Dante Vassari es un poderoso alfa y jefe de una de las organizaciones mafiosas más temidas. Hace años perdió el olfato tras un misterioso atentado, y con él perdió toda posibilidad de encontrar a su destinada. Hasta que una nueva becada llega a su empresa. Aria Moretti es inteligente, obstinada y demasiado sincera para su propio bien. No le teme a Dante y no duda en señalar los errores de sus proyectos, aunque eso signifique enfrentarse al hombre más poderoso de la empresa. Lo que ninguno de los dos sabe es que su encuentro no es una casualidad. Porque quizá la destinada que Dante lleva años buscando siempre estuvo más cerca de lo que imaginaba.
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ARIA
El despertador de Aria sonó a las cinco y media de la mañana.
—Cinco minutos más…
Estiró una mano fuera de las sábanas y apagó la alarma.
Cinco minutos.
Eso fue todo lo que se permitió.
A las cinco y treinta y cinco ya estaba sentada en la cama.
Su habitación era pequeña.
No tenía grandes ventanales ni muebles costosos. Una cama individual, un escritorio lleno de libros, una pequeña estantería y un armario que había conocido mejores días.
Pero Aria quería aquella habitación.
Porque todo lo que había dentro era suyo.
Bueno…
Casi todo.
La mitad de los libros eran prestados.
Algunos tenían anotaciones de antiguos estudiantes y otros estaban tan gastados que Aria tenía que sujetar las páginas con cuidado para que no terminaran separándose.
Aun así, los adoraba.
Se levantó y abrió las cortinas.
La ciudad todavía estaba despertando.
Aria bostezó.
—Buenos días, mundo.
No recibió respuesta.
—Qué grosero.
Sonrió para sí misma.
Así era Aria.
Siempre había sido así.
Incluso cuando las cosas no salían bien, encontraba alguna manera de reírse.
No porque su vida hubiera sido fácil.
Todo lo contrario.
Había crecido en un barrio sencillo, en una familia que jamás había tenido grandes lujos.
Su madre había trabajado durante años en una pequeña cafetería y su padre había pasado buena parte de su vida haciendo trabajos que nadie quería hacer.
Aria había aprendido muy pronto el valor del dinero.
Y también el valor del esfuerzo.
Cuando era niña, nunca tuvo los juguetes más caros.
Nunca fue la niña que llegaba a la escuela con las últimas zapatillas de moda.
Y durante mucho tiempo eso le había molestado.
Hasta que entendió algo.
No necesitaba tener lo que tenían los demás.
Necesitaba construir algo que fuera suyo.
Fue entonces cuando comenzó a estudiar como si su vida dependiera de ello.
Porque, en cierto modo, sentía que así era.
Aria siempre había sido curiosa.
De pequeña desmontaba los aparatos de la casa solo para descubrir cómo funcionaban.
Su madre había perdido la paciencia más de una vez.
—¡Aria! ¿Por qué desarmaste el reloj?
—Quería saber cómo hacía para saber la hora.
—¿Y ahora qué hora es?
Aria había mirado el montón de piezas sobre la mesa.
—No sé.
Su madre se había llevado una mano a la frente.
—Dios mío…
Pero aquella curiosidad nunca desapareció.
Solo cambió de forma.
Con los años empezó a interesarse por los negocios.
Le fascinaba descubrir por qué algunas empresas crecían mientras otras desaparecían.
Por qué una mala decisión podía destruir años de trabajo.
Por qué una pequeña inversión podía convertirse en una fortuna.
Y, sobre todo, por qué tantas personas seguían cometiendo los mismos errores.
Aria observaba.
Analizaba.
Preguntaba.
Y cuando encontraba un problema…
Buscaba una solución.
Aquello también la había convertido en una chica bastante difícil.
No soportaba que alguien dijera:
«Siempre se ha hecho así.»
Para ella, esa frase significaba:
«No quiero pensar en una manera mejor.»
Y Aria siempre quería una manera mejor.
......................
Terminó de vestirse con ropa sencilla.
Pantalón oscuro.
Blusa clara.
Un blazer que había comprado de segunda mano y que había arreglado ella misma.
Tomó su bolso.
Antes de salir, miró nuevamente su escritorio.
Había una carpeta encima.
La abrió.
Dentro estaba la carta que había cambiado su vida.
Beca de excelencia académica.
Había leído aquella frase tantas veces que todavía le parecía irreal.
La beca le permitía realizar sus prácticas profesionales en Vassari Group, una de las compañías más importantes del país.
Una oportunidad que miles de estudiantes habrían querido.
Y Aria había conseguido el puesto.
No por contactos.
No por dinero.
No porque alguien hubiera hablado por ella.
Lo había conseguido por sus notas.
Por sus proyectos.
Por sus horas sin dormir.
Por todas las veces que había estudiado mientras sus compañeros salían.
Por todos los trabajos que había rechazado porque necesitaba terminar una entrega.
Por cada examen en el que se había repetido que no podía fallar.
Aquella beca significaba mucho más que un trabajo.
Era la primera puerta hacia la vida que quería.
Aria cerró la carpeta.
—No la arruines.
Se señaló a sí misma.
—Y por favor, intenta no discutir con nadie el primer día.
Se quedó pensando.
—Especialmente con el jefe.
Hizo una mueca.
—Sí. Eso sería inteligente.
Tomó las llaves.
Salió.
Mientras Dante había llegado a su empresa en un automóvil con conductor…
Aria iba en autobús.
Y mientras él había desayunado un café preparado por alguien más…
Ella llevaba una pequeña taza térmica que había preparado en su cocina.
El trayecto era largo.
Había aprendido a aprovecharlo.
Abrió uno de sus libros y comenzó a leer.
Una señora a su lado la observó durante unos segundos.
—¿Estudias tan temprano?
Aria levantó la mirada.
—Intento hacerlo.
—¿No estás cansada?
—Muchísimo.
La mujer sonrió.
—Entonces, ¿por qué estudias?
Aria miró nuevamente el libro.
—Porque quiero algo que todavía no tengo.
La respuesta hizo que la mujer guardara silencio.
Aria también.
No necesitaba explicar más.
A las siete y veinte llegó al edificio de Vassari Group.
Se quedó unos segundos frente a las enormes puertas de cristal.
Alzó la mirada.
Era impresionante.
Mucho más grande de lo que había imaginado.
Respiró profundamente.
—Bien, Aria.
Acomodó su bolso.
—No tienes miedo.
Mentira.
Estaba aterrada.
Pero una cosa era tener miedo y otra dejar que el miedo decidiera por ella.
Entró.
Mientras tanto, en el último piso del mismo edificio…
Dante estaba revisando informes.
No sabía que ella ya estaba allí.
No sabía que la chica que acababa de entrar había pasado los últimos años estudiando para llegar precisamente a ese lugar.
No sabía que tenía una becaria nueva.
Y mucho menos sabía que aquella joven iba a convertirse en la primera persona en mucho tiempo que no se limitaría a asentir frente a él.
Aria llegó al área administrativa y entregó su documentación.
—¿Primera vez aquí? —preguntó la encargada.
—Sí.
—¿Estás nerviosa?
Aria sonrió.
—Un poco.
La mujer soltó una pequeña risa.
—No te preocupes. Solo intenta no cruzarte con el señor Vassari.
Aria arqueó una ceja.
—¿Tan malo es?
La mujer miró alrededor antes de responder.
—No.
Hizo una pausa.
—Es peor.
Aria soltó una carcajada.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Así tengo un desafío.
La mujer la miró sorprendida.
—Definitivamente eres nueva.
Aria tomó su carpeta.
—¿Dónde está mi puesto?
Aquella mañana, dos mundos completamente diferentes estaban a punto de encontrarse.
Dante Vassari había construido su vida alrededor del control.
Aria Moretti había construido la suya alrededor de luchar por cada oportunidad.
Él estaba acostumbrado a que todos obedecieran.
Ella estaba acostumbrada a cuestionar.
Él tenía poder.
Ella tenía talento.
Él no necesitaba demostrar quién era.
Ella todavía tenía que demostrarlo todo.
Y ninguno de los dos sabía que aquella diferencia sería precisamente lo que terminaría acercándolos.
Porque antes de convertirse en su destinada…
Aria iba a convertirse en el mayor dolor de cabeza de Dante Vassari.