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LA IMPOSTORA DE SU PROPIA VIDA

LA IMPOSTORA DE SU PROPIA VIDA

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Dos hermanas gemelas, idénticas en apariencia pero completamente distintas por dentro. La favorita de todos, hermosa y vanidosa, se casó con un hombre millonario y tuvo tres hijos, pero no ama a nadie: maltrata a sus pequeños, engaña a su esposo y solo se queda por su dinero. La otra, siempre ignorada y menospreciada, es dulce, tímida y muy inteligente, y nunca tuvo un lugar propio en el mundo. Hasta que un día la hermana caprichosa decide huir y le ordena que tome su lugar: que viva su vida, que finja ser ella, que soporte lo que ella ya no quiere. Y así comienza la historia de una chica que se convierte en impostora de su propia sangre, descubriendo que la vida que le dieron era mucho más valiosa de lo que nadie jamás supo ver.

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CAPÍTULO 22 EL DÍA QUE EMPEZAMOS A VIVIR DE VERDAD

Pasaron tres semanas desde aquella noche.

La casa ya no tenía cristales rotos ni muebles volcados. Los trabajadores habían arreglado todo: nuevas ventanas, suelos limpios, las paredes recién pintadas de blanco, olor a pintura fresca y flores por todas partes. Pero lo que realmente había cambiado no se veía a simple vista. Era el aire. Ya no había tensión. Ya no había miradas por encima del hombro. Ya no había miedo al ruido extraño en el jardín, al timbre a horas raras, al teléfono que sonaba en mitad de la noche.

Humberto Salas estaba en la cárcel de máxima seguridad, a quinientos kilómetros de la ciudad, sin posibilidad de salir en los próximos treinta años. Tres jueces diferentes habían rechazado todos sus recursos. Isabel cumplía una condena de ocho años por asociación ilícita, amenazas y encubrimiento, en un centro abierto donde trabajaba cosiendo uniformes, y había escrito una carta a Eduardo pidiéndole perdón una última vez, sin pedir nada a cambio. Daba por perdido cualquier derecho sobre la empresa, la casa o cualquier bien de la familia. No volverían a verla en mucho tiempo. Quizás nunca.

Esa mañana de sábado el sol brillaba con fuerza, el cielo estaba azul sin una sola nube, y en el jardín se armaba un revuelo feliz. Los cuatro niños corrían de un lado a otro con globos de colores, Doña Marisa preparaba empanadas en la cocina con la ayuda de Sofía, Doña Carmen colgaba guirnaldas en los árboles, y Eduardo y Elisa arreglaban las mesas largas para el almuerzo.

Hoy era un día especial.

Hoy se firmaban los papeles definitivos.

A las once llegó el notario con su carpeta negra, seguido del abogado don Fernando, que traía consigo todos los documentos legales listos para ser firmados. Se sentaron todos en el porche, bajo la sombra del viejo roble que el padre de Eduardo había plantado cuando nació.

Primero, la empresa constructora. Todas las acciones volvían legalmente a nombre de Eduardo, limpias de cualquier demanda, deuda o reclamo pendiente. Humberto había perdido todo derecho a reclamar nada. Los papeles antiguos con firmas falsas fueron declarados nulos por el juzgado. La empresa era suya. Solo suya. Para seguir creciendo, para construir las viviendas sociales que siempre había querido, para asegurar el futuro de sus hijos.

Luego, la casa. El juzgado había confirmado que era propiedad exclusiva de Eduardo y Elisa, sin cargas, sin hipotecas ocultas, sin terceros que pudieran reclamar nada. Su refugio. Su hogar. Para siempre.

Y finalmente, lo más importante. Los cuatro niños.

Mateo, Sofía, Lucas y Martín.

El notario abrió la última carpeta, sacó cuatro documentos gruesos y los puso sobre la mesa uno por uno.

—Adopción definitiva —dijo, con una pequeña sonrisa amable—. Todos los trámites terminados. Sin posibilidad de recurso. A partir de hoy, los cuatro son legalmente hijos vuestros. De ambos. Con los mismos derechos, los mismos apellidos, la misma protección que cualquier hijo de sangre.

Elisa sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas antes de terminar de leer el primer papel. Había pasado tanto tiempo desde aquel día en que entró en aquella casa asustada, fingiendo ser otra mujer, pensando que solo sería una sustituta temporal… y ahora tenía cuatro hijos legales, un marido que la amaba, una familia que la quería, una vida que jamás se habría atrevido a soñar.

Eduardo tomó su mano bajo la mesa, apretándola fuerte, mientras firmaba uno tras otro. Ella firmó después, con la mano un poco temblorosa pero firme. Cuando terminaron con el último, el de Martín, el notario cerró la carpeta y les extendió la mano.

—Felicidades —dijo—. Ahora sí, son una familia de verdad. Ante la ley y ante todos.

Los cuatro niños, que habían estado jugando cerca, se acercaron corriendo en cuanto oyeron la palabra familia.

—¿Somos ya tus hijos de verdad? —preguntó Lucas, saltando sobre las rodillas de Elisa con los ojos muy abiertos.

—Sí, mi amor —respondió ella, abrazándolo fuerte y besándolo en la frente—. De verdad. Para siempre. Nadie nunca nos podrá separar. Nadie.

—¡Genial! —gritó Sofía, abrazándolos a los dos por el cuello—. Ahora puedo decirle a todas mis amigas que tengo la mejor mamá y el mejor papá del mundo.

Mateo, que ya tenía catorce años y se hacía el mayor y el serio, se acercó despacio, se agachó un poco y les dio a ambos un abrazo fuerte y silencioso, sin decir nada. No hacía falta. Sus ojos brillantes lo decían todo.

Martín fue el último. Iba más tímido, como si aún temiera que todo fuera un sueño y se fuera a despertar en cualquier momento. Se paró frente a ellos, miró los papeles firmados, luego levantó la vista y preguntó bajito:

—¿Y yo también? ¿Aunque mi otro papá fuera malo? ¿Aunque yo venga de otro lado?

Eduardo lo tomó en brazos sin dudar ni un segundo, apretándolo contra su pecho con toda la fuerza de su corazón.

—Tú más que nadie —le dijo, con la voz un poco rota por la emoción—. Tú luchaste más que nadie para estar aquí. Tú eres mi hijo. Mi hijo de verdad. Y eso nadie lo cambia nunca. Ni los papeles, ni nadie.

El niño escondió la cara en su cuello y se echó a llorar de felicidad, mientras los otros tres se tiraban encima de ellos en un abrazo colectivo de risas y lágrimas. Doña Marisa y Doña Carmen, que estaban mirando desde la puerta, se secaban los ojos discretamente, sonriendo sin poder evitarlo.

Esa tarde comieron todos juntos en el jardín: la familia, el notario, el abogado, el comisario Herrera y su mujer, los vecinos que tanto les habían ayudado en los días malos. Comieron empanadas, asado, ensaladas, tortas que las dos ancianas habían pasado toda la mañana preparando. Brindaron con jugo para los niños y vino para los mayores. Riieron. Contaron anécdotas. Olvidaron por unas horas todo el dolor del pasado.

Cuando se fueron los invitados y se quedó solo la familia, Eduardo y Elisa se sentaron en el escalón del porche, mirando a los cuatro niños jugar al fútbol en el césped, riendo y gritando sin ninguna preocupación en el mundo. Doña Marisa y Doña Carmen habían ido a descansar un poco después de tanto trabajo.

—¿Te lo imaginabas alguna vez? —le preguntó él, pasándole un brazo por los hombros y apretándola contra sí—. Tú, cuando entraste aquí por primera vez, asustada, pensando que te descubrirían en cualquier momento… ¿te imaginabas que terminaríamos así?

Ella apoyó la cabeza en su hombro, miró la casa, el jardín, los niños, el sol que empezaba a caer tiñendo todo de naranja y rosa, y sonrió.

—No —respondió sincera—. Jamás. Yo solo quería salvar a mi mamá. Solo quería que no nos pasara nada malo. Nunca pensé que ganaría tanto. Que encontraría todo esto. A ti. A ellos. A una familia que me eligió a mí, a pesar de todos los errores, a pesar de venir de una vida tan distinta, a pesar de haber empezado todo con una mentira.

—La mentira fue de Valeria —le recordó él suavemente—. Tú solo pusiste amor. Mucho amor. Y eso es lo que se queda. Lo demás se va. Se borra. Se olvida.

Se quedaron así en silencio un buen rato, disfrutando de la calma, de la paz que tanto les había costado conseguir. Pero Elisa tenía algo en la cabeza desde hacía días, algo que aún no se había atrevido a decirle en voz alta.

—He estado pensando —empezó despacio, jugando con los dedos de su mano—. Ahora que todo está bien, que ya no hay amenazas, que los papeles están firmados… ¿y si hacemos algo más? Algo grande. Algo que nos haga aún más felices.

Él la miró, curioso.

—¿Qué tienes en mente?

—Quiero ampliar el taller de costura —dijo, con los ojos brillando de ilusión—. Contratar a más mujeres de la zona, a madres solteras, a chicas que no tienen trabajo, que necesitan una oportunidad. Enseñarles lo que sé. Hacer ropa bonita, pero también uniformes para escuelas pobres, mantas para ancianos, cosas que sirvan. Quiero devolver un poco de todo lo que la vida me ha dado.

—Me parece maravilloso —dijo él de inmediato, sonriendo—. Lo que haga falta. Dinero, local, papeles, lo que necesites. Cuenta conmigo.

—Y también… —continuó ella, dudando un poco, mirando a los niños—. He hablado con Doña Carmen y con mi mamá. Y las dos están de acuerdo. ¿Y si adoptamos una niña más? Hay una bebé de dos años en el hogar de la ciudad, la madre la abandonó nada más nacer, nadie la quiere por un problemita de corazón que se opera fácil. Yo la vi el otro día cuando fui a llevar ropa. Es pequeña, de ojos grandes, se llama Esperanza. Me miró y me sonrió, y… no sé. Sentí que tenía que ser nuestra.

Eduardo se quedó callado unos segundos. Luego la miró a los ojos, y ella vio que se le llenaban de lágrimas. La apretó más fuerte contra sí y le dio un beso largo, dulce, lleno de todo el amor que sentía.

—Hagámoslo —dijo cuando se separaron—. Traigámosla a casa. Cinco hijos. Una familia más grande. Más amor para dar. ¿Por qué no? La vida nos ha dado tanto… tenemos que compartirlo.

Elisa sonrió, tan grande que le dolían las mejillas. Había tenido miedo de que él dijera que no, que ya eran suficientes, que ya tenían bastante con lo que habían pasado. Pero no. Él era así. Generoso. Bueno. Siempre dispuesto a dar más.

En ese momento Mateo corrió hacia ellos, agitando el teléfono en la mano.

—¡Papá, mamá! —gritó, emocionado—. ¡Es la tía Valeria! ¡Llamó desde donde vive con Martín! ¡Dice que va a venir a visitarnos el mes que viene, que Martín quiere ver a sus primos!

Ambos se miraron, sorprendidos. Hacía meses que no sabían nada de ella. Después de todo lo pasado, se habían puesto de acuerdo en dejarla en paz, que ella reconstruyera su vida lejos, con su hijo, sin que nadie la molestara. Pero ahora llamaba. Quería venir.

—¿Le decimos que sí? —preguntó el chico, viendo su duda.

Elisa miró a Eduardo. Él asintió despacio.

—Sí —dijo ella, con una sonrisa tranquila—. Claro que sí. Que venga cuando quiera. Esta siempre es su casa también. Por Martín. Por todo lo que pasó. Porque al final, la sangre también cuenta, aunque no sea lo más importante.

Mateo corrió de nuevo a contestar, gritando de alegría a sus hermanos que venían de visita.

Elisa se recostó de nuevo en el hombro de Eduardo, mirando cómo el sol se ocultaba del todo detrás de los árboles, dejando paso a las primeras estrellas.

Pensó en todo el camino recorrido: desde la chica pobre y asustada que trabajaba doce horas al día para salvar a su madre, hasta la mujer que era ahora, con marido, cinco hijos, dos madres que la querían, una suegra que era su mejor amiga, un negocio propio, un futuro lleno de proyectos y de amor.

Había pasado por miedos terribles, por mentiras, por amenazas, por ver cómo todo lo que amaba estuvo a punto de desaparecer varias veces. Pero siempre, siempre, habían salido adelante. Juntos. Porque la familia no se nace. Se hace. Se elige. Se construye día a día, con errores, con perdones, con luchas compartidas, con amor que no se rinde nunca.

—¿Estás contenta? —le preguntó él al oído.

Ella cerró los ojos un segundo, escuchando las risas de sus hijos, el viento en las hojas de los árboles, el latido fuerte y tranquilo del corazón de él contra el suyo.

—Más que nunca —respondió—. Soy la mujer más afortunada del mundo.

Y lo era.

Porque después de tanta oscuridad, por fin les había llegado su turno.

Su turno de vivir.

De verdad.

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Graciela Calcaterra
Esto cada vez tiene menos sentido,no era que lo había dejado en el aula de la escuela? Y ahora resulta que está en la casa.Coherencia por favor,esto es una burla!
Graciela Calcaterra
Esto cada vez tiene menos sentido,no era que lo había dejado en el aula de la escuela? Y ahora resulta que está en la casa.Coherencia por favor,esto es una burla!
Graciela Calcaterra
Ahora se llama Eduardo no Leonardo,muy confusas está novela, repetís texto,confusa
nezhan: ¡Hola Graciela! Disculpa la confusión 🙏 Tienes toda la razón, cometí errores con el nombre y repeticiones de texto. Ya los corregí de inmediato. Muchas gracias por avisarme, de verdad lo valoro mucho. ¡Gracias por leer!
total 1 replies
Graciela Calcaterra
Tiene 23 años y un hijo de 8 años,lo tuvo a los 15 , entonces que se casó a los 14 años 🤔?
nezhan: ¡Hola! 😊 Muchas gracias por leer y por fijarte en ese detalle. Te lo explico: ella tiene 23 años y su hijo 8, lo que significa que lo tuvo a los 15 años, no que se casara a los 14. Esa confusión se debe a que al leerlo rápido puede parecer que digo que se casó a esa edad, pero en realidad se casó poco después de cumplir los 15, ya que en esa época y en ese entorno era costumbre hacerlo así al quedar embarazada. ¡Gracias por tu pregunta!
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