Hay personas que llegan a tu vida haciendo ruido, otras que lo cambian todo en el silencio.
Libra nunca imaginó que una conversación sobre Saturno pudiera convertirse en el comienzo de la historia más importante de su vida. Entre recreos, paseos después de clase, chocolates calientes, bancos de madera y amaneceres compartidos, conocerá a Acuario, un chico que tiene la extraña habilidad de encontrar belleza en los pequeños detalles y de hacer sentir especiales a quienes lo rodean.
Mientras el tiempo avanza y el final del curso se acerca, ambos descubrirán que crecer significa aprender a convivir con los cambios, con el miedo a perder lo que amas y con las palabras que, a veces, nunca llegan a decirse.
Porque algunas historias de amor no nacen con un beso.
Nacen con una conversación que parecía insignificante.
Con una fotografía tomada sin avisar.
Con una promesa hecha entre risas.
Con dos personas que, sin darse cuenta, empiezan a convertirse en el hogar del otro.
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Capítulo 9 - Cuando el corazón empieza a hablar
Hay un momento del que nadie habla.
No es el instante en el que te enamoras.
Ese momento, casi siempre, pasa desapercibido.
El verdadero cambio llega cuando empiezas a imaginar a esa persona en tus planes sin darte cuenta.
Cuando ves algo bonito y piensas:
"Le gustaría verlo."
Cuando escuchas una canción y automáticamente deseas enviársela.
Cuando ocurre algo divertido y la primera persona a la que quieres contárselo tiene su nombre.
Ahí es cuando entiendes que el corazón ha empezado a decidir por su cuenta.
Y ya no hay marcha atrás.
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Las semanas siguieron avanzando.
Noviembre estaba llegando a su final y el frío empezaba a instalarse definitivamente en las mañanas.
El grupo seguía siendo el mismo.
Las bromas también.
Pero entre Libra y Acuario estaba ocurriendo algo que ninguno se atrevía a poner en palabras.
Cada vez hablaban más.
Ya no solo durante el recreo.
Ahora también antes de entrar a clase.
En los cambios de hora.
Al salir del instituto.
Por la noche.
Era como si siempre hubiera algo pendiente por decir.
Y, curiosamente, nunca se cansaban de escucharse.
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Aquella mañana el profesor de Física faltó.
Una vez más, enviaron a toda la clase al patio.
—¡Libertad! —gritó Leo levantando los brazos.
—Tú celebras cualquier cosa —rió Escorpio.
El grupo ocupó su rincón habitual.
Acuario llegó unos minutos más tarde con una chocolatina en la mano.
Sin decir nada, se sentó junto a Libra.
La abrió.
Partió un trozo.
Y se lo ofreció.
Ella lo miró confundida.
—¿Qué haces?
—Compartir.
—¿Por qué?
—Porque sí.
—¿No tendrás fiebre?
—Cómprate un termómetro.
Libra cogió el trozo de chocolate.
—Gracias.
—De nada.
Fue un gesto pequeño.
Insignificante para cualquiera que lo hubiera visto desde lejos.
Pero había algo especial en él.
No hizo falta pedirlo.
No hizo falta justificarlo.
Simplemente pensó en ella antes que en sí mismo.
Y eso, aunque intentó restarle importancia, le calentó el corazón mucho más que el chocolate.
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—Tengo una duda existencial —anunció Leo.
Todos levantaron la cabeza.
—Temblad.
—¿Por qué cuando alguien dice "tengo una duda existencial" siempre acaba diciendo una tontería? —preguntó Capricornio.
—Porque las tonterías también son importantes.
—Habla ya.
Leo respiró profundamente.
—Si un pingüino tuviera rodillas... ¿podría arrodillarse?
Durante tres segundos nadie dijo nada.
Después el grupo entero empezó a protestar.
—¡Eres idiota!
—¡He perdido neuronas!
—¡No vuelvas a pensar nunca más!
Las risas llenaron el rincón del patio.
Libra miró a Acuario.
Él estaba riéndose tanto que casi no podía hablar.
Y fue entonces cuando ocurrió algo curioso.
No estaba mirando a Leo.
Ni a los demás.
La estaba mirando a ella.
Como si la mejor parte de aquella escena no fuera la broma.
Sino verla reír.
Cuando sus ojos se encontraron, ninguno apartó la mirada inmediatamente.
Fue apenas un segundo más de lo habitual.
Lo suficiente para que el ruido del patio pareciera alejarse.
Lo suficiente para que ambos sonrieran sin decir absolutamente nada.
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Aquella tarde decidieron volver caminando todos juntos.
El viento arrastraba hojas secas por la acera.
Capricornio y Escorpio iban unos metros por delante.
Leo discutía con otro compañero sobre fútbol.
Sin darse cuenta, Libra y Acuario terminaron caminando uno al lado del otro.
—¿En qué piensas? —preguntó él.
Ella tardó unos segundos en responder.
—¿Siempre haces esa pregunta?
—Solo cuando veo que alguien está lejos.
—¿Y estoy lejos?
Él sonrió.
—Un poco.
Libra miró al suelo mientras caminaba.
Había algo en aquella conversación que se sentía diferente.
Más tranquila.
Más sincera.
—Estaba pensando...
—¿Sí?
—En lo rápido que cambia todo.
Acuario guardó silencio.
Ella continuó.
—Hace unos meses ni siquiera sabía quién eras.
—Y ahora tienes el privilegio de conocerme.
Libra soltó una risa.
—Qué humilde.
—Intento serlo.
—No lo consigues.
Él sonrió antes de responder.
—Yo también lo he pensado.
Ella levantó la cabeza.
—¿El qué?
—Lo rápido que cambia todo.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Solo siguieron caminando.
No hacía falta llenar todos los silencios.
Había empezado a gustarles caminar así.
Sin prisas.
Sin necesidad de impresionar al otro.
Simplemente estando.
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Cuando llegaron al cruce donde siempre se despedían, Capricornio y Escorpio siguieron recto.
Leo giró por otra calle.
Solo quedaron ellos dos.
—Bueno...
—Bueno...
Los dos hablaron al mismo tiempo.
Los dos rieron.
—Empieza tú —dijo Libra.
Acuario respiró hondo.
—Quería darte esto.
Metió la mano en el bolsillo de la sudadera.
Sacó un pequeño llavero metálico.
Era un planeta diminuto, de color azul oscuro, con un pequeño anillo plateado alrededor.
—Lo vi el otro día.
Ella lo observó sorprendida.
—Es Saturno.
—Lo sé.
—Pensé que te gustaría.
Libra pasó el dedo con cuidado sobre el pequeño planeta.
Era sencillo.
No parecía caro.
Pero tenía un valor enorme.
Porque alguien había visto un objeto cualquiera...
...y había pensado en ella.
—No hacía falta.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué?
Acuario se encogió ligeramente de hombros.
—Porque me apetecía.
Ella levantó la vista.
Durante unos segundos no supo qué decir.
No era el regalo.
Era el significado.
Sintió un nudo en la garganta.
—Gracias...
Esta vez lo dijo de verdad.
Él sonrió con esa tranquilidad que solo aparece cuando haces algo sin esperar nada a cambio.
—Cuídalo.
—Lo haré.
—Prometido.
—Prometido.
Libra guardó el llavero dentro del bolsillo de su abrigo como si fuera algo frágil.
Algo que no quería perder bajo ningún concepto.
Todavía no sabía que acabaría convirtiéndose en uno de los objetos más importantes de toda su vida.
Porque los recuerdos nunca eligen las cosas más caras.
Eligen las que tienen una historia detrás.
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Aquella noche dejó el llavero sobre la mesilla antes de acostarse.
La luz de la lámpara se reflejaba sobre el pequeño planeta.
Sonrió.
No podía dejar de mirarlo.
Era increíble cómo un detalle tan pequeño podía hacer tanta ilusión.
Apagó la luz.
La habitación quedó completamente oscura.
Solo el brillo tenue que entraba por la ventana iluminaba la silueta de Saturno.
Libra cerró los ojos.
Sin darse cuenta, empezó a imaginar cómo sería el día siguiente.
Porque, desde hacía un tiempo, todos los días buenos tenían algo en común.
En todos aparecía él.
Y eso empezaba a darle mucho más miedo que cualquier examen.
Porque, cuando una persona se convierte en parte de tu rutina...
También empieza a tener el poder de romperla.