En Valdoria, donde la mafia controla cada sombra de la ciudad, dos almas rotas se cruza sin saber que sus pasados están unidos por sangre, traición y secretos enterrados.
lo que empieza como desconfianza se convierte en un vínculo imposible de romper.... incluso cuando la verdad amenaza con destruirlo todo.
NovelToon tiene autorización de Ailed Dayana Araujo Medrano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Silenció
Después de la conversación en la terraza, algo cambió entre ellos.
No fue una revelación.
No fue una promesa.
No fue una confesión.
Simplemente dejaron de esforzarse tanto.
Las barreras que habían levantado desde el primer día seguían allí, pero ya no parecían tan altas como antes.
Y por primera vez desde que se conocieron, comenzaron a disfrutar de la compañía del otro sin buscar una excusa para hacerlo.
Los días transcurrieron con una tranquilidad extraña.
Agradable.
Extraña precisamente porque no ocurría nada importante.
No había ataques.
No había persecuciones.
No había recuerdos nuevos ni discusiones explosivas.
Solo momentos sencillos.
Momentos normales.
Y para ambos resultaban más valiosos de lo que estaban dispuestos a admitir.
Una tarde Alex entró en la biblioteca buscando un libro que había dejado a medias. Encontró a Ian sentado junto a una de las ventanas revisando varios documentos.
—¿Trabajando otra vez?
—¿Quejándote otra vez?
—Solo preguntaba.
—Y yo solo respondía.
Alex rodó los ojos y tomó un libro de una estantería cercana.
Normalmente habría seguido molestándolo.
Normalmente Ian habría respondido.
Pero esta vez ninguno lo hizo.
Alex se acomodó en uno de los sillones.
Ian continuó trabajando.
Y durante casi una hora permanecieron en la misma habitación sin decir una sola palabra.
Lo curioso era que ninguno parecía incómodo.
El silencio no pesaba.
No obligaba a nadie a hablar.
Simplemente estaba allí.
Y se sentía bien.
Cuando Alex terminó un capítulo levantó la vista por casualidad.
Ian seguía concentrado en sus documentos.
Frunciendo ligeramente el ceño mientras leía.
Alex sonrió sin darse cuenta.
Y volvió a su libro.
---
Al día siguiente coincidieron durante el desayuno.
Alex llegó tarde.
Como siempre.
Ian ya estaba sentado.
Como siempre.
—Llegas tarde.
—Buenos días para ti también.
—Son las diez.
—Sigue siendo de día.
—Increíble.
—Gracias.
Ian negó con la cabeza.
Pero esta vez había una pequeña sonrisa escondida en la comisura de sus labios.
Alex la vio.
Y decidió no decir nada.
Porque sabía que si la mencionaba desaparecería inmediatamente.
Durante el resto del desayuno conversaron un poco.
Después dejaron de hacerlo.
Y simplemente siguieron comiendo.
Sin tensión.
Sin necesidad de llenar cada segundo con palabras.
---
Elena fue la primera en notar el cambio.
Por supuesto.
Porque Elena parecía tener un talento sobrenatural para detectar cualquier cosa relacionada con ellos.
Aquella tarde los encontró sentados en el jardín.
Alex estaba leyendo.
Ian revisaba algunos informes.
Ninguno hablaba.
Ninguno parecía aburrido.
Ninguno parecía querer marcharse.
Elena los observó durante varios segundos.
Luego suspiró dramáticamente.
—Son idiotas.
Alex levantó la vista.
—Hola para ti también.
—No hablo contigo.
—Eso es grosero.
—Lo sé.
Ian ni siquiera se molestó en reaccionar.
Elena cruzó los brazos.
—¿Se dan cuenta de que pasan más tiempo juntos que la mayoría de las parejas casadas?
Alex casi se atragantó.
Ian cerró lentamente los ojos.
—Elena.
—¿Qué?
—Vete.
—No.
—Por favor.
—Menos todavía.
Alex soltó una carcajada.
Elena sonrió satisfecha.
—Son imposibles.
—Tú eres imposible.
—También.
Y sin añadir nada más se alejó caminando por el jardín.
Claramente orgullosa de haber arruinado la tranquilidad del momento.
Aunque apenas lo consiguió.
Porque cuando desapareció, el silencio regresó.
Y esta vez ninguno intentó romperlo.
---
Aquella noche Alex se encontraba sentado en uno de los balcones interiores de la mansión.
La ciudad brillaba a lo lejos.
Las luces de Valdoria parecían pequeñas estrellas repartidas por la oscuridad.
Ian apareció unos minutos después.
Sin decir nada.
Simplemente tomó asiento cerca de él.
Alex ni siquiera se sorprendió.
Permanecieron allí observando la ciudad.
Minutos.
Luego más minutos.
Sin hablar.
Sin necesidad de hacerlo.
Porque extrañamente era suficiente.
Y mientras contemplaba las luces lejanas, Alex se dio cuenta de algo.
Algo sencillo.
Algo que nunca había experimentado con demasiadas personas.
Durante años el silencio siempre le había resultado incómodo.
En el orfanato significaba soledad.
Significaba ausencia.
Significaba sentirse fuera de lugar.
Pero ahora era diferente.
Porque Ian estaba allí.
Y por primera vez en mucho tiempo no se sentía solo.
Alex bajó la mirada y sonrió apenas.
Con él el silencio no se siente incómodo.