En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer
NovelToon tiene autorización de Marion Cecilia Coloma Aguirre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 12 El silencio que pesa más que las palabras
Dicen que cuando se rompe la confianza, no hace falta que pasen cosas terribles para que todo cambie; basta con que ya no mires a la misma persona con los mismos ojos.
Así nos pasaba a nosotros en esos días.
Seguíamos viviendo bajo el mismo techo, compartiendo las mismas habitaciones, comiendo en la misma mesa y durmiendo en la misma cama, pero parecía que un muro invisible se había levantado entre los dos, más alto y más grueso que cualquier pared de nuestra casa.
Las horas transcurrían con una lentitud agobiante.
Ya no había risas en la cocina, ni conversaciones largas en el jardín, ni esos momentos de calma en el jacuzzi que antes nos servían para despejar cualquier preocupación.
Ahora, cada rincón que antes nos daba alegría se había convertido en un lugar donde el silencio se hacía cada vez más pesado.
Nicole seguía colocando sus adornos de color rosa, pero lo hacía con gestos lentos y sin la misma ilusión de antes; yo seguía ordenando mis cosas en tonos oscuros, pero ya no sentía que creaba un hogar, sino solo que mantenía en pie una casa que se estaba vaciando por dentro.
Los rumores no paraban de llegar.
Cada día que salíamos a la calle o íbamos al colegio, volvíamos con una nueva versión, con más detalles inventados, con nombres de lugares y horarios que parecían encajar a la perfección para quien quisiera creerlos.
Ya no eran solo comentarios vagos; ahora decían exactamente cuándo, dónde y con quién habíamos estado supuestamente traicionando al otro.
Y lo más peligroso de todo es que nos los contaban personas que conocíamos desde niños, vecinos de confianza, amigos de la familia, gente que parecía hablar con la única intención de protegernos.
Yo me pasaba las tardes caminando de un lado a otro de la sala, dándole vueltas a todo en mi cabeza.
Trataba de recordar cada gesto, cada mirada, cada palabra de Nicole para encontrar alguna señal que confirmara lo que decían o, mejor aún, que lo negara para siempre.
Pero la duda hace que todo se vea distorsionado: una sonrisa que antes me parecía tierna, ahora me parecía ocultar algo; una demora de unos minutos, ya no era un simple retraso, sino motivo para imaginar lo peor.
Y ella, por su parte, hacía lo mismo conmigo: cada vez que llegaba a casa un poco más tarde, o que me quedaba callado mirando por la ventana, sus ojos se llenaban de desconfianza y se cerraba en sí misma.
Una tarde, después de volver del colegio, nos encontramos frente a frente en el pasillo principal.
La luz del sol que entraba por las ventanas iluminaba su rostro, pero en lugar de ver la alegría de siempre, solo vi tristeza y cansancio.
Sus ojos verdes, que antes me transmitían paz, ahora parecían buscar respuestas que yo tampoco tenía.
—Nicolás —me dijo con voz temblorosa—, no sé qué pensar.
Cada día me dicen cosas nuevas, y aunque quiero creer que son mentiras, hay momentos en que me siento tan confundida que ya no sé qué es verdad y qué es falso.
¿Tú realmente me sigues queriendo igual que antes?
Su pregunta me dolió más que cualquier golpe.
Quise abrazarla, decirle que sí, que nada de lo que decían tenía sentido, pero en lugar de eso, la rabia y la duda que llevaba dentro me ganaron la batalla.
Le respondí con tono áspero, sin querer escuchar lo que ella sentía:
—¿Y tú a mí?
¿Por qué me miras como si yo fuera un extraño?
Si de verdad me conocieras, no te harían falta tantas preguntas.
En cuanto dije esas palabras, vi cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.
No respondió nada, solo dio media vuelta y se encerró en nuestra habitación.
Me quedé allí, solo en el pasillo, odiándome por haber hablado así, pero sin saber cómo deshacer lo que acababa de decir.
La confusión era tanta que no distinguía si estaba enojado con ella, con quienes mentían o conmigo mismo por ser tan débil para creer en las palabras ajenas antes que en lo que habíamos construido juntos.
Nuestras familias seguían intentando ayudarnos.
Nos llamaban, nos invitaban a comer, nos decían que no dejáramos que los chismes nos separaran, que lo más valioso era lo que habíamos compartido.
Pero sus consejos ya no nos llegaban con claridad; estábamos demasiado metidos en nuestra propia tormenta.
Nos decían que la verdad siempre sale a la luz, pero en ese momento la verdad parecía haberse escondido entre tanta mentira, y cada día que pasaba sentíamos que nos alejábamos un poco más, como si fuéramos dos barcos arrastrados por corrientes distintas sin poder volver a encontrarse.
No sabíamos que estábamos llegando al límite.
Que esa tensión, ese enojo y esa desconfianza acumulada iban a explotar en cualquier momento, y que cuando lo hicieran, nada volvería a ser igual.
Por ahora, solo seguíamos ahí, en nuestra casa llena de comodidades pero vacía de confianza, esperando sin saber qué esperar, acercándonos sin darnos cuenta al error que marcaría nuestras vidas para siempre.