Él tenía el poder. Ella solo quería hacer bien su trabajo.
Maximiliano Blackwood, el poderoso CEO de una de las empresas más importantes de Medellín, jamás imaginó que su nueva asistente personal se convertiría en la única mujer capaz de desestabilizarlo.
Valentina no llegó a su vida buscando amor, mucho menos a su jefe. Pero entre miradas, deseo, celos y una química imposible de ignorar, las reglas comienzan a romperse.
Porque cuando un hombre acostumbrado a tenerlo todo descubre que puede perder el control por una mujer…
ella deja de ser su asistente para convertirse en su mayor debilidad.
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CAPÍTULO 10: UNA LINEA DEMASIADO FINA
Valentina pasó toda la noche pensando en lo ocurrido.
No había sucedido ningún beso.
Y, sin embargo, sentía que algo entre ella y Maximiliano había cambiado para siempre.
Recordaba su mirada.
Su voz.
La forma en que le había preguntado si debía alejarse.
Y su propia respuesta.
Todavía no.
Se llevó una mano al rostro.
—¿En qué me estoy metiendo? —murmuró.
No tenía una respuesta.
Lo único que sabía era que ya no podía engañarse.
Maximiliano le atraía.
Mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
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Al día siguiente, llegó temprano.
Quería evitarlo.
Necesitaba unas horas para ordenar sus pensamientos antes de volver a verlo.
Pero apenas entró al edificio, Laura apareció frente a ella.
—Vale.
—¿Qué pasó?
—El señor Blackwood preguntó por ti.
Valentina sintió un pequeño vuelco en el estómago.
—¿Tan temprano?
—Sí.
—¿Dijo para qué?
Laura sonrió.
—No.
Valentina suspiró.
—Perfecto.
Subió hasta su oficina y encontró a Maximiliano esperándola.
—Buenos días.
—Buenos días, señor Blackwood.
Él arqueó una ceja.
—Otra vez con eso.
—Es una costumbre.
—Pues tendrás que perderla.
Valentina sonrió.
—¿Me llamó?
—Sí.
Él señaló una carpeta.
—Tenemos que viajar a Bogotá mañana.
Ella abrió los ojos.
—¿Viajar?
—Una reunión con el consejo directivo.
—¿Cuánto tiempo?
—Dos días.
Valentina revisó rápidamente su agenda.
—Puedo organizarlo.
—Quiero que vengas conmigo.
Ella levantó la mirada.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
Maximiliano se acercó al escritorio.
—Porque eres la persona en la que más confío dentro de la empresa.
Aquellas palabras la sorprendieron.
—Gracias.
—Y porque necesito a alguien que pueda mantenerme concentrado.
Valentina sonrió.
—Eso sí va a ser difícil.
—Lo sé.
Ambos rieron.
Por un momento, todo pareció sencillo.
Hasta que sus miradas se encontraron.
La sonrisa de Valentina desapareció lentamente.
La de Maximiliano también.
Otra vez esa tensión.
Otra vez ese silencio.
—¿Estás segura de querer venir? —preguntó él.
—Sí.
—No quiero que pienses que estoy aprovechándome de mi posición.
Valentina lo miró directamente.
—No lo pienso.
—Bien.
—Además…
—¿Sí?
—Creo que puedo sobrevivir dos días contigo.
Él sonrió.
—No estoy tan seguro.
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El resto de la jornada transcurrió con normalidad.
Hasta que Valentina recibió una llamada.
Era Tomás.
—Hola.
—Vale, ¿podemos vernos?
Ella dudó.
—¿Para qué?
—Quiero despedirme.
—¿Despedirte?
—Me ofrecieron un puesto en Cali. Me voy esta semana.
Valentina se quedó en silencio.
Tomás había sido una persona importante en su vida.
No de la manera que él quería.
Pero sí lo suficiente para que aquella noticia le doliera.
—Lo siento.
—No quiero que estés triste.
—No lo estoy.
—Mientes mal.
Ella sonrió.
—Quizá un poco.
—Entonces déjame verte antes de irme.
Valentina aceptó.
—Está bien.
Cuando terminó la llamada, levantó la mirada.
Maximiliano estaba en la puerta.
Había escuchado parte de la conversación.
—¿Tomás?
Ella asintió.
—Se va de Medellín.
Maximiliano permaneció en silencio.
—¿Te importa?
La pregunta salió más seria de lo que pretendía.
Valentina lo miró.
—Sí.
Él bajó la mirada.
Ella se acercó.
—Pero no como crees.
Maximiliano volvió a mirarla.
—¿Y cómo debería creerlo?
Valentina sonrió suavemente.
—Como alguien que está dejando atrás a un amigo.
Él respiró aliviado.
—Entiendo.
—¿Celoso?
—Mucho.
Ella soltó una pequeña risa.
—Al menos eres sincero.
—Contigo intento serlo.
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Esa noche, Valentina se reunió con Tomás.
Hablaron durante más de una hora.
Recordaron momentos de la universidad, rieron y se despidieron.
Al final, Tomás la abrazó.
—Cuídate, Vale.
—Tú también.
—Y sé feliz.
Ella sonrió.
—Lo intentaré.
—¿Con él?
Valentina se quedó quieta.
—¿Con quién?
Tomás la miró.
—Con tu jefe.
Ella abrió los ojos.
—¿Qué?
—No soy tonto.
Valentina bajó la mirada.
—No sé qué va a pasar.
Tomás sonrió.
—Pero quieres descubrirlo.
Ella no respondió.
Porque era verdad.
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Al día siguiente, Maximiliano y Valentina se prepararon para viajar a Bogotá.
El aeropuerto estaba lleno de gente.
Valentina revisaba documentos mientras caminaban hacia la sala de espera.
—¿Todo en orden? —preguntó él.
—Sí.
—¿Segura?
—Segura.
Maximiliano sonrió.
—Me gusta trabajar contigo.
Valentina levantó la mirada.
—A mí también.
—Eso sonó demasiado profesional.
—¿Y qué querías que dijera?
Él se acercó un poco.
—No lo sé.
Valentina sonrió.
—Tal vez algún día te lo diga.
Maximiliano se quedó mirándola.
—Voy a esperar ese día.
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Ya en el avión, Valentina ocupó el asiento junto a la ventana.
Maximiliano se sentó a su lado.
Durante unos minutos no hablaron.
Hasta que el avión despegó.
Valentina miró por la ventana.
Las montañas de Medellín quedaron poco a poco atrás.
—¿Tienes miedo? —preguntó él.
—No.
—¿Entonces?
—Estoy pensando.
—¿En qué?
Ella giró el rostro.
—En nosotros.
Maximiliano se quedó completamente quieto.
—¿Nosotros?
Valentina asintió.
—Creo que esta línea que existe entre nosotros…
Hizo una pausa.
—Cada día se vuelve más difícil de respetar.
Él la miró intensamente.
—¿Quieres que la respetemos?
Valentina sostuvo su mirada.
Esta vez no respondió inmediatamente.
Después, muy despacio, dijo:
—No estoy segura.
Maximiliano sonrió.
—Entonces tendremos que descubrirlo.
Valentina volvió a mirar por la ventana.
Pero esta vez no pudo evitar sonreír.
Porque mientras el avión se alejaba de Medellín, ambos sabían que el viaje a Bogotá podía convertirse en mucho más que un viaje de negocios.
Y ninguno estaba preparado para lo que podía suceder cuando estuvieran solos durante dos días.