Keyla nunca imaginó que una noche de terror la encadenaría al hombre más peligroso de la ciudad. Dominic Alfred, heredero del imperio mafioso más poderoso, la obliga a casarse para proteger un secreto. Lo que empieza como una prisión de lujo se transforma en un campo de batalla donde el orgullo, la pasión y un embarazo inesperado reescriben las reglas del juego.
Pero cuando la exnovia de Dominic regresa dispuesta a destruirlos, y el hermano de este cae en las garras de una mujer con sed de venganza, dos parejas descubrirán que el amor más intenso nace donde menos lo esperas: entre balas, mentiras y besos robados.
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Capítulo 24 La mujer egoísta
Clara arrojó el bolso de marca al sofá con un gesto brusco. Se desplomó en él, respirando agitada, el rostro encendido de furia contenida.
Esa noche, en el corazón de la capital de la moda mundial, Clara había sido humillada de la peor manera por obra de su propio marido. Dominic le había cortado la vena yugal sin previo aviso.
—¿Problemas en la sesión de fotos? ¿Por qué esa cara tan larga, cariño? —preguntó Damian acercándose con paso tranquilo desde la cocina.
Damian no la había acompañado de compras porque tenía un asunto urgente que resolver en secreto.
—¡Me bloquearon todas las cuentas! ¡Quedé en ridículo frente a la empleada de una joyería porque no pude pagar un collar! —respondió Clara masajeándose las sienes palpitantes.
Ganas le sobraban de gritar a todo pulmón, pero el agotamiento físico y mental solo le permitía sisear con odio.
Damian se acercó y le ofreció una taza de té de manzanilla caliente cuyo aroma era reconfortante.
—Bebe. Te sentará bien y te relajará. No dejes que la rabia arruine tu belleza.
—Gracias, Damian —murmuró Clara. Sorbió el té despacio, sintiendo la calidez bajarle por la garganta. Luego miró a Damian con expresión melancólica.
—Si tan solo fueras millonario, no tendría que tenerte de amante así. Te convertiría en el único hombre de mi vida sin tener que compartir nada con Dominic —dijo Clara en tono soñador.
Damian solo pudo poner los ojos en blanco a escondidas. Al final, esta mujer no se diferenciaba en nada de cualquier otra cazafortunas. Clara amaba a Damian, pero amaba muchísimo más el lujo que le proporcionaba el apellido Frederick.
—¿Te arrepientes de tener a un hombre pobre como yo de amante? —preguntó Damian. Se sentó a su lado y reclinó la cabeza en el hombro de Clara con mimo.
—Claro que no. Eres especial, Damian. Me das lo que mi rígido marido no puede, aunque la verdad es que no tienes un centavo —respondió Clara mientras le acariciaba la mandíbula firme.
Damian sonrió levemente; por dentro sentía repugnancia. Si no fuera por la gran misión que cargaba a cuestas, le daría una pereza tremenda tener que actuar como juguete de placer de esta mujer egoísta.
—¿Dominic alguna vez fue atento contigo así?
—No. Solo me daba dinero, dinero y más dinero. Bueno, ¿qué mujer podría rechazar eso? Decía que me amaba, pero su actitud era fría como el polo. Aunque, curiosamente, cada vez que yo estallaba de furia, él siempre sabía cómo ablandarme con regalos —Clara rio sola, imaginando la montaña de obsequios lujosos que solían llenar su habitación cuando Dominic se sentía culpable.
—¿Y no has pensado en darle un bebé para afianzar tu posición? —preguntó Damian en voz baja, una pregunta que hizo a Clara enmudecer de golpe—. Contéstame, cariño.
—¿Un bebé? ¿Eso importa tanto? —Clara bufó divertida—. ¡No me gustan los niños! Son ruidosos y fastidiosos. Solo me quiero a mí misma, a mi cuerpo y a mi carrera. Si me embarazo, la piel se me estira, me pongo gorda y mi carrera de modelo se acaba. ¡Solo de pensarlo me da horror!
—Pero, ¿y si Keyla se embaraza primero y le da un heredero a tu marido? —insistió Damian.
El rostro de Clara se tornó feroz al instante.
—¡Por supuesto que la eliminaría! ¡Esa mujerzuela no puede tener nada de lo que mi marido dé! ¡Ni siquiera una semilla!
—¿Por qué la odias tanto? Es tu hermana, al fin y al cabo —preguntó Damian, haciéndose el inocente.
—¿De repente me sales con esa ramera? —Clara entrecerró los ojos con suspicacia.
—Solo pregunto, ¿está mal? —respondió Damian con desenfado.
—Es mi hermanastra, no hija de mi madre, pero desde el día que llegó se robó la atención de papá. La odio hasta los huesos. Aunque una vez papá estaba borracho y balbuceó que solo había encontrado a la mujerzuela tirada en la calle. Vete a saber qué es verdad. No me importa. ¡No es relevante! —Clara agitó la mano para zanjar el tema.
Damian asintió con calma.
—Ya está, no hablemos más de Keyla. Mejor compláceme ahora mismo.
Clara le rodeó los hombros y lo besó con fiereza. Damian le correspondió. Pero su mente volaba hacia la información que acababa de obtener.
"¿Así que Keyla no es hija biológica del padre de Clara?", pensó Damian. Esa era un as bajo la manga de valor incalculable.
—¿En qué piensas? ¡Concéntrate en mí, Damian! ¡Solo en mí! —exigió Clara. Sin más palabras, Damian cargó a Clara y la llevó al dormitorio.
* * *
¡Crash!
Dominic estrelló la tableta contra la pared, haciéndola añicos. Respiraba con fuerza, la mandíbula apretada conteniendo una ira a punto de explotar.
—¡Maldita sea! ¿Todo este tiempo me ha sido infiel con el mismo hombre que va detrás de mi segunda esposa? ¿Qué clase de destino es este? —rugió Dominic.
La grabación que Marco le envió desde París le desgarraba el orgullo como hombre.
—¿Está furioso porque la señora modelo le es infiel a sus espaldas? —preguntó Marco, de pie en una esquina de la habitación con el rostro sereno.
—¡Pues claro que estoy furioso! ¡Pero ahora no solo es rabia, me da asco ver cómo se muere por caricias! —Dominic se frotó la cara con brusquedad.
Siendo sincero, desde que Clara se volvió tan fría y materialista, Dominic había empezado a oler algo raro. Sus socios de negocios solían cuchichear que su esposa entraba y salía de hoteles con un hombre desconocido, pero Dominic siempre lo descartaba, atribuyéndolo a rumores de la competencia.
Hasta que llegó Keyla.
La pequeña con la que se casó por obligación y que logró cambiarle el mundo en un instante.
Keyla le ofrecía sinceridad e inocencia que jamás obtuvo de Clara en cinco años.
Y ver a Keyla siendo cortejada por Damian, el mismo hombre que se acostaba con Clara, hacía que Dominic quisiera acabar con él en ese mismo segundo.
—Señor —dijo Marco, rompiendo el silencio—. El amor es una elección, no una simple posesión. No puede mantener para siempre a dos esposas si su corazón ya se inclina hacia un lado. Tiene que decidir quién quiere realmente a su lado cuando todo se derrumbe.
Dominic guardó silencio, la mirada perdida en los restos de la tableta destrozada.
—La señorita Keyla tiene una sinceridad que la señora Clara no posee. No deje que su ego destruya el futuro de esa joven —añadió Marco a modo de consejo.
Dominic tomó aire profundamente, intentando aclarar la mente.
—Déjalo estar por ahora. Quiero ver hasta dónde llega Clara con su papel de esposa maltratada porque le bloqueé las cuentas. Le seguiré el juego de momento.
Dominic encendió un puro. No iba a soltar a Clara así como así sin que antes probara el mismo sufrimiento que él sentía.
¿Y en cuanto a Keyla? Se aseguraría de que esa pequeña permaneciera a su lado costara lo que costara.
—Señor, ¿puedo hacerle una pregunta? —pidió Marco.
—¡Dila!
—¿Está empezando a tener sentimientos por ella?
—¿A qué te refieres? —Dominic desvió la mirada de la ventana.
Marco carraspeó.
—Me refiero a si está empezando a... enamorarse de la señorita Keyla.
¡Cof!
Dominic se atragantó con el humo de su propio puro. Se le puso la cara roja, entre la falta de aire y la vergüenza de haber sido pillado con la guardia baja.