Acompáñame a ver la historia de Luisa Mendez..
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Lo que empieza a cambiar
El aire de la noche era frío, pero no tanto como el rencor que ardía dentro de Estefany.
Salió de la casa Sotomayor enojada.
Se detuvo antes de subir a su auto.
Cerró los ojos un segundo y respiró hondo.
Pero no logró calmarse.
—Maldición —murmuró, apretando los puños—. Tengo que acercarme a Diego como sea.
Su mente no dejaba de dar vueltas.
La imagen de Luisa de pie frente a ella, sin temblar, sin agachar la cabeza…
Eso no estaba en sus planes.
—¿Desde cuándo esa estúpida dejó de ser la misma de antes? —susurró con desprecio.
Abrió la puerta del auto con brusquedad.
Se sentó, pero no arrancó de inmediato.
Se quedó ahí mirando al frente.Pensando.
—Tengo que volverlo a enredar—continuó, más fría ahora—. Tiene que estar conmigo otra vez. No me importa cómo.
Su reflejo en el espejo le devolvió una imagen perfecta pero por dentro, todo se desmoronaba.
—Aunque tenga que aceptar a ese bastardo.
La palabra le salió cargada de asco.
Pero aun así la sostuvo.
—Mi familia está en bancarrota —susurró, cerrando los ojos con fuerza—. Y Diego es mi última salvación para no ser pobre.
El silencio dentro del auto fue pesado.
Doloroso.Orgulloso.
—Qué asco—añadió con una risa amarga—. Tener que buscarlo.
Pero entonces su expresión cambió.
Sus ojos se endurecieron.
—Y lo voy a conseguir al precio que sea.
Encendió el motor.
—Tú, estúpida Luisa no me vas a ganar, no sonó como una amenaza.Sonó como una promesa que debía cumplir al precio que sea.
Mientras tanto…
La casa Sotomayor dormían.Pero no todos.
En la madrugada, un llanto rompió el silencio.
El bebé.
Diego abrió los ojos con molestia, girándose en la cama.
—¿Otra vez? —murmuró con fastidio.
Intentó ignorarlo.
Se cubrió con la almohada.Pero el llanto no cesó.Al contrario aumentó.
Inquieto.Desesperado.
Diego bufó, sentándose en la cama.
—¿Y ahora qué?
Pasó una mano por su rostro.
Molesto.Pero llanto no lo dejaba volver a dormir.
Se levantó con desgano.
Salió al pasillo.Y caminó hasta la habitación de Luisa.
La puerta estaba entreabierta.
Miró dentro.
Y lo que vio lo detuvo.
Luisa estaba sentada en la cama, inclinada hacia adelante, con el bebé en brazos pero sus ojos estaban cerrados.
Dormida.Agotada.
Completamente vencida por el cansancio.
El bebé lloraba, inquieto en sus brazos, sin consuelo.
Diego se quedó quieto unos segundos.
Observando.Algo en esa escena no encajaba con lo que él siempre había creído.
Molesto consigo mismo.
Pero aun así se acercó.
—Dámelo… —murmuró en voz baja.
Con cuidado, tomó al bebé de sus brazos.
Luisa apenas se movió.
Ni siquiera despertó.
Eso le dijo todo.
El niño seguía llorando.
Diego lo sostuvo torpemente.
—Ya, ya—intentó, incómodo—. ¿Qué quieres ahora?
El bebé no dejaba de llorar.
—No sé qué hacer contigo…
Pero no lo soltó. Lo acomodó entre sus brazos.Y sin darse cuenta empezó a mecerlo suavemente.
El llanto disminuyó un poco.
—¿Tienes hambre eh? —murmuró.
Miró alrededor.
Vio el biberón preparado sobre la mesa.
Lo tomó. Lo puso a tibiar un poco.
Se sentó en la silla, colocando al bebé en su brazo con cuidado.
Le acercó el biberón.
Al principio torpe.
Inseguro.Pero el bebé aceptó.
Y poco a poco el llanto se detuvo.
El silencio volvió.
Diego lo miró, era pequeño.Frágil.
Y sin embargo completamente dependiente que molesto.
—Deberías odiarte —murmuró sin pensar—. Sería más fácil.
Pero el bebé solo bebía tranquilo.Como si nada importara.Como si no entendiera el rechazo.Como si confiara.Eso lo incomodó.
Mucho.
Terminó de darle la leche.y le saco los gases y el bebé eructo, ll acomodó contra su pecho, ya dormido
Diego dudó.Podía regresarlo.
Dejarlo.Volver a su habitación.
A su vida.A su indiferencia.
Pero no lo hizo.Lo llevó con él.
Entró a su habitación.
Se sentó en la cama.Mirándolo.
En silencio.
—No significa nada —murmuró.
Pero no sonó convencido.
Se recostó lentamente, con el bebé aún en su brazo.Y sin darse cuenta.Se quedó dormido.
El amanecer llegó suave.
Tranquilo.
Pero para Luisa despertó de golpe.
Miró a su lado.Vacío.La cuna.Vacía.
El aire se le fue de los pulmones.
—¡Mi bebé…!
Se levantó de inmediato, ignorando el dolor de su cuerpo.
—¡Rosa! —llamó, desesperada—. ¡Rosa!
La mujer apareció apresurada.
—¿Qué pasó, señorita?
—Mi hijo, no está, no está aquí —su voz temblaba—. ¿Lo viste? ¿Alguien lo llevó?
Rosa dudó un segundo.
—Anoche, vi al señor Diego —respondió—. El bebé lloraba mucho yo iba a calmarlo pero él ya lo estaba calmando. Se lo llevó a su habitación.
Luisa se quedó en silencio.
Sorprendida.Confundida.
Sin perder tiempo, salió de la habitación.
Caminó rápido por el pasillo.
Su corazón latía asustado pensando que Diego le podía ser daño a su hijo.Llegó a la puerta de Diego.Dudó.
Pero la abrió.Y lo que vio.La detuvo.
Diego estaba dormido.
Con el bebé en su brazo.
Protegiéndolo sin darse cuenta.
El niño descansaba tranquilo sobre su pecho.
Ambos en paz.Luisa no se movió.
Se quedó ahí.
Observando.
—Se ven hermosos —susurró apenas. Los dos..Se acercó despacio.
Como si el momento pudiera desaparecer.
Se sentó en el borde de la cama.Y los miró.
—Qué lástima —murmuró, acariciando suavemente la cabeza de su hijo—. Que tu padre no te quiera, hijo mío.
Pero en ese instante Diego abrió los ojos.
La miró yno hubo rechazo inmediato.Algo que ninguno de los dos supo nombrar.Y que lo cambiaría todo.