestigiosa agencia de modelos con sedes en Milán y Colombia, vive rodeado de lujo, poder y mujeres. Es un hombre frío, arrogante y mujeriego. Ninguna mujer ha logrado conquistar su corazón.
Desde niño, su padre decidió su futuro. Lo comprometió con Bianca Conti, una reconocida modelo italiana e hija de su mejor amigo y socio de la empresa. Para Alessandro, Bianca nunca ha sido el amor de su vida, solo la mujer perfecta para mantener la imagen de la familia ante la alta sociedad.
Antes de entregarle el control absoluto del imperio familiar, su padre le impone una última condición:
—Si quieres convertirte en el único dueño del Grupo De Luca, tendrás que casarte con Bianca. De lo contrario, jamás recibirás la presidencia ni la totalidad de la herencia.
Lo que Alessandro desconoce es que Bianca nunca ha permanecido a su lado por amor. La fortuna de su familia ha desaparecido y están
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Capítulo 24 encuentro con Alessandro
Valentina
Las horas de la tarde parecían no avanzar.
Intentaba concentrarme en el trabajo, pero cada vez que miraba el reloj recordaba el mensaje de Alessandro.
"Ven a mi oficina... todavía me debes esos besos."
Solo de pensarlo sonreía.
—¿Vas a seguir suspirando o vas a terminar de revisar esas fotografías? —preguntó la fotógrafa Isabella divertida.
La miré fingiendo seriedad.
—Estoy trabajando.
—Sí, claro... trabajando en sus pirar .
Le lancé un cojín que tenía cerca y ambas estallamos en carcajadas.
—Estás imposible.
—Y tú enamorada .
Mi sonrisa desapareció un poco.
—No, iza ... eso no.
Ella me tomó la mano.
—Solo cuida tu corazón sea de quien sea .
Asentí en silencio.
Un rato después recibí un mensaje.
Alessandro: "¿Ya vienes?"
Sonreí.
Valentina: "Cinco minutos."
Respiré profundo antes de salir.
Caminé por el pasillo procurando parecer completamente tranquila.
Toqué suavemente la puerta del despacho.
—Adelante.
Entré.
Alessandro levantó la mirada de unos documentos y sonrió apenas me vio.
—Pensé que me habías dejado esperando.
—Solo estaba terminando unas cosas.
Se levantó de su silla y caminó hasta quedar frente a mí.
—¿Sabes por qué te pedí que vinieras?
Lo miré divertida.
—Creo que sí.
—¿Ah, sí?
—Porque según tú... te debo unos besos.
Sonrió de esa forma que siempre conseguía ponerme nerviosa.
—Exactamente.
Di un paso más cerca.
—Qué hombre tan interesado.
—Solo estoy cobrando una deuda.
Negué entre risas.
—Eres imposible.
—Puede ser.
Por unos segundos ninguno habló.
Solo nos mirábamos.
Él levantó una mano y acomodó con delicadeza un mechón de mi cabello detrás de la oreja.
—Hoy estás aún más hermosa que anoche.
Sentí cómo el corazón comenzaba a latirme con fuerza.
—Gracias.
—¿Entonces?
Sonreí.
—¿Entonces qué?
—¿Me vas a hacer esperar mucho?
Negué lentamente.
Fui yo quien acortó la distancia.
Mis labios rozaron los suyos en un beso corto y dulce.
Cuando intenté alejarme, él rodeó suavemente mi cintura.
—Eso fue solo un anticipo.
Reí.
—No abuses.
—Es imposible no hacerlo contigo.
Esta vez fue él quien buscó mis labios.
El beso fue más lento, más profundo y lleno de calma.
No había prisa.
Solo el deseo de seguir descubriendo a la persona que tenían enfrente.
Cuando nos separamos, ambos sonreíamos.
—Ahora sí quedó saldada la deuda —murmuré.
—No.
Lo miré confundida.
—Porque cada beso tuyo crea una deuda nueva.
Negué divertida.
—Qué tramposo eres.
En ese instante alguien llamó a la puerta.
Los dos nos apartamos inmediatamente.
—Adelante.
Era Marco.
Entró con una carpeta en la mano, pero al vernos tan serios y separados frunció ligeramente el ceño.
—¿Interrumpo algo?
Alessandro respondió con total naturalidad.
—No. ¿Qué sucede?
Marco dejó la carpeta sobre el escritorio, aunque antes de salir miró discretamente a Valentina.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Nada importante. Luego hablamos.
En cuanto la puerta volvió a cerrarse, Alessandro soltó una risa.
—Creo que sospecha.
—Pues espero que no diga nada.
—No lo hará.
Valentina acomodó su ropa y respiró hondo.
—Será mejor que regrese antes de que alguien note mi ausencia.
Alessandro asintió.
—Esta noche te escribiré.
Ella sonrió.
—Aquí estaré esperando.
Antes de salir le robó un beso rápido en la mejilla.
—Hasta luego... jefe.
Él sonrió divertido.
—Hasta luego... princesa.
Valentina salió del despacho intentando mantener la compostura.
Sin embargo, al doblar el pasillo se encontró de frente con Juliana.
Su amiga cruzó los brazos y levantó una ceja.
—¿Y esos labios tan sonrientes?
Valentina sintió que las mejillas le ardían.
—No empieces.
Juliana soltó una carcajada.
—Con esa cara ya me dijiste absolutamente todo.
Negué entre risas mientras caminaba junto a Juliana de regreso al estudio.
—De verdad, deja de inventar cosas.
Juliana soltó una carcajada.
—No estoy inventando nada. Tienes una sonrisa que no se te borra desde que saliste de la oficina del jefe.
Sentí que mis mejillas volvían a calentarse.
—Solo fuimos a hablar.
—¿Y los besos también fueron parte de la conversación?
Le di un pequeño golpe en el brazo.
—¡Juli!
Las dos terminamos riéndonos.
Al regresar al estudio, la fotógrafa anunció que faltaba una última sesión con un nuevo modelo que acababa de llegar desde Italia para una campaña de la agencia.
Cuando levanté la vista, vi a un hombre alto, de ojos verdes y cabello castaño. Sonrió con amabilidad mientras se acercaba.
—Hola, soy Gabriel. Mucho gusto.
—Valentina. Un placer.
Nos dimos un beso en la mejilla, como era costumbre, y comenzamos la sesión.
Gabriel era muy profesional y hacía bromas entre cada fotografía, logrando que el ambiente fuera relajado.
Desde el segundo piso, Alessandro observaba la sesión a través del vidrio de su oficina mientras hablaba con Marco.
Sin darse cuenta, dejó de escuchar la conversación cuando vio a Gabriel acercarse para acomodar un mechón del cabello de Valentina antes de una fotografía.
Marco siguió la dirección de su mirada.
—¿Qué pasa?
Alessandro cruzó los brazos.
—Nada.
—No me engañas.
Alessandro sonrió con ironía.
—Solo está trabajando.
—Exacto... igual que tú cuando una modelo se te acerca.
Él guardó silencio.
Marco soltó una risa.
—Creo que alguien está empezando a sentir unos pequeños celos.
Alessandro negó con la cabeza.
—No son celos.
—Claro... y yo soy astronauta.
Alessandro volvió a mirar hacia el estudio.
Valentina reía por alguna ocurrencia de Gabriel.
Por un instante sintió una punzada incómoda en el pecho.
Era una sensación nueva para él.
Nunca le había importado ver a una mujer hablando o riendo con otro hombre.
Pero con Valentina era diferente.
Mucho más diferente de lo que estaba dispuesto a admitir.
Mientras tanto, Valentina no tenía idea de que unos ojos color miel la observaban desde lo alto sin perderse uno solo de sus movimientos.
La sesión continuó durante toda la tarde.
Gabriel era un modelo muy profesional. Entre toma y toma hacía comentarios graciosos que conseguían sacar una sonrisa a todo el equipo.
—Si estas fotos salen mal, la culpa será del fotógrafo, no nuestra —bromeó.
Todos soltamos una carcajada.
El fotógrafo negó con la cabeza.
—Con ustedes dos es imposible que una foto salga mal.
Seguimos trabajando con total naturalidad.
Mientras tanto, desde el segundo piso, Alessandro seguía revisando unos documentos, aunque cada pocos minutos levantaba la vista hacia el estudio.
Sin proponérselo, buscaba a Valentina.
Y cada vez que la veía riendo con Gabriel, una sensación incómoda volvía a aparecer.
Marco, que ya había notado su actitud, decidió divertirse un poco.
—¿Sabes? Gabriel tiene bastante fama entre las modelos.
Alessandro continuó leyendo un contrato.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Dicen que es muy caballeroso... y bastante atractivo.
—Me da igual.
Marco sonrió con picardía.
—Claro... se nota.
En ese momento Gabriel tomó la mano de Valentina para ayudarla a cambiar de posición durante una fotografía.
Alessandro cerró la carpeta con más fuerza de la necesaria.
Marco soltó una risa.
—Eso sí fueron celos.
Alessandro lo miró seriamente.
—Solo está haciendo su trabajo.
—Igual que Valentina.
Él no respondió.
Sabía que Marco tenía razón, pero no le gustaba admitir lo que estaba sintiendo.
Al terminar la sesión, Gabriel se acercó a Valentina.
—Fue un gusto trabajar contigo. Espero que volvamos a coincidir.
—Igualmente. Bienvenido a la agencia.
Se despidieron con un abrazo cordial.
Justo en ese momento Alessandro salió de su oficina.
Gabriel lo saludó con respeto.
—Señor Bianchi.
—Buen trabajo —respondió Alessandro con educación.
Después dirigió la mirada hacia Valentina.
Por un instante sus ojos se encontraron.
Ella le dedicó una sonrisa discreta, casi imperceptible para cualquiera.
Él respondió de la misma manera.
Nadie alrededor pareció notar aquel pequeño intercambio.
Cuando Gabriel se alejó, Alessandro pasó junto a Valentina.
Sin detenerse, murmuró apenas lo suficiente para que solo ella pudiera escucharlo.
—¿Te hizo reír mucho?
Valentina levantó una ceja, sorprendida.
—¿Estás celoso?
Alessandro sonrió de lado.
—Yo... jamás.
Ella contuvo una risa.
—Pues no lo parece.
Sin esperar respuesta, siguió caminando hacia el vestidor.
Alessandro la observó alejarse.
Marco, que había visto toda la escena desde unos metros atrás, se acercó con una sonrisa burlona.
—¿Todavía vas a decir que no estás celoso?
Alessandro soltó un suspiro y negó con la cabeza.
—Claro que no. Sabes muy bien que lo que ella y yo tenemos empezó por la apuesta que hice contigo. Además, fue la misma Valentina quien dejó claro que esto sería sin compromisos. Me dijo que ninguno de los dos iba a meterse en la vida del otro, que podíamos hacer lo que quisiéramos y que los celos no tenían cabida entre nosotros.
Marco arqueó una ceja y le dio una palmada en el hombro.
—Sí, eso mismo te respondió ella... pero parece que a ti ya se te olvidó ese acuerdo.
Alessandro guardó silencio.
Volvió la vista hacia el estudio justo cuando Valentina desaparecía por el pasillo rumbo al vestidor.
Intentó convencerse de que Marco estaba exagerando.
No tenía derecho a molestarse porque otro hombre la hiciera reír.
No cuando él mismo había aceptado una relación sin etiquetas, sin reclamos y sin exclusividad.
Sin embargo, aquella sensación incómoda seguía instalada en su pecho.
Y, por más que quisiera negarlo, cada vez era más difícil ignorarla.
Marco sonrió de lado.
—Bienvenido al club de los hombres enamorados.
Alessandro soltó una risa breve, aunque no sonó del todo convincente.
—No estoy enamorado.
—¿Seguro?
Alessandro no respondió.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, ni él mismo estaba completamente seguro de la respuesta.