Sus ojos eran azules como el mar. Y Noah Lobo quedó atrapado desde el primer instante en que la vió.
Noah tiene poder, domina parte de la mafia italiana y rusa, y nada se le resiste. Pero ella es Eliza Romano: una mujer curvilínea, de belleza deslumbrante, esposa de otro hombre. Lo que nadie sabe es que ese apellido es una cadena. Que ella fue arrancada de su tierra, raptada a los dieciocho y obligada a casarse. Y que cada día finge ser feliz para proteger a su pequeña hija.
Cuando la niña le confiesa que su padre maltrata a su madre, Noah decide que ya basta. Luca Romano tiene una reputación… pero Noah tiene a la familia más temida de Europa. Y esta vez no se trata de negocios.
Ella no es de nadie. No cuando él está dispuesto a quemar el mundo entero por tenerla.
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Escuchada.
Eliza 🩵
Salimos del teatro y el aire fresco de la noche me recibe en el rostro. Noah me sostiene suavemente del brazo mientras caminamos hacia donde nos espera el coche, pero antes de llegar, se detiene y me mira con esa sonrisa tranquila que siempre me transmite paz.
—¿Te apetece caminar un poco? —me propone—. El restaurante está a solo unas cuadras de aquí y la noche está demasiado bonita para irnos encerrados en un coche.
Asiento, sorprendida pero encantada.
—Me encantaría.
Caminamos juntos por las calles adoquinadas de Florencia, iluminadas por faroles antiguos que proyectan luces doradas sobre las fachadas de piedra. Noah camina siempre un poco más por el lado de la calle, instintivamente colocándose entre el mundo y yo, protegiéndome sin hacer un espectáculo de ello. Cada paso que damos me hace sentir… tranquila. Como si no tuviera que estar alerta, como si por primera vez en mucho tiempo pudiera simplemente respirar.
—¿Te sientes cómoda, Eliza? —me pregunta de pronto, girando hacia mí—. No solo con esta noche. Conmigo.
Suspiro, porque nadie me hace esa pregunta realmente. Todos suponen que estoy bien, que acepto las cosas, que me conformo.
—Hace mucho nadie me hace sentir escuchada —le confieso bajito—. La mayoría del tiempo la gente espera algo de mí. Que sea amable, que esté bien, que no moleste…
Se detiene un instante y me mira a los ojos.
—A mi no tienes que darme nada. Tu compañía es más que suficiente. Si quieres reírte, lo haces. Si quieres llorar, lo haces. Si quieres estar en silencio, yo me quedo contigo en ese silencio. No hay exigencias aquí, solo dos personas disfrutando el momento. Quiero que seas feliz, Eliza. Que seas tú.
Sus palabras me llenan el pecho de algo cálido y luminoso. No sé si le creo del todo todavía, pero quiero hacerlo. Quiero aprender a confiar en que alguien puede ser así de bueno sin esperar nada a cambio.
Llegamos al restaurante: un lugar pequeño, íntimo, con mesas de madera, velas encendidas y música de violín que suena suave al fondo. Noah me acerca la silla con delicadeza y se sienta frente a mí. La luz tenue le da a sus ojos un tono más oscuro, más cálido. Hablamos de todo y de nada a la vez. Me pregunta cuál es mi color favorito, qué soñaba de niña, qué me da paz cuando estoy triste. Y lo más increíble: recuerda cada detalle y lo menciona después con naturalidad. Me sirve vino, me ofrece probar de su plato, se interesa genuinamente por lo que digo. Es como si cada palabra que digo fuera importante para él.
En un momento, al alcanzarme una servilleta, nuestras manos se rozan sobre la mesa. Una chispa recorre mi piel, eléctrica y suave a la vez. Ninguno se aparta de inmediato. Sus dedos descansan cerca de los míos, sin presionar, sin exigir. Solo ahí.
—No tienes que apartarte —me dice bajito, como si leyera mis pensamientos—. Si quieres que te toque la mano, la tomo. Si no, no lo hago. Tú mandas siempre.
Sonrío y acerco un poco más mi mano hasta que nuestros dedos se rozan.
—Está bien —le susurro—. No me molesta.
Terminamos de cenar y salimos de nuevo a la noche. Caminamos despacio hacia el coche. Nos detenemos frente a una pequeña fuente iluminada en una plaza silenciosa. El agua brilla bajo la luz de la luna y el sonido suave de la caída llena el silencio entre nosotros.
—Me encanta ver el mundo a través de tus ojos —me dice de pronto, con esa voz que me llega directo al corazón—. Todo parece más bonito cuando tú lo miras.
Siento que me sonrojo y me río nerviosa, mirando el agua en lugar de sus ojos.
—Nadie me dice cosas así sin esperar algo a cambio.
Se acerca un paso, despacio, dándome tiempo para retroceder si quiero.
—Yo no estoy aquí para recibir. Estoy aquí para que aprendas lo que mereces. Y si tarda una vida, esperaré. No tengo prisa. Tú pones el ritmo, siempre.
Una brisa suave mueve mi cabello y él lo aparta de mi rostro con sus dedos, tan suave que casi no lo siento. Sus yemas rozan apenas mi mejilla y siento que me detengo por dentro. Él retira la mano enseguida, como si temiera haberse pasado.
—Lo siento, no quise…
—No —lo interrumpo suavemente—. No me molestó.
Llegamos al coche y el trayecto de vuelta transcurre en una calma que no se siente vacía, sino llena. Es como si cada silencio tuviera algo que decirme. Miró por la ventana las luces de la ciudad deslizándose y me doy cuenta de que no quiero que esta noche termine. No porque tema volver a mi habitación, sino porque estar con él se ha convertido en algo muy bonito.
—Nunca he sido paciente con nadie —confiesa de pronto, mirando hacia adelante—. Excepto contigo. Contigo todo cambia. Es como si mi corazón supiera que vale la pena esperar. No sé cómo explicarlo, pero eres diferente, Eliza. Haces que quiera ser mejor persona.
Mis ojos se llenan de lágrimas y en un impulso que me sorprende a mí misma, poso mi mano sobre su rodilla. Él la mira y luego me mira a mí. Despacio, da vuelta su mano y entrelaza nuestros dedos. No aprieta fuerte. Solo sostiene mi mano con la suavidad de quien sostiene algo valioso que teme romper.
—No tienes que devolverme nada, mia vita —me dice—. Solo déjame estar aquí. A tu lado. Como amigo. Como lo que necesites en este momento.
Me recargo en su hombro, despacio, preguntándome si es correcto, si me estoy permitiendo demasiado. Pero cuando siento que él se queda quieto, firme, sin intentar nada más, cierro los ojos y dejo que esa sensación de seguridad me envuelva. Él está ahí. No pide, no exige, no presiona. Simplemente… es.
Llegamos a casa y bajamos del coche. Nos quedamos bajo la luz tenue del porche, frente a frente. Las sombras suaves le dibujan el rostro y me parece el hombre más hermoso que he conocido, pero no por cómo se ve, sino por cómo me hace sentir.
—Gracias —le digo, y mi voz suena más firme de lo que esperaba—. Por hacerme sentir… como si importara. No solo como madre. Como mujer. Como persona.
Me sostiene la mirada, serio pero tierno.
—Eres importante por quien eres, Eliza. No por lo que das. No por lo que eres para alguien más. Tú, simplemente tú, vales más que todo lo que tengo. Y algún día espero que tú también lo creas.
Se inclina despacio, tan lento que sé que puedo apartarme si lo deseo. Y no quiero. Sus labios tocan mi frente, suaves y cálidos, se quedan ahí un instante que parece eterno y al mismo tiempo demasiado breve. Cierro los ojos y respiro hondo, grabando ese momento en mi memoria: su aroma a madera limpia, la calidez de su aliento, la certeza de que estoy a salvo.
Cuando se separa, me mira con una sonrisa que abraza el alma.
—Que sueñes bonito. Mañana te espero con el desayuno si quieres. Si no, no pasa nada. Solo descansa.
Asiento, y cuando ya he puesto la llave en la cerradura, me giro. Él sigue ahí de pie, esperando, asegurándose de que entre bien.
—Buenas noches, Noah.
—Buenas noches, mia vita.
Entro y cierro la puerta tras de mí, recostando la espalda contra la madera, con el corazón latiendo tranquilo pero lleno. No sé qué nos espera, o si algún día podré ser tan valiente como él merece.
muchas bendiciones para tí y toda tu familia
muchos besos y abrazos 🥰