**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**
Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.
Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.
Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.
Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.
El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.
Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.
**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**
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Capítulo 24
Cap 24: La descarga
Santiago sintió el impacto antes de entenderlo.
Fue como si alguien hubiera conectado un cable directo entre el pecho de Valentina y el suyo y hubiera mandado una descarga — no eléctrica, no dolorosa, sino algo más desconcertante: una ola de calor que empezaba en el centro del esternón y se expandía hacia los brazos, hacia el cuello, hacia la cara. Sus orejas se encendieron. Su corazón saltó de 74 a 112 en un segundo.
Sus manos — las que estaban cubriendo los oídos de Valentina, las que sostenían su cabeza a diez centímetros de la suya — se abrieron como si hubieran tocado una estufa.
Retrocedió dos pasos. Valentina, que se había apoyado contra sus palmas sin darse cuenta, perdió el equilibrio y tuvo que agarrarse del borde de la cama para no caerse.
Silencio.
Santiago la miraba desde el otro lado de la habitación — dos metros de linóleo hospitalario que de pronto parecían insuficientes. Sus oídos estaban rojos. No un rojo sutil, no un rubor que podría atribuirse a la temperatura o al esfuerzo. Rojo. Como si alguien le hubiera pintado las puntas de las orejas con un marcador.
Valentina lo miraba a él. Su cara era un incendio — desde el cuello hasta la raíz del pelo, todo ardía. La vergüenza le subía por el cuerpo en oleadas, cada una más caliente que la anterior, como fiebre instantánea.
Diez segundos de silencio que duraron una eternidad.
Santiago habló primero. Su voz no estaba del todo estable — un temblor microscópico en la primera sílaba que cualquier otra persona habría pasado por alto pero que Valentina, después de semanas de leer cada micro-expresión de ese hombre como si fuera un texto sagrado, detectó al instante:
—¿Estás... estás bien? ¿Ya no se oye nada afuera?
Valentina asintió. Rápido. Demasiado rápido. Girándose al mismo tiempo para buscar la bolsa de snacks que había dejado caer, agachándose para recogerla, usando el movimiento como excusa para esconder la cara que le ardía como si la hubieran metido en un horno.
—Sí. Sí, ya no. Todo bien. ¿Quiere sus Takis? Están aquí. Bueno, no encontré Doritos Dinamita pero traje unos normales y el Boing estaba tibio pero le pedí a la señora que lo pusiera en el congelador un rato y...
Estaba hablando demasiado rápido. Estaba hablando sobre Takis. En una habitación de hospital. Después de lo que acababa de pasar.
Santiago no la interrumpió. Se sentó en la cama, despacio, con la postura rígida de alguien que está procesando información que su sistema no sabe clasificar. Aceptó la bolsa. Sacó el mazapán de la Rosa. Lo miró como si fuera un documento que necesitara análisis.
Valentina se sentó en la silla de plástico. Cruzó las piernas. Las descruzó. Las volvió a cruzar. Miró la pared. Miró el piso. Miró cualquier cosa que no fuera Santiago.
El Apple Watch vibró. Santiago miró la pantalla: 108 lpm. Bajando. Pero no lo suficiente.
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Le dieron el alta a las dos de la tarde. Firmaron papeles. Santiago rechazó la silla de ruedas que la enfermera intentó darle con la misma expresión con la que rechazaba propuestas de marketing que no cumplían sus estándares.
Caminaron al estacionamiento. Dos metros de distancia entre ellos — una distancia que no había existido antes de esa habitación y que ahora parecía una ley física. Valentina miraba al frente. Santiago miraba al frente. Ninguno miraba al otro.
El auto — el BMW que Santiago había dejado en el estacionamiento del hospital tres horas antes — estaba donde lo habían dejado, inmóvil, paciente, como el único objeto en el universo que no había cambiado de estado emocional en las últimas horas.
Santiago abrió la puerta del copiloto. Esperó. Valentina subió. Él rodeó el auto, se sentó al volante. Arrancó. No encendió la radio.
Tres cuadras de silencio. Insurgentes. Semáforos. Coches. La ciudad existiendo alrededor de ellos con la indiferencia monumental de siempre.
Santiago habló sin apartar los ojos de la carretera.
—En el cuarto... ¿qué estabas sintiendo?
Valentina sintió que su espina dorsal se convertía en una barra de hierro.
—Nada. Nomás me asusté un poco.
La mentira salió perfecta en forma y desastrosa en contenido. Porque Santiago no necesitaba que ella le dijera la verdad — la verdad le había llegado por transmisión directa, sin filtros, sin edición, sin la posibilidad de mentir. Lo que él había sentido no era miedo. No era tristeza. No era ansiedad. Era algo dulce. Algo que aceleraba el pulso no por peligro sino por deseo. Algo que Santiago no había experimentado en su vida pero que reconoció con la precisión de un sistema que identifica un virus nuevo: diferente a todo lo catalogado, imposible de ignorar.
No dijo nada. Pero su mandíbula se apretó un milímetro, y sus ojos volvieron a la carretera con una velocidad que delataba la necesidad de mirar cualquier cosa que no fuera ella.
La vergüenza de Valentina llenó el auto como un gas invisible — él la sentía, intensa, casi tangible, y debajo de la vergüenza, el eco residual de esa otra cosa. La cosa dulce. La cosa que ella estaba desesperada por negar y que él estaba desesperado por clasificar.
Santiago decidió no preguntar más. No porque no quisiera saber — quería, con una urgencia que lo alarmaba — sino porque la intensidad de la vergüenza de Valentina le indicaba que insistir la haría sentir peor. Y hacerla sentir peor significaba que él también se sentiría peor. Era, como todo en su vida, un cálculo.
O eso se dijo.
Giró el volante sin señal de dirección. Valentina levantó la vista.
—¿A dónde vamos?
—Michi Café.
No preguntó si ella quería ir. No preguntó si tenía tiempo. Condujo hasta el café, estacionó, entró solo y volvió cinco minutos después con dos vasos. Le pasó uno a Valentina a través de la ventanilla abierta del copiloto.
Horchata latte. Con el corazón dibujado en la espuma. Con la temperatura exacta. No le había preguntado qué quería. No necesitaba preguntar — llevaba semanas comprándole la misma bebida, memorizando la espuma, la temperatura, el vaso. Era el tipo de atención que cualquier persona normal llamaría cariño, pero que Santiago probablemente archivaba bajo "optimización de la satisfacción del personal."
Valentina lo tomó. Lo miró. Miró a Santiago, que ya estaba sentándose al volante con su americano negro. Algo en sus manos — la forma en que sostenía el vaso, con los dedos largos envolviendo el cartón — le recordó la forma en que esas mismas manos le habían cubierto los oídos hace una hora. Apartó la mirada.
—Gracias —dijo.
Santiago no contestó. Tomó un sorbo de café. Valentina tomó un sorbo de horchata. El gato del café los miraba desde el alféizar, como siempre.
Cinco minutos de silencio. Pero este era un silencio diferente — más suave que el de antes, más parecido a una manta que a un muro. La horchata ayudaba. El café ayudaba. La familiaridad del ritual ayudaba.
Santiago habló mirando el parabrisas.
—Cuando todo esto termine — el vínculo emocional —, las cosas volverán a la normalidad.
La frase era un hecho presentado como consuelo. O un consuelo presentado como hecho. Valentina no sabía cuál de las dos cosas, pero ambas le produjeron el mismo efecto: algo se apretó en su pecho, pequeño y agudo, como un alfiler que se clava despacio.
"Normalidad." ¿Qué era la normalidad? ¿Antes de la estática en el elevador? ¿Antes de los latidos sincronizados? ¿Antes de que este hombre empezara a comprarle horchata sin que ella lo pidiera y a cubrirle los ojos cuando había sangre y a cubrirle los oídos cuando había llanto?
—Sí —dijo Valentina—. Claro.
Santiago asintió. Arrancó el auto. La llevó hasta la estación de metro más cercana a Ecatepec, como todas las noches que terminaban tarde. Valentina bajó del auto con el vaso de horchata en la mano. Se detuvo en la banqueta. Santiago bajó la ventanilla.
—Mañana a las nueve —dijo.
La misma frase de siempre. Las mismas cuatro palabras. Pero esta vez había un peso nuevo detrás de cada sílaba, como una puerta que se cierra un poco más fuerte de lo normal y no sabes si es por el viento o por la persona que la cerró.
—A las nueve —repitió Valentina. Y caminó hacia la estación sin mirar atrás, aunque su smartband marcaba 94 lpm y subiendo.
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Torre Austral. Diez de la noche. La ciudad se había vaciado y las ventanas del piso veinticinco estaban oscuras excepto una.
Santiago estaba sentado en su silla, con la laptop cerrada y las manos sobre el escritorio. El Junghans marcaba los segundos con su tic-tac constante. La ciudad brillaba al otro lado del vidrio — millones de luces, millones de vidas, millones de personas que sentían cosas que él no podía sentir.
Sacó el teléfono. Abrió la aplicación de notas. La pantalla blanca le devolvió su propio reflejo durante un segundo antes de que empezara a escribir.
"¿Por qué me importa si ella está contenta?"
Se quedó mirando la frase. La leyó tres veces. La borró.
La escribió otra vez.
La borró.
La escribió una tercera vez. Esta vez sus dedos se detuvieron. La frase se quedó ahí, en la pantalla, brillando en la oficina oscura como una pregunta que no tenía respuesta o que tenía una respuesta que él no estaba listo para aceptar.
No la borró.
En su lugar, bajó una línea y escribió:
"No debería."
Dos palabras. Un punto. La confesión más pequeña del mundo, escrita por un hombre que no sabía lo que era confesar, en una oficina vacía, a las diez de la noche, con el sabor del café americano todavía en la boca y el fantasma de una descarga dulce todavía latiendo en el centro del pecho.
Bloqueó el teléfono. La pantalla se apagó. La oficina quedó a oscuras.
El Junghans siguió contando.