Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.
Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.
Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun
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CAPÍTULO 12: Los amigos que notaron el cambio
El lunes por la mañana, el ambiente en el liceo pesaba como una nube gris antes de la lluvia. Min‑jun llegó diez minutos tarde, tropezando con cada escalera como siempre, con la camisa medio metida en el pantalón y el pelo más revuelto de lo normal. Nadie supo que había pasado otra noche sin dormir casi nada, dando vueltas en la cama a las mismas tres palabras que Seo‑jun le había dicho el viernes: *me haces daño*.
Se sentó en su pupitre, sacó los libros despacio y levantó la vista sin querer. Justo en ese momento, Seo‑jun entraba en el aula con la mochila al hombro, hablando con Tae‑ho, su mejor amigo del equipo de baloncesto. Sus miradas se cruzaron apenas un segundo. Ninguno sonrió. Ninguno saludó. Min‑jun bajó la cabeza de golpe, fingiendo buscar algo en la mochila, y sintió cómo las mejillas se le calentaban de vergüenza y de pena.
Ji‑eun, la amiga que siempre se sentaba delante de ellos, se giró despacio, con los ojos muy abiertos, y les miró a los dos por turnos.
—Oye… ¿vosotros dos estáis bien? —preguntó bajito, para que nadie más lo oyera—. Todo el fin de semana hablasteis por mensaje y hoy ni os miráis. ¿Habéis peleado?
Min‑jun alzó la vista con una sonrisa nerviosa, la misma que usaba siempre para disimular cualquier cosa.
—¿Nosotros? No, no… ¿por qué lo dices? —rio forzado, jugueteando con el borde del cuaderno—. Solo que… bueno, cada uno ha tenido cosas que hacer el fin de semana. Nada más.
Seo‑jun, que había escuchado todo desde su pupitre, no dijo ni una palabra. Solo asintió muy despacio, sin mirar a nadie, y abrió el libro de lengua como si nada le importara. Ji‑eun los miró a los dos un rato más, frunciendo el ceño, pero al final se giró sin preguntar más. Aunque no dijo nada, Min‑jun supo perfectamente que no se lo creía. Nadie se lo creería. Era demasiado evidente que algo se había roto entre ellos.
Durante todo el recreo, la cosa se puso aún más incómoda. Todo el grupo de amigos se sentó en la misma mesa del comedor como siempre: Tae‑ho, Ji‑eun, Ha‑neul, los dos chicos nuevos del equipo… y ellos dos, uno en cada extremo, sin hablarse ni una sola vez en todo el rato. Antes, eran los que más reían, los que siempre estaban pegados el uno al otro, los que se pasaban la comida sin preguntar. Ahora, parecían dos desconocidos que solo compartían mesa por casualidad.
—Oye, Seo‑jun —dijo Tae‑ho dándole un golpecito en el brazo, mientras comía su ración de kimchi—. ¿Este sábado vienes a la salida que hemos organizado todos al cine? Dijeron que ponen esa película de acción que querías ver.
Seo‑jun asintió sin levantar la vista del plato.
—Sí, vale. Iré.
—¿Y tú, Min‑jun? —preguntó Ha‑neul volviéndose hacia él, con una sonrisa amable—. Vienes también, ¿no? Siempre vienes con nosotros.
Min‑jun se quedó quieto un segundo. Miró de reojo a Seo‑jun, esperando cualquier señal, cualquier cosa. Pero el chico no se movió. No dijo que sí, no dijo que no, ni siquiera levantó la vista. Min‑jun sintió un nudo enorme en la garganta. Sabía que si iba, pasaría toda la tarde incómodo, intentando no mirarlo, intentando no decir nada que molestara. Y también sabía que si no iba, todo el mundo seguiría preguntando qué pasaba.
—Ah… yo… creo que no —dijo al final, fingiendo una sonrisa tonta y encogiéndose de hombros—. Tengo que ayudar a mi abuela con unas cosas en casa este sábado. Ya sabéis cómo es ella… siempre necesita ayuda para todo. Perdón.
Un silencio incómodo cayó sobre toda la mesa. Todos los amigos se miraron entre sí, sin saber qué decir. Nadie se creyó la excusa. Min‑jun siempre iba a todas las salidas. Siempre. Incluso cuando tenía exámenes al día siguiente.
—Vale… bueno, otra vez será —dijo Tae‑ho intentando romper el hielo, aunque se notaba que estaba confundido—. No pasa nada.
Nadie volvió a mencionar el tema durante todo el recreo. Pero Min‑jun notó perfectamente las miradas que se cruzaban sus amigos por encima de sus cabezas, las preguntas mudas, la preocupación. Todo el mundo se daba cuenta. Todo el mundo sabía que algo iba muy mal entre ellos. Y lo peor de todo era que él no podía explicar nada. No podía decirles la verdad. Tenía que tragarse todo el dolor y seguir fingiendo que era el chico despistado y feliz de siempre.
Justo cuando sonó la campana para volver a clase, el brazalete de jade bajo su manga vibró dos veces, suave pero claro: misión urgente, nivel medio, al atardecer. Min‑jun apretó los dientes por dentro. Otra vez. Otra vez tendría que inventar una excusa. Otra vez tendría que irse corriendo sin despedirse bien. Otra vez Seo‑jun pensaría que lo hacía por evitarlo. Y esta vez, en parte, tendría razón.
A las cinco y media, cuando terminaron todas las clases, Min‑jun se despidió de todos con una mano levantada, inventando de nuevo que se sentía un poco mareado y quería irse a casa a acostarse. Vio cómo Seo‑jun se quedaba hablando con el entrenador de baloncesto cerca de la cancha, sin mirarlo siquiera. Sintió que se le partía el corazón en dos. Pero no tenía tiempo de quedarse. Dio media vuelta y salió corriendo hacia el callejón de siempre.
En menos de un minuto, ya era Jade Blanco. Saltó por los tejados hacia la estación de metro de Myeong‑dong, el punto que marcaba la alerta. Llegó justo cuando Ámbar Negro bajaba de un tejado con los puños cerrados, listo para entrar.
—Llegas —dijo Ámbar en cuanto lo vio, con la voz seria bajo el casco—. Hay una sombra pequeña pero muy rápida dentro de las vías. Se mueve entre los trenes, asusta a la gente, pero no ataca de frente. Lleva diez minutos así y va a causar un accidente si no la paramos ya. No he podido atraparla ni una sola vez. Es demasiado veloz.
Jade cerró los ojos un segundo, escuchando el ruido de los trenes, el murmullo de la gente, el zumbido pequeño y agudo que solo él sabía reconocer como energía oscura.
—No la persigas —dijo en cuanto abrió los ojos, seguro de sí mismo—. Si la sigues por los túneles, ganará ella siempre. Conocemos el recorrido de los trenes mejor que ella. Vamos a cortarle el paso por delante. Tú te colocas en el andén tres, yo en el cinco. Cuando pase por medio, cerramos entre los dos con una barrera de luz combinada. No hay que golpearla. Solo hay que rodearla. No falla. ¿Vale?
—Vale —respondió Ámbar sin dudar.
Y salió perfecto. Se movieron al unísono, sincronizados como si llevaran toda la vida practicando aquello. Ámbar apareció justo donde tenía que aparecer, Jade cerró el círculo en el segundo exacto, la sombra no tuvo por dónde escapar y se disolvió en una nube de luz suave antes de que nadie pudiera ver nada raro. En menos de cuatro minutos, todo había terminado. Nadie salió herido. Nadie se dio cuenta de nada.
—Otra vez lo has clavado —dijo Ámbar riendo bajo el casco, mientras caminaban juntos hacia la salida del túnel vacío—. Yo llevaba quince minutos corriendo detrás como un tonto y tú lo resuelves en cuatro pasos. No sé cómo lo haces siempre.
Jade sonrió levemente, aunque por dentro sentía un vacío enorme. Era irónico, de verdad. Eran el equipo más perfecto que podía existir. Se entendían con una sola mirada, confiaban el uno en la vida del otro sin pensarlo dos veces, no necesitaban ni hablar para saber qué hacer… y sin embargo, en la vida real, no eran capaces ni de sentarse en la misma mesa del comedor sin sentirse incómodos. No sabían que la persona con la que luchaban tan bien cada noche era la misma que les rompía el corazón de día.
—Es solo saber esperar el momento adecuado —respondió en voz baja, sin mirarlo mucho—. Nada más.
Ámbar se detuvo un paso, y por un segundo su voz sonó más suave, más cercana.
—Oye… ¿estás bien hoy? Te noto… más callado de lo normal. Más triste. No es la primera vez que lo noto. Si pasa algo… puedes contar conmigo, ¿vale? Aunque no nos conozcamos de verdad… somos equipo.
Jade sintió que se le hacía un nudo en la garganta otra vez. Quería decirle todo. Quería gritarle que sí, que le pasaba muchísimas cosas, que estaba perdiendo a la persona que más quería por culpa de este deber, que no sabía qué hacer. Pero no podía. Nunca podía.
—Estoy bien —mintió, forzando la calma en su voz—. Solo un poco cansado. Nada importante.
—Vale… bueno, si cambias de opinión, aquí estaré —dijo Ámbar dándole una pequeña palmada en el hombro—. Me voy. Mañana hay entrenamiento duro y no quiero llegar hecho un desastre. Cuídate, ¿vale?
—Tú también. Hasta la próxima.
Se separaron como siempre, cada uno por un lado. Min‑jun recuperó su ropa normal, volvió a encoger los hombros, a relajar la mirada, a ser de nuevo el chico torpe que todos conocían, y caminó hacia su casa solo, bajo el cielo que ya se estaba poniendo oscuro. Todo el camino no dejó de pensar en lo absurdo de todo: cómo podía ser tan bueno salvando a desconocidos, y tan inútil para salvar lo único que realmente le importaba.
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📔 CUADERNO DE CHOI MIN‑JUN
Lunes por la noche
Hoy ha sido uno de los días más raros y más difíciles que recuerdo.
Todo el mundo se ha dado cuenta de que Seo‑jun y yo ya no somos como antes. Todos nuestros amigos nos han mirado raro, nos han preguntado qué pasa, si hemos peleado… y yo he tenido que mentir otra vez. He dicho que no es nada, que solo hemos tenido cosas que hacer. Pero nadie se lo cree. Y es normal. Antes éramos los que siempre estaban juntos, los que se pasaban la comida, los que reían de todo. Hoy hemos comido en la misma mesa y no nos hemos dirigido la palabra ni una sola vez en media hora. Me he sentido tan pequeño, tan falso… no me lo he pasado nada bien.
Cuando me han invitado al cine el sábado, he dicho que no. He puesto la excusa de mi abuela, otra vez. Ojalá fuera verdad. Ojalá solo tuviera que ayudarla en casa. La realidad es que no he ido porque no sé cómo estar cerca de Seo‑jun ahora. No sé qué decirle, cómo mirarlo, cómo actuar sin que se note que me muero por dentro cada vez que veo que me trata como a un desconocido. Tengo miedo de ir y hacer el ridículo. Tengo miedo de empeorar todo aún más.
Luego, por la tarde, tuve que salir de nuevo. Había una sombra en el metro que corría mucho y nadie la atrapaba. Fui con Ámbar Negro y… otra vez lo hemos hecho genial. Nos entendemos sin hablar. Sabemos perfectamente qué va a hacer el otro antes de que lo haga. Somos el mejor equipo del mundo cuando llevamos los trajes puestos. Me ha preguntado incluso si estaba bien, porque me ha notado triste. Me ha dicho que puedo contar con él. Y yo le he mentido también. Le he dicho que estaba cansado y nada más.
Es tan injusto, cuaderno. Tan injusto que con la persona con la que soy perfecto luchando, no me atreva ni a sentarme a su lado en el comedor sin saber qué decir. Que seamos capaces de salvar a miles de desconocidos juntos… y que no seamos capaces ni de tener una conversación normal de dos minutos sin que todo se ponga raro. Y lo peor de todo es que no podemos saber quién es el otro. Si lo supiéramos… ¿cambiaría algo? ¿O lo arruinaría todo del todo? No lo sé. A veces me muero por decírselo. Otras veces tengo miedo de que si lo sabe, se vaya para siempre.
Hoy he vuelto a mentir a todo el mundo. A mis amigos, a Ámbar, a Seo‑jun… y cada vez que miento, siento que me alejo un poquito más de todos. No quiero ser así. No quiero tener que ocultarlo todo. Pero es la única forma de mantenerlos a salvo. ¿Verdad que sí? Tiene que ser así. No hay otra manera.
Solo espero que algún día todo esto valga la pena. Que algún día pueda quitarme el antifaz delante de él y decirle toda la verdad sin miedo. Y que, cuando llegue ese día, todavía quiera escucharme.
Ahora mismo, solo espero que mañana sea un poco mejor. Que no haya miradas raras, ni preguntas incómodas, ni silencios que pesen tanto. Solo eso.
Buenas noches.
Min‑jun.
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Cerró el cuaderno despacio, lo metió bien escondido bajo el colchón y se tumbó en la cama sin encender la luz. El brazalete brillaba suave y tibio en su muñeca, como si supiera lo que sentía por dentro. Fuera, las luces de Seúl seguían encendidas, y en algún lugar de la ciudad, Seo‑jun también estaba despierto, pensando en la misma persona que él, sin saber que estaban mucho más cerca de lo que nunca imaginaron.
FIN DEL CAPÍTULO 12