Un simple tropiezo frente a la universidad cambió la vida de Amelia para siempre. Ahora su corazón y su hijo están atrapados entre dos mundos el humano y el del Reino de Fuego. Con Gael a su lado y el poderoso rey Dante observándola, Amelia deberá enfrentarse a decisiones, secretos peligrosos y una magia que puede alterar su destino… para siempre.
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Cuando el reino llega a la Tierra
La noche había caído nuevamente sobre la ciudad.
Amelia estaba sentada en el sofá de su pequeño apartamento, con una taza de té entre las manos.
El calor del líquido ayudaba un poco con la sensación extraña que había tenido durante el día.
No era dolor.
Solo una especie de cansancio… y ese mareo ocasional que aparecía sin avisar.
Gael estaba de pie cerca de la ventana.
Mirando hacia afuera.
Demasiado callado.
Amelia lo observó unos segundos antes de hablar.
—Llevas así toda la tarde.
Gael no respondió inmediatamente.
—¿Así cómo?
—Pensando demasiado.
Gael soltó un suspiro bajo.
—Tal vez.
Amelia dejó la taza sobre la mesa.
—¿Tiene que ver con lo de esta mañana?
Gael finalmente se giró hacia ella.
—Un poco.
Amelia levantó una ceja.
—¿Un poco?
Gael caminó lentamente hacia el centro de la habitación.
Su expresión se volvió más seria.
—Amelia…
Ella lo miró con atención.
—Eso suena preocupante.
Gael respiró profundamente.
—Creo que mi hermano ya viene.
El silencio cayó en la habitación.
Amelia lo observó unos segundos.
—¿Crees?
Gael asintió.
—Los guardias no regresaron.
—Eso suena como algo bueno.
—No lo es.
Amelia frunció el ceño.
—¿Por qué?
Gael respondió con calma.
—Porque Dante no envía advertencias dos veces.
El estómago de Amelia se tensó ligeramente.
—Entonces…
—Vendrá él mismo.
Amelia se recostó contra el sofá.
—Genial.
Se pasó una mano por el cabello.
—El rey del Reino de Fuego visitando mi apartamento. Justo lo que necesitaba esta semana.
Gael no sonrió.
Amelia lo notó de inmediato.
—No estás bromeando.
—No.
El ambiente se volvió más pesado.
Amelia se levantó lentamente.
—¿Y qué pasa cuando llegue?
Gael tardó unos segundos en responder.
—Intentará llevarme de regreso.
—¿A la fuerza?
—Probablemente.
Amelia cruzó los brazos.
—Y supongo que no aceptará un “no”.
Gael negó suavemente.
—No.
Amelia suspiró.
—Eso es un problema.
Gael la miró fijamente.
—Sí.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
Después de unos segundos Amelia habló.
—Entonces iremos.
Gael frunció el ceño.
—¿Iremos?
—Sí.
Gael negó inmediatamente.
—No.
Amelia levantó una ceja.
—¿No?
—No puedes ir conmigo al reino.
—¿Por qué?
Gael respondió con firmeza.
—Porque no es seguro.
Amelia soltó una pequeña risa.
—Gael…
Señaló alrededor del apartamento.
—Tres hombres que controlan fuego intentaron secuestrarte en un parque público.
Lo miró directamente.
—Creo que ya superamos la parte segura.
Gael no respondió.
Amelia caminó hacia él.
—Además…
Su voz se volvió más suave.
—No quiero quedarme aquí esperando a que algo pase.
Gael la observó.
—No entiendes cómo es mi mundo.
Amelia sostuvo su mirada.
—Entonces enséñamelo.
El silencio volvió a caer entre ellos.
Pero la conversación nunca terminó.
Porque en ese momento…
El aire de la habitación cambió.
El calor aumentó de repente.
Las luces del apartamento parpadearon.
Amelia lo sintió inmediatamente.
—Gael…
Pero Gael ya lo sabía.
Se giró lentamente hacia la ventana.
Las cortinas se movieron con una ráfaga de aire caliente.
Y entonces apareció.
Una figura de pie en el balcón.
Alta.
Imponente.
Vestida con un abrigo oscuro que se movía ligeramente con el viento nocturno.
Sus ojos brillaban con un tono ardiente.
Amelia sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Gael habló con voz baja.
—Llegó.
La figura dio un paso dentro del apartamento.
Sus botas tocaron el suelo con calma.
Pero su presencia llenó la habitación inmediatamente.
El hombre observó el lugar con curiosidad.
Como si el mundo humano fuera apenas una distracción.
Luego su mirada se detuvo en Gael.
—Hermano.
Su voz era profunda.
Autoritaria.
Gael no se movió.
—Dante.
Amelia sintió el peso de ese nombre en el aire.
El rey del Reino de Fuego.
Dante entonces giró lentamente la mirada hacia ella.
Y en el momento en que sus ojos se encontraron…
Hubo reconocimiento.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios del rey.
—Veo que sigues aquí, humana.
Amelia sostuvo su mirada.
—Podría decir lo mismo de ti.
Dante levantó ligeramente una ceja.
Divertido.
—Recuerdo que la última vez que nos vimos…
Su mirada se volvió más aguda.
—Te aconsejé mantenerte lejos de los asuntos de mi hermano.
Amelia cruzó los brazos.
—Sí.
—Claramente no seguiste ese consejo.
Gael dio un paso adelante.
—Dante.
La voz de Gael fue firme.
—No viniste a hablar con ella.
Dante volvió su atención hacia su hermano.
—Tienes razón.
La expresión divertida desapareció.
Ahora estaba el rey.
—Vine por ti.
El calor en la habitación aumentó lentamente.
—El reino te necesita.
Gael no se movió.
—No volveré.
El silencio fue inmediato.
Los ojos de Dante brillaron con intensidad.
—Gael…
Su voz se volvió más baja.
Más peligrosa.
—No estoy preguntando.
Pequeñas llamas comenzaron a aparecer alrededor de su mano.
El fuego danzaba entre sus dedos como si estuviera vivo.
Amelia sintió su corazón latir más rápido.
Gael dio otro paso adelante.
Colocándose entre Dante y Amelia.
—No te la llevarás.
Dante observó ese gesto.
Y entonces sonrió.
Pero esa sonrisa no era amable.
Era la sonrisa de un rey acostumbrado a la obediencia.
—Hermano…
Las llamas crecieron lentamente en su mano.
—No vine por ella.
Su mirada se movió nuevamente hacia Amelia.
Pero esta vez había algo diferente en sus ojos.
Algo más atento.
Más curioso.
Como si estuviera percibiendo algo.
—Pero ahora…
Su voz se volvió pensativa.
—Empiezo a entender por qué decidiste quedarte en este mundo.
El silencio explotó en la habitación.
Gael habló con una firmeza absoluta.
—Ni lo intentes.
El fuego de Dante creció aún más.
Y Amelia entendió en ese momento…
Que el verdadero conflicto apenas estaba comenzando.