Estela y José se conocen desde la infancia, marcados por una diferencia de edad que parecía un abismo y una eterna relación de perro y gato. Detrás de cada burla y de cada cita saboteada, se escondía un amor tan profundo como doloroso. Al crecer, el orgullo, las malas decisiones y terceras personas los distanciaron, empujando a José a forjar una falsa reputación de hombre frío y mujeriego para proteger su dignidad herida.
Años después, convertidos en dos exitosos profesionales, el destino los obliga a unirse de nuevo. Laura, hermana de José y mejor amiga de Estela, se convierte en el lazo inquebrantable que derriba sus muros. Un inesperado viaje de negocios a la costa y la estrechez de un apartamento compartido encenderán la mecha de una pasión contenida durante una década. ¿Podrán sanar los fantasmas del pasado y admitir que sus corazones siempre se pertenecieron, o el orgullo familiar ganará la última batalla?
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CAPITULO 6. EL BOICOT DE LA BARBACOA.
La perspectiva de José
El sábado siguiente, el escenario del crimen se trasladó al jardín de la casa de Estela. Sus padres se habían ido de viaje de fin de semana, y las chicas habían organizado una barbacoa con todo su grupo de amigos. Yo estaba en mi habitación, se supone que revisando las líneas de código de una nueva aplicación que íbamos a lanzar, pero la música a todo volumen que cruzaba la valla me hacía imposible concentrarme.
Asomé la cabeza por la ventana y vi el patio de al lado lleno de chicos en bañador y chicas en biquini. Estela llevaba un bañador de dos piezas de color blanco que resaltaba su piel bronceada, y estaba ayudando a Carlos a encender el carbón de la parrilla mientras compartían una lata de refresco.
Cerré el portátil de golpe. No iba a quedarme encerrado mientras un atajo de mocosos invadía mi territorio. Bajé las escaleras, crucé el jardín de mis padres y pasé por la verja que conectaba ambas casas con la excusa más barata que encontré en mi cabeza: una bolsa de hielo y unas pinzas de cocina de alta tecnología que mi madre supuestamente les prestaba.
—Buenas tardes —anunció mi voz, interrumpiendo las risas de un grupo que jugaba a las cartas cerca de la piscina—. Laura, mamá dice que se les olvidó esto. Y como veo que tienen problemas con el fuego, he decidido venir a echar un vistazo. La informática no es lo único que se me da bien, el control térmico también.
Me instalé al lado de la barbacoa, quitándole las pinzas a Carlos con un movimiento rápido y seguro. El chico se quedó cortado, dando un paso atrás ante mi imponente presencia de veintitrés años.
—Gracias, José, pero lo teníamos controlado —soltó Estela, cruzándose de brazos, mirándome con una mezcla de fastidio y frialdad que me encendió la sangre.
—Para nada, Estela. El carbón está demasiado compacto, si siguen así van a quemar la carne por fuera y dejarla cruda por dentro —respondí, dándome las ínfulas de experto, tomando el control absoluto de la cocina exterior.
Me pasé las siguientes tres horas haciéndoles la pascua de todas las maneras posibles. Cada vez que ponían música que a mí me parecía estridente, cambiaba la lista de reproducción desde mi teléfono conectándome al altavoz bluetooth por la fuerza —ventajas de ser informático—. Cuando Carlos intentaba sentarse al lado de Estela en el banco del jardín, yo aparecía con una bandeja de carne caliente y me metía en medio, obligándolo a desplazarse. Les critiqué el punto de la comida, les organicé los juegos de la piscina como si fuera un sargento de campamento y me encargué de recordarles, cada diez minutos, lo inmaduros que eran sus temas de conversación sobre los exámenes de acceso a la universidad.
Fui el invitado más insoportable y pesado del mundo, un verdadero aguafiestas, pero ver la frustración en la cara de los amigos de Estela y, sobre todo, tenerla a ella a menos de un metro vigilando cada uno de mis movimientos, hizo que valiera la pena cada maldito segundo de mi boicot.
La perspectiva de Estela
Tenía ganas de estamparle la bandeja de las hamburguesas en la cabeza. José era, sin duda alguna, el hombre más insoportable, manipulador y prepotente que pisaba la tierra. Aparecer en mi casa con la excusa del hielo, quitarle las pinzas a Carlos y adueñarse de la barbacoa como si fuera el rey del vecindario era el colmo de su descaro.
—Lau, juro que voy a envenenar su trozo de carne —le susurré a mi amiga mientras recogíamos unos vasos cerca de la cocina.
—Déjalo, Estela, esto es oro puro —se burló Laura, tapándose la boca para no reír en alto—. ¿Has visto lo que hizo con el altavoz? Ha hackeado el bluetooth solo para quitar la canción que te gustaba. Está celoso a un nivel patológico. Míralo, no le quita el ojo a Carlos. Cada vez que Carlos te mira, José corta la carne con una agresividad que da miedo.
Miré hacia la parrilla. José estaba de pie, con el delantal puesto sobre su torso definido, luciendo ridículamente guapo y masculino a pesar de estar comportándose como un niño caprichoso. Me daba una rabia tremenda que lograra desestabilizar toda mi fiesta, pero por dentro, una pequeña y secreta parte de mí saltaba de alegría. Estaba boicoteando la tarde porque no soportaba verme rodeada de otros chicos. Su fachada de ingeniero frío y maduro se estaba cayendo a pedazos por mi culpa.
Durante el resto de la tarde, me obligué a ignorar sus comentarios pesados sobre nuestra inmadurez y sus intentos de interponerse entre Carlos y yo. Cuando se sentó a mi lado en el banco del jardín con la bandeja de comida, me levanté de inmediato alegando que tenía que ir al baño, dejándolo con la palabra en la boca y una expresión de fastidio gloriosa.
No le di el gusto de ver que me afectaban sus provocaciones. Traté a mis amigos con el doble de atención, me reí el doble de fuerte de los chistes de Carlos y actué como si José fuera simplemente un mueble viejo y molesto que estorbaba en el jardín. Sabía que mi indiferencia era su peor castigo. Al final de la tarde, cuando todos empezaron a marcharse y José se quedó solo ayudando a Laura a recoger las cosas con cara de pocos amigos, pasé por su lado para entrar a la casa.
—Gracias por la comida, José. Aunque la próxima vez, ahórrate el control térmico. Nos gusta la carne un poco más hecha —le dije con mi mejor sonrisa cínica, cerrando la puerta de cristal corredera antes de que pudiera responder.
A través del vidrio, vi cómo apretaba los puños y maldecía en silencio. Sonreí de verdad por primera vez en todo el día. El verano apenas estaba empezando, y el gran informático del país no tenía ni idea de la que se le venía encima.