Sangre y Cenizas
"Te mataría si pudiera dejar de amarte"
Maya es cazadora de vampiros. Lucien es el vampiro que debería haber
muerto hace años.
Entre encuentros clandestinos y besos prohibidos, descubren que existe
un amor más peligroso que cualquier arma: uno que te envenena desde
adentro, que te hace traicionar todo lo que eres, y que solo termina
de una manera.
En la oscuridad, donde el bien y el mal se desdibujan, dos almas
rotas aprenderán que algunos fuegos nunca deberían encenderse.
Pero algunos ya arden.
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CAPÍTULO 18: La Grieta en la Alianza
Una semana después, la situación se había vuelto insostenible.
Los ataques de La Orden del Amanecer continuaban, pero ahora eran más coordinados, más brutales. Cazadores de la Orden atacaban a vampiros aliados. Vampiros antiguos atacaban a cazadores que trabajaban con Viktor. La ciudad se estaba convirtiendo en una zona de guerra.
Maya estaba en la universidad cuando recibió un mensaje de texto de su padre: "Vuelve a casa. Es urgente."
Cuando llegó a la casa de los Blackwood, encontró a Thomas en el sótano, rodeado de mapas, documentos y fotografías. Su padre estaba envejeciendo rápidamente. El estrés, la falta de sueño, la carga de la guerra lo estaban desgastando.
—¿Qué pasó? —preguntó Maya.
—Tenemos un problema —respondió Thomas, señalando un mapa de Europa—. La Orden del Amanecer está moviendo sus piezas. Están concentrando sus fuerzas en Ginebra. Y según nuestros informantes, van a atacar en tres días.
—¿Atacar qué? —preguntó Maya.
—La reunión de los dieciocho vampiros antiguos —respondió Thomas—. Aparentemente, La Orden ha estado coordinando con algunos de los vampiros antiguos. Algunos de ellos quieren trabajar con La Orden. Otros se rehúsan. La reunión es para decidir quién está del lado de quién.
—¿Y Lucien? —preguntó Maya.
—Lucien ha sido invitado a la reunión —respondió Thomas—. Como el único vampiro antiguo que no estaba bajo el control de Dominic o Seraphine, se considera neutral. Consideran que su voto podría inclinar la balanza.
Maya sintió que su corazón se aceleraba.
—¿Eso significa que tenemos que ir a Ginebra?
—Significa que si no vamos, Lucien irá solo —respondió Thomas—. Y si va solo, La Orden lo capturará. Y si lo capturan, todo estará perdido.
Esa noche, Maya fue a ver a Lucien.
Estaba en el apartamento seguro, tocando el piano. La música que salía del instrumento era hermosa y triste, como si estuviera tocando el sonido del fin del mundo.
Cuando vio a Maya, dejó de tocar.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Tenemos que ir a Ginebra —dijo Maya—. Tenemos que ir a la reunión de los dieciocho.
Lucien asintió lentamente, como si ya lo supiera.
—Sabía que esto vendría —dijo—. Sabía que eventualmente tendría que enfrentar a los otros vampiros antiguos. Sabía que tendría que elegir un lado.
—¿Cuál es tu lado? —preguntó Maya.
Lucien se levantó y la abrazó.
—Mi lado es contigo —respondió—. Siempre será contigo.
Tres días después, un pequeño grupo estaba en el aeropuerto, preparándose para viajar a Ginebra.
Eran Thomas, Maya, Lucien, Viktor y cinco cazadores y vampiros de confianza. No era un ejército. Era apenas un puñado de personas. Pero era todo lo que tenían.
En el avión, mientras volaban hacia Ginebra, Viktor se acercó a Lucien.
—Necesito decirte algo —dijo—. Algo que he estado ocultando.
—¿Qué? —preguntó Lucien.
—Hace cien años, cuando te conocí, yo no era solo un vampiro ordinario —explicó Viktor—. Yo era un sirviente de uno de los dieciocho. Un vampiro antiguo llamado Mikhail. Mikhail me entrenó, me enseñó todo lo que sé. Y cuando murió, hace cincuenta años, yo quedé libre.
Lucien se tensó.
—¿Adónde quieres llegar?
—Quiero llegar a que algunos de los dieciocho saben quién eres realmente —respondió Viktor—. Saben que Dominic te creó con un propósito específico. Saben que tienes poder que otros no tienen. Y algunos de ellos quieren ese poder. Algunos de ellos quieren controlarte.
—¿Incluyéndote a ti? —preguntó Lucien.
—No —respondió Viktor—. Yo quiero que seas libre. Pero hay otros que no. Hay otros que verán la reunión como una oportunidad para capturarte.
Ginebra era una ciudad hermosa, con montañas en la distancia y un lago que brillaba bajo el sol. Pero bajo la superficie, había oscuridad.
La base de La Orden del Amanecer estaba bajo tierra, en las catacumbas que databan de siglos atrás. El grupo fue llevado a través de túneles antiguos, pasando por guardias armados, hasta llegar a una cámara enorme.
La cámara era redonda, con dieciocho asientos dispuestos en un círculo. En dieciocho de esos asientos estaban los vampiros antiguos.
Eran seres de una belleza y poder indescriptibles. Algunos parecían jóvenes, otros parecían ancianos. Pero todos tenían los ojos rojos y una presencia que hacía que el aire mismo vibrara.
En el centro del círculo estaba una mujer. Tenía cabello plateado y ojos que eran completamente negros, como agujeros en la realidad. Era la líder de La Orden del Amanecer. Era alguien que había estado esperando este momento durante siglos.
Su nombre era Evangeline.
—Bienvenido, Lucien —dijo Evangeline, su voz resonando en la cámara—. Finalmente, vienes a donde perteneces.
—¿Dónde pertenezco? —preguntó Lucien, caminando hacia el centro del círculo.
—Con nosotros —respondió Evangeline—. Con los dieciocho. Con los verdaderos gobernantes del mundo.
Se levantó de su asiento.
—Durante milenios, hemos existido en las sombras. Hemos visto imperios caer. Hemos visto civilizaciones desaparecer. Y durante todo ese tiempo, hemos entendido una verdad simple: la humanidad no puede gobernarse a sí misma. La humanidad necesita líderes. Necesita gobernantes que sean fuertes, que sean inmortales, que sean incapaces de ser corrompidos por el tiempo.
Se acercó a Lucien.
—Nosotros somos esos gobernantes. Y tú, Lucien, eres la clave para unificarnos. Tu poder, tu música, tu capacidad de controlar a otros vampiros, es exactamente lo que necesitamos.
—¿Y si me niego? —preguntó Lucien.
—Entonces morirás —respondió Evangeline simplemente—. Y la humanidad seguirá su curso, hacia la autodestrucción, hacia la guerra, hacia la extinción.
Uno de los otros vampiros antiguos se levantó. Era un hombre con cabello negro y ojos rojos que brillaban con inteligencia.
—Yo no estoy de acuerdo —dijo—. Creo que Lucien tiene derecho a elegir. Creo que debemos permitirle que decida su propio futuro.
—¿Y tú quién eres para desafiarme? —preguntó Evangeline.
—Soy Aleksandr —respondió el vampiro—. Y he estado vivo durante tres mil años. He visto tu tipo venir y ir, Evangeline. Y siempre terminan igual: destruidos por su propia arrogancia.
Otro vampiro se levantó, luego otro, luego otro. Pronto, la mitad de los dieciocho estaban de pie, divididos.
—¿Ves? —dijo Evangeline, sonriendo—. Incluso entre nosotros, hay división. Incluso entre los inmortales, hay conflicto.
Se giró hacia Lucien.
—Tienes una opción, Lucien. Puedes estar con nosotros. Puedes ayudarnos a unificar a los dieciocho bajo un solo mando. O puedes estar contra nosotros. Y si estás contra nosotros, entonces todos morirán.
Señaló a Maya, a Thomas, a Viktor y a los otros.
—¿Todos? —preguntó Lucien.
—Todos —confirmó Evangeline—. Empezando por tu amada.
Maya sintió que el frío la invadía. Sabía que Evangeline no estaba bromeando. Sabía que estaba completamente dispuesta a matar a todos en la cámara si eso significaba obtener lo que quería.
Lucien miró a Maya. En sus ojos rojos, ella vio la batalla que estaba sucediendo dentro de él. Vio la elección que tenía que hacer. Vio el precio que tendría que pagar.
—Elijo estar con ustedes —dijo finalmente Lucien.
Maya sintió que su corazón se rompía.
—¿Lucien? —susurró.
Lucien no la miró. Sus ojos estaban fijos en Evangeline.
—Pero con una condición —continuó—. Quiero que todos aquí juren que no tocarán a Maya. Que no la convertirán. Que no la usarán. Que simplemente la dejarán en paz.
—¿Eso es todo lo que pides? —preguntó Evangeline, sonriendo—. Está hecho. Juro que tu amada estará segura. Juro por mi antigüedad, por mi poder, por todo lo que soy.
Lucien se acercó a Maya.
—Lo siento —susurró, besándola en la frente—. Lo siento más de lo que puedo expresar.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Maya, desesperada.
—Lo único que puedo hacer —respondió Lucien—. Estoy salvándote. Estoy sacrificándome para que vivas.
Se giró hacia Evangeline.
—¿Cuándo comienza? —preguntó.
—Comienza ahora —respondió Evangeline—. Comienza con tu primer acto de lealtad.
Levantó su mano, y una puerta se abrió en la pared. Entraron guardias, llevando a Aleksandr, el vampiro que se había atrevido a desafiar a Evangeline.
—Quiero que lo mates —dijo Evangeline—. Quiero que demuestres tu lealtad matando a uno de los dieciocho.
Maya gritó.
—¡Lucien, no! ¡No hagas esto!
Pero Lucien ya estaba caminando hacia Aleksandr, sus ojos rojos brillando con algo que era casi hipnótico.
Y cuando levantó su mano, Aleksandr no pudo resistir. Cuando hundió sus colmillos en el cuello de Aleksandr, no fue un acto de amor. Fue un acto de esclavitud.
Maya se desmoronó, sollozando, mientras observaba al hombre que amaba convertirse en exactamente lo que había jurado que nunca sería.