"Un pacto con el diablo por amor a su familia. Porque a veces, para salvar la luz, hay que aprender a caminar en las sombras".
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Capítulo 8: El Precio de la Traición
El muelle se convirtió en un escenario de pesadilla. Antes de que Bianca pudiera procesar la presencia de Andrés, Santiago avanzó hacia Juan con una furia ciega, alimentada por el alcohol y el despecho. No hubo honor en la pelea; Santiago descargó sobre Juan todos los golpes que quería darle a la vida, al destino y a la propia Bianca. Juan, aturdido por la emboscada de los hombres de Urrieta, apenas pudo cubrirse mientras Santiago lo golpeaba en el suelo, transformado en un extraño que Bianca ya no reconocía.
— ¡Míralo, Bianca! —gritaba Santiago entre jadeos, con los nudillos ensangrentados—. ¡Este es el hombre por el que me dejaste! ¡Míralo ahora!
Bianca quiso gritar, quiso intervenir, pero la mano de Don Andrés se cerró sobre su hombro como una garra de acero. Él no detuvo a Santiago; disfrutaba del espectáculo.
— Déjalos, Flor —susurró Andrés con una frialdad que le heló la sangre—. Deja que los perros se peleen por las sobras.
Andrés le hizo una seña a sus hombres. Dos de ellos apartaron a Santiago con brusquedad, dejándolo tirado en la madera, llorando de rabia y agotamiento. Juan quedó inmóvil, un bulto roto bajo la luz de la luna. Andrés no le dirigió ni una mirada de odio; simplemente lo ignoró como a un insecto aplastado.
— Sube al coche —ordenó Andrés. Su voz ya no tenía el tono aterciopelado de antes. Era una orden seca, militar.
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El Regreso a la Mansión: El Fin de la Joya
El trayecto hacia la mansión fue un silencio sepulcral. Bianca esperaba una explosión de celos, un castigo físico, un encierro. Pero cuando las pesadas puertas de hierro de la propiedad de Urrieta se cerraron tras ellos, la atmósfera cambió de una forma que ella no previó.
Andrés entró al gran salón, se quitó el saco y lo lanzó sobre un sillón. Se sirvió un whisky, pero no le ofreció nada a ella. Se quedó de espaldas, mirando hacia el jardín oscuro.
— Creíste que yo era un romántico, Bianca —dijo él, sin volverse—. Creíste que mi obsesión por ti me hacía débil, que podías usar mi dinero para salvar a tu familia y luego correr a los brazos de un delincuente de poca monta o llorar por un campesino despechado.
— Andrés, yo... —intentó decir ella, dando un paso hacia él.
Él se giró de golpe. No había rastro de deseo en sus ojos, solo un cálculo glacial.
— Se acabaron los privilegios —sentenció él, su voz cortando el aire como un látigo—. Desde este segundo, dejas de ser mi "invitada" y dejas de ser "Flor". A partir de mañana, trabajarás en el club, pero no en el área VIP. Trabajarás como todas las demás, desde abajo.
Bianca parpadeó, confundida. —¿Qué quieres decir?
— Me debes la hipoteca de tu casa. Me debes la educación de tus hermanas. Me debes cada joya y cada vestido que has usado —Andrés caminó hacia ella, deteniéndose a un centímetro de su rostro, pero esta vez no la tocó—. Vas a trabajar duro, Bianca. Muy duro. Cada centavo que ganes irá directamente a pagar tu deuda conmigo. No habrá más cuentas abiertas, no habrá más choferes, ni cenas de lujo.
Bianca sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El hombre que la "poseía" ahora la "administraba".
— ¿Me estás convirtiendo en una empleada más? —susurró ella, herida en su orgullo.
— Te estoy convirtiendo en lo que realmente eres: una deudora —Andrés terminó su trago y dejó el vaso con un golpe seco sobre la mesa—. No vuelvas a dirigirme la palabra a menos que sea para entregarme dinero. Tienes una casa que mantener y tres hermanas que alimentar. Sugiero que empieces a pensar cómo vas a pagar la cuota de este mes, porque si te retrasas un solo día... las echaré a la calle sin mirar atrás.
Andrés caminó hacia la escalera, subiendo los peldaños con una indiferencia absoluta. Se detuvo a mitad de camino y, sin mirar atrás, lanzó una última frase:
— Buenas noches, Bianca. Bienvenida al mundo real.
La dejó allí, sola en medio del salón inmenso, rodeada de lujos que ya no le pertenecían. Bianca se miró las manos; estaban vacías. La protección de Andrés había desaparecido, reemplazada por una esclavitud económica mucho más feroz. Santiago la había traicionado, Juan estaba herido y ella... ella ahora tenía que luchar sola contra un monstruo que ya no la amaba, sino que la cobraba.
Se tocó el cuello, buscando el collar de diamantes negros. Ya no estaba. Andrés se lo había quitado antes de bajar del coche. La espina de cristal estaba ahora desnuda, pero más afilada que nunca.