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EL PRECIO DEL HIELO

EL PRECIO DEL HIELO

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / CEO / Amor tras matrimonio / Romance oscuro
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Mahary Garcia

El contrato de matrimonio no era solo papel: era una sentencia. A los 26 años, Valeria Varela se convirtió en la esposa de Dante Moretti, el hombre más poderoso, frío y temido de la ciudad —dueño de imperios empresariales y redes que nadie se atreve a nombrar. Ella lo amó desde antes de decir “sí”, creyendo que su amor sería suficiente para derretir su hielo. Pero tres años después, vive invisible: olvidada en sus cumpleaños, humillada en cenas de negocios, siempre relegada a un segundo plano frente a la mujer que él nunca dejó de querer: su exnovia, y ahora asistente personal, Isabella.
Valeria finge sumisión, baja la cabeza y sonríe cuando la insultan, pero detrás de esa máscara hay una inteligencia afilada y un dolor que se convierte en veneno. Cuando descubre que todo su matrimonio fue un acuerdo para saldar una deuda familiar, y que Isabella ha manipulado cada error, cada malentendido, cada lágrima suya, algo se rompe —y algo nuevo nace.

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CAPITULO 2

Las llamas de las velas se consumieron poco a poco, reduciéndose a pequeños puntos de luz que pronto se apagaron por sí solas, como la esperanza que durante tres años había mantenido viva Valeria. Se quedó allí sentada en la oscuridad del comedor, con el recibo del collar de diamantes arrugado en el puño cerrado, grabando cada palabra, cada tono de voz, cada gesto de indiferencia de Dante en su memoria. Ya no era solo dolor; ahora empezaba a ser algo más profundo, algo que ardía bajo la piel y que prometía no apagarse nunca.

A la mañana siguiente, el sol entraba a raudales por los ventanales de la mansión, pero la luz no lograba calentar el ambiente frío y rígido que se respiraba en cada rincón. Valeria se despertó temprano, aunque apenas había dormido. Se miró al espejo del baño: sus ojos ámbar estaban más oscuros, más apagados, pero había una firmeza nueva en su mirada, una dureza que antes no existía. Se vistió con el mismo estilo discreto que a él le gustaba —vestido de lana gris, corte recto, sin adornos—, se recogió el cabello en un moño bajo y bajó a desayunar.

Dante ya estaba en la sala de estar, de pie frente a la gran mesa de centro, revisando documentos y hablando por teléfono con voz grave y autoritaria. No levantó la vista cuando ella entró, ni le dijo buenos días, ni hizo el menor gesto de haberla notado. Para él, ella seguía siendo parte del mobiliario, algo que estaba ahí, que cumplía su función, pero que no merecía atención a menos que él lo decidiera.

Valeria se sirvió un café despacio, escuchando de fondo su conversación.

—… Sí, la cena de negocios es esta noche —decía él, con tono serio—. Vienen los inversores españoles. Es fundamental cerrar el trato. Isabella, encárgate de que todo esté listo, quiero que sea impecable. Tú te encargas de los detalles, como siempre.-

El nombre cayó sobre Valeria como un balde de agua helada. Isabella. Ella estaba allí, involucrada en todo, presente en cada aspecto de la vida de Dante, incluso en lo que supuestamente debía ser territorio de su esposa.

Colocó la taza sobre el platillo con un leve sonido metálico que llamó por fin la atención de Dante. Él se giró hacia ella, sus ojos grises recorriéndola con esa indiferencia habitual que ya le dolía menos, porque ahora ella sabía la verdad.

—Esta noche tenemos una cena importante en el restaurante El Pórtico —anunció él, sin preámbulos—. Vendrán socios clave. Tienes que ir. Mantente al lado, sonríe, saluda y no hables a menos que te pregunten. Ya sabes cómo son estas cosas: mi esposa debe estar presente, pero no debe estorbar.-

Sus palabras fueron cortantes, directas, como si le estuviera dando instrucciones a una empleada, no a la mujer con la que se había casado.

—Entendido —respondió Valeria con voz tranquila, sin alterarse, manteniendo la mirada baja, fingiendo esa sumisión que él creía natural en ella.Dante asintió, satisfecho con su obediencia, y volvió a sus papeles.

—Bien. Isabella vendrá con nosotros. Ella sabe manejar a la gente, así que sigue su ejemplo. Ella conoce mi mundo mejor que nadie.-

La frase quedó flotando en el aire, pesada, cargada de verdad y de desprecio. Ella conoce mi mundo mejor que nadie. Valeria sintió cómo se le cerraba la garganta, pero esta vez no derramó ni una lágrima. Solo asintió una vez más, mientras en su mente repetía las palabras del recibo que guardaba en su bolso: Collar de diamantes… Destinataria: Isabella Rossi.

La noche cayó rápida, trayendo consigo una atmósfera de lujo y elegancia. El Pórtico era el restaurante más exclusivo de la ciudad, un lugar reservado solo para la élite, donde cada mesa tenía su propia sala privada y el silencio solo se rompía por conversaciones en voz baja y copas de cristal fino.

El coche negro de Dante se detuvo frente a la entrada. Él bajó primero, impecable con su traje negro que le hacía ver aún más alto e imponente. Luego bajó Valeria, y justo cuando ella iba a tomar su brazo como siempre hacía, otro coche se detuvo detrás del suyo.

Isabella bajó con una gracia estudiada, vestida con un vestido rojo escarlata que dejaba ver sus hombros perfectos, ajustado al cuerpo, resaltando cada curva, con un escote que llamaba la atención de todos los presentes. Su cabello rubio caía en ondas brillantes sobre su espalda, y su perfume —el mismo que Valeria había olido en la ropa de Dante la noche anterior— llenó el aire inmediatamente.

Sonrió al verlos, una sonrisa dulce y letal, y caminó directamente hacia Dante, rozando su brazo con el suyo con una familiaridad que hizo arder el estómago de Valeria.

—Dante, querido —dijo ella con voz melosa—. Todo está listo, he revisado cada detalle. Será una noche perfecta.-

Él le devolvió la sonrisa. Él le devolvió la sonrisa. Una sonrisa que nunca, jamás, le había dedicado a Valeria.

—Lo sé. Confío en ti, Isabella. Como siempre.-

Entonces, Isabella giró la cabeza hacia Valeria, y su expresión cambió sutilmente: los ojos verdes brillaron con malicia, aunque su boca seguía sonriendo con dulzura.-

—¡Valeria! Qué elegante estás hoy, querida —dijo, recorriendo su vestido gris discreto con una mirada que claramente decía lo contrario—. Tan… recatada. A veces pienso que te gusta pasar desapercibida, ¿verdad? Aunque claro, en eventos así, es mejor no llamar demasiado la atención si no se está acostumbrada.-

Las palabras fueron como agujas, dichas con tanta dulzura que cualquiera que las oyera pensaría que era un cumplido, pero Valeria entendió perfectamente el veneno. Dante no dijo nada. No la defendió, no corrigió a Isabella, ni siquiera le prestó atención a lo que se acababa de insinuar. Simplemente tomó a Isabella del brazo y caminó hacia el interior del restaurante, dejando a Valeria caminando sola unos pasos atrás, invisible y humillada.

La cena transcurrió entre risas, brindis y conversaciones sobre negocios, inversiones y cifras millonarias. Dante estaba en su elemento: seguro, poderoso, admirado por todos. Isabella estaba a su derecha, actuando como su mano derecha, respondiendo preguntas, explicando estrategias, riendo sus chistes, tocando su brazo o su mano con una confianza absoluta, como si el puesto de esposa le perteneciera a ella, no a Valeria.

Valeria estaba a la izquierda, en silencio, con las manos juntas sobre el regazo, sonriendo cuando le miraban, asintiendo, comiendo apenas. Escuchaba todo. Veía todo. Y lo que veía le dolía, pero también le enseñaba. Veía cómo Dante miraba a Isabella, cómo sus ojos grises se suavizaban cuando hablaban, cómo la escuchaba como nunca la había escuchado a ella.

—Dante tiene una visión increíble —decía Isabella en un momento, mirando a los socios, con una mano apoyada sobre el hombro de él con total naturalidad—. Yo llevo años trabajando a su lado, conozco su forma de pensar mejor que nadie. Siempre digo que yo soy la única que realmente entiende su mundo, ¿verdad, Dante?-

Hubo una pausa breve. Todos miraron a Dante, esperando su respuesta. Valeria sintió que el corazón se le detenía en el pecho. Esperaba que él dijera algo, que negara, que recordara que ella estaba ahí, que era su esposa.

Pero Dante se limitó a mirar a Isabella, a sostenerle la mirada con esa intensidad que reservaba solo para ella, y asintió lentamente, sin rastro de duda ni culpa.

—Es cierto —dijo él con voz grave—. Isabella conoce cada parte de mi vida, cada proyecto, cada pensamiento. Ella es indispensable para mí.-

Un murmullo de aprobación recorrió la mesa. Algunos sonrieron cómplices. Y Valeria… Valeria sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies. No era solo que él no la quisiera; era que él se lo decía a la cara delante de todo el mundo. La estaba borrando de su vida, de su matrimonio, de su lugar, y lo hacía con la aprobación de todos, con la ayuda de esa mujer que fingía ser su amiga.

Isabella giró entonces la cabeza hacia ella, sus ojos verdes brillando con triunfo, con esa malicia fría que solo ella sabía usar, y añadió en voz alta, para que todos escucharan:

—Claro que Valeria es una excelente esposa, muy… tranquila, muy dócil. Pero bueno, no todos estamos hechos para entender las complejidades del imperio Moretti, ¿verdad? Algunas personas solo sirven para estar en casa, esperar y verse bonitas en las fotos.-

Dante soltó una pequeña risa, como si fuera un chiste gracioso, y bebió un sorbo de vino, sin siquiera mirar a Valeria para ver si le había dolido. No le importaba.

Valeria sintió que la sangre le hervía en las venas. Apretó los dientes para no gritar, para no romper el vaso que tenía en la mano, para no saltar sobre esa mujer y decirle que sabía lo de los regalos, lo de las mentiras, lo de todo. Pero se contuvo. Por primera vez en tres años, entendió que su silencio ya no era amor… era estrategia.

Miró a Dante, que seguía absorto en su mundo, rodeado de poder y de la mujer que realmente deseaba. Miró a Isabella, que la miraba con una sonrisa victoriosa, segura de que había ganado, segura de que Valeria nunca haría nada, nunca diría nada, nunca sería nada.

Y entonces, en medio de esa mesa llena de lujo, de desprecio y de mentiras, Valeria tomó una decisión definitiva.

Se levantó lentamente, llamando la atención de todos. Dante frunció el ceño, molesto por la interrupción. Isabella arqueó una ceja, divertida, esperando verla hacer el ridículo.

—Disculpen —dijo Valeria con voz serena, mucho más tranquila de lo que se sentía, aunque por dentro todo se estaba rompiendo y reconstruyendo a la vez—. Permiso un momento, tengo que ir al baño.-

Dante hizo un gesto impaciente con la mano, restándole importancia inmediatamente.

—Ve. No tardes.-

Ella asintió, dio media vuelta y caminó hacia la salida de la sala privada, sintiendo todas las miradas clavadas en su espalda. Pero antes de cruzar la puerta, escuchó claramente la voz de Isabella, baja, dulce y venenosa, que se dirigía a Dante, creyendo que ella ya no podía oírla:

—¿Cuándo entenderás, amor, que ella nunca será nada comparada conmigo? Tú y yo somos iguales… ella solo es el error que tuviste que aceptar por un contrato.-

Y lo peor no fueron las palabras. Lo peor fue lo que respondió Dante, con voz suave, casi cariñosa, una voz que Valeria nunca había escuchado dirigida a ella:

—Lo sé, Isabella. Lo sé muy bien. Y créeme… hay días en los que desearía poder cambiar el pasado y haberme casado contigo, como debió ser desde el principio.-

Valeria salió al pasillo oscuro del restaurante, apoyó la espalda contra la pared fría y sintió cómo las lágrimas, por fin, brotaban de sus ojos, pero esta vez no eran de dolor. Eran de fuego.

Allí, sola en la penumbra, comprendió todo. Comprendió que su matrimonio no era una unión, sino una cárcel. Comprendió que Isabella no era solo una rival, sino la dueña absoluta del corazón de su marido. Y comprendió algo más, algo que le heló la sangre y le dio al mismo tiempo una fuerza que no sabía que tenía:

Si él deseaba haberla elegido a ella… entonces Isabella debía ser quien tenía la culpa de todo. Y todo lo que estaba pasando no era casualidad. Era un plan.

Alguien había movido los hilos desde el principio. Alguien se había asegurado de que ella nunca encajara, de que nunca fuera suficiente, de que siempre estuviera en segundo plano. Y esa persona estaba sentada allí dentro, riéndose, ganando, segura de sí misma.

Valeria se secó las lágrimas bruscamente con la mano, enderezó la espalda y miró su reflejo en el espejo que había al final del pasillo. Ya no veía a la esposa enamorada, dulce y sumisa. Vio a una mujer herida, sí… pero también a una mujer que ahora sabía la verdad, y que sabía que la verdad era el arma más poderosa de todas.

—Juegas muy bien tus cartas, Isabella —susurró al cristal, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Pero olvidaste algo importante…

Se acercó más al espejo, clavando sus ojos ámbar en su propia imagen, oscuros y decididos.

—Yo también sé jugar. Y cuando aprendo las reglas… suelo ganar.-

Dio media vuelta y caminó de regreso hacia la sala privada. No sabía cómo, ni cuándo, ni de qué manera exacta… pero juró por todo lo que tenía que haría que ambos pagaran cada una de sus palabras. Haría que Dante llorara cada lágrima que ella había derramado. Haría que Isabella perdiera cada miga de poder que creía tener.

Y justo cuando iba a abrir la puerta, escuchó la voz de Dante al otro lado, hablando de nuevo, confirmando sus peores sospechas:

—El contrato es lo único que me ata a ella. Nada más. Y algún día… ese contrato se romperá. Y entonces, por fin, seré libre.-

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Laura Panama
así me gusta que se defienda no que se umille
Maria natalia Jauregui ramirez
Si
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