Valentina Montes de Oca tenia veintiun anos, un apellido respetable y toda una vida por delante. Hasta que el hombre del que estaba enamorada decidio destruirla.
Sebastian Arellano —heredero del grupo empresarial mas poderoso de Ciudad de Mexico— la acuso de un crimen que no cometio. Soborno jueces, fabrico pruebas, compro testigos. Y la envio a pudrirse tres anos en una celda de Santa Martha Acatitla.
En prision, Valentina perdio todo. Su voz, marcada para siempre. Su cuerpo, con cicatrices que ninguna explicacion puede justificar. Una persona que la amaba y que murio entre esos muros por protegerla. Y un rinon, arrancado en una clinica clandestina mientras el mundo miraba hacia otro lado.
Salio con quinientos pesos en el bolsillo, sin trabajo, sin familia —su propio padre la desconocio en un comunicado publico— y con una sola certeza: nunca mas se arrodillaria ante nadie.
Pero Sebastian no habia terminado con ella. La quiere cerca. La quiere bajo su control. Le ofrece dinero, le cierra todas las puertas, la obliga a trabajar en su club nocturno. Dice que la odia. Pero la forma en que la mira cuando cree que nadie lo ve cuenta una historia diferente.
Y Valentina descubre algo peor que el odio de Sebastian: la sospecha de que su condena fue una trampa mucho mas grande de lo que ambos imaginaban. Alguien mas movio las piezas. Alguien dentro de la propia familia Arellano.
Mientras la verdad se desentierra pieza por pieza, otros hombres aparecen en su camino: Nico, que le ofrece la ternura que nunca tuvo; Cain, un inversionista europeo que colecciona secretos ajenos; y Rodrigo, cuya culpa esconde mas de lo que confiesa.
Valentina ya no es la chica ingenua que entro a prision. Ahora tiene las cicatrices para demostrarlo. Y esta vez, si alguien va a caer... no sera ella.
¿Podra reconstruirse sin repetir el ciclo que casi la destruye? ¿Y que hara cuando descubra que el hombre que la condeno es tambien el unico dispuesto a morir por ella?
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Capítulo 19
Capítulo 19: Los 2 millones de Rodrigo
Sebastián se fue a Miami un martes.
Antes de subir a la Suburban que lo llevaría al aeropuerto, llamó a Mariana a su oficina del cuarto piso. Mariana llegó con una libreta y la expresión de quien entra a un campo minado con los ojos abiertos.
—Mientras yo no esté —dijo Sebastián, abrochándose los puños de la camisa sin mirarla—, Valentina no gana un peso más. Si un cliente le deja propina, confíscala. Si alguien le deposita dinero, lo bloqueas. Si le regalan algo — joyas, ropa, efectivo —, me lo reportas. ¿Entendido?
—¿Puedo preguntar por qué?
—No.
Mariana apretó la libreta contra el pecho. La rabia le subía por el esófago como reflujo, caliente, ácida, con sabor a las mil cosas que quería decirle a Sebastián Arellano y que se tragaba cada día porque tenía una deuda con él que no se pagaba con palabras.
—¿Algo más?
—Sí. —Sebastián se detuvo en la puerta. Sin voltearse, con la voz que usaba cuando decía algo importante disfrazándolo de insignificante—: Que coma. Tres veces al día. Que el cocinero le prepare lo que quiera.
Mariana no respondió. No había respuesta posible para un hombre que en la misma frase cortaba el ingreso de una mujer y se aseguraba de que no pasara hambre. Era como intentar leer un libro con la mitad de las páginas arrancadas: entendías los fragmentos, pero la historia completa se te escapaba.
***
El Olimpo sin Sebastián era un animal diferente.
La tensión bajaba tres grados. Los meseros hablaban más fuerte. Las edecanes se reían en los pasillos sin mirar por encima del hombro. Ramón seguía en la puerta principal con la misma cara de piedra de siempre, pero incluso él parecía más ligero, como si la ausencia de Sebastián le quitara peso a la gravedad del edificio.
Valentina lo notó. No en la atmósfera — ella llevaba meses sin prestarle atención a la atmósfera, ocupada como estaba en sobrevivir — sino en su propio cuerpo. Los hombros se le aflojaron un centímetro. La mandíbula se le destensó. Dejó de revisar cada esquina antes de doblarla. Con Sebastián en Miami, la amenaza permanente que la seguía por los pasillos como una sombra con forma de hombre se había desvanecido, y Valentina podía respirar sin la sensación de que cada inhalación era una concesión que alguien le podía revocar.
Al tercer día, Rodrigo Luján volvió a El Olimpo.
Venía con un parche adhesivo en la mandíbula donde Sebastián lo había golpeado y unos anteojos nuevos que se parecían a los viejos pero que no eran los viejos, porque los viejos estaban rotos en el piso de un cuarto oscuro junto a la memoria de una chica con la cicatriz de otra persona en la frente.
No pidió ver a Valentina. Le dejó un sobre a Mariana.
Mariana lo abrió en su oficina. Adentro había un cheque por un millón de pesos, a nombre de El Olimpo, con una nota escrita a mano en tinta azul: "Para la señorita Montes de Oca. Sin condiciones." La caligrafía era limpia, cuidadosa, de arquitecto. Mariana se quedó mirando el cheque durante un minuto entero.
Sebastián había dicho que confiscara cualquier ingreso. Pero Sebastián no estaba ahí. Y Mariana Suárez tenía una jerarquía privada de lealtades que no coincidía exactamente con el organigrama de El Olimpo: arriba de todo estaba lo que era correcto, y debajo — muy debajo — estaba lo que le habían ordenado.
Depositó el millón en la tarjeta negra de Valentina.
Luego abrió su propia cuenta bancaria, se transfirió doscientos mil pesos — la mitad de sus ahorros de tres meses — a la misma tarjeta, y cerró la aplicación antes de arrepentirse.
***
La escalera de servicio seguía siendo el único lugar de El Olimpo sin cámaras.
Valentina la usaba para bajar al sótano después de su turno, porque el elevador tenía cámaras y las cámaras significaban que alguien — Ramón, los guardias, Sebastián desde su teléfono en Miami — podía verla. En la escalera, entre el piso tres y el piso dos, el aire olía a concreto fresco y a las tuberías que goteaban detrás de la pared. La luz era un fluorescente parpadeante que convertía todo en sombras intermitentes.
Nico la estaba esperando en el descanso del segundo piso.
Estaba sentado en el último escalón, con las piernas estiradas y la espalda contra la pared, como si llevara ahí veinte minutos y estuviera dispuesto a quedarse veinte más. Traía una chamarra de cuero negra, jeans oscuros, y la sonrisa que Valentina había aprendido a reconocer como la que ponía antes de hacer algo que sabía que no debía.
—Hola —dijo Nico.
—Hola —dijo Valentina, y siguió caminando.
Nico se levantó y le bloqueó el paso. No con agresión — Nico nunca era agresivo; era persistente de la forma en que el agua es persistente con las piedras, desgastando sin golpear—. Se paró frente a ella con las manos en los bolsillos y la cabeza inclinada para que sus ojos quedaran a la altura de los de ella.
—Se fue a Miami —dijo.
—Ya sé.
—¿Sabes qué significa eso?
—Que tengo que trabajar igual.
—Significa que no hay nadie vigilándote, Valentina. Nadie. Por primera vez en meses, puedes respirar sin que alguien te mida el oxígeno.
Valentina lo miró. La luz del fluorescente le daba a Nico un aspecto diferente al que tenía en los salones — más joven, más real, sin la capa de encanto profesional que se ponía como un traje—. En la penumbra de la escalera, con el pelo cayéndole sobre la frente y los ojos oscuros brillando con algo que no era seducción sino preocupación genuina, se parecía a alguien en quien se podía confiar. Valentina sabía que parecerse no era lo mismo que ser, pero llevaba meses sin que nadie la mirara así y el hambre de un gesto amable es un hambre que no se controla con la razón.
—¿Qué quieres, Nico?
—Verte sonreír. Aunque sea una vez.
—No sonrío.
—Lo sé. Por eso quiero verlo.
Nico le puso una mano en la mejilla. Valentina no se apartó. No porque quisiera que la tocara — sino porque estaba cansada. Cansada de apartarse. Cansada de que cada contacto humano activara una alarma en su cabeza. Cansada de vivir con los puños cerrados.
Nico la besó.
Fue diferente al primer beso, el de la escalera del capítulo siete. El primero había sido un robo — rápido, impulsivo, un acto de pirata que toma lo que no le pertenece—. Este fue más lento. Más cuidadoso. Como si Nico hubiera aprendido, en las semanas que habían pasado, que Valentina no era una puerta que se abre de un empujón sino una cerradura que necesita la llave correcta y toda la paciencia del mundo. Le besó los labios con una suavidad que Valentina no esperaba y que no sabía cómo procesar, porque la suavidad era un idioma que había olvidado.
No le devolvió el beso. Pero no lo empujó.
Se quedaron así tres segundos que duraron una vida. Luego Valentina se apartó, le quitó la mano de la mejilla, y bajó las escaleras sin decir nada. Nico se quedó en el descanso, con los labios todavía calientes y la certeza recién nacida de que iba a pelear por ella aunque le costara la guerra contra Sebastián Arellano.
Ninguno de los dos vio a Camila.
Camila estaba en el piso de arriba, asomada por la barandilla, con el teléfono en la mano y la cara de alguien que acaba de encontrar el arma que necesitaba. Había visto todo. El beso. La mano en la mejilla. La escalera sin cámaras. Y algo dentro de ella — algo que llevaba semanas creciendo como un tumor alimentado de envidia y de celos y de la convicción irracional de que Nico Castellanos debería estar mirándola a ella, no a Valentina — se endureció hasta convertirse en decisión.
Guardó el teléfono. Sonrió. La sonrisa no tenía alegría ni triunfo: tenía la forma fría de un plan.
***
En Miami, el teléfono de Sebastián vibró a las tres de la mañana.
Estaba sentado en el balcón del penthouse de Brickell, con un vaso de whisky que llevaba una hora sin tocar y la vista del mar que no le interesaba. Había revisado el teléfono catorce veces esa noche — las contó, porque contar era la única forma de admitir la obsesión sin llamarla por su nombre—. Cada vez que la pantalla se encendía con una notificación, algo en su pecho saltaba como un músculo involuntario, y cada vez que la notificación no era sobre Valentina, el músculo volvía a caer con un peso que se parecía demasiado a la decepción.
La notificación número quince era del banco.
Tarjeta terminación 8847 — la tarjeta negra de Valentina —. Depósito: $1,200,000 MXN.
Sebastián miró la cifra. Un millón doscientos mil pesos. La tarjeta, que hacía tres semanas tenía diez mil pesos — la transferencia de Mariana —, ahora tenía más de dos millones.
Le había dicho a Mariana que no la dejara ganar dinero. Le había dicho que confiscara todo. Y de pronto, la tarjeta saltaba un millón doscientos mil pesos en un solo día.
Marcó a Mariana. La llamada entró al buzón. Las tres de la mañana. Claro.
Se quedó mirando la notificación. La cifra brillaba en la pantalla como un insulto. Alguien le estaba dando dinero a Valentina. Alguien con un millón de pesos para regalar. Alguien que no era él.
Apretó el teléfono hasta que la funda crujió.
El mar de Miami se extendía frente a él, oscuro, vasto, indiferente. Sebastián no lo miraba. Miraba la pantalla de un teléfono con una cifra que representaba algo que no podía controlar, en un lugar donde no estaba, sobre una mujer que no era suya y que nunca lo había sido y que se negaba a serlo a pesar de que él le había puesto precio y jaula y cadena y nombre.
Tomó un trago de whisky. El primero de la noche. No le supo a nada.