⚠️🔞Esto es sólo fantasía. Personajes e historia ficticia.🔞⚠️
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Natt, no solo renuncia a su hogar, sino a su propia naturaleza, por una conexión ni él mismo entiende...
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Han quemado nuestro jardín, Dag
El silencio que siguió a la unión fue absoluto, solo roto por el sonido de dos corazones que latían como si fueran uno solo. En la penumbra del apartamento, el cuerpo de Dag descansaba sobre el de Natt, ambos envueltos en un sudor frío que brillaba con residuos de luz dorada. El incendio en las venas de Dag se había calmado, dejando en su lugar una calidez vibrante, una fuerza que nunca había sentido antes.
Natt le acariciaba la espalda con una lentitud casi sagrada. Sus dedos trazaban el mapa de las costillas de Dag, deteniéndose en la nueva marca que había aparecido en su omóplato: una mancha dorada que recordaba el nacimiento de un ala.
-¿Estás bien?- Susurró Natt contra su oído. Su voz ya no tenía ese eco metálico y distante... ahora sonaba profunda, terrenal, cargada de una ternura que dolía.
Dag levantó la cabeza, apoyando la barbilla en el pecho del ángel. Sus lenguas aún guardaban el sabor del otro, y sus labios estaban hinchados por los besos voraces.
-Siento que... que ya no peso.- Respondió Dag con una sonrisa débil -Siento que si saltara por la ventana, podría flotar. ¿Es esto lo que sientes tú todo el tiempo?-
Natt soltó una risa amarga y besó la frente del chico, donde los rastros de babas y sudor se mezclaban.
-No exactamente. Para mí, estar contigo es como sentir la gravedad por primera vez. Es pesado, pero es real. Antes de ti, Dag, yo era solo una idea de perfección. Ahora... ahora tengo miedo. Y el miedo es lo más humano que existe.-
Se quedaron así, enredados en las sábanas baratas que ahora olían a sexo. Dag se permitió cerrar los ojos, disfrutando del calor del cuerpo de Natt. Por un momento, olvidó que eran fugitivos, olvidó a Hrim y olvidó la biblioteca. Solo existía la fricción de sus pieles y la paz de haber sobrevivido a la combustión interna.
-Natt- Murmuró Dag, lamiendo distraídamente la clavícula del ángel -Si Hrim nos encuentra...-
-No lo hará.- Loo interrumpió Natt, apretándolo más fuerte contra él -No mientras tenga aliento en este cuerpo de barro. He cortado la cadena, Dag. Soy tuyo.-
Pero las palabras de amor suelen ser el preludio de la tragedia.
De repente, el aire en la habitación se volvió gélido. El vello de los brazos de Dag se erizó y el resplandor dorado de sus marcas se encendió violentamente, volviéndose de un color rojo de advertencia. Natt se tensó bajo él, sus ojos ámbar se dilataron hasta volverse negros.
¡ZAS!
La ventana del apartamento no estalló hacia adentro, simplemente se desintegró en un polvo fino y grisáceo. Cuatro sombras alargadas, con formas que recordaban a galgos pero del tamaño de leones, saltaron al interior. Eran los Perros de Caza de Hrim: criaturas hechas de humo negro y colmillos de cristal, con ojos que ardían como carbones encendidos.
-¡Dag, atrás!- Rugió Natt.
En un movimiento borroso, Natt lanzó a Dag hacia la cocina mientras él se ponía de pie, desnudo y magnífico, su piel brillando con una luz blanca que cegaba. No tenía su espada, pero sus manos se envolvieron en llamas carmesí.
El primer Perro de Caza se lanzó sobre él. Natt lo recibió con un golpe seco en el cráneo que hizo que la criatura se disolviera en un alarido sordo. Pero los otros tres no perdieron tiempo. Uno de ellos se desvió, fijando sus ojos rojos en Dag, que intentaba levantarse entre los restos de su vajilla rota.
-¡Fuera de aquí!- Gñritó Dag.
Sintió una presión en el pecho, justo donde la chispa de la creación latía. Extendió las manos instintivamente. Por primera vez, no fue una combustión dolorosa, sino un disparo de luz sólida. El rayo dorado golpeó a la bestia de humo en pleno pecho, lanzándola contra la pared con tal fuerza que el edificio entero tembló.
Natt, viendo que Dag podía defenderse, se lanzó contra los dos restantes. La lucha fue breve pero brutal. El ángel caído luchaba con una rabia animal, desgarrando el humo con sus manos desnudas, ignorando las mordidas de cristal que le abrían surcos de sangre dorada en los brazos. Con un último rugido, Natt juntó sus manos y creó una onda expansiva de luz que pulverizó lo que quedaba de las criaturas.
El apartamento quedó en ruinas. El sofá donde habían tenido sexo minutos antes estaba destrozado, y el aire olía a azufre y metal quemado.
-No hay tiempo, Dag. ¡Vístete!- Natt agarró los pantalones de Dag del suelo y se los lanzó mientras él se ponía lo primero que encontró: unos vaqueros viejos y una chaqueta de cuero negra que Dag guardaba en el armario.
-¿A dónde vamos?- Preguntó Dag, con las manos temblorosas mientras se ponía los zapatos. Su corazón golpeaba a un ritmo frenético -Mi casa... mis libros...-
-Tu casa ha muerto, Dag.- Dijo Natt, tomándolo de la cara con firmeza. Sus ojos estaban inyectados en sangre por el esfuerzo -Si nos quedamos aquí un minuto más, Hrim enviará a los Ejecutores, y contra ellos no tenemos oportunidad. Tenemos que desaparecer en las sombras de Dion City.
Tomaron una pequeña mochila con algo de comida y el dinero que Dag tenía ahorrado. Salieron por la escalera de incendios justo cuando el sonido de trompetas distantes empezaba a resonar en el cielo púrpura de la ciudad. No eran trompetas de música, sino de guerra.
Corrieron por el callejón trasero, el mismo donde se habían conocido. Dag miró hacia atrás una última vez hacia su ventana rota. Vio una luz blanca descendiendo desde las nubes, una columna de fuego divino que impactó directamente en su apartamento, reduciendo todo lo que poseía a cenizas en un segundo.
-Casi no la contamos.- Jadeó Dag, siguiendo el ritmo frenético de Natt.
-Esto es solo el principio.- Respondió Natt sin detenerse. Lo tomó de la mano, y Dag sintió la chispa entre ellos, más fuerte que nunca -Han quemado nuestro jardín, Dag. Ahora vamos a enseñarles cómo arde el resto del mundo.-
Se adentraron en los barrios bajos de Dion City, donde el neón y el humo de las alcantarillas ocultaban el brillo de los ángeles caídos. La huida había comenzado, y con ella, la verdadera transformación de Dag. Ya no era el bibliotecario solitario. Era el compañero de un traidor celestial, y el cielo entero estaba dispuesto a prender fuego a la tierra solo para borrarlos de la existencia