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Destinada A Un Amor Inmortal - Temporada 3

Destinada A Un Amor Inmortal - Temporada 3

Status: En proceso
Genre:Romance paranormal / Romance / Vampiro
Popularitas:484
Nilai: 5
nombre de autor: Liz Eliana Cera

Bajo los gélidos e imponentes paisajes de Alaska, el amor inmortal de Adam y Bibiana se enfrenta a su prueba más difícil al verse presionados a contraer matrimonio por Marcelo, el despiadado padre de Adam; Una unión forzada que desentierra los peores dolores del pasado, llevando a Bibiana a tomar una decisión definitiva. Cargada de una indignación inquebrantable, la joven está decidida a confrontar cara a cara a su familia por haberle ocultado la verdad sobre el oscuro pacto secreto que su padre tejió en el ayer con su ahora suegro. Ella ya no será una pieza en el juego de nadie; luchará con valentía y con toda su fuerzas para romper de una vez por todas las cadenas del pasado y salvar su propio destino al lado del hombre que ama con el alma.

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T3 Capítulo 19 - Lazos rotos

—¿Cómo pudiste venderme al padre de Adam, papá? —inquirió Bibiana. La voz le temblaba, no por miedo, sino por una furia ciega que amenazaba con quemarlo todo.

Ignacio se cubrió el rostro con las manos, rompiendo a llorar con un desespero que no conmovió a su hija.

—No tuve otra opción, hija... —sollozó, con la voz ahogada—. Él iba a matarme. No quería dejarlos a ustedes solos en este mundo.

—¡Eso no justifica que me hayas vendido a un vampiro cruel y despiadado! —escupió ella, dando un paso al frente. Las lágrimas de su padre solo aumentaban su indignación.

—Lo sé, hija, lo sé... —Ignacio levantó la mirada, suplicante—. Es por eso que hemos vivido huyendo, de un lugar a otro. No quería que te encontrara, no quería que te arrastrara a su oscuro mundo.

Bibiana soltó una carcajada amarga, carente de cualquier pizca de alegría.

—Ya estoy en ese mundo tan oscuro, papá. Y de él no me voy a librar nunca.

—No digas eso, mi amor —rogó Ignacio, intentando dar un paso hacia ella—. Ahora que regresaste podemos huir. Te prometo que esta vez nos esconderemos mejor. Marcelo no nos encontrará.

—Yo no voy a huir, papá —sentenció ella, con una frialdad que congeló el ambiente—. Me casé con Adam en Alaska. Bajo la presión de su padre, sí, pero lo hice.

Ignacio se quedó petrificado, con los ojos desorbitados y el aire atrapado en la garganta. El impacto de la revelación lo dejó mudo.

—¿De verdad te casaste, hermana? —intervino Diego, dando un paso al frente, asombrado.

—Sí —respondió Bibiana, enderezando la postura con orgullo—. Y ahora mi lugar es estar al lado de mi esposo, a quien amo con toda mi alma. Eso es lo único bueno que me ha pasado de todo ese oscuro pacto.

—Hija, perdóname... Por favor, perdóname. Yo no quería que pasaras por todo esto —suplicó Ignacio de rodillas, el llanto desgarrándole el pecho.

—Eso debiste pensarlo antes de decidir sobre mi vida —sentenció ella, mirándolo desde arriba—. Ahora ya es demasiado tarde.

Ignacio se derrumbó por completo, ahogado en sus propios lamentos. Diego, con el corazón encogido al ver a su padre destrozado, intentó acercarse a ella.

—Hermana...

—¡No me toques, Diego! —le espetó Bibiana, retrocediendo un paso—. Que también estoy profundamente decepcionada de ti.

—¿Por qué? —preguntó él, herido.

—Tú sabías, al igual que mi padre, que Adam estaba vivo. ¡Y no me dijiste nada!

—Hermana, no quería que te ilusionaras por algo que en ese momento solo sospechábamos —intentó justificarse Diego, extendiendo las manos en señal de paz.

—Aún así debieron decírmelo —reclamó ella, sintiendo cómo el dolor de los meses pasados regresaba a su pecho—. Pero prefirieron dejarme seguir hundida en el dolor, creyendo que el hombre que amo había muerto.

Una risa burlona interrumpió el drama familiar. Helena dio un paso al frente, cruzándose de brazos y mirándola con desprecio.

—Deja de hacerte la víctima, que no te queda, hermanita —siseó Helena, con los ojos inyectados de veneno—. Es evidente que estás utilizando todo ese falso odio del pacto para sacarnos fácilmente de tu vida. Así podrás irte a vivir, sin ningún remordimiento, en tu burbuja de amor. Además de egoísta, resultaste ser una ambiciosa de lo peor.

El sonido del impacto resonó fuertemente en la habitación.

Antes de que Helena pudiera terminar su insulto, la mano de Bibiana se estrelló contra su mejilla en una fuerte cachetada. El rostro de Helena se giró por la fuerza del golpe y el silencio se apoderó del lugar.

—¡Eres una estúpida! —chilló Helena, llevándose la mano a la mejilla ardiente, con los ojos encendidos de furia.

—¡Ya basta, Helena! —intervino Ignacio, levantándose torpemente del suelo—. Hija, por favor...

—No te acerques, papá —lo cortó Bibiana, señalándolo con el dedo, mientras daba un paso firme hacia la salida —. Nunca te voy a perdonar esto. Ni a ti, ni a ustedes tampoco por habérmelo ocultado todo este tiempo.

Diego, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, se acercó un poco, sintiendo el peso de la culpa.

—Bibi, por favor... Nosotros solo queríamos protegerte. Estás siendo muy injusta con nosotros.

—Injustos fueron ustedes al dejarme a ciegas y no decirme nada —concluyó Bibiana, dándose la vuelta hacia la salida—. Me voy. No vuelvan a buscarme nunca más en sus vidas... Así que olvídense de mí.

Sin mirar atrás, Bibiana cruzó el umbral y salió de la casa, dejando que sus lágrimas se mezclaran con el frío de la calle mientras se alejaba para siempre.

—¡Bibiana! —gritó Ignacio, derrumbándose de rodillas en el suelo, llorando desconsoladamente. Diego se tapó el rostro, quebrado por el dolor.

Melissa, que había presenciado toda la tormenta en silencio, se acercó con cautela a su novio, con el corazón encogido.

—Lo siento mucho, Diego... —susurró, estirando la mano hacia él.

Diego esquivó su toque y se giró a verla. La tristeza en sus ojos se transformó rápidamente en una chispa de furia.

—Tú lo sabías, ¿verdad? Sabías que mi hermana se había casado.

Melissa tragó saliva, sintiendo que la culpa la ahogaba.

—Sí, Diego... Lo sabía.

—¡¿Y por qué demonios no nos dijiste nada, Melissa?! —estalló él, herido por la traición de la persona en quien más confiaba.

—Porque Bibi me rogó que guardara el secreto —explicó ella, con los ojos empañados—. Ella me pidió que no les contara nada. Era ella quien tenía que venir y decírselos a la cara, no yo. Tenía que respetar su decisión...

—Vete, Melissa —la cortó Diego, con una voz gélida y apagada—. Lárgate de aquí.

Melissa lo miró por última vez, sabiendo que las palabras ya no curarían el daño.

—Adiós, Diego —susurró antes de darse la vuelta y salir de la propiedad, dejando atrás el caos familiar.

En la sala, el eco del llanto de Ignacio llenaba el vacío.

—Mi hija me odia... Me odia para siempre —repetía el hombre entre sollozos.

Elena se arrodilló a su lado, envolviéndolo en un abrazo protector mientras lanzaba una mirada sombría hacia la puerta.

—Ya, papá, no llores más por ella. Bibiana no te merece...

Diego se quedó estático en medio de la habitación, atrapado en su propio luto, viendo cómo su familia y su relación se habían desmoronado en un solo día

Horas más tarde, la noche comenzó a devorar el bosque finlandés. Afuera de la cabaña remodelada, Adam caminaba de un lado a otro con la ansiedad reflejada en el rostro, esperando el regreso de su esposa. Cuando por fin divisó su silueta recortada entre los árboles, no lo pensó dos veces.

—¡Bibi! —exclamó, utilizando su velocidad sobrenatural para aparecer frente a ella en un pestañeo.

—Mi amor... —alcanzó a decir Bibiana antes de que la voz se le quebrara por completo.

Se arrojó a sus brazos, hundiendo el rostro en su pecho mientras rompía a llorar con desconsuelo. Adam la envolvió con fuerza, transmitiéndole toda la seguridad de la que era capaz, contagiado por su dolor.

—Mi vida, ¿qué pasó? —preguntó con evidente preocupación, acariciándole el cabello—. ¿Qué pasó con tu familia?

—Todos lo sabían... —soltó ella entre sollozos, apretando la tela de su abrigo—. Todos sabían lo del pacto y me lo ocultaron todo este tiempo. Yo era la única tonta que no tenía idea de nada.

—Tú no eres ninguna tonta, mi amor —la interrumpió Adam con dulzura, reforzando el abrazo para calmar su llanto—. No te llames así.

Bibiana se separó un poco, mirándolo a los ojos con una determinación implacable en medio de las lágrimas.

—No quiero volver a saber nada de ellos, Adam. Nunca más.

—¿Estás completamente segura de eso, Bibi? —preguntó él en voz baja, usando sus dedos para limpiarle con delicadeza el rastro de las lágrimas en las mejillas.

—Sí —asentió ella, volviendo a refugiarse en sus brazos—. A partir de hoy, tú eres mi única familia.

Adam la estrechó contra su cuerpo, guardando silencio. Aunque respetaba su dolor, un pensamiento cruzó por su mente sobrenatural: «Sé que ahora estás demasiado herida, mi vida... Pero cuando pase el tiempo y las aguas se calmen, trataré de convencerte de que hagas las paces con ellos. No quiero que cargues con ese rencor».

Al separarse un poco para caminar hacia la entrada, Bibiana finalmente se percató del cambio radical a su alrededor. Se quedó estática, contemplando la fachada moderna.

—Mi amor... ¿qué le pasó a nuestra cabaña?

—Mi padre la mandó a remodelar —explicó Adam, soltando un suspiro de frustración—. Lo descubrí cuando llegué.

—Qué lástima... —admitió ella, con una mueca de desilusión—. Me gustaba muchísimo más cómo estaba antes. Se sentía más nuestra.

—A mí también me gustaba más como era antes, mi vida —coincidió Adam, dibujando una sonrisa sincera para ahuyentar los malos pensamientos—. Pero no importa. El lujo de esta casa no es un impedimento para que seamos completamente felices en nuestro hogar. Lo que importa es que estamos juntos.

—Tienes razón, mi amor —respondió Bibiana, contagiándose de su optimismo mientras una pequeña sonrisa regresaba a su rostro.

—Vamos a entrar, ven. Te tengo un regalo —anunció Adam con entusiasmo, tomándola firmemente de la mano para guiarla hacia el interior.

—¿Un regalo? ¿Qué será? —preguntó ella, intrigada por la sorpresa.

Una vez dentro, el calor de la chimenea contrastaba con el lujoso mobiliario de la sala. Adam hizo que Bibiana se sentara en el nuevo y cómodo sofá, pidiéndole que cerrara los ojos. Ella esperó unos segundos, con una sonrisa expectante.

—¿Ya puedo abrirlos, mi amor?

Adam deslizó con sumo cuidado un objeto metálico en la palma de su mano.

—Ya los puedes abrir, mi vida.

Bibiana abrió los ojos y bajó la mirada. El corazón le dio un vuelco al ver un par de hermosas alianzas que brillaban bajo la luz. Una inmensa felicidad la invadió por completo.

—¡Mi amor! ¿Y estos anillos?

—Los compré antes de volver —confesó Adam, mirándola con absoluta devoción—. Sé que no pudimos casarnos ante la ley humana, y que lo de Alaska fue una imposición... pero quiero que llevemos estos anillos puestos. Para mí, este es nuestro verdadero matrimonio.

Con manos firmes pero cargadas de ternura, Adam tomó la alianza correspondiente y la deslizó suavemente en el dedo de Bibiana.

—Yo estoy encantada de llevarlo puesto para toda la vida —respondió ella, con los ojos empañados, pero esta vez de pura felicidad—. Ahora sí, mi amor... Ahora sí estamos unidos para siempre por nuestra propia voluntad.

Bibiana tomó el anillo restante y, imitando el gesto, lo colocó en el dedo de Adam, sellando el pacto que ellos mismos habían decidido crear.

—Claro que sí, mi vida. Para siempre —susurró Adam, acortando la distancia.

Se unieron en un beso apasionado, profundo y liberador. En medio de esa sala lujosa que su padre había diseñado como una jaula, ellos acaban de encender su propia luz, ajenos por completo a la cuenta regresiva de los seis meses y a la tormenta que Matt ya estaba preparando en Rumania.

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