Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?
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Capítulo 2 La muchacha que vivía entre colores
En un pequeño pueblo de la Toscana, donde las calles empedradas siempre olían a pan recién horneado y a café, vivía Isabella Rossi.
Su casa era todo lo contrario a la mansión Vivaldi.
No era grande.
No tenía lujos.
Las paredes conservaban algunas grietas que su madre prometía reparar cada verano, y el jardín era apenas un pequeño rincón donde crecían lavandas, romero y unas cuantas rosas plantadas por su difunto padre.
Pero allí nunca faltaba algo que el dinero no podía comprar.
Alegría.
—¡Mamá! ¿Dónde está mi sombrero de paja? —preguntó Isabella mientras recorría la casa de un lado a otro.
—Donde siempre lo dejas... en cualquier sitio menos donde debería estar.
La joven soltó una carcajada.
—¡Eso no responde mi pregunta!
Su madre apareció en la cocina sosteniendo precisamente el sombrero.
—¿Buscabas esto?
Isabella llevó una mano al pecho.
—Algún día creeré que eres una maga.
—No. Solo conozco demasiado bien a mi hija.
Ambas rieron.
Elisa Rossi era costurera. Había criado sola a Isabella desde que enviudó cuando la niña apenas tenía ocho años.
Nunca pudieron darse grandes lujos.
Pero tampoco permitieron que las dificultades les robaran la sonrisa.
—¿Hoy también irás al viñedo de los Bianchi? —preguntó Elisa mientras servía café.
—Solo por la mañana. Después he quedado con Chiara para ayudarla a decorar el salón de la fiesta.
—¿Y después?
Isabella sonrió de una manera diferente.
Más tímida.
Más soñadora.
—Después... quizás vea a alguien.
Su madre dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—¿A Darío?
Las mejillas de Isabella adquirieron un suave color rosado.
—Mamá...
—No tienes que esconderlo.
—Solo somos amigos.
—Claro.
Elisa levantó una ceja divertida.
—Tan amigos que llevas una semana cambiándote de vestido tres veces antes de salir.
Isabella escondió el rostro entre las manos.
—¡Qué exagerada eres!
—No exagero.
La observó unos segundos antes de añadir con dulzura:
—Solo quiero que tengas cuidado.
La sonrisa de Isabella perdió un poco de brillo.
—¿Por qué?
—Porque cuando una mujer entrega su corazón, debe asegurarse de que la otra persona sabe cuánto vale.
Isabella rodeó la mesa y abrazó a su madre.
—No te preocupes tanto.
Elisa acarició su cabello.
—Eso dicen todas las hijas.
A sus veinte años, Isabella tenía una manera muy particular de mirar el mundo.
Mientras otras muchachas soñaban con vestidos caros o joyas, ella coleccionaba amaneceres.
Le encantaban las flores silvestres.
Los libros de poesía.
Las canciones italianas antiguas que escuchaba mientras ayudaba a su madre a coser.
Era capaz de detenerse varios minutos simplemente para observar una mariposa posarse sobre una flor.
Chiara solía decir que vivía demasiado distraída.
—No estoy distraída —respondía Isabella riendo—. Solo intento no perderme las cosas bonitas.
Y realmente era así.
Encontraba belleza donde los demás apenas veían rutina.
Aquella mañana trabajó unas horas en el viñedo de los Bianchi.
No era un empleo fijo.
Solo ayudaba durante algunas temporadas para ganar un poco de dinero antes de comenzar la universidad.
Su sueño era estudiar restauración de arte en Florencia.
Amaba la pintura.
La historia.
Los edificios antiguos.
Quería devolverles la vida a las obras que el tiempo había intentado borrar.
—¡Isabella!
Chiara llegó agitando una cesta.
—¿Lista?
—Siempre.
—Tenemos que terminar los adornos para la Fiesta del Vino.
Las dos jóvenes caminaron hasta la plaza principal.
Los vecinos decoraban balcones con cintas de colores.
Colgaban banderines.
Preparaban mesas.
El ambiente era de celebración.
—Este año habrá visitantes de toda Italia —comentó Chiara.
—Eso dicen.
—Y vendrán periodistas.
—Qué emoción.
—También dicen que Marco Vivaldi podría asistir.
Isabella levantó la vista.
—¿Quién?
Chiara abrió mucho los ojos.
—¿No sabes quién es?
—No.
—¡Solo el hombre más rico de toda la región!
Isabella se encogió de hombros.
—Nunca he prestado atención a esas cosas.
—Tiene el viñedo más famoso de la Toscana.
—Pues me alegro por él.
Chiara soltó una carcajada.
—Eres imposible.
—¿Qué?
—Cualquier otra estaría soñando con conocer a un hombre tan rico.
Isabella tomó una cinta amarilla y comenzó a colocarla entre dos postes.
—Yo prefiero conocer a alguien que me haga reír.
Chiara sonrió.
—Por eso te gusta Darío.
Isabella no respondió.
Su sonrisa fue suficiente.
Al caer la tarde, Darío apareció en la plaza.
Era un joven atractivo, de cabello oscuro y sonrisa fácil.
Sabía exactamente qué decir para agradar a cualquiera.
Cuando vio a Isabella, caminó directamente hacia ella.
—Pensé que ya te habías ido.
Ella sonrió.
—Todavía no.
—¿Te apetece caminar un rato?
Chiara carraspeó exageradamente.
—Creo que sobro aquí.
Isabella le lanzó una mirada divertida.
—Nos vemos mañana.
La muchacha se alejó sonriendo para sí.
Darío esperó unos segundos antes de hablar.
—Estás muy bonita.
Isabella bajó la mirada.
Aún no estaba acostumbrada a recibir cumplidos.
—Gracias.
Caminaron por las calles del pueblo mientras el sol comenzaba a esconderse.
Hablaron de la universidad.
De los proyectos de Darío.
De los sueños que ambos tenían.
Él la escuchaba con atención.
O al menos eso parecía.
—Cuando termine el verano tendré que irme unos meses.
Isabella sintió una pequeña punzada.
—Lo sé.
—Pero volveré.
Ella sonrió.
—Eso espero.
Darío tomó suavemente una de sus manos.
—Hay algo que quiero decirte.
El corazón de Isabella comenzó a latir más rápido.
Había imaginado ese momento muchas veces.
Él respiró profundamente.
—Mañana al atardecer...
Hizo una pausa.
—...espérame detrás de los viejos olivos que están cerca de las tierras Vivaldi.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Por qué allí?
—Porque quiero hablar contigo sin que todo el pueblo esté mirando.
Isabella sintió cómo el nerviosismo se mezclaba con la ilusión.
Asintió.
—Estaré allí.
Darío sonrió satisfecho.
—No faltes.
Antes de despedirse, besó el dorso de su mano.
Fue un gesto breve.
Pero suficiente para que Isabella permaneciera inmóvil varios segundos después de verlo marcharse.
Llevó la mano hasta su pecho.
Su corazón parecía querer escaparse.
Cuando llegó a casa encontró a su madre cosiendo junto a la ventana.
Elisa levantó la vista apenas verla entrar.
No hizo falta preguntar nada.
Con solo observar la sonrisa de su hija entendió que había visto a Darío.
—¿Tan feliz te hace?
Isabella dejó escapar un suspiro.
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
La joven se dejó caer en una silla.
—Mañana quiere hablar conmigo.
Elisa dejó la aguja sobre la mesa.
—¿Y qué crees que va a decirte?
Isabella sonrió como una niña.
—No quiero hacerme ilusiones...
Hizo una pausa.
—Pero siento que algo bonito está por comenzar.
Su madre la observó en silencio.
Quería compartir aquella ilusión.
Pero la experiencia le había enseñado que no todas las sonrisas escondían buenas intenciones.
Aun así, decidió no apagar los sueños de su hija.
Solo tomó sus manos entre las suyas.
—Prométeme una cosa.
—¿Cuál?
—Nunca dejes que nadie te haga sentir menos de lo que eres.
Isabella frunció el ceño.
—¿Por qué me dices eso?
—Porque vales mucho.
Más de lo que imaginas.
Y algún día llegará un hombre capaz de verlo.
Isabella apoyó la cabeza sobre el hombro de su madre.
—Ojalá sea Darío.
Elisa besó su frente.
—Si de verdad te merece... entonces también será mi deseo.
Esa noche, antes de dormir, Isabella abrió la ventana de su habitación.
La luna iluminaba las colinas cubiertas de viñedos.
El viento movía suavemente las ramas de los cipreses.
Cerró los ojos y sonrió.
Ignoraba que, muy cerca de allí, otro hombre contemplaba el mismo paisaje desde la terraza de una inmensa mansión, convencido de que la felicidad era un privilegio reservado para los demás.
Y el destino, paciente como el buen vino, ya había comenzado a entrelazar sus caminos.
Al día siguiente, cuando el sol empezara a ocultarse entre las viñas, una simple confusión cambiaría para siempre la vida de ambos.