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Renací y me casé con el bombero que me salvó

Renací y me casé con el bombero que me salvó

Status: Terminada
Genre:Reencarnación(época moderna) / Multi-reencarnación / Mujer despreciada / Venganza / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:116.6k
Nilai: 4.6
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Capítulo 24 — El heredero entre las sombras

La subasta continúa, pero yo ya no escucho los números. Diego intercepta a Isabella en el vestíbulo mientras yo me cambio de ropa en el vestidor. Intenta sacarle información: dónde vivo, con quién, quién es Matías Herrera para mí. Isabella lo liquida con una frase que lo deja sin respuesta y regresa conmigo con la barbilla en alto.

—Le dije que si tanto quiere saber de tu vida, contrate un detective, que para eso le sobra el dinero. Bueno, ahora ya no tanto. —Se ríe.

No me cuenta el resto de los detalles. No hace falta.

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Lo que yo no sé, y lo que hace falta contar, sucede en la planta superior del Club del Río.

En un salón privado con vista al piso de la subasta, tras un vidrio polarizado que deja ver hacia abajo pero no hacia arriba, un hombre sostiene una copa de vino tinto sin haberla probado.

Ha estado ahí toda la noche. Ha visto cada momento: mi entrada del brazo de Isabella, mi vestido oscuro, la confrontación con Diego en el pasillo, la guerra de pujas, mi victoria silenciosa. Todo. Desde el primer segundo.

Matías sube por la escalera lateral y entra al salón. Sigue la línea de visión del hombre hacia abajo, hacia donde mi silueta desaparece entre la multitud rumbo a la salida.

—¿Y? —Matías se apoya en el vidrio—. ¿No piensas bajar a acompañar a tu esposa? ¿Vas a dejar que su ex le siga arruinando la noche mientras tú bebes vino aquí arriba como un espectador?

El hombre levanta la vista. Ojos oscuros. Mandíbula marcada. Una cicatriz de quemadura asoma bajo el puño de la camisa, en el antebrazo.

Sebastián.

—Exnovio —corrige, con esa voz grave que yo conozco de las noches en el departamento—. No es su prometido. Ya no.

—Bien, bien. Exnovio. —Matías le da una palmada en el hombro y se ríe—. Detalles. Lo que importa es que tú ya tienes el certificado de matrimonio firmado guardado en un cajón. Eres legalmente su esposo. ¿Y cuánto más piensas esconderte, capitán? ¿Vas a jugar al bombero pobre para siempre?

Sebastián baja la mirada de nuevo hacia el piso inferior. Hacia el lugar exacto donde estuve yo hace un momento.

—Ella todavía no sabe quién soy. —Hace girar la copa entre los dedos—. Y no hay prisa. Si se lo digo ahora, va a pensar que la compré. Que soy uno más de los que la quieren usar. Prefiero que primero confíe en el hombre, no en el apellido.

Matías chasquea la lengua, entre la burla y el respeto.

Porque este club le pertenece a Sebastián. Es parte del imperio Montero, uno de los muchos hilos de una fortuna que se extiende por toda la costa. Sebastián no es solo un capitán de bomberos con las manos quemadas y un departamento modesto. Es el heredero de una de las familias más poderosas de San Martín de la Costa.

Y yo no tengo la menor idea.

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Minutos después, en el vestidor ya vacío, una asistente encuentra mi vestido oscuro doblado sobre el respaldo del sofá. Revisa la etiqueta del préstamo y confirma mi nombre en el registro.

Sebastián entra al salón privado justo cuando ella se dispone a enviarlo al guardarropa de objetos olvidados.

—Pertenece a la señora Solares —explica la asistente—. Podemos mandarlo a la tintorería y llamarla mañana.

Sebastián mira el vestido, luego la puerta por la que ya me fui.

—Vivimos en el mismo departamento —dice al fin—. Registre la entrega a mi nombre y envíelo a limpiar. Yo se lo devolveré.

La asistente anota la salida en la hoja de objetos olvidados y le entrega un recibo. Sebastián guarda el comprobante en su maletín. No oculta la prenda ni la aparta del registro; el único secreto es que todavía no se atreve a contarme que estuvo observando la subasta desde el piso superior.

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Isabella y yo salimos del Club del Río y caminamos, todavía con los peinados de la gala, hasta un puesto de comida callejera a tres cuadras. Pedimos brochetas, elotes asados con queso y refrescos en botella de vidrio. Comemos sentadas en banquitos de plástico, con las piernas cruzadas y las risas sueltas, muertas de la risa por el contraste: hace media hora, una suma récord en rubíes; ahora, unas monedas en brochetas.

—Esta es la mejor parte de la noche —dice Isabella con la boca llena—. Sin duda.

Mi teléfono vibra. Le escribo un mensaje a Sebastián casi por costumbre.

«¿Vuelves a casa esta noche? Isa y yo compramos barbacoa. ¿Te llevo un poco?»

Tarda unos minutos en responder. Cuando lo hace, es breve, como siempre:

«Sí.»

Isabella me ve sonreír al leer el mensaje y levanta una ceja, pero no dice nada. Solo muerde su elote y me mira con esa cara de «yo ya lo sabía».

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Llego al departamento y coloco la barbacoa en platos. Enciendo la lámpara de la cocina. Espero.

A las diez de la noche, Sebastián entra. Trae sudor en la frente, como si hubiera venido corriendo desde algún lugar, y una respiración un poco agitada que no cuadra con el hombre tranquilo de siempre. Se quita el saco y lo cuelga.

Al arremangarse la camisa para lavarse las manos, sus antebrazos quedan expuestos. Firmes. Marcados por venas y por una cicatriz vieja que le cruza la piel.

Aparto la mirada y me concentro en mi plato.

Mientras como, reviso las noticias en el teléfono para tener algo que hacer con los ojos.

«Heredero Estrada paga el triple del valor estimado por una joya en subasta benéfica.»

«Grupo Estrada dona fondos a la Universidad de Puerto del Sol en medio de un escándalo de plagio.»

Me detengo en el segundo titular.

Así que Diego usó su dinero para comprar el silencio de la universidad. Para enterrar el escándalo del plagio. Para proteger a Camila.

Y de golpe, la memoria de mi vida pasada me cae encima como agua helada. El ciberacoso que me destruyó cuando fue a mí a quien acusaron de plagio, con las pruebas invertidas, la ladrona convertida en víctima. La depresión que me tragó entera. Las noches sin dormir, encerrada en un cuarto diminuto, leyendo comentarios que me deseaban la muerte. Y Diego, sentado en su trono de poder, sin mover un solo dedo para defenderme.

La misma universidad. El mismo tipo de escándalo. Distinto trato.

La diferencia es simple, y me la sé de memoria: yo nunca fui su prioridad. Camila siempre lo fue.

Aprieto el teléfono. Respiro. Suelto. Esta vez la historia es distinta. Esta vez quien derrocha una fortuna en un collar de segunda mano es él, y quien come brochetas tranquila soy yo.

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En mi habitación, atiendo una videollamada con Daniel Torres y el Dr. Ricardo Navarro, mi mentor de tesis. Están en el extranjero, terminando un proyecto de investigación conjunto.

—Valentina, vimos las noticias hasta acá —dice Daniel, indignado—. Esa tal Camila no solo te plagió la tesis, también te robó al novio. ¿Cómo lo permites?

—Es más complicado que eso —respondo—. Y créeme, no lo estoy permitiendo.

El Dr. Navarro asiente desde su esquina de la pantalla, más calmado.

—Lo importante es que estás bien. Cuando volvamos, retomamos tu línea de investigación. Nadie va a quedarse con tu trabajo, eso te lo garantizo.

Tocan la puerta. Antes de que pueda reaccionar, digo «adelante» por pura inercia.

Sebastián entra con un plato de fruta cortada en la mano. Manzana, sandía, unos gajos de naranja. Lo deja en la mesita de noche sin decir nada. Y en ese preciso instante, al inclinarse, su rostro aparece en el ángulo de la cámara.

Daniel y el Dr. Navarro se quedan mirando la pantalla. Sebastián los ve. Asiente con cortesía, como el hombre educado que es, y sale de la habitación.

Intento tapar la cámara con la mano. Demasiado tarde.

Daniel sonríe de oreja a oreja.

—¿Ese es tu nuevo...?

—No es lo que parece.

—Valentina —el Dr. Navarro se ríe, quitándose los lentes—, ese joven se ve mucho, muchísimo mejor que tu exnovio. Y cuidó de traerte fruta a mitad de una videollamada. Cuando volvamos, queremos conocerlo. Es una orden de tu mentor.

Cuelgo con las orejas ardiendo y la cara escondida entre las manos.

Me como la fruta despacio. Pienso en el vestido que dejé olvidado en el vestidor del Club del Río. Debería llamar mañana para preguntar por él.

No sé que en este mismo momento está en la tintorería del club, registrado a mi nombre, ni que Sebastián guarda en su maletín el recibo de entrega.

No se ha apropiado de nada mío. Lo que todavía no se atreve a confesar es que estuvo allí y que no apartó los ojos de mí en toda la noche.

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Leticia Baeza Vazquez
esta está idiota quien después de pasar una buena noche nesecita pensar q idiota yo quiero a Sebastián si ella no lo quiere osea q mujer tan pendeja y estúpida
Leticia Baeza Vazquez
una renacida estúpida q no ve el futuro está de la chingada osea no se supone q sabe lo q ba a ocurrir y resulta más pendeja todavía estás mierdas q escribes son un asco
Leticia Baeza Vazquez
no puedo con esta grandísima idiotaaaaaaa
Leticia Baeza Vazquez
la verdad pura estupides escribes le falta carácter ala tipa pendeja está osea toda una eminencia y no se d fiende si le dicen preséntate en esta fiesta lo hace la estúpida q no tiene dignidad
Leticia Baeza Vazquez
así o más estúpida la protagonista la verdad lo q escribe la escritora puras malditas estupideces
Leticia Baeza Vazquez
es una maldita inmadura estúpida
Leticia Baeza Vazquez
esta si q es idiota x q diablos no le dice q es el esposo y se deja de mamadas tiene 24 putos años y no madura
Leticia Baeza Vazquez
esta si q es estúpida y alo grande es casi una premio novela y x un mamaracho casi lo pierde osea pendeyalo grande
Leticia Baeza Vazquez
cómo me cagan las amigas metiches y x q diablos sigue llendo a buscar a esa casa no se supone w ya saco todo no mames escritora
Leticia Baeza Vazquez
bueno no q no tiene nada y no termina de recoger sus porquerias osea esta confusa está novela , no entiendo x q le dan bien ala novela q digamos tan buena no está
Maria Riquelme
Excelente novela felicitaciones escritora, solo me hubiese gustado que VALENTINA al final por lo menos estuviera embarazada
Maria Riquelme
Creo que a ella la habien adoptado desde bebé con unos meses solamente desde un horfanato
Maria Riquelme
Quién sabe, a lo mejor sabe por todo lo que VALENTINA, pasó esos años
Maria Riquelme
Escritora una consulta. CAMILA es prima o hermana de RODRIGO, ANDRES y VALENTINA? Porque ya he leído dos o tres veces que se dicen prima, y al principio eran hermanas 🤭🤭🤭
Maria Riquelme
Yo solo vuelvo a leer la parte que no entendí o recuerdo lo leído antes y esa parte que se debió antes la uno, y sigo leyendo porque es muy buena la novela y me gusta mucho
Maria Riquelme
Así es adoptada pero yo creo que lo dices porque el señor ese le dijo que se parecía a MERCEDES su madre adoptiva a los ejor se parece un poco además ellos la adoptaron desde UE era muy pequeñita
Maria Riquelme
Como es que CAMULA no puede tener hijos ahora si se supone que en la otra vida de VALENTINA cuando las taparon y Diego la eligió a ella y a CAMILA la hirieron, la dejaron si poder embarazarse, pero ahora la salvaron a ella no entiendo porque otra vez no puede .
Maria Riquelme
Algo que no entiendo todavía, es si ella ahora que volvió después de que la atropellaron está casada o todavía no?
Miriam Colín
La maldita zorra se llevará una gran sorpresa igual que los idiotas de los hermanos.
Sonia Niño
creo que se le chispotio un capítulo anterior
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