Él la rechazó el mismo día que descubrió que era su compañera destinada. Años después, convertido en Alfa, comprende que perderla fue el peor error de su vida. Pero ella ya no vive en la manada… y un humano ocupa el lugar que él dejó vacío. Ahora tendrá que demostrar que algunas promesas merecen una segunda oportunidad.
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Un hogar para Alyssa
Habían pasado casi tres meses desde que Alyssa apareció sola en el bosque.
Tres meses sin que nadie preguntara por ella.
Tres meses sin un solo recuerdo nuevo.
Y tres meses en los que toda la manada había comenzado, poco a poco, a querer a aquella niña de enormes ojos color miel.
Sin embargo, había una pregunta que seguía sin respuesta.
¿Dónde iba a vivir?
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La Casa del Alfa era la más grande del territorio.
No por lujo.
Sino porque allí se reunía el Consejo, se recibía a los visitantes y se resolvían los asuntos importantes de la manada.
Kaleb estaba convencido de que Alyssa viviría allí.
Era lo lógico.
Después de todo, ella pasaba la mayor parte del día con él.
Cuando su padre reunió al Consejo aquella mañana, el niño incluso sonreía.
Hasta que escuchó la decisión.
—Alyssa necesita una familia —dijo el Alfa con serenidad—. No una casa llena de responsabilidades.
Los ancianos asintieron.
La Casa del Alfa nunca estaba en silencio.
Siempre había guerreros entrando y saliendo, reuniones, visitas y asuntos que resolver.
No era el lugar adecuado para una niña que apenas comenzaba a sentirse segura.
—He hablado con Rowan y Mara.
Kaleb conocía perfectamente a la pareja.
Vivían justo frente a la plaza principal.
Él era el carpintero de la manada.
Ella ayudaba a la sanadora a preparar remedios.
Eran dos de las personas más amables que conocía.
Pero…
También sabía algo más.
Años atrás habían perdido a una hija por una enfermedad.
Desde entonces, nunca volvieron a tener hijos.
—Han aceptado recibirla como parte de su familia —continuó el Alfa.
El salón quedó en silencio.
Mara comenzó a llorar.
No eran lágrimas de tristeza.
Eran de gratitud.
—La cuidaremos como si hubiera nacido de nosotros.
El Alfa sonrió.
—Eso esperaba escuchar.
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Cuando Alyssa llegó a la pequeña casa de madera, lo primero que vio fue una ventana llena de flores.
Después, una mecedora.
Y finalmente, a Mara esperándola con los brazos abiertos.
—Bienvenida a casa.
Alyssa no respondió.
Miró la casa.
Miró a la mujer.
Luego bajó la vista.
—¿Voy… a vivir aquí?
Mara se arrodilló hasta quedar a su altura.
—Solo si tú quieres.
La niña permaneció callada unos segundos.
—¿Y Kaleb?
Mara sonrió con ternura.
—Está justo enfrente.
Alyssa levantó la cabeza.
Desde la puerta podía verse perfectamente la Casa del Alfa.
Y, parado en el porche, estaba Kaleb.
Levantó la mano y comenzó a saludar exageradamente.
Ella soltó una pequeña risa.
La primera en varios días.
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Aquella misma tarde, Kaleb apareció en la puerta con una mochila de cuero que casi arrastraba por el suelo.
—Traje tus cosas.
Alyssa lo miró confundida.
—¿Mis cosas?
Él comenzó a sacar objetos uno por uno.
El pequeño lobo de madera.
Una manta.
Dos libros con dibujos de plantas.
Una piedra lisa que ambos habían encontrado junto al río.
Y una flor completamente seca.
—La guardaste… —susurró Alyssa.
—Dijiste que era tu favorita.
Ella tomó la flor con muchísimo cuidado.
No recordaba haberlo dicho.
Pero Kaleb sí.
Siempre recordaba todo lo que tenía que ver con ella.
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Los días encontraron pronto una nueva rutina.
Cada mañana, antes incluso de desayunar, Kaleb cruzaba la plaza corriendo.
Golpeaba dos veces la puerta.
Y esperaba.
Unos segundos después, Alyssa salía con el cabello despeinado y los zapatos mal puestos.
—Llegas muy temprano.
—Porque siempre tardas mucho.
—No es cierto.
—Sí es.
Ella inflaba las mejillas.
—Mentiroso.
Kaleb sonreía.
—Apresúrate.
Tenemos todo un bosque por explorar.
Y salían corriendo.
Como si el mundo entero los estuviera esperando.
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Aquella noche, mientras Alyssa dormía profundamente en la habitación que Mara había preparado para ella, Rowan salió al porche.
Encontró al Alfa observando la luna.
—Gracias por confiar en nosotros.
El Alfa negó despacio.
—No me las des todavía.
Rowan frunció el ceño.
—¿Sucede algo?
El líder de la manada tardó unos segundos en responder.
—Tengo la extraña sensación de que Alyssa no llegó a nosotros por accidente.
Miró la pequeña casa iluminada.
Después, la de su propia familia, justo enfrente.
Y añadió en voz baja:
—Solo espero que, cuando su pasado venga a buscarla…
Ella ya sea lo suficientemente fuerte para enfrentarlo.
Muy por encima de ellos, oculta entre las nubes, la luna seguía vigilando en silencio.
Como si conociera un destino que ninguno de los presentes era capaz de imaginar.