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Dócil

Dócil

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Mafia / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

⚠️🚫🔞Gus se ve arrastrado al peligroso entorno de Arlo, un lugar donde el lujo se mezcla con la letalidad de la mafia. En esta atmósfera de alta tensión y misterio, la resistencia inicial de Gus se transforma en una fascinación oscura hacia su captor. Atrapado en una red de secretos y deseos intensos, Gus deberá decidir si luchar por su antigua vida o sucumbir a la magnética y peligrosa atracción de un hombre que no acepta un no por respuesta. Una historia de poder, entrega y los límites del alma.🔞🚫⚠️

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Niño malcriado

El sol de la mañana se filtraba sin piedad a través de los enormes ventanales de la suite principal, proyectando líneas doradas sobre el suelo de mármol oscuro. Gus Fletcher parpadeó varias veces, sintiendo los párpados pesados y la mente sumergida en una densa niebla. Lo primero que percibió fue la suavidad extrema de las sábanas que lo cubrían, un lujo que no se parecía en nada al colchón descuidado de su propio departamento.

Intentó llevarse una mano a la frente para calmar el leve dolor de cabeza que sentía, pero un tirón metálico y una punzada en el dorso de su mano derecha lo detuvieron en seco.

Gus abrió por completo los ojos verde café y se incorporó de golpe, ignorando el mareo que le sacudió el cráneo. En su brazo derecho, fijada con cinta médica transparente, había una vía intravenosa conectada a una bolsa de suero que colgaba de un soporte de metal al lado de la cama. El líquido transparente goteaba de forma constante, introduciéndose en sus venas.

—¿Qué demonios...? —murmuró Gus, con la voz pastosa y ronca por el desuso.

Miró a su alrededor con pánico creciente. La habitación era gigantesca, de un diseño minimalista, moderno y elegante que gritaba riqueza absoluta. No había rastros de sus cosas, ni de su ropa, ni de su teléfono celular. Solo una inmensa cama, un par de sillones de piel y las paredes insonorizadas que aislaban por completo cualquier ruido exterior.

Entonces, sus ojos descendieron hacia su muñeca derecha. Allí seguía. El hilo de energía carmesí brillaba con un tono suave, dócil y constante, extendiéndose por encima de las cobijas hasta perderse por debajo de la puerta de madera oscura de la suite.

La memoria de la noche anterior lo golpeó como un balde de agua fría. El club clandestino en los muelles. Los hombres armados. La confirmación de que Arlo Baxter era un mafioso peligroso. Y, sobre todo, el beso.

Gus se llevó los dedos de la mano izquierda a los labios, sintiendo un repentino calor en el rostro. El recuerdo de la boca de Arlo reclamando la suya, el sabor a tabaco y alcohol fuerte, y la vergonzosa ola de excitación que le había recorrido el bajo vientre lo hicieron apretar los dientes con rabia. Él era un hombre. Toda su vida se había sentido atraído por las mujeres. ¿Cómo era posible que el toque de un hombre, de un criminal que lo mantenía secuestrado, lo hubiera dejado tan indefenso y necesitado?

Con un arranque de furia y orgullo herido, Gus tomó el catéter de la vía intravenosa con la mano izquierda y tiró de él sin dudarlo.

—¡Ah! —soltó un quejido cuando la aguja salió de su piel, dejando caer unas gotas de sangre sobre las sábanas blancas. Se presionó la herida con frustración, dispuesto a levantarse y buscar una salida de esa maldita jaula de oro.

En ese preciso instante, la pesada puerta de la suite se abrió con un clic suave pero firme.

Arlo Baxter entró a la habitación. Su inmensa figura de casi dos metros pareció reducir el tamaño del lugar de inmediato. Vestía un pantalón de vestir gris oscuro y una camisa blanca de botones finos, con las mangas prolijamente enrolladas hasta los antebrazos, revelando los músculos robustos y varoniles de sus extremidades. Traía un cigarrillo apagado entre los labios y una taza de café humeante en la mano izquierda.

Sus ojos negros recorrieron la escena en un segundo: se detuvieron en Gus sentado en la cama, pasaron por el suero goteando en el suelo y finalmente se fijaron en las gotas de sangre sobre la sábana. La mandíbula del mafioso se tensó de una manera que helaba la sangre.

—Eres una criatura sumamente desobediente —dijo Arlo. Su voz gruesa y profunda, retumbó en las paredes, erizándole la piel al cantante de inmediato.

—¡Sácame de aquí, Baxter! —gritó Gus, plantándole cara a pesar de la diferencia de tamaño y de estar usando solo unos pantalones de dormir que alguien le había puesto mientras estaba inconsciente—. No tienes derecho a medicarme ni a encerrarme en tu casa. ¡Esto es un secuestro! ¡Voy a ir a la policía!

Arlo caminó hacia la mesa de noche, dejó la taza de café con total parsimonia y se quitó el cigarrillo de la boca. Se acercó al borde de la cama, obligando a Gus a levantar la barbilla por completo para sostenerle la mirada.

—¿La policía? —Arlo soltó una risa baja, un sonido áspero que denotaba un desprecio absoluto por la ley—. Mi organización es dueña de las calles por las que caminas. La policía no entra a esta propiedad a menos que yo los invite a limpiar un desastre. Estás en mi residencia, y aquí la única ley que existe es mi palabra.

—No me importa quién seas en tu mundo de criminales —replicó Gus, sintiendo que el hormigueo salvaje en su bajo vientre regresaba con solo tener al mafioso a escasos centímetros de distancia—. Yo no pertenezco a este lugar. Tengo un álbum que terminar. Mi mánager me estará buscando.

—Tu mánager sabe exactamente dónde estás y firmó los permisos para tu retiro médico temporal —sentenció Arlo, cruzándose de brazos, lo que acentuaba la anchura de sus hombros —. Tu cuerpo estaba destruido. El suero que acabas de arrancar como un niño malcriado contenía los nutrientes que no has consumido en tres días por tu obsesión de trabajar hasta el desmayo.

Gus sintió una punzada de frustración. Intentó bajarse de la cama por el lado opuesto, pero Arlo se movió con una velocidad asombrosa para su tamaño. El mafioso rodeó el colchón y le bloqueó el paso, acorralándolo contra el respaldo de madera.

—Déjame pasar —ordenó Gus, intentando sonar firme, aunque su respiración ya se estaba acelerando por la proximidad física. El aroma a perfume amaderado y el calor natural de Arlo lo estaban aturdiendo de nuevo.

—No vas a ir a ninguna parte hasta que desayunes y un médico revise esa muñeca —dijo Arlo, señalando el hilo carmesí que ahora brillaba con un tono rosa dócil entre ambos—. Ayer cediste al primer tirón en el club. Tu cuerpo sabe que me pertenece, Gus. ¿Por qué sigues usando tu mente para pelear una guerra que ya perdiste?

Gus apretó los puños, sintiendo que la humillación y el deseo se mezclaban de una forma insoportable en su pecho.

—¿Por qué haces esto? —preguntó Gus, con la voz quebrada por la intensidad de la situación—. ¿Qué quieres de mí? No entiendo tu juego. ¿Acaso eres... eres gay? ¿Es por eso que me besaste de esa manera? ¿Por qué te obsesionas con un hombre si se supone que eres un empresario o un líder de la mafia?

Arlo observó el rostro encendido del cantante, notando el rastro de confusión y la crisis de identidad que cruzaba sus ojos verde café. El mafioso dio un paso más, reduciendo el espacio hasta que sus pechos casi se tocaban. Levantó la mano izquierda y, con una lentitud exasperante, atrapó la mandíbula varonil de Gus entre sus dedos largos y fuertes.

—¿Mis gustos te preocupan, Fletcher? —susurró Arlo, con su voz gruesa rozando los labios del artista—. Te daré una respuesta sencilla para que tu mente obsesiva pueda procesarla. No me importan las etiquetas que el mundo usa para clasificarse. No soy gay, no soy bisexual, ni me considero un heterosexual estricto. Esas son limitaciones para hombres débiles que necesitan reglas para saber a quién desear.

Arlo presionó sutilmente el agarre en la mandíbula de Gus, obligándolo a entreabrir la boca, tal como lo había hecho la noche anterior.

—Yo no sigo las reglas de nadie, yo las creo —continuó Arlo, con sus ojos negros brillando con una fijeza implacable—. Mi padre me enseñó a tomar lo que me pertenece por derecho de fuerza y control. Cuando vi este hilo rojo salir de mis dedos, no me importó si el otro extremo estaba conectado a una mujer o a un hombre. Me importó que estabas conectado a mí. Y cuando investigué tu vida y vi tu cuerpo en ese escenario, supe exactamente lo que eres. Eres mío, Gus. El destino te ató a mi mano, y yo no dejo ir mis propiedades. Te besé porque quise, y te volveré a besar cada vez que me plazca, porque tu cuerpo responde a mi toque mejor de lo que responde a tus propias órdenes.

Gus soltó un jadeo ahogado. Las palabras de Arlo, desprovistas de cualquier duda o disculpa, cayeron sobre él con el peso de una sentencia absoluta. La seguridad aplastante del mafioso, combinada con el roce áspero de sus dedos en su piel, desató un cortocircuito definitivo en el cerebro del cantante. Quiso gritar que él era hetero, que había tenido novias, que no podía gustarle un hombre, pero el sonido que salió de su garganta fue un gemido bajo y trémulo de pura sumisión.

El hilo carmesí en su muñeca parpadeó con una calidez abrasadora, transmitiendo la confirmación física de que su cuerpo aceptaba cada palabra del líder criminal.

—Ahora —dijo Arlo, soltando la mandíbula de Gus con una palmada suave y dominante en su mejilla—, vas a sentarte en esa silla de la terraza. Mis hombres van a traer el desayuno. Vas a comer cada gramo de lo que pongan en la mesa. Si vuelves a tocar una vía médica o si intentas desafiar mis órdenes de descanso, el próximo beso no será tan pacífico como el de ayer. ¿Entendido?

Gus se quedó inmóvil por unos segundos, respirando con dificultad, sintiendo el latido de su propio corazón acoplado al pulso constante del hilo rojo. Su orgullo de artista independiente luchaba por resurgir, pero el agotamiento real de su cuerpo y el magnetismo oscuro de Arlo terminaron por ganar la primera batalla de la mañana.

—Entendido —susurró Gus, bajando la mirada verde café, aceptando la autoridad del mafioso que lo mantenía prisionero en su jaula de oro.

Arlo sonrió de medio lado, una expresión de triunfo frío y calculador que demostraba que tenía el control absoluto de la situación. Caminó hacia la puerta, hizo una seña a los guardias armados que custodiaban el pasillo exterior y regresó a buscar su taza de café, listo para supervisar el primer desayuno de su nueva y preciada posesión.

⚠️🌟⬇️Nueva obra y finalizada. Promete el amor más hermoso. ⬇️🌟⚠️

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Dalia Lara
me encantan este tipo de historias, espero leer más cosas suyas🥰🥰
Skay P.: "Espinas y Sumisión" ya está en línea, con el primer capítulo 😈✨️
total 1 replies
Dalia Lara
me encanta 🥰🥰🥰
Skay P.: ¡Gracias mi Chikis! En unas horas, estará en línea una nueva obra, mucho más intenso que esto. ¡Prepárate!
En mi perfil, encontrarás otras historias interesantes ✨️🫰🫣🦋
total 1 replies
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