Lola vive bajo una regla de oro: su espacio personal es sagrado. Es inteligente, retraída y encuentra paz en el silencio. Su único error fue dejar entrar en ese refugio a Mateo, su mejor amigo, un torbellino de imprudencia que solo entiende de tácticas de fútbol y de cómo hacerla reír cuando más lo necesita.
Pero el equilibrio se rompe cuando el "Rey del Campo" se convierte en el objetivo de la chica más popular, y un rival inesperado decide que la brillante timidez de Lola es el trofeo que realmente quiere ganar
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Capítulo 14: Confrontación en la Acera
La lluvia de casi medianoche no caía en gotas limpias, sino en una cortina espesa y helada que envolvía las farolas de la calle en un halo de luz amarillenta y borrosa. Las aceras brillaban como espejos oscuros. Lola avanzaba a paso apresurado bajo su paraguas burdeos, subiéndose el cuello del abrigo para protegerse de las ráfagas de viento que amenazaban con doblar la estructura de metal.
Había bajado del autobús a tres cuadras de distancia, con la mente dividida entre la fatiga del día y la serenidad extraña que le habían dejado los últimos mensajes de Mateo. Pensaba que la noche había terminado, que el intercambio de textos había dejado las aguas en calma.
Por eso, cuando dobló la esquina de su calle y vio la figura recortada junto a su cerca de madera, se congeló.
Mateo estaba allí, de pie en la acera, completamente empapado. No llevaba paraguas ni gorra; solo su sudadera de entrenamiento saturada de agua, pegada a sus hombros, y los tenis que chorreaban sobre el asfalto. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho en un intento inútil de contener el tiritón de su cuerpo, y el agua le resbalaba por las sienes, goteando desde la punta de su nariz y su mandíbula.
—¿Mateo? —exclamó Lola, apresurando el paso hacia él, la sorpresa y la alarma ahogando su voz—. ¿Qué estás haciendo aquí? ¡Estás completamente empapado!
Al escuchar su voz, Mateo se giró bruscamente. Sus ojos claros estaban rojos, hinchados no por el llanto, sino por el frío, el agua constante y las horas de rabia acumulada. Su rostro era una máscara de cansancio y tensión.
—Llevo hora y media esperándote —dijo él. Su voz no era la habitual; sonaba áspera, rasposa y con un temblor que intentaba ocultar apretando los dientes.
—¿Hora y media? —Lola intentó acercar el paraguas para cubrirlo, pero Mateo dio un paso hacia atrás, rechazando la sombra del techo de tela—. Mateo, entra a mi casa ahora mismo. Te vas a enfermar. Mi mamá puede darte una toalla y...
—No quiero una toalla, Lola —la interrumpió él, alzando el tono por encima del chasquido constante de la lluvia sobre los charcos—. Quiero saber dónde estabas.
Lola se detuvo. La preocupación en su rostro comenzó a transformarse en una sombra de desconfianza. Sostuvo el mango del paraguas con más fuerza.
—Te lo dije por mensaje. Estaba fuera.
—Sí, fuera —se rio Mateo, una risa amarga y seca que no le llegó a los ojos—. Fuera con Andrés. En su café elegante de versitos y tazas de té. Vi la foto, Lola. No tienes que mentirme.
—Yo no te he mentido en ningún momento —respondió Lola, manteniendo la voz firme a pesar del vuelco que le dio el corazón al ver el estado emocional de su amigo—. Salí a tomar un té con un compañero. No tengo por qué darte explicaciones detalladas de cada minuto de mi vida.
—¿Un compañero? —Mateo dio un paso hacia adelante, invadiendo la acera con una gestualidad desmedida, agitando los brazos mojados—. ¡Es el tipo del equipo rival! ¡Es el tipo que se pasa la mitad del tiempo mirándome como si fuera un estúpido y la otra mitad intentando meterse en tu vida! ¿De verdad, Lola? ¿Tenías que irte a encerrar con él a un café?
Lola sintió que la paciencia que había cultivado durante semanas empezaba a desmoronarse. El cansancio de la semana, la manipulación constante de la gente a su alrededor y la escena dramática que Mateo estaba montando en medio de la calle terminaron por saturar su sistema.
—Mateo, bájale a tu volumen —dijo ella, con un tono helado que cortó el aire entre los dos—. Estás montando un espectáculo en la acera a media noche.
—¡Me da igual el espectáculo! —estalló él, ignorando los autos que pasaban a lo lejos. La lluvia le entraba en los ojos, pero él no parpadeaba—. Lo que no me da igual es que juegues a dos bandas. Me mandas mensajes diciendo que te hace falta mi ruido, pero te vas por la tarde a sonreírle a un tipo que encaja en tu "mundo perfecto". Me tienes corriendo como un imbécil detrás de ti mientras tú decides cuál de los dos te conviene más.
Esas palabras cayeron sobre Lola como una bofetada. La injusticia de la acusación le hizo dar un paso atrás, no por miedo, sino por una indignación pura que le encendió las mejillas.
—¿Jugar a dos bandas? —repitió ella, y su voz, aunque baja, sonó más peligrosa que el grito de Mateo—. ¿Eso es lo que piensas de mí? ¿Crees que esto es una competencia o un juego de estratega como los que juegas en tu cancha?
—¡Parece que sí! —respondió Mateo, dándose un golpe en el pecho con el puño cerrado—. ¡Porque yo estoy arruinando mis entrenamientos por pensar en ti! ¡Falle tres penaltis hoy porque no podía sacarme de la cabeza la idea de que ese tipo te estuviera tocando la mano! ¡Y tú estabas tan tranquila leyendo poesía!
Lola cerró los ojos por un segundo. La migraña que había contenido durante días estalló detrás de su frente. Cuando volvió a abrir los ojos, la ternura que solía reservarle a Mateo había desaparecido por completo, reemplazada por una muralla de hielo inquebrantable.
Sostuvo el paraguas con la mano izquierda y dio un paso firme hacia él, acortando la distancia no para abrazarlo, sino para encararlo.
—Escúchame muy bien, Mateo García —dijo Lola. Cada palabra salió articulada con una precisión quirúrgica—. Yo no te pedí que fallaras tres penaltis. Yo no te pedí que vinieras a pararte bajo la lluvia a dar un show de celos. Tus inseguridades son tuyas, no mías.
Mateo parpadeó, sorprendido por la dureza de su mirada.
—Lola, yo solo...
—No —lo interrumpió ella, levantando un dedo—. No me interrumpas. He pasado meses intentando entender tu desorden. He aguantado tus empujones, tus burlas hacia la gente con la que hablo, tu necesidad de acaparar cada minuto de mi tiempo y tus arranques de inmadurez. Te he dejado entrar a mi cuarto, te he dejado dormir en mi alfombra y te he permitido invadir mi vida porque pensé que confiabas en mí. Pero esto se acabó.
—¿De qué estás hablando? —murmuró Mateo, y por primera vez en la noche, el tono desafiante de su voz se quebró.
—De que tú no eres el dueño de mi espacio, Mateo —sentenció Lola, mirándolo fijamente a los ojos sin pestañear—. No eres mi dueño. No eres quien para decidir con quién me tomo un té, qué libros leo o a quién le sonrío. Mi vida no es tu cancha de fútbol y yo no soy un trofeo que tengas que defender de Andrés ni de nadie.
Mateo se quedó inmóvil. El agua le corría por el rostro, mezclándose con la humedad de sus pestañas. La frase "Tú no eres el dueño de mi espacio" le impactó en el pecho con una fuerza destructiva, desmantelando de golpe toda la rabia que lo había impulsado a esperarla allí. Se sintió pequeño, ridículo y desarmado bajo la tormenta.
—Loli... yo no quise decir que fueras... —alcanzó a murmurar, estirando una mano temblorosa y mojada hacia el brazo de ella.
Lola dio un paso atrás, evitando el contacto. El gesto fue limpio, frío y categórico.
—No me toques —dijo ella en un susurro que sonó más definitivo que cualquier grito—. Necesito que te vayas a tu casa. Ahora.
Mateo retiró la mano como si se hubiera quemado. Miró los tenis blancos de Lola, salpicados de barro, y luego su rostro, que parecía esculpido en piedra. No había rastro de la chica que se reía de sus ocurrencias ni de la amiga que le ponía una manta sobre los hombros mientras dormía. Solo había una desconocida que le estaba cerrando la puerta en la cara.
—Lola, por favor... —suplicó él, con la voz ahogada por la hipotermia y el dolor.
—Vete a casa, Mateo —repetió ella, dándole la espalda y caminando hacia la cerca de su jardín.
Abrió el reja de hierro con la llave. No miró hacia atrás. Subió los tres escalones del porche, abrió la puerta principal y entró, cerrando de un golpe seco que resonó en medio del ruido de la lluvia.
Adentro, la casa estaba a oscuras y en silencio. Lola apoyó la espalda contra la madera de la puerta cerrada. Soltó el paraguas, que cayó al suelo chorreando agua sobre el recibidor. Se llevó las manos a la cara y dejó escapar un largo suspiro tembloroso.
Le temblaban las piernas. Sentía un vacío amargo en el estómago, una culpa pesada por haber sido tan drástica, pero al mismo tiempo una certeza inamovible de que si no marcaba esa línea ahora, la posesividad de Mateo terminaría por destruir lo poco que quedaba de su amistad.
Afuera, en la acera, Mateo se quedó solo bajo la tormenta. Miró la puerta cerrada durante un minuto entero, esperando en vano que la luz del porche se encendiera o que la cortina de la ventana de Lola se moviera. Nada ocurrió.
Se pasó las manos mojadas por la cara, soltando un gemido ahogado de frustración y dolor. Había ido allí a marcar territorio, a exigir respuestas, a demostrar una fuerza que no tenía; y lo único que había logrado era expulsarse a sí mismo del único refugio donde se sentía a salvo.
Dio media vuelta y empezó a caminar a paso lento bajo la lluvia helada, con los hombros hundidos y el corazón destrozado, sabiendo que esta vez, el daño que había provocado no se arreglaría con una bolsa de tacos ni con una disculpa torpe en la alfombra.