UNA LECTORA MUERE ODIANDO UNA HISTORIA.... SOLA PARA DESPERTAR DENTRO DE ELLA.
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CAPITULO 16
Caí en un sueño profundo.
O, al menos, eso fue lo que creí.
Cuando volví a abrir los ojos, me encontré nuevamente en aquel bosque de ensueño que había visitado tantas veces. Las flores de colores imposibles se extendían bajo mis pies, los árboles parecían rozar el cielo y una suave brisa me acariciaba el rostro.
Sin embargo, algo había cambiado.
El lago.
El agua, que en mis sueños anteriores permanecía tan quieta que parecía un espejo, ahora se agitaba con violencia. Pequeñas ondas recorrían su superficie, como si una corriente invisible la arrastrara hacia algún lugar. En ocasiones, el agua se elevaba ligeramente junto a la orilla, formando remolinos que desaparecían antes de que pudiera comprender qué los provocaba.
Me acerqué despacio.
—¿Qué está pasando aquí?
Mi voz sonó extrañamente pequeña en medio de aquel lugar.
Entonces escuché la voz.
Aquella que llevaba tanto tiempo llamándome.
Esta vez no era un murmullo distante ni un susurro que se perdía entre los árboles. Era insistente, casi desesperado. Parecía venir de todas partes y de ninguna al mismo tiempo.
Me detuve frente al lago.
—¿Quién eres? —pregunté, girándome para observar el bosque—. ¿Por qué sigues llamándome?
No hubo respuesta.
Solo aquella voz, pronunciando algo que no conseguía distinguir.
Apreté los puños, frustrada.
¡Fantástico! Hasta mis propios sueños habían decidido jugar conmigo. Primero me mostraban lugares extraños, después me despertaban justo cuando estaba a punto de descubrir algo y ahora pretendían que siguiera una voz misteriosa sin darme una sola explicación.
¿Tan difícil era tener una conversación normal?
Mi mirada se desplazó hacia la roca que se alzaba junto al lago.
La había visto en todos mis sueños. Era una estructura de piedra cubierta de símbolos que no reconocía, algunos tan antiguos que parecían formar parte de la propia naturaleza. Sin embargo, esta vez había algo diferente.
Una grieta.
Una pequeña abertura atravesaba parte de la superficie de la roca, justo en el centro de los símbolos.
Me acerqué con cautela.
No recordaba haberla visto antes.
Y, por alguna razón, aquella grieta me inquietaba mucho más que la corriente del lago o la voz que insistía en llamarme.
Extendí una mano, pero me detuve antes de tocarla.
No sabía qué ocurriría si lo hacía.
Aunque, siendo sincera, tampoco sabía qué ocurriría si no lo hacía.
—Esto es ridículo —murmuré—. Estoy discutiendo conmigo misma en un sueño. Definitivamente, necesito vacaciones.
Entonces escuché unas risas.
Me quedé inmóvil.
Eran las mismas risas que había oído en mis sueños anteriores. Las de dos niños que corrían entre los árboles, jugando y persiguiéndose mientras yo intentaba alcanzarlos sin conseguir ver sus rostros.
Esta vez, sin embargo, las risas se apagaron.
Y los niños aparecieron.
Salieron de detrás de unos arbustos, caminando hacia el lago. Ninguno sonreía. Ambos observaban el lugar con una curiosidad silenciosa, como si estuvieran descubriendo algo que nunca antes habían visto.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
No.
No podía ser.
El niño tenía el cabello negro, los rasgos delicados y unos ojos que reconocí al instante, aunque todavía fueran los de un pequeño. La niña, por su parte, tenía el cabello rojizo y unos ojos brillantes que me resultaban dolorosamente familiares.
Los conocía.
O, mejor dicho, conocía sus rostros.
Porque aquellos niños…
Éramos Alan y yo.
Me quedé mirándolos, incapaz de moverme.
—¿Qué demonios…?
Me acerqué un paso, intentando observarlos mejor.
El pequeño Alan caminaba con las manos detrás de la espalda, con esa expresión orgullosa que incluso de niño parecía anunciar que sería un hombre insoportable. La niña pelirroja iba a su lado, mirando todo con una curiosidad que me recordó demasiado a mí misma.
Pero había algo que no encajaba.
Ellos no me miraban.
Ni siquiera parecían notar mi presencia.
Era como si yo no estuviera allí.
La niña pasó tan cerca de mí que extendí instintivamente la mano para tocarle el hombro. Mis dedos atravesaron el aire sin encontrar resistencia.
Retiré la mano de golpe.
—¿Qué…?
Miré mis dedos y después a los niños.
No eran personas reales.
Eran una imagen. Un recuerdo.
Un recuerdo que estaba presenciando desde fuera, como si alguien hubiera abierto una ventana hacia un momento perdido en el tiempo.
Pero ¿de quién era aquel recuerdo?
Porque, según los recuerdos que había heredado de este cuerpo, Alan y yo nos conocíamos desde pequeños. Habíamos pasado mucho tiempo juntos debido a mi amistad con Clara, y él siempre había sido un fastidio con piernas que encontraba cualquier excusa para molestarme.
Eso sí lo recordaba.
Pero jamás había visto aquella escena.
Nunca había escuchado hablar de aquel lago, de aquella roca o de un paseo por un bosque como ese.
Y, sobre todo, no recordaba que el pequeño Alan hubiera tenido aquella expresión.
Los niños se detuvieron frente a la roca.
La niña pelirroja ladeó la cabeza, estudiando los símbolos con fascinación.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Mi respiración se detuvo.
Su voz.
Era mi voz.
No la voz que tenía ahora, sino aquella que recordaba de mi vida anterior. La misma que había escuchado durante años, aunque casi siempre acompañada de cansancio y respiraciones débiles.
La niña era yo.
O una versión de mí que no conocía.
El pequeño Alan se acercó a la piedra y estiró una mano, intentando alcanzar uno de los símbolos. La niña lo imitó, pero él apartó su mano antes de que pudiera tocar la superficie.
—No hagas eso —le advirtió.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos qué es.
La pequeña frunció el ceño.
—Tú tampoco lo sabes.
—Pero soy más inteligente que tú.
—¡Mentiroso!
El niño soltó una carcajada y salió corriendo. La niña lo persiguió inmediatamente, olvidándose por un instante de la roca.
Los observé correr alrededor del lago, empujándose y discutiendo como dos pequeños que no tenían ninguna preocupación en el mundo.
Y, por un momento, sentí una extraña punzada en el pecho.
No era dolor.
Era nostalgia.
Una nostalgia absurda por recuerdos que no me pertenecían.
Los miré jugar, intentando encontrar alguna explicación a aquella sensación, hasta que el pequeño Alan se detuvo frente a la niña y le tendió una flor que había recogido del suelo.
Ella la aceptó con una sonrisa.
—Cuando sea grande, me casaré contigo —declaró él con una seriedad que resultaba ridícula en un niño de su edad.
La pequeña parpadeó.
Después soltó una carcajada.
—¡Pero si eres un tonto!
—¡No soy un tonto!
—¡Sí lo eres!
—¡Pues entonces me casaré contigo para que tengas que soportarme todos los días!
La niña volvió a reírse mientras Alan cruzaba los brazos, aparentemente satisfecho con su propuesta.
Yo me quedé petrificada.
¿Qué?
¿Qué acababa de decir?
Miré a los niños, esperando que la escena cambiara, que alguno de ellos se echara a reír y revelara que todo era una broma.
Pero no ocurrió.
El pequeño Alan seguía mirando a la niña con una determinación absoluta, como si acabara de hacer la promesa más importante de su vida.
Y ella, después de observarlo durante unos segundos, terminó aceptando la flor.
Sentí un escalofrío.
Aquello no estaba en los recuerdos de este cuerpo.
Según lo que sabía de la infancia de Isabel Dopont, Alan siempre había sido un niño molesto que disfrutaba haciéndola enfadar. No existía ninguna historia sobre una promesa de matrimonio, ni sobre un paseo por aquel bosque, ni sobre una roca cubierta de símbolos.
Nada.
Entonces, ¿por qué estaba viendo aquello?
Me llevé una mano a la cabeza.
Quizá aquel sueño no era mío.
Quizá estaba viendo los recuerdos de la verdadera Isabel.
Pero si era así, ¿por qué no los recordaba ella? ¿Por qué aquella escena parecía tan importante? ¿Y qué tenía que ver con mi llegada a este mundo?
Una posibilidad comenzó a formarse en mi mente, tan inquietante que casi me negué a considerarla.
¿Y si mi llegada al cuerpo de Isabel Dopont no había sido una simple coincidencia?
¿Y si existía algo que conectaba mi vida anterior con aquella historia mucho antes de que yo despertara en ella?
Volví a mirar la roca.
La grieta parecía más profunda que antes.
Los símbolos comenzaron a emitir un resplandor tenue, apenas visible bajo la luz del bosque. El agua del lago se agitó con mayor fuerza y la corriente invisible pareció dirigirse hacia la piedra.
Entonces la voz volvió a llamarme.
Esta vez la escuché con claridad.
—Isabel…
Se me erizó la piel.
No había sido una palabra incomprensible.
Había pronunciado mi nombre.
Pero no sabía a cuál de las dos Isabel se refería.
A la muchacha que había muerto en una cama de hospital, o a la hija del comerciante que había despertado en un mundo que no le pertenecía.
Los niños dejaron de jugar.
El pequeño Alan se volvió hacia la roca y su sonrisa desapareció. La niña pelirroja hizo lo mismo, observando los símbolos con una expresión que no conseguí descifrar.
Por primera vez, ambos parecían sentir que algo no estaba bien.
La niña dio un paso hacia la piedra.
—¿Escuchaste eso? —preguntó.
Alan asintió lentamente.
—Sí.
—¿Quién nos está llamando?
El niño no respondió.
En cambio, tomó la mano de la pequeña y la colocó detrás de él, como si quisiera protegerla.
Aquel gesto me dejó sin aliento.
Porque, de pronto, ya no estaba viendo únicamente a dos niños jugando.
Estaba viendo algo que parecía demasiado real para ser un simple sueño.
Una promesa que yo no recordaba.
Un lugar que no conocía.
Y dos niños que parecían estar a punto de descubrir algo que alguien había intentado ocultar.
La grieta de la roca se iluminó.
La voz volvió a sonar, más fuerte que nunca.
—Isabel, despierta…
Di un paso atrás.
—¿Despertar? ¿De qué estás hablando?
La niña pelirroja levantó la cabeza.
Y, por primera vez, sus ojos se dirigieron hacia mí.
No hacia la roca.
No hacia el lago.
Hacia mí.
Se me cortó la respiración.
Sus ojos eran idénticos a los míos.
Pero su expresión no era la de una niña sorprendida.
Era la de alguien que llevaba mucho tiempo esperando.
La superficie del lago se estremeció. Los símbolos de la roca brillaron con una intensidad cegadora y el bosque comenzó a desdibujarse a mi alrededor.
Intenté acercarme a la niña.
—¡Espera! ¡No te vayas! ¡Necesito saber quién eres!
Ella abrió la boca, como si fuera a responderme.
Pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, una fuerza invisible me arrastró hacia atrás.
El bosque desapareció.
Los niños se desvanecieron.
Y la última imagen que vi antes de despertar fue la pequeña mano de Alan aferrándose a la de la niña pelirroja, mientras ambos permanecían frente a la roca.
Entonces escuché una última frase.
Una voz que no supe si provenía de la piedra, del lago o de algún rincón olvidado de mi propia memoria.
—Esta vez, no lo olvides.
Desperté de golpe.