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Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor eterno / Venganza
Popularitas:649
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)

NovelToon tiene autorización de Uma campo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

XVIII. L'alba dei vetri rotti.

(al dia siguiente)

Alessandra:

La luz del domingo se filtraba por las pesadas cortinas de terciopelo de mi habitación con una crueldad que me quemaba las pupilas. No recordaba haberme quedado dormida, solo el agotamiento absoluto de un llanto que me había dejado la garganta seca y el pecho como si me hubieran pasado por encima con uno de los camiones del convoy. El dolor seguía ahí, pero ya no era una llamarada; era un rescoldo gris, una presión constante que me recordaba, con cada latido, que Giulia me consideraba un parásito.

Intenté girarme para hundir la cara en la almohada y desaparecer en la oscuridad, pero algo golpeó mi costado con la insistencia de un martillo hidráulico.

—¡Ale! ¡Ale, svegliati! —El grito infantil de Speranza perforó el silencio de mi habitación. (¡Ale! ¡Ale, despiértate!)

Sentí cómo la niña saltaba sobre el colchón, sus manos pequeñas tirando de las mantas con una fuerza sorprendente para sus cinco años. Abrí un ojo, solo uno, y vi su rostro radiante a pocos centímetros del mío. Sus ojos, esa mezcla de verde y gris, brillaban con una ilusión que me resultó casi insultante dada la agonía que yo sentía.

—Speranza... per favore, va' via... —mi voz salió como un graznido espantoso, afónica y áspera por los sollozos de la noche anterior. (Speranza... por favor, vete...).

—¡No! ¡Hai promesso! —insistió, sentándose sobre mi estómago, lo que me sacó un quejido de dolor real—. Dijiste que hoy era tu descanso. Dijiste que me llevarías al parque a buscar más diamantes mágicos. ¡Papá dijo que ya estás despierta!

Maldije internamente a Alessio. Sabía lo que estaba haciendo; estaba usando a la única persona en esta casa a la que yo no podía decirle "no" para sacarme de la cama, para obligarme a enfrentar el mundo antes de que me hundiera en la autocompasura.

Me incorporé lentamente, sintiendo cada músculo de mi cuerpo rígido. El encaje negro de mi lencería, el mismo que Thais había admirado horas antes, se sentía ahora como una burla. Me pasé una mano por la cara, notando la hinchazón en mis párpados.

—¡Mira, Ale! ¡Ya salió el sol! ¡Los dragones ya se fueron! —Speranza me sacudía del brazo, ajena por completo a que su hermana mayor se sentía como si tuviera un agujero de bala en el alma.

—Va bene, va bene... piccola peste —murmuré, forzando una sonrisa que debió parecerse más a una mueca de dolor—. (Está bien, está bien... pequeña peste). Dame diez minutos. Tengo que... tengo que lavarme la cara.

—¡Cinco minutos! —sentenció ella, saltando de la cama y corriendo hacia la puerta—. ¡Te espero abajo con mis botas de exploradora!

Cuando la puerta se cerró, me quedé sentada en el borde de la cama, con los pies descalzos sobre la alfombra fría. Miré hacia el balcón. El domingo estaba ahí, brillante y ruidoso, recordándome que el imperio Veraldi no se detenía por un corazón roto. Me puse en pie, sintiendo una debilidad residual en las rodillas, y caminé hacia el espejo del baño.

La mujer que me devolvió la mirada no era la General. Tenía los ojos rojos, el cabello desordenado y una expresión de derrota que me dio asco. Me eché agua helada en la cara, una y otra vez, tratando de borrar el rastro de la vulnerabilidad.

Tenía que llevar a Speranza al parque. El mismo parque donde, quizás, vería de nuevo el árbol donde todo empezó. El pecho me volvió a apretar con fuerza, pero esta vez me tragué el dolor. Me puse unos jeans oscuros, una sudadera que ocultara mis tatuajes y mi pistola, y me ajusté los lentes para ocultar mis ojos.

Si el mundo quería que fuera un monstruo, al menos sería un monstruo que cumple sus promesas a su hermanita. Bajé las escaleras, escuchando los gritos de alegría de Speranza en la cocina, mientras me preparaba para caminar por el campo de minas que ahora era mi propia ciudad.

Giulia:

El peso de la conciencia y el dolor emocional se sienten como si alguien hubiera reemplazado mi sangre por plomo. Desperté a las once de la mañana, pero mis párpados pesaban tanto que por un momento deseé que la oscuridad volviera a tragarme. La luz del domingo entraba por la ventana con una insolencia insoportable, burlándose de la tormenta que aún rugía dentro de mí.

Intenté tragar saliva y solté un quejido seco. Me dolía la garganta, una irritación punzante producto de los gritos y los sollozos de anoche, y mi cabeza era un tambor rítmico que golpeaba mis sienes con cada latido. Me sentía físicamente enferma, como si las palabras venenosas que le escupí a Alessandra se hubieran quedado atascadas en mi propio cuerpo, pudriéndome desde adentro.

Me arrastré fuera de las sábanas, sintiendo el cuerpo entumecido, y caminé descalza hacia la cocina. El olor a café recién hecho flotaba en el aire, pero hoy no me resultaba reconfortante; me recordaba a las mañanas en las que despertaba esperando un mensaje de "Ale" que ya no llegaría.

Allí estaba Martina. Ella era el contraste absoluto a mi caos. Estaba sentada a la mesa desde las nueve, como un reloj suizo que no se detiene ni siquiera cuando el mundo de su mejor amiga se desmorona. Llevaba una sudadera gris desgastada, su cabello castaño recogido en un moño desaliñado del que escapaban varios mechones, y sus lentes de lectura descansaban sobre el puente de su nariz.

Tenía su taza de café humeante entre las manos y la mesa estaba sepultada bajo libros de leyes y apuntes subrayados con fosforescente. Estaba en su elemento: estudiando, planeando, estructurando un futuro donde las "mafiosas" no tenían lugar.

—Al fin despiertas —murmuró sin levantar la vista del libro, aunque su tono era más suave de lo habitual.

—Me siento fatal, Marti —susurré, sentándome en la silla frente a ella. Mi voz sonaba rasposa, casi inexistente—. Me duele todo.

Martina cerró el libro con un suspiro y me miró por encima de sus lentes. Su mirada era una mezcla de lástima y esa firmeza pragmática que tanto la caracterizaba.

—Es la resaca emocional, Giulia. Y probablemente te vas a resfriar por haber estado llorando en el balcón con el frío que hacía —alargó la mano y me acercó una taza vacía—. Bebe algo caliente. Tienes que desayunar.

—No tengo hambre. Siento que si como algo, voy a vomitar.

—Tienes que hacerlo —insistió ella, marcando una página con un separador—. No podemos quedarnos aquí encerradas lamiéndonos las heridas. He estado planeando cómo vamos a avanzar. Mañana mismo vamos a ir a ver otro apartamento, algo más céntrico, con más seguridad. Y voy a bloquear ese número de tu teléfono de forma definitiva.

Me quedé mirando el fondo de la taza vacía. Martina hablaba de "avanzar" como si fuera tan fácil como cambiar de página en sus libros de texto. Ella no entendía que, aunque bloqueáramos mil números o nos mudáramos al otro lado de Italia, el recuerdo de Alessandra, con sus ojos heterocromáticos y su confesión desesperada, ya estaba tatuado en mi memoria.

—Ella dijo que me amaba, Martina... —murmuré, sintiendo que los ojos me escocían de nuevo.

—Dijo lo que necesitaba decir para que no la echaras, Giulia —respondió ella con frialdad, volviendo a abrir su libro—. Los depredadores siempre dicen lo que la presa quiere oír. Ahora, deja de pensar en monstruos y tómate el café. Tenemos una vida que recuperar.

Miré hacia el balcón. El enorme ramo de flores seguía allí, ahora definitivamente muerto, con los pétalos marrones cayendo sobre el suelo. Me sentía exactamente igual que esas flores: arrancada de mi raíz, marchita y olvidada por la misma mano que juró protegerme.

Me levanté de la mesa arrastrando los pies, sintiendo que cada paso era una batalla contra la gravedad. Martina seguía inmersa en sus gruesos tomos de **Anatomía Patológica**; sus apuntes estaban llenos de esquemas de tejidos y descripciones de enfermedades que, irónicamente, se sentían menos dolorosas que lo que yo tenía en el pecho. Ella siempre decía que la medicina era lógica, que el cuerpo seguía reglas, pero mi cuerpo hoy se negaba a seguir cualquier norma de salud.

—Giulia, si te vas a poner a trabajar, al menos tómate un paracetamol —dijo Martina sin despegar la vista de un dibujo del sistema linfático—. Tienes las glándulas inflamadas, se te nota desde aquí. Es el estrés.

—Estoy bien, Marti. Solo necesito concentrarme en algo que no sea... ella —mentí, abriendo mi maletín de herramientas.

Me senté en el pequeño escritorio junto a la ventana. Tenía tres pedidos acumulados: un collar de cuarzo ahumado para una clienta de Roma y dos pulseras de hilo de seda con detalles en plata. Agarré las pinzas de punta redonda, pero mis manos temblaban tanto que el metal chocaba contra la madera con un repiqueteo nervioso.

—¿Cómo vas con el examen de patología? —pregunté, intentando llenar el silencio que me estaba asfixiando.

—Pesado. Analizar cómo se deterioran los órganos es fascinante, pero ver cómo la gente ignora los síntomas de un colapso es frustrante —Martina levantó la vista, ajustándose los lentes de lectura—. Como tú ahora. Tienes una taquicardia emocional que te va a mandar a urgencias si no dejas de torturarte.

—No me estoy torturando. Estoy trabajando —respondí con testarudez.

Tomé una pequeña cuenta de cristal tallado. Era delicada, transparente, brillando bajo el sol del domingo. Al ver el destello, mi mente me traicionó de inmediato: recordé el brillo de los ojos de Alessandra cuando me miraba en silencio. Recordé su voz ronca diciéndome que me amaba.

El temblor en mis dedos empeoró. Intenté pasar el hilo de seda por el ojo de la cuenta, una operación que normalmente hago en dos segundos, pero fallé. Una, dos, tres veces. El hilo se deshilachaba y mi paciencia se evaporaba junto con mi fuerza.

—¡Maldita sea! —exclamé, dejando caer las pinzas.

—Giulia, para. Estás forzando la máquina —Martina suspiró, cerrando su libro de medicina con un golpe seco—. No puedes unir cuentas si estás rota por dentro. La motricidad fina es lo primero que se pierde con la angustia.

—¡Tengo que terminar esto! —grité, y mi voz se quebró de nuevo, volviéndose ese graznido doloroso—. Si no trabajo, pienso. Y si pienso, me acuerdo de su cara cuando le dije que era un monstruo. Me acuerdo de cómo se quedó parada ahí, Martina... Parecía que le había disparado.

—Le dijiste la verdad, Giulia. Los monstruos también tienen sentimientos, pero eso no los hace menos peligrosos. Un virus también es "perfecto" en su estructura, pero termina matando al huésped. Ella es el virus, y tú eres el huésped que se está intentando salvar.

Intenté agarrar de nuevo una piedra de lapislázuli, pero esta vez, simplemente no pude sostenerla. La piedra resbaló de mis dedos y rodó por el suelo, perdiéndose debajo del sofá. Fue el detonante. Me cubrí la cara con las manos y estallé en un llanto amargo, sollozando con tal fuerza que los hombros me dolían.

—No puedo... Marti, no puedo ni sostener una piedra... —sollocé, sintiéndome patética—. Me duele la garganta, me duele la cabeza... siento que me voy a morir.

Martina se levantó, rodeó la mesa y se sentó en el suelo junto a mi silla, rodeándome las piernas con sus brazos.

—No te vas a morir. Es solo el dolor saliendo. Deja de intentar ser productiva hoy. El mundo puede esperar por sus pulseras, pero tú no puedes esperar a colapsar. Quédate aquí, llora todo lo que necesites, pero mañana... mañana empezamos con el tratamiento de olvido.

Me dejé caer hacia adelante, apoyando mi frente en el hombro de mi amiga, mientras las cuentas de bisutería quedaban esparcidas por la mesa como fragmentos de una vida que ya no sabía cómo armar. El domingo seguía allá afuera, pero para mí, el tiempo se había detenido en el momento en que cerré esa puerta.

(horas mas tarde)

El reloj de la pared marcaba las dos de la mañana y el silencio en el apartamento era tan denso que podía escuchar el zumbido de la nevera en la cocina. Martina se había rendido a las once, agotada por sus libros de patología y por el esfuerzo mental de intentar mantenerme a flote. La escuché cerrar su puerta después de dejarme un té de tilo que se enfrió intacto sobre la mesa.

Me quedé sola con la oscuridad y con el eco de mis propios pensamientos. Mis manos, que horas antes no podían sostener una pequeña cuenta de cristal, ahora rodeaban el cuello de una botella de vino tinto que Martina guardaba para "ocasiones especiales". Yo nunca bebía. Siempre decía que necesitaba tener la mente clara para mi trabajo, para la precisión de las pinzas y el hilo. Pero esta noche, la claridad era mi peor enemiga.

—Salute... por la artesana y el monstruo —susurré con la voz completamente rota, dándole un trago largo directamente de la botella.

El líquido amargo y espeso me quemó la garganta inflamada, provocándome una mueca de dolor, pero el calor que descendió hacia mi pecho fue el primer alivio real que sentí en veinticuatro horas. Me senté en el suelo del balcón, ignorando el frío que me calaba los huesos a través del pijama. A mi lado, el ramo de rosas de Alessandra yacía como un cadáver vegetal, sus pétalos ahora negros bajo la luz de la luna.

—¿Por qué me dijiste que me amabas? —le pregunté a la oscuridad, sintiendo cómo el alcohol empezaba a nublarme los sentidos—. Podrías haberme mentido... podrías haber seguido siendo solo "Ale".

Le di otro trago, más largo esta vez. Sentía la cabeza ligera, pero el corazón seguía pesando lo mismo. Las lágrimas volvieron a brotar, calientes y constantes, resbalando por mis mejillas y mezclándose con el sabor ferroso del vino. Me sentía patética, una sombra de la mujer orgullosa que le había gritado verdades hirientes a la cara.

—Soy una hipócrita —hipé, abrazando la botella contra mi pecho como si fuera un salvavidas—. Te dije que eras un parásito... pero yo no puedo dejar de alimentarme de tu recuerdo.

La ciudad de Milán brillaba a lo lejos, indiferente a mi pequeña tragedia. Me imaginé a Alessandra en su mansión de cristal, quizás bebiendo algo mucho más caro, quizás con otra mujer, o quizás... quizás sintiendo este mismo vacío que me estaba devorando. El alcohol no borraba su rostro; al contrario, lo proyectaba en cada sombra del balcón.

Cerré los ojos, mareada por la mezcla de la fiebre, el dolor de garganta y el vino. Me quedé allí tirada, apoyada contra la pared fría, llorando en silencio mientras el resto del mundo dormía y yo me convertía en algo que no reconocía: una mujer rota, borracha de tristeza, esperando un perdón que yo misma me había encargado de destruir.

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