Luara siempre supo que no pertenecía a esa manada.
Sin haber despertado a su loba, regordeta y constantemente humillada dentro de su propia manada, creció siendo tratada como un error… incluso por quienes debían protegerla. Aun así, su corazón insistía en amar al hombre más inalcanzable de todos: el futuro Alfa.
La noche en que el destino debía coronarla como Luna, todo se convirtió en una pesadilla pública.
Rechazada, rota, marcada por palabras que nunca debieron pronunciarse, Luara descubrió que algunos dolores no matan… solo transforman.
Mientras la manada seguía creyendo que era débil, algo silencioso comenzó a nacer dentro de la olvidada loba blanca.
Porque cuando una rosa es pisoteada demasiado, no muere.
Ella aprende a herir.
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Capítulo 12
Capítulo — La Elegida Que Quiso Morir
Luara estaba en el ático hacía días.
El lugar era pequeño, sofocante, con olor a madera vieja y polvo acumulado por el tiempo. La única ventana quedaba demasiado alta, permitiendo apenas un hilo de luz entrar durante el día, débil, casi inútil. El colchón fino estaba tirado en el suelo, cubierto por una sábana arrugada que ella no tenía fuerzas para acomodar.
Ella no abría la puerta.
No hablaba.
No comía.
No bebía.
El cuerpo comenzaba a dar señales claras de agotamiento. Los labios agrietados, la garganta ardiendo, la cabeza demasiado pesada para mantenerse erguida. Aun así, Luara permanecía allí, sentada o acostada, abrazando sus propias rodillas, como si aquel espacio fuera el último lugar del mundo donde nadie pudiera tocarla.
Ella había tomado una decisión.
Lisa tenía razón.
Tal vez, por primera vez en la vida, alguien había dicho la verdad.
Luara no servía para aquello.
No servía para ser luna.
No servía para estar al lado de Kael.
No servía para existir en aquella manada.
Entonces, si no podía desaparecer… se quedaría allí hasta que el cuerpo simplemente desistiera.
El hambre venía en olas.
La sed era peor.
Pero el dolor emocional aún conseguía ser más fuerte.
Allá abajo, los padres lo intentaban. Golpeaban la puerta, llamaban su nombre, lloraban. La madre suplicaba, el padre pedía con la voz embargada. Ninguna respuesta venía. El silencio era la única cosa que Luara aún conseguía ofrecer.
Quince días se habían pasado desde la Luna de Sangre.
Quince días desde que Selene la había marcado como luna delante de todos.
Y aquel día, el día de la ceremonia, el peso de la elección divina cayó sobre todos como una sentencia inevitable.
En la manada, Kael no tenía elección.
El padre, Misael, antiguo alfa, lo llamó delante de todos. La mirada dura, la postura imponente, la voz cargada de autoridad.
—Tú no decides eso — dijo él. — La diosa decidió.
Kael mantuvo la cabeza baja.
Era orgullo herido. Rabia contenida. Humillación pura.
—Irás tras ella — continuó Misael. — Queriendo o no.
Kael cerró los puños, los músculos tensos, pero asintió.
—Iré — respondió, seco, sin emoción. — Como manda la tradición.
Pero Misael sabía.
Aquello no era aceptación.
Era sumisión forzada.
El antiguo alfa no perdió más tiempo.
Fue hasta la casa de Luara con pasos firmes, la rabia mezclada con preocupación. Cuando entró, encontró a los padres de ella destruidos. Ojos hundidos, rostros cansados, manos temblorosas.
—¿Dónde está la muchacha? — exigió. — La ceremonia acontece en dos horas. Ella necesita estar lista. Quiero hablar con ella.
El padre de Luara tragó saliva.
—Ella… está en el ático — confesó. — No come hace días. No bebe agua. No abre la puerta.
El silencio que se siguió fue pesado.
Misael cerró los ojos por un instante, respirando hondo.
—Si Selene la escogió — dijo, con convicción — no fue para hacerla sufrir. Selene nunca se equivoca. Nunca falla. Hay algo mayor aquí, algo que ustedes aún no consiguen ver.
Él subió las escaleras sin pedir permiso.
Paró delante de la puerta del ático.
—Luara — llamó, firme. — Abre la puerta.
Ninguna respuesta.
La mirada de Misael se endureció.
Sin más palabras, él reventó la puerta con un único golpe.
La madera cedió con estruendo.
Lo que él encontró allá dentro hizo que su pecho se apretara.
Luara estaba sentada en el suelo, pálida, demasiado delgada para quien ya cargaba tanto peso emocional. Los ojos hundidos se levantaron lentamente para encararlo, vacíos, sin esperanza.
—Basta — él dijo, entrando. — Levántate.
Ella no se movió.
—Irás a la ceremonia — continuó, la voz firme, pero ahora cargada de algo más humano. — Tú no tienes culpa de haber sido elegida. Esos que te desprecian solo querían estar en tu lugar… y no están.
Ella parpadeó despacio.
—Si tú desistes ahora — él agregó — tus padres sufrirán por tus elecciones. Y yo sé que tú no eres así.
Hubo un silencio largo.
Entonces, algo casi imperceptible aconteció.
Luara sonrió.
Una sonrisa pequeña, cansada, quebrada… pero una sonrisa.
Ella asintió con la cabeza.
—Yo voy — murmuró.
El baño fue rápido. Mecánico.
Lavó los cabellos con movimientos lentos, como si cada gesto exigiera un esfuerzo enorme. Se vistió de forma simple: un pantalón confortable, una blusa discreta. Pasó un labial rosita en los labios resecos, apenas para dar alguna señal de vida. Prendió los cabellos en una cola de caballo baja.
Nada de lujo.
Nada de vanidad.
Cuando bajó, Misael la esperaba.
Y juntos siguieron para la ceremonia.
El centro de la manada estaba repleto.
Cuando Luara llegó, los murmullos comenzaron.
Ella mantuvo la cabeza baja.
Kael estaba al frente, inmóvil, la mirada dura, distante, como si ella no existiera.
—Postura — Misael murmuró en su oído. — Alza la cabeza. Si desistes ahora, será para siempre.
Luara obedeció.
La ceremonia comenzó.
Las palabras antiguas resonaron por el espacio, cargadas de tradición y poder. Cuando llegó el momento final, Kael se aproximó. El silencio era absoluto.
Él se inclinó apenas lo suficiente para tocar la frente de ella con un beso rápido.
Frío. Mecánico.
El lazo estaba sellado.
Entonces vino el momento que nadie esperaba.
—Libere a la loba de ella — ordenó Misael.
Kael titubeó.
—Ordene — reforzó el alfa, la voz cargada de autoridad.
—Sal — Kael dijo, sin emoción.
Nada aconteció.
—Sal — repitió.
Silencio.
En la tercera vez, su voz cambió. Se tornó poderosa, dominante, alfa.
—Sal.
El dolor vino como un tsunami.
Luara cayó de rodillas, gritando. El cuerpo se contorcía, los huesos quebrando, reorganizándose. El sonido era grotesco, cruel. Un grito rasgó su garganta mientras la transformación tomaba cuenta.
Entonces, un aullido.
Alto. Poderoso. Antiguo.
Una luz blanca explotó alrededor de ella, cegando a todos.
Cuando la luz se disipó… el mundo paró.
Delante de ellos estaba una loba de más de dos metros de altura. Pelaje blanco como la luna, suave, brillante. Ojos azules profundos, antiguos, sabios.
Lisa sintió el corazón hundirse.
Las otras muchachas sintieron envidia pura.
Kael quedó inmóvil.
—Ártemis… — murmuró Misael, en shock.
Una loba rara. Los primeros hombres lobo. La raza original.
Ártemis sintió el peso de aquellas miradas.
Y corrió.
Para la mata.
Para la libertad.
Bebió agua hasta saciar la sed antigua. Cazó. Se alimentó. Vivió.
Por primera vez… sin pedir permiso.