Valeria Chanstain creyó que el amor podía vencer cualquier obstáculo. Junto al hombre que amaba construyó un hogar, una familia y una vida que parecía perfecta, hasta que una verdad inesperada hizo añicos todo aquello en lo que alguna vez creyó.
Ahora, entre los recuerdos de un amor que juró ser eterno y el dolor de ver cómo la vida que construyó se desmorona ante sus ojos, Valeria tendrá que aprender a dejar ir aquello que más ama y encontrar la fuerza para comenzar de nuevo.
Porque a veces, perderlo todo no significa que la historia haya terminado... sino que apenas está comenzando.
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Un anhelo, un reencuentro
Cuando terminé, volví a mirarme. Seguía siendo yo, pero me sentía un poco más bella. Tomé mi teléfono y, al encenderlo, descubrí algo que consiguió cambiar por completo mis pensamientos vi nuevamente la notificación del correo del señor Davies. Lo había recibido la noche anterior, pero no había borrado la notificación. La abrí una vez más y releí el mensaje.
«Espero que se encuentre bien, señora Chanstain. La espero hoy en mi oficina a las ocho para explicarle todo lo relacionado con el proyecto y definir nuestra forma de trabajo.»
Lo leí una segunda vez.
Y una tercera.
Una sonrisa comenzó a dibujarse lentamente en mis labios.
Sonreí al leerlo otra vez era el momento que tanto había anhelado trabajar en un proyecto en una empresa profesional es una gran oportunidad y durante mucho tiempo había esperado una oportunidad así. Ahora que finalmente estaba frente a mí, no pensaba dejarla ir.
Terminé de arreglarme elegí un traje azul sencillo con una falda elegante. Acomodé mi cabello una vez más, tomé mi bolso y me detuve frente al espejo una última vez.
Yo Puedo hacerlo todo saldrá confía en ti.
Tomé aire y salí de la habitación.
—¿Es peligroso que vayas sola? —dijo Andrew desde la puerta.
Me giré.
Estaba observándome y sonreía mientras levantaba una ceja. No pude evitar encontrarlo divertido y empecé a reír.
—¿Qué?
—Te ves muy hermosa, cariño.
Sonreí.
—Ah, como siempre.
—Claro, pero ¿debería preocuparme? —preguntó, acercándose.
—Tal vez debería preguntarte lo mismo a ti. Te ves muy guapo, director.
Levanté una ceja. Él me guiñó un ojo. Me acerqué aún más y quedé justo frente a él.
—¿Debería ser yo quien debe preocuparse, ya que mi esposo es una presa fácil de atrapar? —murmuré.
Andrew soltó una pequeña risa y tomó mi rostro entre sus manos.
—Pero no creo que sea tan fácil que me atrapen, porque alguien ya me atrapó.
—¿Ah, ¿sí? Pues debió ser muy difícil.
—Sí, un poco, pero la presa se convirtió en cazadora.
Me rodeó la cintura y me miró directamente a los ojos. Estaba tan cerca de mis labios que podía sentir su aliento. Entonces me dio un beso un poco más intenso, apretando sus labios contra los míos.
—Y no pienso soltarte nunca —murmuró.
—No tienes por qué hacerlo. Yo tampoco te dejaré ir tan fácilmente.
Reímos.
Él se acerco aun mas me rodeo con sus brazos empezó a desabrochar mi saco.
—No, ahora no.
—Aún hay tiempo.
—Vamos, llegaremos tarde. Lo dejaremos para después.
Me miró aburrido.
—¿Es en serio?
—Sí —respondí.
—Bueno, entonces más tarde te cobraré el doble. Espero que aún tengas fuerzas.
—Lo mismo digo.
Lo abracé, rodeando su cuello con mis brazos.
—Vámonos.
Mientras íbamos en el auto, Andrew me miró de reojo.
—¿Estás nerviosa?
—Un poco. ¿Y tú?
—Me siento extraño. Como si alguien me estuviera observando. Es raro.
—Ahora eres director. Estás en la mira de muchas personas.
—Sí, tienes razón. ¿Y tú? Trabajarás en el nuevo proyecto.
—Sí, y es increíble. Me encantó la idea de trabajar en él.
—Que vayamos a la misma empresa me hace pensar que será como si trabajáramos juntos.
—¿Tú estarás en el proyecto?
—No. Estaré a cargo de otro proyecto. El presidente dijo que dirigir dos proyectos sería demasiada carga y decidió contratar a otro ingeniero para este.
—Es una lástima.
—¿Por qué?
—Así podría estar detrás de ti todo el día.
—¿Pero qué dices? Para eso están las vacaciones.
Andrew sonrió.
—Pronto terminarás el semestre.
—Sí, aunque todavía falta. Me gusta la idea de trabajar algunos días en el proyecto y otros descansar.
—Te envidio.
—¿De verdad?
—No... solo un poco.
—¿Solo un poco? —reproche
—Sí, solo un poco me gusta trabajar.
Llegamos.
Al detenerse el auto, Andrew bajó primero y rodeó el vehículo para abrirme la puerta. Me ayudó a salir y sostuvo mi mano entre las suyas antes de inclinarse para besarla.
—Suerte, mi amor. Te espero para almorzar.
—Está bien.
Sonrió.
—Me hace feliz tenerte cerca. Es como antes, cuando eras mi compañera de trabajo. Me hace querer reconquistarte.
—¿De qué hablas, tonto? Aunque tus truquitos no funcionarán tan bien.
Me miró Extrañado.
—Te amo.
—Y yo a ti te amo.
Ethan se inclinó hacia mí y me dio un beso. Sonreí, pero al abrir los ojos vi a Andrew estaba a lo lejos, mirándome. Sus ojos verdes e intensos se clavaron en los míos y sentí un pequeño temblor recorrerme el cuerpo. Me sentí avergonzada y bajé la mirada por un instante. Cuando volví a mirar, Andrew ya no estaba.
—Adiós Cariño.
Fui hacia el ascensor y, cuando entré, presioné el botón del piso. Las puertas empezaron a cerrarse, pero una mano las detuvo. Levanté la mirada y me di cuenta de que era Andrew. Entró tan tranquilo
—Buenos días.
—Buenos días.
El silencio que siguió fue muy incómodo. Yo sentía el rostro cada vez más caliente. No sabía qué decirle después de lo que paso en la fiesta, lo de hall carajo ni se dónde mirar. Andrew, en cambio, permanecía serio y calmado, sin decir una palabra y sin siquiera mirarme. Cuando llegamos al segundo piso, aproveché para salir y decidí subir el resto de las escaleras. Era mejor así. No me sentía cómoda a su lado.
Subí agotado carajo realmente me arrepiento mejor hubiera subido en el ascensor, fui al baño y se lave la cara estaba sudada retoque un poco mi maquillaje y me dirigí a la oficina, al entrar, vi al señor Davies acompañado de un joven. Supuse que era su hijo, Alexander.
—Buenos días.
—Buenos días —respondieron ambos.
El presidente se levantó.
—Señora Chastian, bienvenida.
—Gracias.
Estreché su mano y él se acercó para besarme en la mejilla.
—Él es mi hijo, Alexander, su futuro colega… o asistente, más bien.
—Papá… es un gusto conocerla, profesora. He escuchado mucho sobre usted.
—Igualmente, Alexander. Espero que no haya sido nada relacionado con mi mal genio.
—Es de lo que más hablan.
Reímos.
—Oye no seas irrespetuoso —dijo el presidente—. Por favor, tome asiento.
—Gracias, presidente.