Daiana llega a la pequeña ciudad de los mitos con un solo objetivo: terminar su carrera. Cuando encuentra la casa de sus sueños (espaciosa, lujosa y extrañamente barata), no duda en firmar el contrato. Poco le importa que los vecinos hablen de una presencia, de una entidad que nunca abandonó el lugar; ella es una mujer de ciencia, racional y escéptica, incapaz de creer en cuentos de fantasmas.
Al principio, los pequeños sucesos (objetos que cambian de lugar, corrientes frías en habitaciones cerradas) son fáciles de ignorar. Daiana los etiqueta como producto del estrés o del cansancio acumulado por los estudios. Pero la negación se vuelve imposible cuando llegan las noches.
Sus sueños han dejado de ser simples proyecciones de su mente para convertirse en una realidad abrasadora. En la penumbra de su habitación, siente caricias que no debería sentir y una presencia que la obliga a gemir en la oscuridad. Despierta siempre igual: jadeando, con la intimidad palpitando de deseo.
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Capitulo 7: seducción invisible
El silencio que siguió a la partida del electricista no se sintió como una ausencia, sino como una presencia compacta. Daiana se quedó inmóvil en el centro de la sala, con los oídos aún zumbando por el estruendo de la silla al chocar contra la pared. El aire, denso y cargado de estática, parece haber adquirido un peso propio, una textura invisible que se adhiere a su piel como una segunda capa.
¿Por qué se había ido? No, es esa la pregunta equivocada. La pregunta correcta, la que su mente científica intenta articular con desesperación, es: ¿Por qué se quedó ella?
Cualquier otra persona habría huido despavorida tras presenciar un objeto moverse por voluntad propia. Pero Daiana no lo hizo. Y no es valentía; es una perversa forma de curiosidad científica mezclada con una necesidad carnal que no logra comprender. El electricista es un hombre de carne y hueso, alguien con quien podía haber tenido una interacción normal, una cita, un alivio convencional. Pero el ente... el ente es diferente. El ente es posesivo. El ente, a su manera retorcida y etérea, la había "reclamado" en ese momento, expulsando al intruso con una violencia celosa.
"_¿Es eso lo que quieres?__. Susurró Daiana al aire vacío, su voz temblando ligeramente. Su mirada recorrió las esquinas oscuras del techo, buscando una sombra, un movimiento, algo que validara su locura.
__¿Quieres jugar?__.
La frustración, esa chispa que había nacido la noche anterior, se convirtió en una hoguera. La privación de su clímax, ese orgasmo que le había sido arrebatado en el último segundo por una fuerza que parecía burlarse de sus límites, la había dejado en un estado de agitación constante. Siente su cuerpo como un circuito eléctrico sobrecargado, una energía que busca desesperadamente una toma de tierra.
Si la casa quiere reclamarla, si la presencia quiere involucrarse en sus momentos más íntimos, entonces ella dejaría de ser la observadora pasiva. Si el experimento requiere su participación, ella se convertirá en el sujeto de prueba.
Caminó hacia el baño con una determinación fría, casi clínica. Se despojó de su ropa, dejando que cayera al suelo sin cuidado. La humedad del ambiente, producto de la extraña atmósfera que siempre parece rodearla desde que llegó, se siente como una caricia húmeda sobre su piel desnuda. Entró en la ducha y giró la llave. El agua caliente golpeó sus hombros, convirtiendo el espacio pequeño en un refugio de vapor.
Daiana cerró los ojos y se obligó a concentrarse. Se tocó, buscando liberar la tensión, buscando esa misma respuesta que había sentido en la cama, pero el agua no es suficiente. Necesita más presión, más intensidad. Manipuló la alcachofa de la ducha, ajustando el cabezal para concentrar el chorro en un punto preciso, buscando estimularse, buscando el clímax que se le había negado.
__¿Estás mirando?__. Murmuró entre dientes, retando al vacío, retando a la oscuridad que se agazapa tras el vapor.
__Si estás ahí, si me observas... demuéstralo__. El agua comenzó a recorrerla, y sus manos, firmes y decididas, guian el chorro con precisión. El calor del agua, el aislamiento del baño y la adrenalina de su propio desafío comenzaron a surtir efecto. Su respiración se volvió errática, el vello de sus brazos se erizó, no por frío, sino por una anticipación eléctrica. Esta rozando el límite, acercándose a la cima de una montaña rusa que ella misma ha construido. Su cuerpo empezó a arquearse, sus labios dejaron escapar gemidos que rebotaron en los azulejos húmedos.
Esta ahí. Lo siente. Esa ola de placer que sube desde su vientre, la inminencia de la liberación.
Pero entonces, ocurrió.
El chorro de agua, que hasta ese momento seguía el ritmo de sus movimientos, se detuvo en seco. No fue que se cortara el suministro; fue como si una mano invisible hubiera bloqueado la alcachofa de su mano. Daiana abrió los ojos, confundida, justo antes de que la alcachofa fuera arrancada de su agarre con una fuerza descomunal.
Un grito ahogado se quedó atrapado en su garganta. Antes de que pudiera reaccionar o cubrirse, sintió una presión gélida que se cerró alrededor de su cintura y bajo sus muslos. No es un tacto humano; es una fuerza densa, como una corriente de aire comprimido o el peso de una mano invisible hecha de magnetismo puro.
La alcachofa de la ducha comenzó a moverse por su cuenta, dirigida por algo que no podía ver, recorriendo su cuerpo con una intención que no deja lugar a dudas. El agua volvió a salir, pero esta vez con una presión que le corto la respiración, dirigida hacia sus puntos más sensibles con una precisión experta.
Daiana se sintió elevarse. Sus pies se despegaron unos centímetros del suelo de la ducha. Esta suspendida, aprisionada por esa fuerza invisible que la obliga a recibir el agua de una manera que ella jamás habría podido lograr sola. El pánico, una descarga de terror puro, le recorrió el sistema nervioso, pero antes de que pudiera entrar en colapso, el miedo se transformó en una oleada de excitación tan violenta que casi le hizo perder el sentido.
Esa presencia, ese ente, no solo esta ahí; esta haciéndolo. Esta tomando el control absoluto.
__¡Por favor!__. Jadeó, aunque no sabe si estaba suplicando que se detuviera o que sea más rápido.
La presión sobre su cuerpo aumento. Sintiendo el roce de algo frío, una caricia etérea que sube por su pecho, mientras la alcachofa de la ducha, guiada por esa fuerza posesiva, la lleva al límite. Es una coreografía erótica surrealista. Esta siendo manipulada, elevada, poseída por la inercia de una voluntad que no es la suya.
Su mente científica trata de procesar lo imposible: la alcachofa flotando, su cuerpo siendo acariciado por el vacío, la sensación de ser elevada... pero su cuerpo, traidor y rendido, no busca respuestas. Solo busca el clímax.
Y llegó. No como un pequeño destello, sino como una explosión.
La presión del agua se combinó con el contacto invisible que la recorre de arriba abajo, forzando cada nervio a estallar al unísono. Daiana gritó, un sonido largo y desgarrador que se perdió entre el ruido de la lluvia artificial en la ducha. Sus músculos se tensaron, su cuerpo se arqueó hacia atrás, suspendido en el aire, sostenido por la voluntad posesiva de algo que, en ese momento, parece consumir su esencia misma.
Cuando el orgasmo la golpeó, sintió que el mundo exterior dejó de existir. No hay casa, no hay leyenda, no hay electricidad, ni física, ni lógica. Solo hay esa unión, esa conexión inexplicable y aterradora con la nada.
La fuerza la soltó tan súbitamente como la había atrapado.
Daiana cayó sobre sus rodillas, con el agua de la ducha todavía golpeando el suelo a su alrededor. El silencio regresó al baño, roto solo por su respiración agónica y el goteo de la alcachofa, que ahora descansa, inerte, en el fondo de la bañera.
Esta empapada, temblando, con el corazón galopando contra sus costillas como si quisiera escapar de su caja torácica. Se quedó allí varios minutos, incapaz de moverse, procesando la realidad de lo que acaba de ocurrir. No ha sido una pesadilla. No ha sido un sueño. Ha sido un encuentro físico, una imposición de voluntad que la ha dejado vaciada, física y emocionalmente.
Se levantó con dificultad, agarrándose del borde del lavabo. Sus piernas flaqueando. Se envolvió en una toalla, sintiendo cómo el calor residual de su cuerpo todavía se mezcla con el frío helado que parece irradiar de las paredes.
Caminó hacia su habitación, arrastrando los pies, con la mente en blanco. Se dejó caer sobre la cama, sin siquiera molestarse en secarse el cabello. Se enterró entre las sábanas, sintiéndose extrañamente relajada, una calma post-orgásmica que, sin embargo, esta teñida por una ansiedad profunda.
Miró hacia la puerta entreabierta del dormitorio. ¿Qué acaba de pasar? Se había dejado poseer, sí, pero también había invitado a la entidad a entrar. Había roto el tabú.
Mientras el sueño comenzo a ganarle la partida, una mezcla de terror y anticipación comenzó a burbujear en su pecho. Ya no teme por su vida; teme por su voluntad. Porque el ente no quiere asustarla, no quiere que se vaya de la casa. El ente quiere que se quedue. Y lo que es peor: ahora que ella sabe que puede llamarlo, que puede provocarlo, que puede invocar esa sensación, la verdadera pregunta no es si la dejaría ir, sino si ella misma querría marcharse alguna vez.
Se acurrucó, abrazando la almohada, sintiendo un leve frío en su nuca, como si alguien estuviera ahí, velando su sueño. Y, por primera vez, no cerró los ojos con miedo, sino con una ansiedad febril por saber cuál sería el siguiente movimiento de su posesivo amante invisible. La casa ya no es un enigma a resolver. Es un campo de juego, y ella acaba de lanzar el dado.