Un matrimonio forzado. Un contrato escrito con odio. Un hombre que juró no sentir nada.
Para salvar a su familia, Aria acepta convertirse en la esposa de Dante Volkov, el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad. Las reglas de Dante son claras: "En público, la esposa perfecta; en privado, no eres nada".
Lo que él no esperaba es que Aria no nació para ser sometida. Entre miradas cargadas de tensión, secretos oscuros y una atracción inevitable, la línea entre el odio y la obsesión comenzará a borrarse.
¿Quién caerá primero en su propio juego?
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El control del deseo
El evento finalizó, para fortuna de Dante, ya que la tensión y el deseo acumulados lo tenían al borde del colapso. Desde que su cuerpo reaccionó de esa manera tan evidente, no le quedó más remedio que caminar pegado a la espalda de Aria para evitar que los fotógrafos o los invitados notaran el abultamiento en su pantalón. Sin embargo, la estrategia solo empeoró su tormento: el roce constante de su firmeza contra las curvas de ella, sumado al aroma de su perfume, lo estaba volviendo completamente loco.
Fueron los últimos en abandonar el recinto. En cuanto la puerta de la limusina blindada se cerró, aislándolos del mundo exterior tras sus cristales oscuros, Dante dejó caer toda fachada de control.
—No puedo más —gruñó él, atrapando el rostro de Aria para besarla con una desesperación salvaje y hambrienta.
Sus manos bajaron torpemente hacia los muslos de ella, buscando piel, buscando el calor que lo consumía desde hacía semanas.
—Te necesito... por favor —suplicó él entre besos, con la voz ronca y la respiración completamente desbocada.
Aria, lejos de acobardarse, sonrió con una frialdad triunfante. Con un movimiento ágil y provocador, se pasó al asiento de él y se acomodó a horcajadas sobre su regazo. El vestido negro se replegó ligeramente y la raja lateral dejó expuesta toda su pierna, rozando la dureza de Dante a través de la tela de su pantalón.
Dante ahogó un gemido, apretándole las caderas para pegarla más a él, pero Aria puso una mano firme sobre su pecho, frenando su avance.
—Promete algo primero —condicionó ella, mirándolo desde arriba con unos ojos oscuros e implacables.
Dante entornó los ojos, desesperado por el contacto.
—¡Aria, por Dios! ¿Es en serio?
—Muy en serio —retó ella sin ceder un milímetro—. Vas a dejar de investigarme. Sé perfectamente que aún tienes gente intentando averiguar qué oculto, según tú. Y a partir de ahora, eres tú el que tiene que ganarse mi confianza, no al revés. Ya no tienes el control... por lo menos no conmigo.
—Aria... —protestó él, intentando negociar mientras la sujetaba con fuerza.
Aria no le dio espacio.
—Bien. No tienes que hacerlo si no quieres —dijo con total indiferencia, amagando con levantarse de su regazo para regresar a su asiento.
La sola idea de perderla en ese instante hizo que a Dante se le helara la sangre. La agarró de la cintura con ambas manos, impidiendo que se alejara.
—¡Está bien! —cedió él, rindiéndose por completo ante la tortura—. Será lo que tú digas.
Aria esbozó una sonrisa victoriosa. Se reacomodó sobre su regazo, subió la falda de su vestido negro hasta la cadera para estar más cómoda y comenzó a moverse despacio, rozando su pelvis contra la suya en un ritmo lento y tortuoso que simulaba el acto.
—Bájate el pantalón. —ordenó ella en un susurro mandón cerca de su oído.
Dante, con los dedos temblorosos por la prisa y la necesidad, se desabrochó el cinturón, se bajó el pantalón de vestir y los calzoncillos hasta la mitad de los muslos, dejando su erección completamente liberada y latiendo en el aire caliente del vehículo.
Aria lo contempló por un segundo, disfrutando del poder absoluto que ejercía sobre el hombre más temido de la ciudad.
—Muy bien... ¿ves? —murmuró ella con una voz seductora y peligrosa—. Ahora, un premio.
Con parsimonia, Aria desenganchó el broche de su sostén por debajo de la tela, bajó el escote en forma de corazón de su vestido y dejó al descubierto sus senos firmes frente a los ojos hambrientos de Dante.
Dante dejó escapar un gruñido gutural y lanzó la cabeza hacia adelante para atrapar uno de sus pezones con la boca, succionando con un hambre feroz mientras sus manos se amoldaban a sus glúteos desnudos. Aria echó la cabeza hacia atrás, soltando un gemido ahogado cuando sintió la lengua cálida de él devorándola, mientras ella continuaba marcando un bamboleo lento y constante sobre su miembro expuesto.
El calor dentro del vehículo se volvió sofocante. Dante intentó guiar la cadera de Aria para poseerla de una sola estocada, pero ella le sujetó las muñecas contra el asiento, manteniendo el ritmo tortuoso a su antojo.
—Despacio, Volkov... —susurró ella entre jadeos, rozando sus labios rojos contra la mandíbula marcada de él—. Aquí la que lleva el mando... soy yo.
Dante cerró los ojos, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula, completamente entregado al juego de su esposa, sabiendo que esa noche había perdido definitivamente la batalla por el dominio.