Una noche lo destruyó todo. Una trampa, una droga, un hombre que no pudo controlarse. Fernanda Arévalo perdió su pureza, su beca y su fe en el mundo a manos de Tristán Bracamonte, el heredero más poderoso —y más cruel— del país. Huyó sin mirar atrás, jurando enterrar aquella noche para siempre.
Seis años después, la vida tiene un sentido del humor perverso.
Fernanda ya no es el patito feo al que todos humillaban en la universidad. Ahora es una mujer imponente, madre soltera de un niño brillante, y acaba de ser contratada como secretaria personal del nuevo CEO del Grupo Bracamonte. El mismo hombre. La misma mirada gélida. El mismo apellido que le arrebató todo.
Pero Tristán tampoco es el mismo. Detrás de su fachada de hielo, lleva seis años buscando a la chica que desapareció sin dejar rastro, atormentado por una culpa que no lo deja dormir. Y cuando su nueva secretaria lo mira con esos ojos cristalinos que le resultan imposibles de olvidar, algo dentro de él se quiebra.
Ella finge no conocerlo. Él finge no sospechar. Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
Mientras Fernanda lucha por mantener oculta la identidad del padre de su hijo, una mujer del pasado urde un plan siniestro para destruirla. Secuestros, traiciones empresariales, una hermana gemela que nadie sabía que existía y una red criminal que se extiende desde Ciudad de México hasta las costas de Maldivas convergen en una trama donde el amor y la venganza comparten la misma cama.
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Capítulo 17
Poco a poco, la conciencia de Fernanda fue regresando. El efecto embriagante del alcohol que había bebido en el restaurante se disipaba gradualmente, dejando una sensación de malestar que le recorría el cuerpo entero.
Al otro lado de la cama, Tristán estaba sentado con desenfado en el lujoso sillón. Tenía las piernas cruzadas y sostenía el celular con ambas manos, fingiendo concentrarse en la pantalla. Sin embargo, su oído agudo captó de inmediato el más mínimo movimiento proveniente de la cama. Sabía perfectamente que su secretaria empezaba a despertar.
Fernanda abrió los ojos con lentitud. La tenue luz de la habitación aun así le hacía sentir que la cabeza le daba vueltas violentamente, como si la hubieran golpeado con algo contundente.
—¡Ayyy... por qué me duele tanto la cabeza! —gimió Fernanda en voz baja, sujetándose las sienes, que le palpitaban con un dolor agudo.
Al verla quejarse de esa manera, algo dentro de Tristán lo impulsó con fuerza a levantarse e ir hacia ella. Pero su ego y su arrogancia, altos como un rascacielos, mantuvieron su cuerpo inmóvil. Prefirió quedarse clavado en el sillón, fingiendo que no le importaba, con la mirada pegada al celular.
Con las fuerzas que le quedaban, Fernanda se obligó a incorporarse y recargarse contra la cabecera de la cama. Su visión seguía borrosa y plagada de puntos luminosos. Frente a ella distinguía la silueta de un hombre sentado con toda calma. Cerró los ojos un instante y se los restregó con el dorso de la mano para recuperar la nitidez.
En cuanto su vista se enfocó con claridad, el corazón de Fernanda dio un vuelco. Se sobresaltó violentamente al reconocer al hombre que tenía delante. Para colmo, al bajar la mirada, descubrió horrorizada que su ropa de trabajo había desaparecido, reemplazada por una bata de toalla blanca e inmaculada.
—¿Qué... qué me hizo usted? —preguntó Fernanda con voz temblorosa, invadida por el miedo y una rabia que le hervía por dentro.
Al escuchar la acusación, Tristán bajó el celular pausadamente. Miró a Fernanda y le respondió con una actitud exasperantemente relajada, como si nada grave hubiera sucedido.
—Vaya, ya despertaste... ¿después de lo que me hiciste hace rato? —contestó Tristán con tono mordaz.
Al escuchar esa respuesta ambigua, el miedo de Fernanda se disparó hasta el techo. Las peores imágenes le inundaron la mente de golpe. —¿A qué se refiere? ¡No me venga con rodeos!
Tristán no contestó con palabras. Dejó el celular en la mesa, se levantó del sillón y caminó con paso largo, acercándose deliberadamente a la cama.
Al ver la figura imponente de Tristán cada vez más cerca, Fernanda retrocedió por instinto hasta quedar pegada a la cabecera. Cruzó los brazos con fuerza sobre el pecho, tratando de protegerse con el cuerpo tembloroso de pavor.
—¿Qué pretende, señor? ¡No se atreva a pasarse de la raya! ¡Quédese donde está! —gritó Fernanda con los ojos al borde de las lágrimas.
Tristán se detuvo justo al costado de la cama, cruzó los brazos sobre el pecho y soltó un bufido despectivo. —¿Después de lo que acabas de hacerme, encima me acusas de ser un abusivo?
—¡¿Qué fue exactamente lo que yo le hice?! —preguntó Fernanda casi a gritos, con las lágrimas de angustia a punto de desbordarse.
La mente de Fernanda era un caos absoluto. Aquella habitación de hotel, ese aroma, la presencia de Tristán a su lado: todo detonaba un trauma profundo que la remontaba al episodio maldito de seis años atrás. La noche en que Tristán le arrancó su pureza con una brutalidad sin piedad regresó con nitidez escalofriante, dejándola con el cuerpo entumecido de terror.
Al observar la expresión de Fernanda, tan pálida, aterrorizada hasta la médula, con los ojos desorbitados por el pánico, Tristán, que al principio quería hacerla sufrir un poco, no pudo contenerse más. Al segundo siguiente, Tristán rompió a reír a carcajadas frente al rostro de Fernanda.
Dios mío, esa expresión de terror... Te pareces tanto a el patito cuando la acosaba en el campus. ¿Cómo puedes parecerte tanto a ella?, se revolvió Tristán por dentro, incrédulo, mientras aún le quedaban restos de risa.
Fernanda, que seguía preparada para lo peor, se quedó estupefacta. Su miedo se transformó parcialmente en una confusión descomunal. Miró a Tristán con perplejidad y fastidio a partes iguales: se reía a carcajadas a costa de su sufrimiento. ¿Qué estaba pasando realmente? ¿Por qué ese monstruo se reía como si acabara de ganar una apuesta?
Al notar el rostro lívido de Fernanda mirándolo con profunda desconfianza, Tristán controló su risa franca. Soltó un largo suspiro y meneó la cabeza al ver el pánico de su secretaria, que había llegado a niveles estratosféricos.
—Deja de pensar tonterías —dijo Tristán, con la voz de vuelta a su tono plano, aunque relajado—. ¿No recuerdas lo que hiciste en el restaurante? Te emborrachaste, me insultaste llamándome hombre cruel, y un segundo después me vomitaste encima. Tus asquerosidades me arruinaron el saco, la camisa, y de paso tu propia ropa.
Fernanda se quedó de una pieza. El recuerdo borroso de aquella náusea terrible en el restaurante comenzó a emerger en su mente. Su rostro, que antes estaba pálido de miedo, se tiñó de rojo de la vergüenza. Aun así, no se tragó la explicación sin más.
—Entonces... ¿por qué traigo puesta esta bata? ¿Quién me cambió la ropa? —exigió Fernanda con tono inquisitivo, alternando la mirada, nerviosa y suspicaz, entre Tristán y él mismo, que ahora se sentaba con toda tranquilidad en el borde de la cama, justo a la altura de sus pies.
Tristán arqueó una ceja, decidido a jugar con el miedo de Fernanda un rato más. —¿Tú qué crees? En esta habitación solo estamos tú y yo. Saca tus propias conclusiones.
Al escuchar la respuesta tremendamente irritante y ambigua de Tristán, la resistencia de Fernanda se derrumbó. La ira que venía acumulando desde la noche anterior estalló sin que pudiera frenarla.
—¡No me diga que usted me desvistió! ¿Verdad que sí? —chilló Fernanda con las lágrimas ya rodándole por la emoción—. ¡Usted es un atrevido! ¡Me arrepiento profundamente de trabajar en su empresa! ¡Resulta que usted no es más que un...!
—¡Basta, Fernanda! —la cortó Tristán alzando la voz, silenciándola de golpe. Apretó los puños con fuerza sobre sus rodillas, la mandíbula tensa—. ¡Tienes la mente demasiado sucia respecto a mí!
—¡Los hombres ricos y poderosos como usted siempre recurren a cualquier método para hacer cosas tan viles! ¿No es así? —lo retó Fernanda, con una frase saturada de odio y del trauma profundo de su pasado.
Ser insultado y acusado de degenerado por su propia secretaria hizo que la dignidad de Tristán se rebelara. No iba a permitir que lo vieran con tanto desprecio. Con un movimiento rápido e inesperado, Tristán echó el torso hacia adelante y sujetó con firmeza, pero con presión controlada, la nuca de Fernanda, obligándola a mirarlo directamente a los ojos, que centelleaban como navajas.
La distancia entre ellos se redujo a nada, dejando solo sus respiraciones agitadas persiguiéndose en el aire.
—Para que lo sepas, Fernanda... quien te cambió la ropa fue una empleada del hotel, no yo —siseó Tristán a centímetros del rostro de Fernanda, con la voz temblorosa de contener la tormenta emocional—. Y escúchame bien... en mi vida solo he tocado a una mujer, ¡y jamás habrá otra a la que yo toque que no sea ella!
El corazón de Fernanda recibió aquellas palabras como un golpe brutal. Le latía desbocado y, sin saber por qué, aquella confesión le resultó dolorosamente opresiva.
La mirada de Tristán se suavizó, pero en ella se asomaba un arrepentimiento abisal. La presión de su mano en la nuca de Fernanda fue cediendo, transformándose en la caricia del pulgar que recorría suavemente la piel de su cuello.
—Hubo un tiempo... en que fui un verdadero canalla, Fernanda —dijo Tristán en voz apenas audible, pero con una firmeza sobrecogedora, como si estuviera descargando toda la culpa y el remordimiento por su gran pecado del pasado que había guardado en soledad durante seis años—. Pero aquella noche fue la última vez... Después de aquella noche, juré que nunca volvería a tocar a ninguna otra mujer.
Fernanda enmudeció, con los ojos anegados clavados en los de Tristán. Las palabras "aquella noche", pronunciadas con tanta herida y arrepentimiento, hicieron que el muro de odio en su corazón se tambaleara de pronto, sacudido por una confusión descomunal.
Continuará...