Anna Marín muere a los 32 años con seis puñaladas en el pecho, asesinada por su hermanastra Mariana mientras su esposo Javier observa sin intervenir. Sus últimos pensamientos son de arrepentimiento: por amar demasiado, por callarse demasiado, por convertirse en invisible.
Pero cuando abre los ojos, está de vuelta dos años antes de su muerte.
Con todos los recuerdos intactos.
Anna sabe exactamente lo que viene: cómo Mariana manipulará a sus hijas gemelas para que la odien, cómo Javier la torturará durante meses para robarle la herencia de la abuela, cómo morirá sola en el mismo piso de mármol donde alguna vez creyó que construiría un hogar.
Esta vez no será la esposa sumisa que se arrastra por amor.
Esta vez será la Loba Blanca que todos temían en los tribunales.
Esta vez cada traidor pagará por adelantado.
Pero cambiar el futuro tiene un precio. Y Anna descubrirá que la venganza, aunque dulce, puede costarle lo único que aún le importa: el alma de la mujer que alguna vez fue.
Una histo
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CAPÍTULO 3
Anna baja a la cocina a las siete de la mañana vestida con un traje sastre gris perla y tacones de diez centímetros que compró hace meses y nunca usó porque Javier decía que la hacían ver "intimidante". Esta mañana quiere ser exactamente eso: intimidante. La señora Méndez está limpiando la barra de granito cuando Anna entra y la mujer levanta la vista con sorpresa mal disimulada.
—Buenos días, señora Anna. No esperaba verla levantada tan temprano.
Anna se sienta en uno de los bancos altos frente a la barra, cruza las piernas y dice con voz clara y firme: "Quiero el desayuno. Huevos benedictinos, jugo de naranja natural y café americano. Y por favor, sírvalo en el comedor formal, no aquí en la cocina".
El silencio que sigue es tan denso que se podría cortar con cuchillo. La señora Méndez la mira como si le hubiera salido una segunda cabeza. Durante diez años Anna ha comido en la cocina como una empleada más, preparándose ella misma el desayuno mientras la señora Méndez le contaba chismes de las otras mansiones donde trabajaba. Durante diez años nunca pidió que le sirvieran. Durante diez años se hizo invisible en su propia casa.
—¿El comedor formal? —repite la señora Méndez con tono que roza la burla—. ¿Para usted sola?
Anna la mira directamente a los ojos y ve lo que nunca quiso ver antes: desprecio. Desprecio puro y duro de una mujer que lleva años viendo cómo el señor de la casa trata a su esposa como basura y que decidió que, si el jefe no la respeta, ella tampoco tiene por qué hacerlo.
—Sí, para mí sola —responde Anna sin parpadear—. ¿Hay algún problema con eso, señora Méndez?
La mujer suelta una risa corta y amarga. "No, ningún problema. Es solo que... bueno, el señor Javier nunca ha pedido que le sirvan el desayuno en el comedor cuando está solo. Y usted siempre ha sido tan... sencilla. Tan poco exigente. Pensé que le gustaba comer aquí en la cocina conmigo". La forma en que dice "sencilla" hace que suene como insulto.
Anna siente cómo la rabia empieza a hervir en su pecho, pero la controla. Respira profundo y dice con calma letal: "Las cosas han cambiado, señora Méndez. Y le agradecería que recordara que yo soy la señora de esta casa, no usted".
La cara de la señora Méndez se endurece. "Claro, la señora de la casa que duerme en el cuarto de huéspedes mientras su marido pasa las noches con su amante en Ciudad A. Toda una señora, sin duda". Lo dice con veneno, con años de resentimiento acumulado, con la crueldad específica de alguien que ha estado esperando el momento perfecto para clavar el cuchillo.
Anna se pone de pie tan rápido que el banco casi se cae hacia atrás. Camina alrededor de la barra hasta quedar frente a frente con la señora Méndez y antes de que su cerebro pueda procesar lo que está haciendo, su mano se mueve por voluntad propia y la palma conecta con la mejilla de la mujer con un sonido seco que resuena en toda la cocina.
La señora Méndez se lleva la mano a la cara con ojos desorbitados. Anna también está sorprendida de lo que acaba de hacer, pero no retrocede. No se disculpa. Se queda exactamente dónde está con la barbilla en alto y la mano todavía vibrando del impacto.
—Le voy a decir esto una sola vez —dice Anna con voz que no reconoce como suya, una voz que sale de algún lugar profundo y furioso que ha estado enterrado durante demasiado tiempo—. Usted trabaja para MÍ. Esta es MI casa. Y si vuelve a faltarme al respeto de esa manera, no solo la despediré sin referencias, sino que me aseguraré de que ninguna familia decente en esta ciudad la contrate jamás. ¿Me expliqué con claridad?
La señora Méndez la mira con odio tan puro que Anna puede saborearlo en el aire. Pero también hay algo más en esos ojos: miedo. Miedo real de una mujer que acaba de darse cuenta de que cruzó una línea que no debió cruzar.
—Sí, señora —dice entre dientes apretados.
—Bien. Ahora prepáreme el desayuno que pedí. Y sírvalo en el comedor como le ordené.
Anna da media vuelta y sale de la cocina con pasos firmes, aunque las piernas le tiemblan tanto que apenas puede mantenerse erguida. Camina al comedor formal, esa sala enorme con mesa para doce personas que nunca han usado porque Javier prefiere comer en su oficina y Anna siempre comió en la cocina como empleada. Se sienta a la cabecera, en la silla que siempre ha sido de Javier, y espera.
Quince minutos después la señora Méndez aparece con una bandeja. Coloca el plato frente a Anna con movimientos bruscos, el jugo se derrama ligeramente en el mantel blanco, el café está tibio. Los huevos benedictinos se ven sospechosamente grasosos y la salsa holandesa tiene un color que no es del todo correcto.
Anna mira el plato y sabe con certeza absoluta que está adulterado. No veneno obviamente, la señora Méndez no es tan estúpida, pero definitivamente algo que le causará malestar estomacal. Un poco de sal de más, quizás algo de aceite rancio, el tipo de sabotaje sutil que una cocinera resentida puede hacer sin dejar evidencia.
En su vida anterior Anna habría comido sin quejarse. Habría soportado el dolor de estómago después. Habría tragado la humillación junto con la comida envenenada porque así era como sobrevivía en esta casa: tragándose todo, callándose todo, siendo invisible.
Esta vez toma el plato con ambas manos y lo levanta. La señora Méndez que estaba retirándose se detiene en seco cuando escucha el estrépito de la porcelana estrellándose contra el piso de mármol. Los huevos y la salsa y el pan tostado estallan en todas direcciones. El plato se hace mil pedazos.
—Limpia eso —dice Anna poniéndose de pie—. Y cuando termines, busca tus cosas. Quiero que salgas de mi casa antes del mediodía. Pasaré por recursos humanos de Grupo Rojas para que te den tu liquidación. Sin referencias.
La señora Méndez palidece. "Pero señora, yo... el señor Javier..."
—El señor Javier no es quien te contrató. Fui yo. Y ahora soy yo quien te despide. Tienes tres horas.
Anna sale del comedor sin mirar atrás. Sube a su habitación, toma su bolso y las llaves de su auto, ese sedán modesto que compró con su propio dinero hace años porque Javier se negó a darle uno de los autos de lujo que tiene en el garaje. Baja las escaleras y pasa junto a la señora Méndez que está de rodillas recogiendo los pedazos de porcelana con lágrimas de rabia corriendo por su rostro.
Anna no siente remordimiento. Siente algo parecido a la liberación.
Sube a su auto y maneja hacia el centro de la ciudad con las manos apretadas en el volante. Recuerda con claridad brutal cómo en su otra vida la señora Méndez la trató como basura durante años. Cómo le servía comida fría mientras a Javier le preparaba platos gourmet. Cómo "olvidaba" lavar su ropa, pero nunca la de él. Cómo le contaba con lujo de detalles cada vez que el señor Javier llegaba tarde oliendo a perfume de mujer. Y cómo Anna nunca dijo nada, nunca se defendió, nunca reclamó su lugar porque Javier nunca se lo dio y ella creyó que no lo merecía.
Ya no más.
Estaciona frente al edificio de oficinas donde está el despacho del profesor Emilio Salazar y su corazón late tan fuerte que puede sentirlo en las sienes. Hace 6 años que no pisa este lugar. 6 años desde que renunció a su carrera como abogada corporativa para convertirse en la secretaria perfecta de Javier Rojas. 6 años desde que la Loba Blanca desapareció de los tribunales y todos asumieron que se había rendido, que había elegido el matrimonio sobre la ambición, que había abandonado.
Toma el elevador hasta el piso doce. Las puertas se abren y Anna se encuentra frente a la recepción del Despacho Salazar & Asociados. La recepcionista la mira con curiosidad, pero no la reconoce. Por qué habría de hacerlo. Anna ya no es la mujer de trajes impecables y tacones altos que entraba a este edificio con seguridad absoluta. Es la sombra de esa mujer.
O lo era.
—Vengo a ver al profesor Salazar. Dígale que Anna Marín está aquí.
La recepcionista marca el interno y habla en voz baja. Cuelga y dice: "El profesor la recibirá en un momento. Puede esperar aquí".
Anna se sienta en uno de los sillones de cuero y cuenta los segundos. Uno, dos, tres. Al llegar a cuarenta y siete la puerta de la oficina principal se abre y aparece el profesor Emilio Salazar. Setenta y dos años, cabello completamente blanco, ojos azules penetrantes detrás de anteojos de media luna, traje de tres piezas impecable. El mejor penalista del país y el hombre que la entrenó cuando era solo una estudiante hambrienta de justicia.
Se queda paralizado cuando la ve.
—Anna Marín. Por Dios. Pensé que habías muerto.
Anna se pone de pie. "Casi, profesor. Casi".
Él la mira de arriba abajo, ve el traje sastre, los tacones, el cabello recogido en moño apretado, y algo en sus ojos se enciende. "Entra. Ahora".
—Quiero volver a ejercer —dice sin preámbulos.
El profesor Salazar se sienta tras su escritorio de caoba y la mira con esos ojos que han visto todo y no juzgan nada. "¿Estás segura? Porque la última vez que entraste por esa puerta me dijiste que el amor era más importante que la carrera. Que ibas a ser feliz como esposa. Que no necesitabas los tribunales".
Anna aprieta los puños sobre su regazo. "Me equivoqué. Desperdicié años siendo invisible. Ya no más".
—¿Y tu marido? ¿Javier Rojas está de acuerdo con esto?
—Javier Rojas no tiene voz ni voto en mis decisiones. En una semana voy a divorciarme.
El silencio que sigue es largo y pesado. El profesor Salazar la mira con intensidad que hace que Anna quiera apartar la vista, pero no lo hace. Se mantiene firme. Se mantiene fuerte. Porque si no puede convencer a este hombre de que ha cambiado, nunca podrá convencerse a sí misma.
Finalmente, el profesor sonríe. Es una sonrisa pequeña, apenas una curva en las comisuras de sus labios, pero está llena de satisfacción profunda.
—Pensé que nunca lo harías. Pensé que te había perdido para siempre en ese matrimonio miserable. Pero siempre hay un lugar aquí para ti, Anna. Siempre. Y esperaré con ansias el regreso de la Loba Blanca.
Anna siente cómo algo dentro de su pecho se afloja, algo que ha estado apretado durante dos años. Lágrimas amenazan con salir, pero las contiene. No va a llorar. Ya lloró suficiente bajo la lluvia en Ciudad A. Ahora es momento de pelear.
—Gracias, profesor. No lo defraudaré.
—Nunca lo hiciste, niña. Fuiste tú quien se defraudó a ti misma. Pero eso se acabó, ¿verdad?
—Sí. Se acabó.
Se pone de pie y el profesor hace lo mismo. Le extiende la mano y cuando Anna la toma, él la aprieta con fuerza que es casi dolorosa.
—El lunes a las ocho. No llegues tarde. Y trae tu juego A porque vamos a necesitarlo.
Anna sale de la oficina con paso firme y cuando llega al elevador se permite sonreír. Una sonrisa feroz y salvaje que es toda dientes. La Loba Blanca acaba de salir de su hibernación.
Y Ciudad S no sabe lo que le espera.
Vamos a ver como se destruyen Javier y Mariana 😅😅